La Balada del Soldado (Ballada o Soldate)

Esa urgencia del viaje

Por Emiliano Fernández

Si bien el cine soviético atravesó diferentes etapas que se condicen con el entorno político de cada momento, desde el montajismo ruso y las demás vanguardias de las primeras décadas revolucionarias, pasando por aquel realismo socialista bastante castrador de los años de la salvaje y demencial dictadura de Iósif Stalin, hasta llegar a las aperturas y cierres subsiguientes en materia de la censura, la expulsión implícita y las limitaciones a nivel de la producción para los realizadores díscolos que se enamoraban de las herramientas formales burguesas de Occidente, a decir verdad el grueso de la producción cinematográfica de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas se concentró en melodramas y en relatos varios de aventuras que no distaban demasiado de sus homólogos de Europa y Estados Unidos a escala de la estructura dramática, aunque sí estaban más volcados a un sutil lirismo en su entonación que los diferenciaba gracias a la propaganda bolchevique omnipresente y todo ese nacionalismo de fondo. Luego del fallecimiento de Stalin en 1953 los films vernáculos comenzaron a exportarse de nuevo a Occidente, como había ocurrido antes con la obra del legendario Serguéi Eisenstein, y en especial se destacaron las propuestas bélicas de la mano de tres clásicos absolutos del rubro ya no sólo de la Unión Soviética sino del séptimo arte a secas, hablamos de Pasaron las Grullas (Letyat Zhuravli, 1957), de Mikhail Kalatozov, El Destino de un Hombre (Sudba Cheloveka, 1959), de Sergey Bondarchuk, y La Infancia de Iván (Ivanovo Detstvo, 1962), de Andrei Tarkovsky, propuestas que de una forma u otra influyeron en joyas posteriores como por ejemplo La Ascensión (Voskhozhdenie, 1977), de Larisa Shepitko, y Ven y Mira (Idi i Smotri, 1985), de Elem Klimov, este último por cierto esposo de una Shepitko que moriría en un accidente automovilístico en 1979 mientras buscaba locaciones para Adiós a Matiora (Proshchanie, 1983), la cual sería completaba por su marido justo antes de su obra maestra final de 1985. La Balada del Soldado (Ballada o Soldate, 1959), de Grigoriy Chukhray, pertenece a ese glorioso período inicial de epopeyas bélicas post terror y acoso estalinistas y rankea en punta como uno de los grandes tesoros de mediados del Siglo XX en lo que atañe a la conjunción entre naturalismo y bella poesía.

 

El film de Chukhray se benefició -y mucho- de dos factores coyunturales que permitieron que se aparte de los modelos tradicionales del cine bélico y hasta utilice al conflicto de cabecera, aquella Segunda Guerra Mundial, de modo tangencial para explorar el laberinto anímico de las relaciones humanas y sociales en un entorno de crisis, nos referimos primero a la simpatía que Nikita Jrushchov le tenía al director y a su película previa, la excelente ópera prima El Cuarenta y Uno (Sorok Pervyy, 1956), lo que facilitó la realización de La Balada del Soldado significativamente y le otorgó mayor libertad al cineasta, y segundo al relajamiento ya no sólo de la censura imperante en el régimen soviético sino de la Guerra Fría en general en las postrimerías de la década del 50 debido a la condena de Jrushchov a la Gran Purga estalinista de los 30 para eliminar adversarios políticos, al incesante culto a la personalidad del tirano y a la manipulación masiva y la represión más macro para asentar en el poder a Stalin, todos puntos sistematizados en el mítico Discurso Secreto o Acerca del Culto a la Personalidad y sus Consecuencias, enérgico y recordado alegato del líder ruso presentado el 25 de febrero de 1956 durante el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, primera verdadera autocrítica de los herederos de los bolcheviques y un intento por eliminar en parte la vileza del estalinismo y por regresar sin más al leninismo de los comienzos, aquel de la Revolución de Octubre de 1917. Desembarcando en Occidente con sumo éxito junto a propuestas hermanas como Pasaron las Grullas y El Destino de un Hombre, el opus que nos ocupa logró incluso una nominación al Mejor Guión Original en los Oscars para los dos responsables en cuestión, Valentin Ezhov y el propio Chukhray, señor que sintetiza el carácter humanista, melancólico y muy apegado al “hombre de a pie” de la faena, en oposición a la fastuosidad del cine anglosajón, mediante el contrapunto del prólogo, primero con un relator (Yuriy Yakovlev) informándonos que Katerina (Antonina Maksimova) jamás volvió a ver a su hijo Alyosha Skvortsov (Vladimir Ivashov) porque murió en combate y luego con el primer acto de la historia del muchacho de turno, cuando él solito destruye en plena desesperación y con un mortero a lo megarifle dos tanques nazis.

