El caso del realizador hindú Tarsem Singh es similar al de otros directores especializados en publicidad y/ o videoclips de las décadas del 80, en línea con Ridley Scott, Alan Parker y Hugh Hudson, y del 90, como por ejemplo Spike Jonze, David Fincher y Michel Gondry, los dos primeros incluso oficiando de “presentadores” del film que nos ocupa, The Fall (2006), en solidaridad para con un Singh que se pasó cuatro años rodando en 28 países a los que concurría para este o aquel spot publicitario, lo que en esencia implica que gran parte de la película fue financiada por el propio cineasta a partir de un sistema cuasi socialista de salarios en el que todos, equipos técnico y artístico, cobraban exactamente lo mismo. Como ocurre con los otros realizadores señalados, el hindú comenzó en los campos hermanados del cine publicitario, sin duda su verdadero nicho creativo porque nunca lo abandonó del todo, y de los videoclips, medio que logró revolucionar mediante lo hecho en ocasión del corto correspondiente a Losing My Religion (1991), de R.E.M., un trabajo memorable que incorporaba elementos de las pinturas de Caravaggio y de El Sacrificio (Offret, 1986), de Andrei Tarkovsky, amén de videoclips adicionales para gente como En Vogue, Suzanne Vega, The Dream Academy, Lou Reed, Vanessa Paradis, Deep Forest, Dream Warriors y Lady Gaga. El salto al séptimo arte se produce de la mano de la recordada La Celda (The Cell, 2000), exquisito thriller de asesinos en serie dentro de la tradición ultra hardcore de Pecados Capitales (Seven, 1995), de Fincher, que combinaba ingredientes variopintos de Proyecto Brainstorm (Brainstorm, 1983), de Douglas Trumbull, Pesadilla en lo Profundo de la Noche (A Nightmare on Elm Street, 1984), joya de Wes Craven, y El Silencio de los Inocentes (The Silence of the Lambs, 1991), de Jonathan Demme, por un lado, y de artistas plásticos bien viscerales en sintonía con Damien Hirst, H.R. Giger y Odd Nerdrum, por el otro lado, planteo estético y conceptual que anticipó el enfoque similar aunque mucho más extremo de The Fall, típica película que la crítica mongólica del nuevo milenio tacha de pretenciosa porque jamás tuvo la mínima cintura intelectual o cultural para comprender una experiencia que supera por mucho toda la mediocridad promedio del público y la prensa.
De hecho, el segundo y extraordinario largometraje de Singh se inspira muy a lo lejos en el guión de una película búlgara que no vio prácticamente nadie, Mi Amigo, el Pirata (Yo ho ho, 1981), de Zako Heskiya, aunque sus verdaderos puntos de referencia son el remate narrativo de El Gabinete del Dr. Caligari (Das Cabinet des Dr. Caligari, 1920), de Robert Wiene, léase aquel hermoso desvarío quimérico de un paciente en un neuropsiquiátrico, El Mago de Oz (The Wizard of Oz, 1939), clásico de Victor Fleming, hablamos del periplo en conjunto entre marginados en una tierra de ensueño o fantasía, Ponette (1996), de Jacques Doillon, en materia del descubrimiento progresivo de una nena del significado de la muerte, y La Princesa Prometida (The Princess Bride, 1987), de Rob Reiner, y La Historia sin Fin (Die Unendliche Geschichte, 1984), de Wolfgang Petersen, ahora en lo que atañe al placer atávico de los relatos y el rol formador y participativo que éstos cumplen en la niñez de los sujetos, a lo que se suman referencias visuales diversas como el preciosismo antropológico de Baraka (1992), de Ron Fricke, algún que otro personaje que remite en vestimenta a Alex DeLarge (Malcolm McDowell) de La Naranja Mecánica (A Clockwork Orange, 1971), de Stanley Kubrick, y por supuesto un antifaz rojo para el gran protagonista, Roy Walker (Lee Pace), en su faceta del Bandido Enmascarado que alude a Retrato de Mae West que Puede Utilizarse como Apartamento Surrealista (1934-1935), uno de los trabajos más originales de Salvador Dalí. La historia se centra en Walker, un doble de riesgo del naciente cine, que en 1915 está internado en un hospital de Los Ángeles con la mitad inferior de su cuerpo paralizada luego de intentar suicidarse saltando con su caballo hacia un río desde un puente ferroviario durante el rodaje de una escena, todo porque su supuesta novia lo abandonó para quedarse en cambio con el actor principal de la propuesta y nada menos que la estrella que Roy doblaba, Sinclair (Daniel Caltagirone). Mientras soporta a un paciente vecino bastante caracúlico y mañoso, Walt Purdy (Sean Gilder), al que los médicos le están suministrando azúcar en vez de morfina cual placebo porque no está enfermo, el señor trabará amistad con una rumana, Alexandria (la genial Catinca Untaru), que también está internada en el lugar.
