No Exit

Esa cocaína que saca clavos

Por Emiliano Fernández

Tan anodino es el séptimo arte y tan aburrida la cultura global en general de hoy en día que ya casi no existen películas como No Exit (2022), este segundo largometraje de Damien Power que sin ser una maravilla del cine tranquilamente se posiciona como una experiencia de lo más disfrutable, o mejor dicho, que obras como la presente, otrora el estándar de aquella industria cultural previa al nuevo milenio que por lo menos entregaba propuestas dignas o mínimamente entretenidas para el consumo planetario, se han transformado en anomalías en el reino insistente de la mediocridad, la estupidez, el sinsentido, la perpetua redundancia, la abulia y los productos intercambiables sin importar su origen/ idiosincrasia/ entonación. El convite de Power, como decíamos antes el sucesor de la australiana Killing Ground (2016), esa mixtura afable entre Deliverance (1972), de John Boorman, Wolf Creek (2005), de Greg McLean, y la insuperable Eden Lake (2008), de James Watkins, puede con facilidad leerse como una interpretación minimalista y en clave femenina reventada de Die Hard (1988), obra maestra de John McTiernan que llevó a la fama al ahora muy devaluado Bruce Willis mediante el personaje de John McClane, en esencia una “lectura rosa” que se condice no sólo con los tiempos que corren, en los que la ampliación de la capacidad de maniobra de las mujeres convive con un sustrato feminazi misándrico de parte de algunos exponentes bastante extremistas, sino además con una especie de compensación simbólica después de años de mucho olor a huevo y una serie interminable de gansadas masculinas que reclamaban alguna clase de contrapeso inflado femenino aunque lejos de la imitación burda del mainstream actual, ese que simplemente lleva al terreno de los marimachos los mismos clichés quemados de siempre del acervo de los hombres y su inefable testosterona.

 

El simpático guión de Andrew Barrer y Gabriel Ferrari está basado en la novela homónima del 2017 de Taylor Adams y definitivamente combina el thriller de entorno cerrado con la dinámica de los secuestros, el drama de adicciones arrastradas desde lejos e incluso el citado cine de acción en el que un personaje en apariencia gris o hasta débil se revela como un adversario de temer frente a enemigos que lo superan en número, fuerza o capacidad mortífera/ de fuego. Darby Thorne (Havana Rose Liu) es una joven de ascendencia asiática, heroinómana y cocainómana, que está en un programa de rehabilitación después de casi fallecer por una sobredosis y del suicidio de un disparo de su padre veterano de la Infantería de Marina, situación que la dejó con su hermana, Devon (Lisa Zhang), quien no desea verla más, y con su madre, la cual sufre un aneurisma que la lleva a una rauda internación en un hospital de Salt Lake City. Enterada del asunto por una llamada telefónica de su tío Joe (David Chen) y contradiciendo el parecer de Devon, Darby escapa del lugar y roba un auto de un enfermero/ guardia para emprender el viaje hacia el reencuentro con su progenitora, no obstante la ruta está cerrada por una tormenta y un oficial de los Servicios Forestales, el cabo Ron Hill (Benedict Wall), la obliga a compartir reclusión nocturna en un centro de visitantes del camino, a la espera de que todo pase, con un par de muchachos, Ash (Danny Ramírez) y Lars (David Rysdahl), y un matrimonio de edad avanzada, el veterano de la Guerra del Golfo Ed (Dennis Haysbert) y la ex enfermera Sandi (Dale Dickey), impasse en el que Thorne descubre por accidente la presencia de una nena raptada en una camioneta del estacionamiento, Jay (Mila Harris), vástago de un magnate de la tecnología que padece la Enfermedad de Addisson y por ello si se emociona podría morir debido a la adrenalina.