 

Skvortsov, un radiotelefonista de apenas 19 años luchando en el Frente Oriental, después de su hazaña es llamado por un General (Nikolay Kryuchkov) para que relate la proeza y el veterano hasta lo propone para recibir una condecoración, no obstante el adolescente lo frena de lleno y le pide en cambio que lo deje visitar la casa de su madre tanto para verla como para arreglar el techo, que tiene goteras según le informó la fémina en una carta reciente. Aprovechando el descanso que le correspondía según los reglamentos del Ejército Rojo, el General no sólo le da la licencia/ permiso de travesía por escrito sino que la amplía de una a seis jornadas para que el joven tengo dos días para llegar a su lejano poblado, dos para reparar el techo del hogar de la viuda y otros dos para regresar a las carnicerías con los nacionalsocialistas y su muy poco afortunado ímpetu imperialista de expansión territorial, similar al de Napoleón Bonaparte y con idénticos resultados. En el camino se topa con un colega soldado, Seryozha Pavlov (Gennadiy Yukhtin), que le pide que pase por una ciudad vecina a la suya para entregarle dos barras de jabón a su esposa, Elizaveta Petrovna (Mariya Kremneva), y decirle que está bien y que la extraña, y luego Alyosha se consagra a una catarata de transbordos de tren en tren mediante los cuales conoce a un militar que perdió su pierna izquierda en los conflictos, Vasya (Evgeniy Urbanskiy), quien se debate entre regresar o no con su esposa Liza (Elza Lezhdey) tanto por una relación tirante como por su invalidez. La pareja finalmente se reencuentra a puro afecto y Skvortsov continúa solo su periplo hasta que se topa con Gavrilkin (Aleksandr Kuznetsov), centinela de un tren al que debe sobornar con una lata de carne para que lo deje subir a bordo, donde eventualmente conoce a una hermosa y suspicaz muchacha, Shura (Zhanna Prokhorenko), quien se sube tiempo después a la formación ferroviaria y va a la morada de su tía pero le dice a Alyosha que se dirige a ver a su novio piloto en un hospital. Entre ambos de a poco nace el amor aunque deben separarse luego de entregar las barras de jabón al padre de Pavlov, Vasiliy Egorovich (Vladimir Pokrovskiy), y no a la esposa porque ésta ya se había conseguido otro macho, pudiendo a fin de cuentas apenas saludar a su progenitora por unos pocos minutos.

 

