Directores y guionistas con algunos asuntillos pendientes con la ley siempre existieron pero sinceramente nadie se puede llegar a comparar con el tremendo Joseph Damiani alias José Giovanni, una de las figuras fundamentales del film noir francés junto a Jacques Becker y Jean-Pierre Melville y señor que desde pequeño estuvo vinculado al ambiente delictivo porque su propio progenitor fue sentenciado a prisión por montar un casino ilegal en su hotel en los Alpes. Conectando desde siempre con el mundo del hampa parisino, gran parte del derrotero criminal de Giovanni se centra en la Segunda Guerra Mundial y el período inmediatamente posterior a la liberación por parte de los Aliados y la caída del régimen colaboracionista de la Francia de Vichy, para el que sirvió de distintas formas uniéndose a Juventud y Montaña (Jeunesse et Montagne), organización en un principio cercana a los alemanes que brindaba formación laboral a adolescentes, al Partido Popular Francés (Parti Populaire Français), colectivo fascista, obrero y antisemita que nació del Partido Comunista para luego vilipendiar tanto al comunismo como al capitalismo, y al Cuerpo de Proteccion (Schutzkorps), un grupo ya de tipo policial/ militar que se dedicaba a cazar a evasores del Servicio de Trabajo Obligatorio, reclutamiento compulsivo que utilizaron los nazis en la Europa Ocupada para trasladar mano de obra hacia Alemania y suplir el faltante provocado por aquella debacle en el Frente Ruso. Tanto antes como después de la liberación Giovanni utilizó sus diversos contactos con la Gestapo para chantajear a judíos fugitivos, opulentos y escondidos, como Joseph Gourentzeig y su cuñado Georges Edberg, a cambio de dinero por no denunciarlos, planteo al que se sumó la táctica de hacerse pasar, junto con sus varios cómplices, por oficiales alemanes y/ o franceses para secuestrar primero a Haïm Cohen, un comerciante de vinos, y más adelante a los hermanos Jules y Roger Peugeot, fabricantes de electrodomésticos, para robarles sus posesiones, chantajearlos bajo acusaciones falsas de colaboracionismo o participación en el mercado negro, torturarlos con el objetivo de que entreguen capitales u objetos valiosos y finalmente asesinarlos, con el cuerpo de Cohen terminando en el Río Sena y los de los hermanos en una fosa en un bosque. Eventualmente arrestado y condenado a muerte en 1948 por el triple homicidio, José escapó de la guillotina por poco cuando el presidente Vincent Auriol conmutó en 1949 su sentencia por trabajos forzados de por vida, lo que a posteriori fue rebajado a 20 años hasta que el presidente René Coty, el siguiente, lo puso en libertad en 1956 luego de cumplir once años reales de cárcel.
Justo luego de salir de prisión, en 1957, bajo consejo de su abogado escribe y publica su primera y legendaria novela, El Agujero (Le Trou), acerca de su intento de escape de 1947 a la par de otros reclusos mientras esperaba la sentencia en su juicio por asesinato, libro que se transformaría en un éxito inesperado y desencadenaría por un lado una carrera como novelista y por el otro lado un periplo como guionista primero y realizador cinematográfico después, siendo recordado en especial por el guión de El Clan de los Sicilianos (Le Clan des Siciliens, 1969), convite de Henri Verneuil, por haber escrito los libros que inspiraron El Agujero (Le Trou, 1960), de Becker, A Todo Riesgo (Classe Tous Risques, 1960), de Claude Sautet, y Los Aventureros (Les Aventuriers, 1967), de Robert Enrico, y por haber dirigido dos estupendos films, Último Domicilio Conocido (Dernier Domicile Connu, 1970) y Dos contra la Ciudad (Deux Hommes dans la Ville, 1973), dentro de una carrera variopinta que abarcó quince propuestas como realizador, una veintena de novelas y más de 30 películas con guión suyo o basadas en sus textos. Todo este fluir existencial/ criminal/ jurídico/ político/ profesional resulta muy importante para entender hasta qué punto Dos contra la Ciudad cuenta con ecos hiper autobiográficos por su idiosincrasia batallante y de denuncia urgente en primera persona contra los atropellos, el acoso y la obsesión sádica de la policía, el sistema procesal y ciertos energúmenos de la población civil que continúan estigmatizando al ex reo luego de haber cumplido su tiempo reglamentario de encierro como si sus tropelías de antaño dejasen una marca indeleble en su persona al extremo de arruinarle la vida sin alicientes y convertirlo en carne de cañón o quizás chivo expiatorio facilista de cualquier cosilla que ocurriese a su alrededor, todo desde ya formando parte de la hipocresía en general de sociedades que en vez de garantizar el bienestar y la equidad distributiva para todos sus miembros, lo que equivaldría en serio a la supresión definitiva del delito y todas esas consecuencias juzgadas tan indeseadas/ a evitar, prefieren en cambio sumergirse en la dialéctica de la desigualdad plutocrática, la incesante vigilancia estatal y la estratificación escalonada en todos los ámbitos con vistas a que unos pocos ciudadanos conserven todos sus privilegios, tanto dentro del entramado de la administración pública como en los emporios capitalistas nacionales de la oligarquía, y el resto se las tenga que ingeniar para sobrevivir a su suerte sin que exista garantía alguna de nada salvo del castigo bien desproporcionado entre el dedicado a los ricachones y ese otro aplicado a los pobres.
