Mi Corazón no Puede Latir a Menos que se lo Digas (My Heart Can't Beat Unless You Tell It To)

Estoy controlado por tu amor

Por Emiliano Fernández

Mi Corazón no Puede Latir a Menos que se lo Digas (My Heart Can’t Beat Unless You Tell It To, 2020), pequeña gran ópera prima de Jonathan Cuartas, pone patas para arriba al arcón retórico habitual del vampirismo cinematográfico porque en lugar de un chupasangres distante, solitario, esbelto, enérgico, seductor, autónomo, cazador y siempre ampuloso y con la capacidad mágica de un metamorfo, lo que aquí tenemos es un pobre enclenque símil adicto que no sólo no puede valerse por sí mismo y depende completamente de su familia, en este caso sus dos hermanos mayores, sino que incluso se comporta como un niño o un adolescente en crisis -siempre pretendiendo ser escuchado como una voz válida o de peso y pasear por el exterior de su casa/ prisión a pesar de su fotosensibilidad y el riesgo a ser visto por los vecinos- y para colmo de males su clásica ingesta de sangre no parece provocar una mejoría notable a nivel físico o intelectual. Si bien el séptimo arte ya había trabajado a los merodeadores nocturnos con colmillos enormes en términos de una drogodependencia bien dolorosa y/ o asimilándolos a una condena vinculada con la longevidad y el hecho de ir dejando atrás a los sucesivos amantes ya sea por disputas o quizás porque éstos preferían permanecer como bípedos normales, aún sin convertirse, el opus del norteamericano de ascendencia colombiana por un lado explora al vampirismo como factor desencadenante de una codependencia familiar de lo más inusual, basada en el secretismo y una retahíla de asesinatos en pos de alimento, y por el otro lado rompe con la susodicha tradición de elegancia nocturna sensual sin duda inaugurada por Drácula (1897), la célebre novela del escritor irlandés Bram Stoker e ineludible punto de referencia en Occidente del imaginario contemporáneo en torno a nuestra criatura favorita de todo el folklore popular parasitario.

 

El triángulo protagónico está compuesto por Thomas (Owen Campbell), el hermano menor de un clan sin progenitores a la vista y un joven muy propenso a la debilidad, Jessie (Ingrid Sophie Schram), la matriarca postiza y evidente hermana mayor que trabaja como camarera durante el día, y finalmente Dwight (Patrick Fugit), el miembro del medio de la parentela y encargado tácito de encontrar vagabundos, menesterosos o inmigrantes sin recursos para matarlos con un bate de béisbol y/ o ahorcarlos con sus propias manos con el objetivo de llevarlos al hogar familiar, drenar la sangre en un tacho cortándoles el cuello y sepultar a las víctimas en el terreno circundante al inmueble. Luego de reventar a un homeless del montón (Anthony Pedone), vamos descubriendo de a poco cómo funciona la dinámica de la casa, apuntalada tanto en rituales compartidos, como por ejemplo adivinanzas musicales, algo de karaoke y hasta la insólita costumbre de festejar Navidad todos los meses, como en un desacuerdo silente en materia de los homicidios y la estrategia que deberían adoptar para lidiar con el hambre ad infinitum de hemoglobina del endeble Thomas, así Dwight siente remordimientos por las muertes y desea escaparse a Miami -o a la playa que sea- y Jessie renunció por completo a su vida privada y se mantiene firme junto a su hermano menor al punto de anular la relación que Dwight mantiene con una prostituta, Pam (Katie Preston), matándola para que el varón no siga fantaseando con la huida y la deje sola con la condena perpetua del clan. Después de secuestrar y asesinar a un inmigrante mexicano, Eduardo (Moises L. Tovar), todo se descontrola cuando Thomas invita a un muchacho a la morada, Turner (Judah Bateman), que acuchilla a Jessie, impulsando a Dwight a luego perdonarle la vida y a eutanasiar a Thomas dejando pasar la luz solar a través de la ventana de su cuarto.

 

