El Amor y la Furia (Once Were Warriors)

Esclavos de la violencia

Por Emiliano Fernández

A pesar de que los maoríes son considerados, a ojos del típico occidental bobalicón en eterna posición de turista bastante irresponsable para con todo y todos, un pueblo de lo más colorido, inusual o ampuloso que ha sabido diferenciarse en términos culturales de otros tantos aborígenes de la Polinesia, en el Océano Pacífico Central, lo cierto es que la etnia en cuestión, eternamente relacionada con su hogar fundamental, Nueva Zelanda, atravesó ese calvario estándar de los nativos de cualquier parte del globo ante la colonización a cargo de la lacra europea, en el caso específico de la cultura y sociedad maorí experimentando un genocidio sobre todo durante el Siglo XIX en dos fases concretas, primero una seguidilla de batallas internas conocidas como Guerras de los Mosquetes, en la que literalmente las tribus del norte masacraron a sus vecinas a través de incursiones símil guerrilla utilizando armas de fuego que compraron al reconvertir su estilo de vida bucólico y no invasivo hacia esa explotación extensiva del suelo del mercado occidental moderno, y segundo un operativo ya institucionalizado de represión y limpieza étnica llamado Guerra de las Tierras de Nueva Zelanda o Guerras Maoríes, donde los soldados -y los energúmenos con poder de fuego del montón- de esta flamante colonia británica desde el Tratado de Waitangi de 1840, el cual protegía los territorios tribales e impedía su venta a cualquier entidad que no sea la Corona Inglesa, se dedicaron a asesinar a todos los maoríes insurrectos que se alzaron contra el incumplimiento sistemático del pacto por parte de la población blanca de Nueva Zelanda y desde ya los colonos latifundistas más poderosos de la región, proceso bélico que derivó en la confiscación generalizada de las tierras indígenas, la tiranización de los derrotados como mano de obra subyugada y la más que rápida reconversión de los habitantes originarios en una minoría étnica que poco y nada podía hacer después de las matanzas de turno. Así las cosas, los maoríes, colectivo otrora orgulloso y siempre guerrero que solía esclavizar a las tribus vencidas e incluso canibalizarlas y cuya danza ceremonial, el Haka, es célebre en todo el planeta por su insólita combinación de gestos, movimientos y canto grupal, padeció a lo largo de la centuria siguiente, el Siglo XX, la metamorfosis de toda fracción marginal, debiendo mudarse del campo a las ciudades para conseguir trabajo, refugio y comida bajo condiciones de pauperización extrema y un masoquismo emocional a lo círculo vicioso.

 

El film que mejor trabajó el lento mestizaje entre la población nativa y este modo de vida occidental es El Amor y la Furia (Once Were Warriors, 1994), de Lee Tamahori, una de las películas más exitosas de la historia del cine neozelandés y un gran testimonio en general de esa prototípica existencia en los suburbios de cualquier etnia postergada por una suerte de segregacionismo social tácito que combina la marginación informal, la estigmatización eurocéntrica y una condescendencia estatal y/ o burguesa privilegiada que tiene más que ver con la lástima que con el respeto verdadero hacia el diferente, aquí una familia maorí que aglutina todos los ingredientes infaltables de los segmentos menesterosos de las urbes de nuestros días, hablamos de miseria, inestabilidad laboral, violencia, drogas, completo olvido estatal, abusos domésticos, alguna que otra violación, alcoholismo agudo, pandillas metropolitanas, problemas psicológicos varios, desmembramiento paulatino del clan y una tendencia siempre latente hacia el suicidio y el asesinato cruzado. El genial guión de Riwia Brown, basado en la novela homónima y autobiográfica a lo lejos de Alan Duff de 1990, se centra en la relación más que tóxica de un matrimonio de 18 años que vive en la populosa ciudad de Auckland, compuesto por Beth Heke (extraordinaria labor de Rena Owen), una alcohólica con un background maorí tradicional, y Jake “The Muss” Heke (el tremendo Temuera Morrison, quien como Owen trabajaría a futuro en distintos productos de la saga redituable por antonomasia de George Lucas, la de La Guerra de las Galaxias/ Star Wars), un borracho crónico muy violento que aterroriza a toda la parentela y a quien en esencia no le interesan demasiado los dilemas de su prole, una formada por cinco hijos, el mayor Nig (Julian Arahanga), quien se une a una pandilla criminal, Mark alias “Boogie” (Taungaroa Emile), un proto delincuente que es enviado por el poder judicial a un reformatorio, Polly (Rachael Morris Jr.) y Huata (Joseph Kairau), dos niños pequeños aún muy dependientes, y Grace (Mamaengaroa Kerr-Bell), una adolescente que gusta de escribir cuentos y pasar el rato con un amigo drogadicto que vive en un coche destruido, debajo de una autopista, y al que sus padres parecen haber echado de su casa, Toot (Shannon Williams), no obstante la chica se suicida ahorcándose del único árbol del patio del hogar después de ser violada por un amigo del padre, Bully (Cliff Curtis), otro episodio de frustración y hermetismo cultural.

