El Largo Viernes Santo (The Long Good Friday)

Escenario de crisis inducida

Por Emiliano Fernández

Se podría afirmar que el cine de mafia o gángsters atravesó un ciclo bien literal a lo largo de su historia, empezando por una primera mitad del Siglo XX en la que las propuestas estaban enmarcadas en un minimalismo semi clase B que apuntaba a analizar la decadencia y el sustrato caníbal del entorno metropolitano moderno, y finalizando con el período que sobrevino luego de la década del 60 -ese que se extiende hasta nuestros días- en el que el rubro de forma paulatina fue dividiéndose en dos grandes corrientes mutuamente excluyentes, hablamos de odiseas serias de cadencia cada vez más operística y trabajos mordaces que llevan al extremo el gusto posmo por el pastiche heterogéneo y por lo general de muy poco seso. El Largo Viernes Santo (The Long Good Friday, 1980), considerada por muchos la mejor película británica de gángsters de la historia y sin duda el mejor trabajo del realizador John Mackenzie, quiebra en buena medida el patrón estándar de nuestros días porque nos regala un típico caso de corrupción y lucha de intereses contrapuestos en las elites sin más pompa que la angustia, para colmo retratándolo a través de un realismo seco y prosaico volcado a examinar las matufias empresariales, estatales y policiales, la obsesión del capitalismo actual con las reconversiones inmobiliarias de zonas abandonadas y el sentimiento separatista de los mismos ingleses con respecto al resto de Europa, casi siempre acercándose con algo de asquito a los norteamericanos, sus hijos bastardos de toda la vida.

 

Harold (Bob Hoskins) es un personaje mafioso en ascenso, dueño de un casino y algún que otro pub, que desea convertirse en un empresario respetado y para ello encara un mega proyecto para metamorfosear la zona portuaria desierta de Londres en una serie de edificaciones de lujo que -por supuesto- incluirán una nueva casa de juegos. El señor está en pareja con la bella Victoria (Helen Mirren) y cuenta con dos “manos derechas”, el jerarca administrativo Jeff (Derek Thompson) y el matón estrella Razors (P.H. Moriarty), a lo que se suman secuaces gubernamentales de peso, el jefe policial Parky (Dave King) y el concejal Harris (Bryan Marshall); toda una organización mantenida mediante dinero a discreción que el protagonista en esencia moviliza para cerrar el acuerdo con los otros inversores necesarios para que el asunto funcione, esa mafia norteamericana que envía a la capital británica a dos representantes, Charlie (Eddie Constantine) y su abogado Tony (Stephen Davies), con el objetivo de chequear de primera mano los sobornos, permisos y planos reglamentarios. La reunión de turno, acaecida ese Viernes Santo del título, deriva de a poco en desastre porque un sindicato en las sombras pretende aguarle los ambiciosos planes a Harold mediante una andanada de bombas en autos y propiedades del susodicho, amén de asesinatos varios que le pasan de cerca a la madre del líder máximo (Ruby Head) y finiquitan la vida de un amigo suyo del colegio y la milicia, el gay Colin (Paul Freeman).

 