Alexandria, de seis años y pocos dientes, tiene un yeso porque se rompió el brazo izquierdo trabajando en el mismo naranjal en el que se desempeña el resto de su familia, apenas su madre (Elvira Deatcu) y su hermana mayor (Emma Johnstone) ya que su padre murió en las postrimerías de un ataque de granjeros xenófobos y ladrones que incendiaron la precaria casa de los inmigrantes. La niña habla mal inglés pero es la única del clan que articula algo del idioma y por ello espera su recuperación en el hospital en soledad y se hace amiga de un Walker que la quiere aunque también la manipula para que le consiga un frasco de morfina en píldoras de la farmacia del nosocomio para matarse, lo que genera que primero le traiga tres pastillas y tire el resto, debido a que malinterpreta la “e” de “morphine” como un 3, y después se lastime la mollera al trepar por una estantería en pos de otro frasco, derivando en una flamante caída y en una cirugía que le salva la vida y en pantalla es representada con uno de los montajes surrealistas tenebrosos marca registrada de Singh y con una prodigiosa y breve secuencia en stop motion cortesía de los hermanos gemelos alemanes Christoph y Wolfgang Lauenstein. El grueso del metraje abarca un metacuento de hazañas folletinescas que el actor le narra a la mocosa de a poco para convencerla de que le consiga la mentada droga para la sobredosis, fábula en la que seis forajidos planean venganza contra el ruin Gobernador Odious (Caltagirone de nuevo), nos referimos a un esclavo africano que logró liberarse luego del fallecimiento de su hermano, Otta Benga (Marcus Wesley), un Hindú (Jeetu Verma) cuya esposa fue secuestrada por Odious y llevada al suicidio, un italiano que fue desterrado/ marginado por su enorme destreza con los explosivos, Luigi (Robin Smith), una versión ficticia de Charles Darwin (Leo Bill, vestido como DeLarge) -con un mono mascota bautizado Wallace- que estalla en furia cuando Odious le envía un ejemplar de una mariposa muy codiciada, la Americana Exótica, ya muerta, el citado Bandido Enmascarado de antifaz rojizo, deseoso de revancha por el homicidio de su hermano gemelo, el Bandido Azul, y finalmente un Místico (Julian Bleach) que sale desde lo profundo de un árbol cual presencia salvajona o una entidad del Más Allá que sólo puede ser interpretada por Darwin.
A mitad de camino entre la imaginería onírica y/ o satírica de Luis Buñuel y Jean Cocteau y aquella defensa de la capacidad creadora irrenunciable de los sujetos y del papel crucial de la inventiva en la infancia y la vida adulta en general de Terry Gilliam y Karel Zeman, The Fall constituye un verdadero festín para los ojos, los oídos y el corazón ya que la belleza de las locaciones utilizadas, todas naturales y con una mínima presencia de CGI para detalles específicos del relato, y el estupendo desempeño de todo el elenco, con Pace y Untaru a la cabeza, esta última realmente hablando poco inglés y encima creyendo que su compañero era un actor parapléjico verdadero, se combinan con un delicioso trabajo en fotografía de Colin Watkinson, en edición de Robert Duffy y en música de Krishna Levy, profesionales que apuntalan de manera estupenda esta parábola de Singh sobre la confluencia entre la mundanidad dolorosa y el territorio anárquico de la imaginación, incluso redondeando una vuelta de tuerca en materia de las típicas películas encaradas desde el punto de vista infantil ya que el relato que vemos en pantalla no es cien por ciento el de Roy sino la interpretación mental siempre enriquecedora y freak de la niña, precisamente por ello Benga, por cierto en la praxis un pigmeo que fue esclavizado y exhibido en un zoológico en Estados Unidos a principios del Siglo XX, tiene el rostro del repartidor que entrega el hielo en el hospital, el Hindú y el Místico de unos recolectores de naranjas que ella conoció, Luigi de un actor de una sola pierna que visita a Walker, Darwin de un ordenanza del nosocomio y el Bandido Enmascarado, el protagonista