El Ciervo (Le Daim)

Estilo hegemónico en el vestir

Por Emiliano Fernández

En nuestros tristes tiempos la comedia es un género que está prácticamente extinto y en este sentido sólo basta con chequear la basura grasienta televisiva, los muertos en vida que hacen stand up, los payasos demacrados de las redes sociales tracción a memes o latiguillos redundantes y en especial los bodrios cinematográficos que el mainstream y el indie suelen lanzar año a año y cada vez con mayor intermitencia porque ya casi nadie considera redituable un género que ha sido bastardeado a más no poder y que depende mucho de una conexión específica entre el comediante y el espectador a partir de códigos compartidos específicos, algo impensable en una época como la nuestra en la que la enorme mayoría de los artistas pretende una masividad ya imposible en un mercado muy segmentado pero todavía controlado con mano de hierro por los gigantes de la cultura y la información de cada país. De entre medio de este desierto bien patético surge Quentin Dupieux, en esencia un músico especializado en house, techno y electrónica kitsch experimental que responde al seudónimo de Mr. Oizo y que eventualmente saltaría desde la realización de videoclips al cine, imponiéndose como una de las figuras más fascinantes, originales, inclasificables y talentosas del ámbito de la comedia en general y sobre todo de un surrealismo exacerbado que combina con humor negro, absurdo, detalles bizarros, volantazos anti lógica cartesiana y diversos juegos con las expectativas del espectador circunstancial a partir de los formatos secundarios trabajados, los cuales pueden abarcar desde el slasher y el drama estudiantil hasta el misterio, el film noir, las buddy movies y las reflexiones metadiscursivas en torno al mismo séptimo arte aunque diferenciándose de la seriedad indulgente y/ o las sonrisas sardónicas impostadas de la Nouvelle Vague. Lejos tanto de la tendencia a construir personajes adorables de Wes Anderson y Jared Hess como de la radicalidad terrorista de Terry Zwigoff o Todd Solondz y del trash de Jim Hosking, Dupieux se abre camino como una rara avis que apuesta a un sustrato freak europeo en donde la sorpresa y la sensación de que cualquier cosa podría pasar a continuación constituyen sin duda los rasgos elementales.

 

Luego de comenzar su trayectoria como realizador en su Francia natal con las poco vistas aunque interesantes Nonfilm (2002), parodia demencial sobre el mundo del cine, y Steak (2007), desconcertante exploración sobre la amistad estudiantil, el director y guionista comenzaría a rodar en inglés pero manteniendo el control creativo en todo momento desde una clara idiosincrasia independiente a partir de Rubber (2010), un hilarante splatter sobre una cubierta/ goma/ neumático de automóvil con poderes homicidas y una psicopatía a flor de piel, dejando eventualmente espacio para el díptico también desquiciado conformado por Wrong (2012), la graciosa historia de un hombre al que le secuestran su perro, y Wrong Cops (2013), acerca de un conjunto de policías hiper corruptos que se dedican al chantaje, el acoso sexual y la venta de marihuana adentro de ratas muertas. Empezando con Reality (Réalité, 2014), otra reflexión sobre el mundo del cine con múltiples capas de lectura, Dupieux volvería a Francia y de a poco dejaría de lado los componentes más surrealistas de su cine para seguir de cerca las estructuras de los géneros de cabecera aunque sin jamás renunciar a los constantes ataques a la lógica mediante paradojas y pequeños delirios que a veces hasta se condicen con la premisa fundamental del relato. El Ciervo (Le Daim, 2019), también conocida por su título en inglés Deerskin, se aleja tanto del esquema laberíntico de Reality como del minimalismo policial lunático del opus previo, Keep an Eye Out (Au Poste!, 2018), concentrándose en una suerte de vuelta al terror de Rubber pero suplantando al slasher sobrenatural por una comedia negra de índole fetichista que deriva en masacre y se encuadra en el querido horror de objetos que consumen al dueño/ portador al punto de trastocar toda su existencia y esclavizarlos, hoy precisamente una prenda de vestir como ocurría en la también surrealista pero mucho más extrema y coral In Fabric (2018), del británico Peter Strickland, responsable de las brillantes Katalin Varga (2009), Berberian Sound Studio (2012) y The Duke of Burgundy (2014), otro de los pocos realizaciones trabajando en el cine contemporáneo con la capacidad de seguir sorprendiendo al público.

 

