El Arte de Defenderse (The Art of Self-Defense, 2019) forma parte de un otrora muy populoso gremio cinematográfico que hoy por hoy creíamos extinto debido a la avalancha de films inofensivos, redundantes y/ o olvidables, hablamos de las queridas películas misteriosas que le escapan a cualquier intento de reduccionismo conceptual apresurado: la segunda obra del director y guionista Riley Stearns, a posteriori de la también interesante Faults (2014), es una suerte de comedia negra que no es precisamente para reírse porque el eje de la posible comicidad de fondo, sustentada en la ridiculez de los personajes que por supuesto es la ridiculez de los seres humanos en general, termina tapado a conciencia por el sustrato cada vez más tenebroso y enrevesado del film y lo que implica de por sí la reconversión identitaria del personaje central, Casey Davies (un excelente Jesse Eisenberg), un contador mediocre y gris que luego de recibir una paliza brutal en la calle no tiene mejor idea que aprender karate en un dōjō encabezado por un enigmático Sensei (Alessandro Nivola). Desde un ritmo narrativo sosegado y un tono melancólico que se pueden llegar a vincular con el cine de Robert Altman, Wes Anderson y los hermanos Joel y Ethan Coen, la propuesta funciona como una cruza imposible pero apasionante entre Karate Kid (The Karate Kid, 1984) y El Club de la Pelea (Fight Club, 1999), tomando apenas el catalizador retórico de la primera y sumergiéndose con todo en las implicancias morales de la segunda, especialmente en materia de los mecanismos de desahogo de esa violencia siempre latente en las tristes sociedades contemporáneas, cortesía de la catarata de injusticias cotidianas.
La primera mitad del metraje cubre el desarrollo de personajes propiamente dicho y nos presenta a Davies, quien es marginado en su trabajo por sus compañeros porque posee nulas habilidades sociales, sólo fraterniza con su jefe Grant (Hauke Bahr) y encima se dedica a auditar el informe de gastos de los empleados de la empresa inmunda de turno, lo que lo convierte en cómplice explícito del enemigo, la patronal. Cuando una linda noche sale a comprarle comida a su perro salchicha, en esencia su único amigo, es golpeado salvajemente por una banda de motociclistas que ocultan sus rostros con cascos, lo que le genera un temor muy profundo a la oscuridad y a cualquier hombre con una mínima disposición intimidante. Si bien al principio tantea la posibilidad de comprar un arma para defenderse, luego se decide por el karate y el dōjō en particular del personaje de Nivola, donde entabla amistad con Henry (David Zellner), un cinturón azul de rango intermedio, y conoce a Anna (Imogen Poots), un cinturón marrón de alta jerarquía que se encarga de enseñar a los alumnos infantiles del lugar. El entusiasmo y progreso de Casey motiva que el Sensei, el único cinturón negro, lo ascienda de blanco a amarillo, el siguiente escalafón del dōjō, lo que por cierto viene acompañado de consejos del maestro relacionados con el reforzamiento de su masculinidad mediante el heavy metal, el interés por “países rudos” como Rusia o Alemania y hasta la posibilidad de tener un pastor alemán (circunstancia que va en contra de su identidad porque viene escuchando música contemporánea para adultos, aprendiendo francés y conviviendo con ese -tan adorable como diminuto- perro salchicha).
Así las cosas, Stearns pasa de a poco de una comedia dramática meditabunda a un thriller con todas las letras salpicado de chispazos de un humor negro muy sutil, casi críptico, que no será percibido como tal por el promedio bobalicón del público mainstream actual, detalle que le da un aura de “obra de culto” instantánea a una película que salta al costado más oscuro del ser humano cuando el Sensei invita a Davies a una clase nocturna de aparente exclusividad que el primero da para estudiantes que consiguen destacarse no sólo en el karate en sí sino en su potencialidad sádica, su angustia, su necesidad extrema de reconocimiento o su ego inflado. Luego de hacerse echar de su trabajo al golpear a su jefe y chequear de primera mano la ferocidad del turno de noche, lo que incluye presenciar cómo el profesor le rompe un codo a Henry por osar aparecerse sin ser invitado y cómo Anna golpea sin piedad a Thomas (Steve Terada), un asiático que fue ascendido de cinturón marrón a negro en vez de ella, quien está hace más tiempo en el dōjō y lo supera por mucho en técnica, Casey verá su vida complicarse más y más cuando el Sensei lo convoca para castigar a uno de los supuestos motociclistas que lo agredieron en primer lugar, en realidad un pobre borracho que no tenía nada que ver, y cuando al llegar a su casa descubre que su mascota murió de lo que parece ser una patada de karate, luego de lo cual confronta al hombre acusándolo de haber asesinado al animal pero termina creyendo en su inocencia, tanto porque estaba con él a la hora del ataque como porque se transformó en su nuevo patrón, ya que lo contrató para que lleve la contaduría del cada vez más concurrido dōjō.
