Mamita Querida (Mommie Dearest)

Estamos listos, Señora Crawford

Por Emiliano Fernández

Resulta difícil de definir el encanto morboso detrás de una película como Mamita Querida (Mommie Dearest, 1981), de Frank Perry, un retrato tan honesto y memorable como hiperbólico y melodramático al extremo del ridículo del vínculo que unió a Joan Crawford (Faye Dunaway) y su hija adoptiva Christina Crawford (Diana Scarwid de adulta, Mara Hobel en su niñez), en esencia porque el film pretende pasar por biopic seria pero obviando todo ese tono anodino respetuoso estándar de tantas propuestas biográficas del montón de ayer, hoy y siempre para concentrarse en cambio en una retahíla de episodios exacerbados que siguen al pie de la letra aquellos relatados en el libro homónimo de 1978 de Christina, publicado un año después del fallecimiento de Joan como una forma de exorcizar los abusos, ninguneos, palizas y la tiranía en general a manos de la legendaria intérprete del Hollywood Clásico. A diferencia del enfoque más clasicista de Feudo (Feud, 2017), la también muy interesante serie de Ryan Murphy para FX que exploró las batallas entre Joan (Jessica Lange) y Bette Davis (Susan Sarandon) sobre todo en ocasión de los rodajes de ¿Qué Pasó con Baby Jane? (What Ever Happened to Baby Jane?, 1962) y Cálmate, Dulce Carlota (Hush Hush, Sweet Charlotte, 1964), ambas de Robert Aldrich, pugna profesional de toda la vida que se magnificó cuando la primera recibió el Oscar a Mejor Actriz en nombre de Anne Bancroft por Ana de los Milagros (The Miracle Worker, 1962), de Arthur Penn, en una terna en la que también estaba nominada Davis por ¿Qué Pasó con Baby Jane?, lo que por cierto provocó que Bette le amargase la vida en calidad de productora y eventualmente la expulsase del set de Cálmate, Dulce Carlota, Mamita Querida, por otro lado, juega a conciencia con un hagsploitation volcado hacia la gravedad dramática y una desproporción sadomasoquista, demencial y cuasi surrealista viniendo de una película de la entraña hollywoodense como la presente, lo que se explica por la presencia del inefable Perry como director y guionista, señor que había cubierto terreno similar en la injustamente olvidada Una Mujer sin Mañana (Play It As It Lays, 1972) y había comenzado su carrera con una excelente serie de colaboraciones -sobre el fracaso existencial y la necesidad de reinventarse- con su esposa de entonces, Eleanor Perry, hablamos de David y Lisa (David and Lisa, 1962), Ladybug Ladybug (1963), El Nadador (The Swimmer, 1968), El Último Verano (Last Summer, 1969), Trilogía (Trilogy, 1969) y la fascinante Diario de una Esposa Desesperada (Diary of a Mad Housewife, 1970), verdadero ciclo de oro a escala cualitativa.

 