de la realidad cinematográfica y de la metaficción, del mismo Roy, suerte de figura paterna postiza para una joven que no comprende la ironía de fondo en lo que respecta a la presencia en la trama del famosísimo naturalista y su pequeño mono, Wallace, detalle que invoca el conflicto en torno a la génesis de la teoría de la selección o evolución natural entre Darwin y Alfred Russel Wallace, ambos desarrollándola casi en paralelo. Amén de su curiosa amalgama de géneros, esta faena de aventuras que se cruza con drama de suicidio romántico y hasta una historia de aprendizaje o bildungsroman, The Fall, alusión a las caídas de ella y del doble de riesgo, en primer lugar homenajea con un inconmensurable cariño a la etapa muda del séptimo arte, basta con pensar en la escena final vía Alexandria imaginando que detrás de cada mamporro o acrobacia en pantalla está su querido Walker, en segunda instancia adopta una perspectiva muy masculina y sensata porque concluye que ninguna fémina amerita inmolarse, en este sentido recordemos cómo se denuncia en el relato el ardid castrador de las hembras de imponerle pruebas banales a los hombres para chequear si son de fiar o no, algo que tiene que ver con la masacre del desenlace para rescatar de las huestes de Odious a la ninfa en peligro, esa Hermana Evelyn (Justine Waddell) que es rechazada por Roy, tiene la cara de una de las monjas enfermeras del hospital y recibe la desaprobación de una Alexandria a la que le parece una retrasada mental atrapada en una noción estúpida de unos machos homologados a “príncipes azules” perfectos, y en último lugar, como aseverábamos antes, explora el paulatino descubrimiento por parte de los purretes del peso irremediable del óbito, de allí se explica toda la catarata lacrimógena detrás de las secuencias finales cuando ambos pacientes lloran mientras cada uno de los miembros de nuestro colectivo aventurero fallece en una misión que jamás valió semejante sacrificio, eso de rescatar a una fémina, más allá de los motivos particulares de los integrantes del grupo y de la ayuda adicional de una Alexandria que se incorpora a sí misma dentro de la historia en calidad de hija del Bandido Enmascarado, Dadá, referencia a la palabra elegida por Tristán Tzara para designar al dadaísmo. Entre indígenas que la nena interpreta como hindúes, en esencia inmigrantes como ella que trabajan en un naranjal de California, y radiólogos que son leídos como soldados del gobernador del espanto, unos guardias de temer que se enfrentan a los héroes mancomunados, la película, la última obra maestra inobjetable del realizador ya que luego ni Inmortales (Immortals, 2011) ni Espejito Espejito (Mirror Mirror, 2012) ni In/mortal (Self/less, 2015) fueron opus verdaderamente personales o valiosos, consigue fundir de manera brillante la fábula idiosincrásica que Roy le relata a Alexandria con la realidad del establecimiento médico, los recuerdos de cada uno y hasta ese western estrambótico con elementos de slasptick que Walker estaba filmando cuando decidió intentar forzar el stunt/ truco en cuestión para perder la vida, derrotero de múltiples capas que empieza siendo responsabilidad absoluta del actor paralizado y termina en manos de una oyente que se rehúsa a la pasividad y no desea que esta epopeya poética en galimatías sea tan fatalista porque a la hora del remate retórico ambos, este emisor y este receptor que se confunden, aprendieron la lección -la vida es lo más preciado que tenemos y el perdón entre amigos es algo divino que supera al amor de pareja- y pueden continuar con sus respectivas existencias en paz, al igual que sus álter egos del rubro de la fantasía…
The Fall (Estados Unidos/ India/ Sudáfrica, 2006)
Dirección: Tarsem Singh. Guión: Tarsem Singh, Dan Gilroy y Nico Soultanakis. Elenco: Lee Pace, Catinca Untaru, Justine Waddell, Sean Gilder, Robin Smith, Jeetu Verma, Leo Bill, Marcus Wesley, Julian Bleach, Daniel Caltagirone. Producción: Tarsem Singh. Duración: 117 minutos.