Aquí el realizador retoma aquellos juegos de manipulación y lavado de cerebros de Faults y los vincula por un lado a una masculinidad tóxica, que jamás cae en la caricatura, y por el otro a la misma ética que esconden detrás las dimensiones de la fortaleza y la debilidad, ofreciendo una especie de estudio pormenorizado de la amplia gama de psicópatas que pueden esconderse en los recovecos más insólitos de las ciudades contemporáneas y sus facetas/ actividades de ayer y hoy, asimismo señalando que la frustración genera a diario asesinos conceptuales o bien concretos dentro de una cadena de espejos a través de la cual se reproduce ad infinitum la violencia porque cada eslabón pretende transformarse en eso que lo intimida para anular el miedo intrínseco. La película no pide perdón por las muertes de turno ni anda con planteos sosos feministas vía el personaje de Poots, la única mujer de la academia de karate en cuestión, debido a que prefiere equiparar a Casey y a Anna en tanto dos caras de la misma moneda, el primero tendiente a caer en las redes corruptas del Sensei pero intentando ponerle un freno y la segunda aceptando el basureo solapado del hombre con vistas a esperar en vano que en algún momento la acepte y la consagre cinturón negro (el maestro considera que las mujeres jamás podrán desarrollar su karate en la misma proporción que los hombres por su feminidad, esa que las lleva a ser más débiles y a formar parte -como Davies, precisamente- del grupo polimorfo de las eventuales víctimas de las fauces sociales). Los conflictos que dispara la interpretación fundamentalista de la virilidad se homologan con la pasividad y/ o la respuesta aguerrida de parte de los más moderados.
El Arte de Defenderse, incluso, nos devuelve al mejor Jesse Eisenberg, aquel de Red Social (The Social Network, 2010), Night Moves (2013), The Double (2013) y The End of the Tour (2015), un actor muy talentoso que lamentablemente muchas veces termina tapado por ese generoso volumen de películas que le exigen encarar personajes muy semejantes entre sí: hoy el neoyorquino respeta a rajatabla el pulso semi freak del convite y jamás lo tuerce hacia la sátira sin tapujos, a sabiendas de que el poder del film se condice con su capacidad para insinuar lo lúgubre progresivo en vez de sólo desplegarlo a lo bestia como podría haber hecho una clase B o un exponente mainstream tradicional de otra época (la comedia hollywoodense de nuestros días es en general un compendio de basura descerebrada sin un discurso identificable más allá de la celebración del consumismo capitalista estándar y la estupidez pueril e irresponsable como “estilo de vida” de las mayorías). El desempeño de Nivola también es extraordinario porque logra mantener los arcanos de fondo sin desvirtuar el verosímil ni iluminar con posibles gesticulaciones bufonescas la naturaleza apremiante y extasiada del dōjō. Entre apuntes de crueldad, delirios ególatras, muertes banales, chantajes y hasta cine snuff, el opus de Stearns examina una metamorfosis que coquetea tanto con la justicia como con un hilarante maquiavelismo de corte nihilista que en última instancia va un paso por delante de las reglas caprichosas autoimpuestas por estas cofradías actuales, repletas de una caterva de nuevos fanáticos que le quieren imponer su visión limitada del mundo a cuanto bípedo caiga en sus manos como si se tratase de “la” verdad revelada…
El Arte de Defenderse (The Art of Self-Defense, Estados Unidos, 2019)
Dirección y Guión: Riley Stearns. Elenco: Jesse Eisenberg, Alessandro Nivola, Imogen Poots, Steve Terada, David Zellner, Phillip Andre Botello, Jason Burkey, Mike Brooks, Davey Johnson, Hauke Bahr. Producción: Andrew Kortschak, Walter Kortschak, Cody Ryder y Stephanie Whonsetler. Duración: 104 minutos.