Con respecto al tema de la veracidad de los maltratos denunciados por Christina en sus célebres memorias, éstos a esta altura resultan indudables porque fueron negados por las estrellas amigas de la mítica actriz y confirmados por los más allegados a la familia Crawford, lo que equivale a decir que efectivamente ocurrieron y más tratándose de una mujer como Joan que dependía de asistentes y terceros aunque no tanto -es decir, no tanto como tantas otras figuras del vanidoso aparato mainstream- y ello le permitía estar a solas en muchísimas ocasiones con sus vástagos y torturarlos desde su alcoholismo y su manía perfeccionista de toda índole, un esquema que por cierto se oponía al de su eterna rival Bette Davis en relación a su hija Barbara Davis Hyman, la cual se quiso colgar del éxito del libro de Christina escribiendo ella misma unas memorias acusando a Bette de borracha, ególatra y manipuladora aunque no de artífice de abusos físicos, El Guardián de mi Madre (My Mother’s Keeper, 1985), volumen que fue desmentido por todo el círculo cercano y lejano del clan Davis y por la propia actriz en su libro Esto y Eso (This ‘n That, 1987), publicado un par de años antes de fallecer en 1989. Si bien Mamita Querida nos muestra que Crawford sólo tuvo dos hijos, la nombrada Christina y el menor Christopher (Xander Berkeley de adulto y Jeremy Scott Reinbolt cuando purrete), en realidad esos eran los mayores ya que los menores eran Cindy y Cathy, féminas que manipularon en sus últimos momentos a la enferma y cada vez más delirante Joan para quedarse con el monto más elevado que le pudieron sacar a la tacaña actriz en el testamento, 77.500 dólares para cada una de una fortuna de aproximadamente unos dos millones, desheredando en la praxis a los otros dos vástagos a pesar de la hipotética buena relación para aquellos años y entregando el resto del dinero a beneficencia muy variopinta. Crawford había tenido numerosos abortos espontáneos y no podía concebir, por ello todos los niños fueron adoptados a través de manejos espurios dentro del entramado de las denominadas “agencias de adopción” y la red de tráfico de bebés de Estados Unidos, lo que generó cambios repetidos y muy curiosos de los nombres de los niños a lo largo de los años e incluso que un quinto potencial mocoso, también bautizado Christopher, fuera reclamado por la madre biológica y sustraído de las garras de Joan, a la cual el Estado le había negado la posibilidad de adoptar legalmente por sus dos divorcios de Douglas Fairbanks Jr. y Franchot Tone, sus múltiples compromisos laborales en Hollywood y su poco o nulo interés en formar una parentela más tradicional.

 

El guión de Perry, Tracy Hotchner, Robert Getchell y el también productor Frank Yablans empieza con ella yendo al set de filmación de Magia sobre Hielo (The Ice Follies of 1939, 1939), opus de Reinhold Schünzel, ya lejos del cine mudo y aquella generosa popularidad durante la Gran Depresión, mínimo y único chispazo en materia de verla en un plató a lo largo de todo el film. En 1940, luego del divorcio de Tone y cuando estaba en pareja con el abogado hollywoodense Greg Savitt (Steve Forrest), adopta a Christina sobre todo como una movida publicitaria para contrarrestar la recaudación en baja de sus películas y la famosa etiqueta que le colgó la prensa, eso de ser “veneno para la taquilla”, todo a su vez en consonancia con la paradoja de por un lado sentirse a gusto con el contrato leonino que la ataba a la Metro Goldwyn Mayer en general y su jerarca Louis B. Mayer (Howard Da Silva) en particular, fuente de dinero permanente que le permitía nadar en lujos sin ninguna constricción, y por el otro lado sufrir una evidente falta de libertad dentro de la estructura cinematográfica norteamericana de mediados del Siglo XX porque nunca podía elegir las películas a filmar y a lo sumo debía contentarse con hacer lobby y/ o presionar hasta que le asignen tal papel de su interés. La locura de los abusos va de menor a mayor a partir de este punto en función de viñetas interconectadas: Crawford organiza una fiesta de cumpleaños pomposa para Christina pero la somete a un esquema disciplinario muy férreo e incluso la utiliza como modelo para dar una imagen de perfección maternal ante el público cuando en realidad luego la hace donar casi todos sus regalos a la caridad, se regodea de su posición como adulta para vencerla en competencias de nado, la presiona hasta el cansancio con la limpieza y su idea de “comida sana”, la encierra como castigo cuando se rebela, le corta el pelo salvajemente después de descubrir que la nena gusta de imitarla, la obliga a ayudarla en medio de la noche a destruir las flores del jardín de la mansión de turno cuando Mayer la echa del estudio, la golpea cruelmente cuando encuentra un par de perchas de alambre en el guardarropas de la nena y la hace asear el reluciente piso del baño en medio de un ataque neurótico hiper violento, la encierra cuando adolescente en un internado primero y un convento católico después, en una ocasión la estrangula delante de una reportera, Barbara Bennett (Jocelyn Brando), cuando la chica le dice que no es otra de sus fans, le niega dinero o ayuda económica y hasta la reemplaza sin preguntarle antes en una telenovela mientras que su hija, también una actriz, se recuperaba de una operación por un quiste en un ovario.