La película pertenece al estupendo ciclo inicial de la carrera de Chukhray, ese coronado por Cielo Despejado (Chistoe Nebo, 1961) y que asimismo abarca la ya citada El Cuarenta y Uno, otras dos propuestas de talante romántico/ alegórico/ bélico, Cielo Despejado una de las primeras obras que trataron abiertamente la cruel persecución estalinista y el debut del realizador uno de los primeros exponentes del rubro del “amor entre adversarios” ya que literalmente analiza el vínculo progresivo entre una francotiradora del Ejército Rojo, Maria Filatovna (Izolda Izvitskaya), y un oficial de las huestes zaristas del Ejército Blanco, el Teniente Vadim Nikolaevich Govorukha-Otrok (Oleg Strizhenov), durante el período más agitado de la Guerra Civil Rusa. La simpleza absoluta del film y su perspectiva humanista hiper nostálgica, centrada en esta ocasión en el accidentado viaje de Alyosha a su terruño sabiendo el espectador desde el vamos que el protagonista no sobrevivió a las luchas en espiral, constituyeron toda una novedad en el marco internacional del cine de la época ya que si bien Chukhray retoma elementos del acervo pacifista previo, ese que va desde la local y aún fresca Pasaron las Grullas hasta el clasicazo Sin Novedad en el Frente (All Quiet on the Western Front, 1930), de Lewis Milestone, lo cierto es que el opus hace suyo al formato bélico con una inusitada elegancia sirviéndose tanto de la espontaneidad del cariño púber de los gloriosos Ivashov y Prokhorenko, ambos para colmo actores debutantes y luego encarando trayectorias muy extensas, como de la sublime fotografía de Vladimir Nikolayev y Era Savelyeva, amén de detalles maravillosos del guión que dan cuenta de lo dificultoso que puede llegar a ser tanto viajar como salvaguardar el vínculo con los seres queridos y las otras personas de la sociedad; pensemos para el caso en la secuencia en la que el Teniente (Evgeniy Teterin), una “bestia” según Gavrilkin, amonesta a su subalterno por extorsionar al protagonista y la chica y hasta les permite quedarse en el tren, en el episodio en el que Skvortsov pierde la formación por quedarse escuchando informativos radiales mientras buscaba agua, en la escena del jabón con Elizaveta primero y Vasiliy después, en la de la separación de los jóvenes cuando el soldado recién a bordo del tren comprende la declaración tácita de amor de Shura, en el incendio nocturno posterior debido a bombardeos nazis y un puente destruido que conduce a Alyosha a rescatar a diversos individuos de adentro de los vagones, todo para a posteriori recibir maltratos por parte de los energúmenos estatales, y en el desenlace tracción a ese breve vistazo de su hijo que tiene Katerina, su último contacto en vida y en muerte porque las autoridades ni siquiera repatriaron el cuerpo del adolescente, sepultado finalmente en una tierra muy distante a la de su pueblo. La Balada del Soldado, en última instancia, explora los distintos tipos de amor y respeto involucrados, el de los esposos en crisis, el de la pareja bisoña, el de la madre hacia su hijo, el de la solidaridad profesional para con Pavlov y el de la amistad repentina con Vasya, y consigue además una proeza muy extraña para el promedio del cine bélico, eso de contraponer con gran soltura narrativa una de las mejores escenas de batalla de la historia, la inicial alrededor de la destrucción de los dos tanques, con un desarrollo subsiguiente algo mucho reposado que en apariencia no tiene nada que ver pero en realidad conserva el frenesí del conflicto armado a través de la urgencia del periplo en rieles y rutas del protagonista, cuyo encanto y cuya perspectiva optimista cual moral sacrificial sin rispideces psicológicas, en consonancia con el hedonismo de la niñez que puede tener a la muerte enfrente pero no la acepta al juzgarla una eventualidad lejana, conforman un tesoro pocas veces capturado por las cámaras a lo largo del devenir histórico del séptimo arte…

 

La Balada del Soldado (Ballada o Soldate, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, 1959)

Dirección: Grigoriy Chukhray. Guión: Grigoriy Chukhray y Valentin Ezhov. Elenco: Vladimir Ivashov, Zhanna Prokhorenko, Antonina Maksimova, Nikolay Kryuchkov, Evgeniy Urbanskiy, Elza Lezhdey, Aleksandr Kuznetsov, Evgeniy Teterin, Mariya Kremneva, Vladimir Pokrovskiy. Producción: Pavel Danilyants. Duración: 87 minutos.

Puntaje: 10