El Otro Sr. Klein (Mr. Klein)

Esquema de sustitución

Por Emiliano Fernández

La Redada del Velódromo de Invierno de París, acaecida entre el 16 y el 17 de julio de 1942, fue sin duda el mayor arresto de judíos durante la Segunda Guerra Mundial dentro del territorio francés, una operación planificada por la Sección IVB4 de la Gestapo al mando de Adolf Eichmann y por la policía local bajo mandato de Pierre Laval, el jefe de gobierno de aquella Francia de Vichy encabezada por el mariscal Philippe Pétain, Estado títere absolutista de Alemania que controlaba el sur del país aunque ofrecía regularmente su colaboración al territorio del norte, ocupado de modo explícito por los nazis, en materia de la administración pública, la represión de las voces o manifestaciones de descontento, el sostenimiento de la economía bélica, el exterminio de hebreos, el aporte de mano de obra semi esclava y en especial el combate contra la Resistencia que actuaba bajo el paraguas heterogéneo de la Francia Libre, el gobierno de Charles de Gaulle en su cómodo exilio londinense. Las instalaciones del Velódromo de Invierno, que ya habían sido utilizadas en una redada previa del 14 de mayo de 1941 que generó 3.747 arrestos, oficiaron de cárcel improvisada para unas 7.500 personas dentro de una detención voluminosa que llegó a los 13.152 individuos, siendo el resto llevados al Campo de Internamiento de Drancy, situado en el noreste de la ciudad. Prácticamente sin comida, agua o baños y con la amenaza permanente de ser fusilados ante el más mínimo intento de fuga, adultos y niños debieron arreglárselas como podían durante cinco días hasta que comenzaron a ser trasladados hacia Drancy y otros dos campos más, Beaune-la-Rolande y Pithiviers, donde soportaron nuevas condiciones de hacinamiento y penurias de toda índole hasta que fueron conducidos, meses después, hacia el entramado de campos de exterminio que montaron los nazis en Polonia, con el Complejo de Auschwitz como su gran núcleo. Como tantas otras veces en la historia de la humanidad cuando se trata de genocidios y crímenes de guerra o masivos, el grueso de los artífices quedaron impunes porque si bien algunos de los jerarcas fueron capturados y condenados por sus acciones, muchos otros de hecho escaparon y desde ya la enorme mayoría de los cómplices de los escalafones medio y bajo, casi todos gendarmes franceses ya que fueron los responsables de la ejecución de la redada, los traslados y la vigilancia en el confinamiento posterior, evitaron toda verdadera sanción alegando la famosa “obediencia debida” o afirmando que después ayudaron a la Resistencia en sus variopintas maniobras de sabotaje contra los germanos invasores, ganándose rehabilitación e indultos sistemáticos.

 

El tópico, siempre considerado en mayor o menor medida un tabú en Francia porque coloca en primer plano el canibalismo nacional llevado al extremo y el execrable rol del pueblo silente y de las autoridades colaboracionistas en los delirios racistas del régimen nazi, fue analizado por la pionera El Jueves del Adiós (Les Guichets du Louvre, 1974), de Michel Mitrani, y por un par de obras relativamente interesantes del nuevo milenio, La Redada (La Rafle, 2010), de Rose Bosch, y La Llave de Sarah (Elle s’appelait Sarah, 2010), opus de Gilles Paquet-Brenner, sin embargo la película por antonomasia acerca del tema es El Otro Sr. Klein (Mr. Klein, 1976), dirigida por el eterno Joseph Losey y escrita por el realizador y Franco Solinas a partir de un guión primigenio de este último con Costa-Gavras, quien pretendía dirigir la faena con Jean-Paul Belmondo en el rol titular hasta que un conflicto entre productores y una lesión del actor generaron que el proyecto cayese en manos de un Alain Delon no sólo dispuesto a protagonizar el convite sino a financiarlo, por ello contrató a Losey en función de la buena química laboral que tuvieron con motivo de El Asesinato de Trotsky (The Assassination of Trotsky, 1972), película muy fallida desde el punto de vista artístico. Luego de un prólogo en el que una pobre mujer (Isabelle Sadoyan) se somete a un examen médico degradante para determinar si es judía, conocemos al Señor Robert Klein (Delon), un marchante de arte que en la París ocupada de 1942 se enriquece comprándole a los judíos por monedas pinturas muy valiosas aprovechando su necesidad de dinero para huir del antisemitismo, así adquiere de un hombre (Jean Bouise) por 300 luises de oro un retrato de un gentilhombre del holandés Adriaen van Ostade. Al encontrar en la puerta de su morada un periódico judío que se distribuye por correo a partir de una base de datos estatal, Noticias Judaicas, Klein tiene la mala idea de acudir a la policía para limpiar su nombre pero lo único que desencadena son las sospechas de las autoridades galas y luego la convicción de que es hebreo y por ello objeto de discriminación, acoso y quizás un arresto, algo que de manera solapada es confirmado por su progenitor (Louis Seigner) cuando el susodicho le aclara que la rama francesa de la parentela sí es católica pero no la holandesa, condenada con furia por el veterano. Pronto la existencia de lujos del protagonista, esa que incluye una novia bastante cosificada, Jeanine (Juliet Berto), y hasta una amante burguesa, Nicole (Francine Bergé), nada menos que la esposa de su abogado y mejor amigo, Pierre (Michael Lonsdale), comienza a trastabillar por paranoia y muchos callejones sin salida.