 

Más allá de la gloriosa catarata circense de los maltratos en cadena, Mamita Querida sale airosa en su misión de no sólo hacer un espectáculo del dolor pasional sino de humanizar precisamente a las dos protagonistas, algo a lo que aspiran tantas propuestas semejantes y en lo que fallan de manera bien miserable porque resultan incapaces de destacarse del resto de las biopics estandarizadas o siquiera mantenerse fieles a la idiosincrasia verdadera de los retratados. En este sentido, el opus de Perry condimenta el vínculo enfermo entre madre e hija con una serie de situaciones y planteos retóricos que lo van complejizando de modo exponencial, pensemos para el caso en el rol de sumisión exacerbada de la asistente de Joan, Carol Ann (Rutanya Alda), y de la empleada doméstica/ encargada de la limpieza, Helga (Alice Nunn), a lo que se suman escenas magníficas como la de la denuncia de la hipocresía de fondo del cumpleaños, en donde conocemos a la segunda “adquisición”, Christopher, y la cara de desagrado maniático de Joan cuando descubre que la mancha de grasa en el vestido de Christina podría verse en las fotografías que está sacando un esbirro de la MGM, Jimmy (Gary Allen), la secuencia del restaurant en la que Mayer la obliga a quedarse en su mesa para contentar a unos financistas cholulos de Nueva York, como si se tratase de una prostituta de alta alcurnia o de un abogado lambiscón en sintonía con Savitt, la ruptura posterior entre Greg y ella ya en el ámbito de la recámara de la pareja, instante que enfatiza la soledad de la estrella y cuánto de “máscara inflada” tiene su personalidad arrebatadora, la escena del plato con la carne cruda y la obsesión de Joan con ponérselo adelante a la niña durante días hasta que se lo coma, ejemplo de su comportamiento ultra sádico pero también de este sustrato de competencia permanente entre madre e hija, la secuencia del Oscar a Mejor Actriz por la querida Mildred Pierce (1945), de Michael Curtiz, y el ya legendario episodio con las perchas de alambre, símbolo de la incapacidad de la mujer para ser feliz sin martirizarse y de su tendencia a ahogarse solita en cualquier vaso de agua tercerizando sus propios fantasmas, el instante en el que la nena la interrumpe cuando estaba intimando con uno de sus machos/ chongos, Ted Gelber (Michael Edwards), desencadenando que la envíe al internado, la escena del lloriqueo en el cuarto de lavado cuando se va de Warner Bros. y aprovecha el asunto para obligar a la adolescente Christina a que empiece a trabajar diciendo que tiene dificultades financieras cuando en verdad sigue gastando una fortuna en ropa y zapatos, el maravilloso intento de asesinato adelante de Bennett luego del más enérgico cuestionamiento por parte de la muchacha hacia su madre, ejemplo asimismo de la cobardía de una Joan que era mansita ante sus amantes varones pero una arpía intolerante frente a sus vástagos, el momento en el que la junta directiva de la Pepsi pretende echarla de la compañía a posteriori del fallecimiento de su cuarto y último esposo, Alfred Steele (Harry Goz), CEO de la empresa y figura crucial en el crecimiento de la marca en todo el planeta, otro ejemplo del carácter despiadado de la mujer ahora aplicado al mundo de los negocios y la amenaza de publicidad negativa si no se mantenía su puesto en la multinacional, aquel episodio del reemplazo televisivo de 1968 en La Tormenta Secreta (The Secret Storm, 1954-1974), ahora con una Joan que no recuerda la letra y se percibe errática y visiblemente borracha, y aquel epílogo con la lectura en sí del testamento que excluye a Christina y Christopher, enfatizando quién de hecho eventualmente ganó en esta contienda de nunca acabar entre madre