El guión de Barrie Keeffe, un profesional de una escueta carrera televisiva que sólo es conocido en el campo del séptimo arte por la presente película, es una verdadera maravilla del suspenso escalonado porque se centra en la investigación desesperada que inicia Harold en pos de descubrir -sin que se enteren los yanquis- la identidad de los que están detrás del ataque contra su persona, su círculo íntimo y el variopinto conglomerado criminal que supo erigir a su alrededor, un periplo narrativo que abarca el viernes y el sábado y pone en cuestión la lealtad de esbirros y subalternos al señalar que por más estabilidad, poder y capacidad de presión que se acumulen siempre queda latente la posibilidad de que aparezca de golpe otro jugador y utilice nuevas tácticas -o las de siempre aunque aggiornadas a la flamante coyuntura- para generar traiciones por debajo de la mesa y frente a ojos cegados por una soberbia que desconoce los peligros que se ciernen a la vuelta de la esquina. El film además se mete con latiguillos espléndidos del film noir, como la dialéctica de la venganza y esa ruina moral que aparece pronto en el horizonte psicológico, y con uno de los fetiches sociales infaltables en el Reino Unido durante el período de realización, léase el terrorismo del IRA y su “faceta empresaria” con vistas a solventar la militancia en Belfast en medio de un accionar subrepticio que nunca puede ser detenido del todo porque una y otra vez se vuelve a regenerar vía células ocultas de gran intensidad y destreza (el contrapunto con la “guerra declarada” clásica de los gángsters, la policía y las fuerzas armadas queda de manifiesto mediante el desconocimiento y la ineficacia del protagonista a la hora de lidiar con los revolucionarios y su apego a las sorpresas desagradables y bien ruidosas o -por el contrario- a los homicidios concebidos para ser ejecutados en silencio). La banda sonora de Francis Monkman, basada en sintetizadores enérgicos, y la fotografía ultra austera de Phil Meheux colaboran mucho en el apuntalamiento de la ciclotimia de una capa dominante citadina que ve derrumbarse sus anhelos de un modo tan inesperado como feroz y tétrico.

 

En este sentido, la película apela a conciencia a esa violencia despiadada que recorre toda la historia del género, sobre todo en el interrogatorio -cuchillo en mano- de un informante, Erroll (Paul Barber), la famosa secuencia en el matadero con los soplones colgados como reses y aquel desenlace con el cristal roto de una botella que va a parar al cuello de uno de los responsables del asuntillo a nivel macro, sin embargo la propuesta jamás cae en las exageraciones habituales y la pomposidad banal de Hollywood porque decide retratar a los personajes con calma y paciencia y sirviéndose de sus paradojas de base, mostrando cuánto los afecta a escala anímica la arremetida y dejando que aparezca progresivamente el trasfondo psicopático de revancha. Así como para Mirren El Largo Viernes Santo fue otro más de una retahíla de mojones que en la época cimentaron su trayectoria, para Hoskins el opus de Mackenzie constituyó su consagración definitiva como uno de los mejores actores británicos surgidos durante la década del 70, detalle que el señor capitalizaría a lo largo de los siguientes 10 años, una etapa dorada que incluyó obras como Pink Floyd: The Wall (1982), El Cónsul Honorario (The Honorary Consul, 1983), The Cotton Club (1984), Brazil (1985), Mona Lisa (1986), Plegaria para un Asesino (A Prayer for the Dying, 1987), The Lonely Passion of Judith Hearne (1987), ¿Quién Engañó a Roger Rabbit? (Who Framed Roger Rabbit?, 1988), The Raggedy Rawney (1988) y Mi Madre es una Sirena (Mermaids, 1990). El director edifica un escenario de crisis inducida que sería fundamental en el desarrollo posterior del género porque trabaja en simultáneo -y con mano maestra- el misterio del rival ignoto, los múltiples frentes de batalla que se abren entre la competencia criminal, la destrucción de los vínculos afectivos/ laborales cercanos, el reemplazo de la industria por la especulación mercantil y financiera y hasta la eterna rivalidad cultural entre estadounidenses e ingleses, con una memorable colección de insultos entrecruzados finales y mucho nihilismo de por medio en lo que atañe a la irónica aceptación de lo inevitable…

 

El Largo Viernes Santo (The Long Good Friday, Reino Unido, 1980)

Dirección: John Mackenzie. Guión: Barrie Keeffe. Elenco: Bob Hoskins, Helen Mirren, Derek Thompson, P.H. Moriarty, Dave King, Bryan Marshall, Eddie Constantine, Stephen Davies, Paul Barber, Pierce Brosnan. Producción: Barry Hanson. Duración: 114 minutos.

Puntaje: 9