 

Klein se obsesiona con encontrar al destinatario del diario, con el cual comparte nombre y apellido, en simultáneo como una cruzada de autoexoneración y como una pesquisa en pos de su propia identidad negada o perdida, la judía familiar, no obstante la investigación lo lleva a toparse con un sutil laberinto de pistas contradictorias que se condicen con las tres mujeres de ese otro Señor Klein, primero la conserje de la casa donde vivía (Suzanne Flon), una mujer de mediana edad que parece protegerlo en las sombras, en segundo lugar una burguesa llamada Florence (Jeanne Moreau), quien aparentemente tenía de amante al varón porque en sí está casada con un tal Charles Xavier (Massimo Girotti), dueño de un château en las afueras de la metrópoli, y en tercera instancia una muchacha escurridiza y enigmática que está muy conectada con la Resistencia y responde intermitentemente a los nombres de Françoise, Cathy e Isabelle (Francine Racette). Mientras espera la llegada de certificados por correo desde Marsella y Argelia que puedan eliminar toda duda sobre su hipotética condición de hebreo vía el árbol genealógico francés del clan, en términos concretos sus abuelos maternos, el marchante asiste con Jeanine a un espectáculo cabaretero con algunos elementos en común con El Judío Süß (Jud Süß, 1940), famosa epopeya de propaganda antisemita de Veit Harlan, y es blanco de un allanamiento policial en donde le confiscan casi todas sus pinturas salvo aquella de Van Ostade, a la que califica como “personal” para que no se la lleven en calidad de otra mercancía más para la venta. Su novia con el tiempo lo abandona sin que siquiera se percate de ello y Robert confunde a un tercer Klein con ese que está buscando, un partisano que falleció en un atentado con coche bomba contra un cuartel de la Gestapo, pero así y todo el personaje de Delon logra cruzarse primero con el perro de su tocayo, un ovejero alemán, y con la mentada Françoise/ Cathy/ Isabelle, quien le dice que Klein jamás salió de París y está precisamente al cuidado de la conserje, la cual lo oculta de día y le permite dormir en su hogar habitual de noche. El hombre, que en un principio pretendía escapar con una identidad falsa mediante un barco en Marsella, Robert de Guigny, por el flamante dato decide quedarse en París hasta hallar a su doppelgänger conceptual pero Pierre denuncia al usurpador y lo hace arrestar cuando por fin el marchante había logrado pautar un encuentro por teléfono con el sujeto, lo que de todos modos no salva al protagonista de un arresto en medio de la Redada del Velódromo de Invierno y su traslado en tren hacia Drancy, junto con todos los judíos, sin llegar a conocer a su doble.

 