e hija debido a que la última palabra fue de la segunda a través de sus memorias, esas que mancharon para siempre el legado como ser humano de Crawford. La película no nos bombardea con fechas ni detalles insignificantes de la identidad o el devenir de los personajes ni con anécdotas de backstage o de rodaje, generando un pulso naturalista y descarnado de melodrama histérico sobre un caso extremo de megalomanía o quizás simple psicopatía en el que el abuso doméstico, todo un tabú para Hollywood y gran parte del cine mundial destinado a burguesitos castrados y mojigatos, se utiliza de manera explícita para canalizar frustraciones, miedos, desvaríos, inseguridades, depresiones y mucha paranoia propensa a cosificar a los seres queridos más próximos y a “sujetarlos” del mismo modo en que la intérprete ataba con correas a Christopher a su cama durante las noches cual esclavo medieval de su propiedad, algo que Joan hizo hasta que el chico cumplió los 12 años bajo el pretexto de controlar un supuesto sonambulismo. Diana Scarwid y Mara Hobel están perfectas como la víctima de la chiflada todo terreno pero por supuesto es la tremenda Faye Dunaway quien se lleva todas las palmas componiendo con una gigantesca valentía y un inusitado desparpajo a Crawford, quien en los 70 irónicamente llegó a afirmar que entre las nuevas generaciones de actrices sólo Dunaway poseía lo necesario a nivel talento y fuerza anímica para convertirse en una estrella de cine en serio. Este trasfondo de parasitismo femenino o competencia lisa y llana entre mujeres también se reprodujo durante el rodaje de Mamita Querida debido a que las dos grandes protagonistas de la faena, Dunaway y la Christina de carne y hueso, lograron meter como productores ejecutivos a sus respectivas parejas, léase Terry O’Neill y David Koontz respectivamente, lo que generó que el productor verdadero, Yablans, aseverase que el primero se la pasó quejándose en torno a lo evidente, el hecho de que Perry estaba presionando demasiado a Faye y llevándola a la sobreactuación porque consideraba que ese era el registro adecuado para construir a un personaje más grande que la vida misma como esta Joan, y el segundo diciendo que era necesario condenar aún más en el metraje la conducta sociopática de Crawford para que el film reprodujese al detalle el libro de Christina, la cual de todos modos condenaría la realización de Perry al espantarse frente a la escenificación visceral y honesta de lo que ella misma escribió. En última instancia Mamita Querida, apuntalada además en un gran trabajo de fotografía de Paul Lohmann y una genial partitura de Henry Mancini, pone sobre la mesa el fariseísmo desquiciado de Hollywood y la dinámica de un castigo paternal en el que terminan triunfando los hijos porque el dolor infligido siempre vuelve de alguna forma y el poderío o vitalidad de hoy se desvanece en la debilidad cuasi mortuoria de la vejez, por ello resultan tan sardónicas y oportunas las frases con las que cierra y abre nuestra odisea, nos referimos a la ya mencionada sobre la preeminencia final de Christina y ese comentario al paso de un asistente de Magia sobre Hielo, “estamos listos, Señora Crawford”, punto de partida para un bello y exquisito carnaval en torno a las vejaciones, las mentiras y los agravios como pocas veces se ha visto en la gran pantalla…

 

Mamita Querida (Mommie Dearest, Estados Unidos, 1981)

Dirección: Frank Perry. Guión: Frank Perry, Tracy Hotchner, Robert Getchell y Frank Yablans. Elenco: Faye Dunaway, Diana Scarwid, Steve Forrest, Howard Da Silva, Mara Hobel, Rutanya Alda, Harry Goz, Michael Edwards, Jocelyn Brando, Xander Berkeley. Producción: Frank Yablans. Duración: 129 minutos.

Puntaje: 9