Como en el mejor cine independiente moderno de las décadas del 80 y 90, bajo la aparente sobriedad formal y el ritmo narrativo cansino de Mi Corazón no Puede Latir a Menos que se lo Digas, dos rubros a cargo del hermano del artífice máximo, Michael Cuartas, el cual ofició de director de fotografía en un rodaje de apenas 20 días, y T.J. Nelson, el editor del film, se oculta un muy interesante análisis de los atolladeros prosaicos de la comunicación, la identidad contrastante de los protagonistas y el nexo fundamental que los unifica en el día a día, no sólo ese doble mandato/ requerimiento sanguíneo atávico, léase la parentela en sí y los homicidios, sino también el afecto liso y llano entre ellos que se percibe en los momentos lúdicos compartidos y en las rabietas del eslabón enfermizo y aniñado, Thomas, por querer conocer el afuera de la mazmorra hogareña y entablar algún tipo de contacto amistoso con alguien de su edad, algo que parece comprensible pero que en su condición símil paciente terminal al borde del colapso -y en los sacrificios que esto trae consigo- no resulta posible. Esta idea de explicitar de manera permanente las dos caras del amor, la que fagocita y se muestra posesiva para con el objeto del afecto y la otra que se solidariza con su pesar, inquietudes y necesidades al punto de renunciar a intereses propios y hasta a una vida íntima empardada al sexo y una hipotética pareja, está simbolizada en ese título que recupera un par de versos de una canción muy apreciada por el trío, I Am Controlled By Your Love (1967), compuesta por Willie Clarke y Clarence Reid y cantada por Helene Smith, mega clásico del soul que pone en primer plano las facetas tanto protectora como dictatorial de un cariño homologado a dependencia ciega en relación al ser amado y a una sumisión implícita de la que se obtiene placer cual vínculo de raigambre sadomasoquista.

 

Más allá del rol dominante y omnipresente de Jessie, reemplazo en conjunto de las figuras faltantes del padre y de la madre para los dos varones, la propuesta de Cuartas empareja conceptualmente al matriarcado metafórico de la pantalla con el patriarcado material de muchas sociedades ya que así como en la praxis mundana las figuras masculinas suelen volverse muy protectoras con sus hijas porque las consideran idiotas y proclives a quedar embarazadas ya que el instinto de puta en las hembras es indisociable a su idiosincrasia, del mismo modo el personaje de la tremenda Schram hegemoniza como una madre tiránica a Thomas, alegoría de un niño chiquito en eternos problemas, y a Dwight, un adolescente simbólico que se quiere ir de casa y que se pretende castrar porque todos los machos son inútiles, imbéciles, infantiles y dependientes de las mujeres al punto de no poder hacer nada por cuenta propia ni mucho menos varias cosas al mismo tiempo. La trama, en suma, nos ofrece los pros y contras de las tres “circunstancias” principales del enclave de la familia, hablamos del aislamiento de ese Thomas que parece haber nacido con el dejo vampírico y anhela un mundo foráneo peligroso que no conoce y al que accede robando las pertenencias de las diversas víctimas de sus hermanos, la resignación de una Jessie que extrae su fuerza de voluntad precisamente de una ortodoxia pragmática que le impide apartarse aunque sea un ápice de las costumbres y ritos, bajo el temor de ser descubiertos o de que se resquebraje la unidad del trío, y esa soledad de un Dwight incapacitado por las circunstancias generales para entablar una relación normal con quien sea y por ello obligado a “comprar tiempo” a la meretriz, Pam, quien también es una entidad solitaria y resignada y hasta una prisionera en una habitación alquilada por donde desfilan hombres como el personaje de Fugit, a veces despreocupados por el sexo en sí y más interesados en mantener una conversación casual, simular un noviazgo estándar o imaginar una rauda fuga que deje detrás a sus problemas con vistas a recuperar algo de esperanza o de la libertad de antaño. El director y guionista, señor que obtiene un desempeño muy parejo por parte del maravilloso elenco y retoma en parte el pulso y la sensibilidad cruenta de Criatura de la Noche (Låt den Rätte Komma in, 2008), de Tomas Alfredson, incluye además un detalle irónico a lo comentario social con motivo del inmigrante, el pobre Eduardo, quien lleva una fotografía de un joven que por la distancia idiomática es interpretado por Dwight como su vástago cuando en realidad era el contacto yanqui del mexicano que jamás se dignó en aparecer, obligándolo a vivir en la calle, planteo que asimismo sintetiza la paradoja señalada del doble filo de una devoción que puede ser suplicio existencial vía convivencia e imposibilidad de intercambio porque lo que para uno es sinónimo de solidaridad y amor para el otro lo es de traición e indiferencia al punto del abandono absoluto, por ello en el desenlace el único sobreviviente de la familia logra llegar a una playa rocosa y sonríe aunque rápidamente recuerda el infierno vivido y el fallecimiento de los suyos, atrapado de nuevo en la depresión y una angustia imborrable…

 

Mi Corazón no Puede Latir a Menos que se lo Digas (My Heart Can’t Beat Unless You Tell It To, Estados Unidos, 2020)

Dirección y Guión: Jonathan Cuartas. Elenco: Ingrid Sophie Schram, Patrick Fugit, Owen Campbell, Moises L. Tovar, Judah Bateman, Katie Preston, Anthony Pedone, Jon Rhoads, Ivanna Picon, Nancy Fong. Producción: Patrick Fugit, Anthony Pedone, Ian Peterson, Kenny Riches y Jesse R. Brown. Duración: 89 minutos.

Puntaje: 7