El guión de Losey, aquí redondeando su última obra maestra fundamental porque ni Don Giovanni (1979) ni Los Baños Turcos (Steaming, 1985), sus otros dos clásicos tardíos, lograron superar lo hecho por El Otro Sr. Klein, y de Solinas, célebre por sus recordadas colaboraciones con gente de la talla de Luigi Comencini, Gillo Pontecorvo, Nicholas Ray, Roberto Rossellini, Francesco Rosi, Sergio Sollima, Damiano Damiani, Sergio Corbucci, Giulio Petroni y Costa-Gavras, nunca se molesta en aclarar los múltiples interrogantes y jamás dilucida el quid mismo del relato, la incógnita de si el tocayo fantasmal buscaba desviar el foco de la persecución hacia el marchante de arte o si todo se trató de una simple confusión burocrática como tantas otras de los Estados fascistoides modernos, planteo que genera un devenir narrativo enrarecido en donde se produce un choque entre la realidad desesperada retratada, léase el período previo a la redada racista monumental de 1942, y una especie de surrealismo que coquetea con el absurdo y el desquicio en pos de subrayar la intolerancia, estupidez, cosificación y falta de sentido último detrás de las acciones de la mafia institucional en el poder, reduciendo a los individuos a piedras o a lo sumo insectos que pueden escudriñar y mover de acá para allá privándolos de todos sus derechos básicos bajo criterios supuestamente racionales o científicos que no son más que una catarata de pavadas que responden a los caprichos pancistas de las cúpulas y su necesidad de siempre encontrar un chivo expiatorio al cual asignarle todos los males sociales y condenarlo, amén de lo fácil que resulta en una situación así autoponderarse como campeones invictos del interés común mientras caen en todos los atributos paradigmáticos del tirano demente. Estos rasgos, propios de los nazis y la Francia de Vichy aunque también de casi todos los gobiernos subsiguientes de gran parte del planeta, responden asimismo a un enrevesado cúmulo de citas que desde el film del realizador norteamericano nos reenvían a los juegos con la identidad y las confusiones del cine de Alfred Hitchcock, el fetiche existencialista basado en la degradación moral/ ética de Fiódor Dostoyevski, el análisis de la decadencia aristocrática de Luchino Visconti, la obsesión con los reflejos y los enigmas de la identidad del acervo literario de Jorge Luis Borges, cierta pesadilla de vigilancia omnisciente a lo George Orwell, un sustrato de cuestionamiento permanente de la naturaleza, ramificaciones y justificaciones prosaicas del poder símil Orson Welles, aquella parodia bien amarga del carácter despótico de la cultura y la vida privada de Rainer Werner Fassbinder y finalmente el infaltable dejo kafkiano asfixiante en materia de nociones empardadas con las mentiras, la proscripción, la ceguera administrativa, los atolladeros sociales, la ignorancia popular, la abulia, el aturdimiento de los sentidos, las leyes ridículas, lo inaprehensible de la otredad antropológica, la ausencia de explicaciones finales y en especial una reconversión muy traumática que implica humillaciones y un asedio constante por parte de otrora paisanos o colegas, pensemos en este sentido en El Castillo (Das Schloß, 1926), El Proceso (Der Prozess, 1925) y La Metamorfosis (Die Verwandlung, 1915). La vinculación entre la pata judía de la familia del marchante y Holanda, génesis de las ramas ninguneadas del árbol genealógico, se da no sólo a través del personaje de Bouise, aquel cuadro de Adriaen van Ostade y los secretos que atesora la figura paterna de Seigner sino además mediante las circunstancias históricas y geopolíticas en las que fue pintado el retrato del gentilhombre, en las Provincias Unidas de los Países Bajos del Siglo XVII que oficiaron de asilo para los perseguidos por las naciones europeas debido a sus convicciones religiosas, especie de inversión práctica de la genuflexión y el ámbito de terror de la Francia de Vichy del dúo de Pétain y Laval, siempre dispuestos a ceder ante los nacionalsocialistas e incluso profundizar en las pretensiones en cuestión -por ejemplo- ordenando el arresto complementario de niños en ocasión de la Redada del Velódromo de Invierno, algo inicialmente no requerido por los germanos. Sirviéndose de la exquisita fotografía de Gerry Fisher, la maravillosa música minimalista de Egisto Macchi y Pierre Porte y una gran labor de un Delon que le escapa a su semblante estándar de la época de “tipo recio” para ponerse en los zapatos de un parásito social sonriente cual pícaro o vividor siempre amigo de la desgracia ajena, Losey por un lado ironiza implícitamente en torno a las paradojas del relato, eso de la vulnerabilidad inherente al egoísmo y a la soberbia del ser humano, el arte como cultura y mercancía y el victimario que se convierte en víctima mientras trata de desentrañar el misterio sobre su persona al punto de descuidar su supervivencia por una curiosidad tercerizada irrefrenable, y por el otro lado explora sin eufemismos los pormenores de un genocidio con ingredientes manifiestos de limpieza étnica, invasión a gran escala y una dictadura apuntalada en una farsa populista/ demagógica/ consuetudinaria que sustituye al marco democrático en sí por sucesivos acuerdos entre las elites enquistadas en el poder, nos referimos a las vernáculas y las extranjeras. Del mismo modo el protagonista también termina preso de este esquema de reemplazo en la oscuridad al adoptar otra identidad a mitad de camino entre la compulsión y la propia voluntad, entre la efigie del otro Klein y su homóloga de Robert de Guigny, en suma una amalgama de lo pasivo que sufre la violencia externa y lo activo que la ejerce vía la complicidad o la condena hacia el diferente demonizado desde el oportunismo político, comunal, económico, cultural o bélico, el judío. Así como la sed de conocimiento termina llevando al óbito tácito al marchante de arte, apenas consiguiendo hablar por teléfono y ver en la distancia a su contraparte ya en el velódromo, cual quimera para con una sabiduría idiosincrásica empardada a la etnia y al pasado barrido bajo la alfombra, la imposibilidad de asignarle sentido pleno a nuestra existencia lleva a continuas frustraciones que se hacen más o menos carne según lo dispuestos que estemos a vernos en el espejo y a desnudarnos de las máscaras del conformismo que la comunidad nos impone y nosotros aceptamos de buena gana para hacer más llevadera la vida y desligar responsabilidades bajo el pretexto de la exigencia social de concordar con el prójimo o el otro, so pena de destierro simbólico…

 

El Otro Sr. Klein (Mr. Klein, Francia/ Italia, 1976)

Dirección: Joseph Losey. Guión: Franco Solinas y Joseph Losey. Elenco: Alain Delon, Jeanne Moreau, Michael Lonsdale, Francine Bergé, Juliet Berto, Jean Bouise, Suzanne Flon, Massimo Girotti, Francine Racette, Louis Seigner. Producción: Alain Delon. Duración: 123 minutos.

Puntaje: 10