 

Adoptando sin medias tintas la estructura del melodrama de realismo social con pinceladas testimoniales bien crudas símil neorrealismo italiano, Nueva Ola Británica y/ o exploitation setentoso a toda pompa de enclave habitacional en crisis o quizás consagrado a vejaciones permanentes, El Amor y la Furia funciona como un adusto relato coral que nos pasea por las palizas de Jake a Beth cuando lo insulta u osa contradecirlo, las fiestas que el patriarca organiza en la morada familiar con sus amigos borrachines, el rol central que tienen las canciones colectivas, las cervezas y las peleas por banalidades en todo esto, los intentos de Grace de reemplazar a su progenitora como modelo de una feminidad/ maternidad que sí se preocupe por los miembros más indefensos del clan, el descubrimiento de Boogie de la tradición maorí mediante su apego al Haka y al mandamás comprensivo del reformatorio, el Señor Bennett (George Henare), la decepción implícita de Nig para con una idiosincrasia pandillera igual de violenta que la de su parentela de origen, las conversaciones de Beth con su única amiga real en el agitado fluir cotidiano, Mavis (Mere Boynton), una mujer bella y tontuela que también naturaliza los golpes bajo la filosofía de “mantener la boca cerrada y las piernas abiertas”, el intento malogrado de la familia en pos de visitar a Boogie, algo que choca con la irresponsabilidad y el alcoholismo de Jake, quien a su vez prefiere pasar horas con sus compinches, Dooley (Pete Smith) y el pedófilo de Bully, para evitar el contacto con su propia sangre, y finalmente la esperable reconstitución a posteriori del suicidio de Grace, evento que estrecha todos los lazos -los de parentesco y los de la etnia en sí- excepto en el caso de un Jake que reniega de sus antepasados maoríes porque la mayoría fueron esclavos, eventualmente descubriendo el crimen de Bully, reventándolo a golpes y castrándolo con una botella rota. A diferencia de otros dramones de impronta hiper marginal, el opus que nos ocupa siempre complejiza el asunto mediante paradojas muy humanas, pensemos en la doble faceta de la pareja principal, esa Beth que desea ser una buena madre pero una y otra vez saca a relucir su sumisión frente a su marido, el cual claramente ama con pasión a su compañera aunque en simultáneo no puede abandonar sus compulsiones más agresivas o súbitas como si se tratasen de una garantía de autolegitimación de la masculinidad mediante la estrategia del narcisismo, la apatía y la insensibilidad ante el martirio de sus semejantes.

 

La película es asimismo un retrato colateral y bastante descarnado del nauseabundo cinismo plutocrático de la posmodernidad, uno que trata a todos como consumidores siempre que posean el dinero para entrar al mercado, y de ese imperialismo cultural de la globalización que -siguiendo la misma dialéctica de la hibridación grotesca a la fuerza- mete a todos en la misma bolsa como si fuesen sujetos o cosas intercambiables que deben ajustarse sí o sí a la mentalidad anglosajona/ caucásica/ occidental y dejar de lado su imaginería ancestral o toda manifestación alternativa, folklórica o contracultural, por ello Beth al casarse se alejó de los mandatos de la tribu y pasó a engrosar los cordones paupérrimos de las grandes urbes y por ello Grace tiene en su cuarto -que es también el de sus hermanos, por cierto- unos afiches/ posters de Arma Mortal 3 (Lethal Weapon 3, 1992), de Richard Donner, Los Blancos no la Saben Meter (White Men Can’t Jump, 1992), de Ron Shelton, y aquel Edward Furlong de Terminator 2: El Juicio Final (Terminator 2: Judgment Day, 1991), de James Cameron, un detalle que puede parecer irónico desde una mirada retrospectiva porque Tamahori, aquí utilizando a Hollywood como un ejemplo de la invasión simbólica foránea a los maoríes, pronto mutaría en un asalariado ultra desparejo de los estudios norteamericanos capaz de entregar opus dignos como Abuso de Poder (Mulholland Falls, 1996) y Al Filo del Peligro (The Edge, 1997) y basura como Telaraña (Along Came a Spider, 2001), Otro Día para Morir (Die Another Day, 2002), xXx 2: Estado de Emergencia (xXx: State of the Union, 2005) y El Vidente (Next, 2007). Lo que sí hay que concederle al realizador neozelandés es la originalidad de su enfoque en términos de la temática, una pobreza suburbana que casi siempre fue analizada por el séptimo arte a través del obrerismo documentalista más seco y no mediante esta prolijidad hiper cristalina de la fotografía de su socio en el rubro, Stuart Dryburgh, lo que nos sitúa no sólo ante el mejor trabajo de Tamahori sino frente a una obra maestra que supera por mucho a su secuela directa, aquella deslucida de 1999 de Ian Mune, y una de las cúspides del cine sobre la esclavitud para con la violencia, tópico doloroso al que el señor volvería en ocasión de las inferiores El Patriarca (Mahana, 2016) y El Doble del Diablo (The Devil’s Double, 2011), esta última sobre Latif Yahia, supuesto reemplazo público de Uday Hussein, el espantoso hijo mayor de Saddam Hussein, dictador de Irak…

 

El Amor y la Furia (Once Were Warriors, Nueva Zelanda, 1994)

Dirección: Lee Tamahori. Guión: Riwia Brown. Elenco: Rena Owen, Temuera Morrison, Mamaengaroa Kerr-Bell, Julian Arahanga, Taungaroa Emile, Rachael Morris Jr., Joseph Kairau, Cliff Curtis, Pete Smith, George Henare. Producción: Robin Scholes y Andrew Mason. Duración: 99 minutos.

Puntaje: 10