Georges (Jean Dujardin) es un cuarentón del que sinceramente no sabemos demasiado más allá de que acaba de separarse de su esposa y que abandona París en pos de un pueblo de montaña, intentando sacarse de encima su campera al arrojarla en el inodoro del baño de una estación de servicio e inundándolo todo cual símbolo de un pasado que se pretende dejar atrás y un horizonte que se abre con su soltería renovada. El hombre le compra por la friolera de 7500 euros a un tal Monsieur B. (Albert Delpy) una chaqueta vintage de piel de ciervo y con flecos bien aparatosos, muy en el estilo de las décadas del 60 y 70, y recibe de regalo de parte del vendedor una cámara digital casi nueva. Luego de registrarse en un hotel dejando como garantía de pago su alianza de oro de casamiento, en esencia porque ya no tiene dinero alguno en los bolsillos, conoce en un bar a una joven camarera, Denise (Adèle Haenel), la cual se dedica a la edición de manera amateur, y se hace pasar por director de cine pensando en su pequeña cámara, lo que genera que una amiga bastante putona de la anterior (Marie Bunel) se ofrezca rápido como actriz al malinterpretarlo como realizador pornográfico. Al tiempo de que comienza a mantener insólitas conversaciones en soledad con la campera de ciervo, Georges descubre que su cuenta bancaria fue bloqueada por su esposa y por ello come basura en las calles cual pordiosero, generando la mirada curiosa de un muchacho algo tétrico (Pierre Gommé) al que eventualmente le da un piedrazo en la cara por metiche. La chaqueta “le confiesa” que su sueño es ser la única del mundo, lo que compatibiliza con el anhelo del protagonista de ser el único luciendo una campera, y de inmediato embauca a Denise diciéndole que la contrata como editora para un film que está rodando junto a un ignoto equipo en Siberia con el objetivo de que le preste dinero, el cual a su vez utiliza para engañar a muchos habitantes locales para quedarse con sus camperas y enterrarlas, obligándoles a decir “prometo no volver a usar una chaqueta por el resto de mi vida” con la excusa del rodaje. Con el tiempo el efectivo vuelve a escasear y por ello el cuarentón opta por sacar y afilar una de las aspas del ventilador de su habitación para comenzar a asesinar a aquellos que no renuncian de buena gana a sus camperas debido al frío, entre los que se encuentra algún que otro testigo como la vecina del cuarto contiguo del hotel (Coralie Russier), dándole a posteriori el material filmado de los ataques a la camarera para que lo edite. Georges se considera vanguardia de un estilo “matador” y por ello va completando su conjunto con un sombrero que le roba al recepcionista del hotel que se suicidó con un disparo de rifle en la cabeza (Laurent Nicolas), un par de botas que se compra al paso, un pantalón de gamuza que le obsequia Denise y finalmente unos guantes que también adquiere cuando la chica se entusiasma en serio con el registro de la colección de sangrientos asesinatos símil found footage de Georges y pasa a tomar posesión de la supuesta película como productora principal cuando se aparece con 50 mil euros que le roba a su padre, dinerillo conseguido por la venta de la carnicería familiar hace dos años.

 

La película de Dupieux, el otro Quentin, el cual a diferencia de Tarantino no es un ladrón compulsivo que sustrae de otros cineastas lo que éstos hicieron antes y de mejor manera, se burla precisamente de Tiempos Violentos (Pulp Fiction, 1994) en boca de la camarera, cuando dice que ordenada cronológicamente es una mierda, y funciona en general como otro lienzo hipnótico y arrebatador acerca de la estupidez, la banalidad y las obsesiones monotemáticas de los seres humanos que nos reenvía a un tiempo en el que no todas las malditas películas duraban mínimo dos horas y tenían un ego inflado a más no poder, ya que de hecho otra de las maravillosas características del cine del francés es una imaginación todo terreno que siempre resume en metrajes sucintos y presupuestos en verdad reducidos que enfatizan aquello de que no es necesario superproducciones para expandir a nivel conceptual o visual a la propuesta en cuestión. En apenas 77 minutos el realizador analiza el narcicismo de la cosificación de los humanos y la humanización de los objetos y el fetiche actual con una originalidad que implica la canibalización del prójimo de la misma forma en que el esquizofrénico de Georges y su chaqueta de piel de ciervo pretenden eliminar toda competencia en el rubro del buen vestir a través de un hilarante genocidio textil que por supuesto incluye a los tarados que utilizan las prendas de turno, amén de la manipulación que sufre la no tan cándida Denise, esa que termina adueñándose de la campera una vez que el padre del adolescente fisgón le pega un tiro al protagonista como venganza por aquel piedrazo contra el purrete. Asimismo el desenlace, con él muriendo en el mismo momento en el que llega al éxtasis vía su outfit completo color caqui oscuro y una Denise registrándolo todo con la cámara digital, retoma las reflexiones sobre el absurdo de la creación artística cinematográfica de Nonfilm y Reality, pensando además temáticas complementarias como el afán de reconocimiento, la reafirmación de la masculinidad, la angustia a raíz de la mediocridad contemporánea metropolitana, la soledad incluso viviendo en pareja o en sociedad, la insensibilidad ante el destino del otro, las utopías cada vez más bizarras y hasta la romantización para con el Viejo Oeste y la iconografía de los westerns de antaño en general, tanto los norteamericanos como los propios europeos. Como suele ser habitual, Dupieux no sólo escribe y dirige sino que se encarga de la fotografía y la edición aunque en esta oportunidad delega la banda sonora en Janko Nilovic, quien concibe una serie de mantras entre lúgubres y meditabundos burlones que calzan perfecto con el tono y el pulso del film del galo, un oasis en la sequedad creativa de nuestros días y una excelente chance para comprobar el talento de Dujardin y Haenel en el campo de un humor irracional y al mismo tiempo muy humano que no cae en la complacencia barata o el sentimentalismo para burguesitos de corazón tierno del cine yanqui, ya que parece surgir de una dimensión paralela del indie con vocación mainstream en la que el estilo hegemónico en el arte y en el vestir pasa por un enigma disonante perpetuo que encandila a quien ve con su extrañeza…

 

El Ciervo (Le Daim, Francia, 2019)

Dirección y Guión: Quentin Dupieux. Elenco: Jean Dujardin, Adèle Haenel, Albert Delpy, Coralie Russier, Laurent Nicolas, Marie Bunel, Pierre Gommé, Caroline Piette, Stéphane Jobert, Géraldine Schitter. Producción: Mathieu Verhaeghe y Thomas Verhaeghe. Duración: 77 minutos.

Puntaje: 10