 

Quizás los mayores logros de No Exit sean en primera instancia el realismo sutilmente hollywoodense detrás de la faena, ésta apuntalada primero en la búsqueda de la identidad del responsable del secuestro, el estrafalario y retraído Lars, a posteriori en la revelación de la existencia de un cómplice, por supuesto su hermano latino, el carismático aunque ultra psicópata de Ash, y finalmente en el “juego del gato y el ratón” que se teje de manera progresiva en pos de salir con vida en esta batalla campal entre la protagonista, la mocosa y el matrimonio por un lado y los dos treintañeros loquitos por el otro, quienes trabajan para un enigmático tío Kenny que los adoptó y encabeza una red de tráfico de personas, y en segundo lugar la retahíla de pinceladas de incorrección política -para el conservadurismo lelo y repugnante de nuestros días, desde ya- que acumula la trama, como por ejemplo la atracción entre Darby y Ash, el hecho de que Jay sea una niña malcriada y basureadora que hacía bailar con la aspiradora a su sirvienta, nada menos que Sandi, para después subir el video burlón a las redes sociales, la sorpresa de que la ex enfermera es otro secuaz más que creyó que todo estaba orientado a pedir un rescate y finalmente un detalle muy hilarante de una escena del último acto, luego de que Ash fusile sin piedad al matrimonio y engrampe en una pared con una pistola de clavos la muñeca izquierda de Darby cual Jesucristo con vagina en la cruz, momento en el que la susodicha Thorne inhala algo de cocaína, que había encontrado en el auto robado, para conseguir el ímpetu y la fuerza necesaria para sacarse el clavo con la culata de un martillo, esquema que para colmo deriva en la muerte accidental de Lars vía otro clavo pero en la cabeza -y una caída de frente muy irónica, al resbalarse en un charco de sangre- y en una Darby recibiendo balas institucionales a instancias de Hill.

 

Más allá del buen trabajo del director de fotografía Simon Raby, los compositores Marco Beltrami y Miles Hankins y el elenco a escala macro, destacándose lo hecho por Haysbert, célebre por Far from Heaven (2002), de Todd Haynes, y por su presidente David Palmer de 24 (2001–2010), la recordada serie de Fox de Robert Cochran y Joel Surnow, y por una Liu en verdad suprema que venía de las olvidables Mayday (2021), de Karen Cinorre, y The Sky Is Everywhere (2022), de Josephine Decker, y que en pantalla por suerte se comporta como una fémina aguerrida verosímil que le escapa tanto a la heroína automática de acción como al dejo banal y apático de tantas protagonistas del presente porque lo suyo es un laconismo defensivo y astuto, No Exit cuenta con la eficacia y la impronta pochoclera medida de los otros films -e incluso las series- del genial productor Scott Frank, recordemos que el señor ha escrito y dirigido dos thrillers muy interesantes, The Lookout (2007) y A Walk Among the Tombstones (2014), y dos miniseries igualmente estupendas, Godless (2017) y The Queen’s Gambit (2020), ambas para Netflix (de hecho, están entre lo único admirable del casi siempre paupérrimo catálogo del servicio de streaming, el más popular porque viene instalado de fábrica en los televisores). Por supuesto que el opus de Power es derivativo y que la fábula del rapto brutal que sale mal ya se hizo muchas veces en el pasado, también homologada a un nihilismo sarcástico que enfatiza aquello de que no se puede confiar en nadie en las sociedades mitómanas de la actualidad, sin embargo el film entretiene con una eficacia, unos recursos limitados y una amenaza permanente como no se veía desde hacía mucho tiempo, en este sentido pensemos que el chantaje en dominó de No Exit en el centro de visitantes resulta más atrapante que muchísimas películas millonarias del mainstream…

 

No Exit (Estados Unidos, 2022)

Dirección: Damien Power. Guión: Andrew Barrer y Gabriel Ferrari. Elenco: Havana Rose Liu, Danny Ramírez, David Rysdahl, Mila Harris, Dennis Haysbert, Dale Dickey, Benedict Wall, Nomi Cohen, Lisa Zhang, David Chen. Producción: Scott Frank. Duración: 95 minutos.

Puntaje: 7