Como si se tratase de la antítesis indefectible de aquel Gustave “Gu” Minda (Lino Ventura) de Hasta el Último Aliento (Le Deuxième Souffle, 1966), obra maestra de Melville inspirada en un libro de 1958 de Giovanni, señor que se escapaba de prisión y de inmediato volvía a los asaltos para reunir el dinero suficiente y esconderse tranquilo en un hipotético exilio italiano, hoy por hoy el protagonista es Gino Strabliggi (Alain Delon) y el acompañamiento fundamental Germain Cazeneuve (Jean Gabin), el primero un convicto que sale libre luego de diez años de una condena de doce por atraco bancario y el segundo un oficial educador y ex policía que aboga por la reinserción de los presos en la sociedad, mejores condiciones carcelarias y un trato humano y paciente para con los criminales que demuestran verdadero interés por dejar atrás sus fetiches malsanos y conexiones con el hampa francesa. Mientras que Germain debe hacer frente a una trágica revuelta de detenidos a raíz del suicidio de un interno que no soportó más la repetición alienante de la mazmorra, Gino regresa con su esposa, la florista Sophie (Ilaria Occhini), encuentra trabajo en una imprenta en Meaux, sobre todo a instancias de un patrón que lo valora (Guido Alberti), y se niega a volver al robo cuando lo visita Marcel (Victor Lanoux), ex socio criminal de Strabliggi. El personaje del también productor Delon se hace amigo de Cazeneuve y su familia bien de izquierda, léase la esposa Geneviève (Christine Fabréga) y los dos hijos Évelyne (Cécile Vassort) y Frédéric (Bernard Giraudeau), no obstante el horizonte vuelve a ennegrecerse cuando en un accidente automovilístico, producto de dos autos corriendo una picada, fallece su esposa y el hombre cae en la depresión. Luego de un tiempo aciago la cosa mejora primero gracias a su vínculo con los vástagos de Germain y más adelante en función de una nueva pareja, la empleada bancaria Lucie (Mimsy Farmer), quien por cierto se transforma en la obsesión de un tal Inspector Goitreau (Michel Bouquet), nada menos que el policía que encarceló a Strabliggi una década atrás, topándose ambos hombres de casualidad en la comisaría de Meaux, flamante asignación del oficial y parada periódica obligatoria de Gino para firmar un registro de ex prisioneros. El acecho de Goitreau hacia Strabliggi se vuelve incesante e incluye visitas a la imprenta y al banco de la chica, reclusiones arbitrarias y hasta colarse en el departamento del hombre para sacar de un abrigo una dirección que Marcel le pasó en un papel vía un encuentro fortuito por si deseaba volver a las andadas, algo que fue rechazado por Gino y que lleva al arresto de la banda del otrora cómplice después de un jugoso asalto.
Desde el momento en el que el ex reo no soporta más el hostigamiento de Goitreau, a quien ahorca y le agarra la cabeza para reventársela contra el piso cuando lo descubre tocando a Lucie en el departamento y amenazándola con hacerla despedir del banco comentándoles a sus superiores sobre el pasado de su novio, el opus de Giovanni muta de un drama de presidiario con toques de film noir en un alegato furioso, desesperado y fascinante contra la pena capital en Francia y sus pregoneros y verdugos, esa que todavía seguía utilizando la guillotina, método de ejecución heredado de la Revolución Francesa, y recién sería abolida en 1981 mediante una ley del primer gobierno del presidente François Mitterrand, luego adquiriendo estatuto constitucional gracias a una reforma de 2007. Como un eco claro de su condena a muerte de 1948 aunque no de su liberación en 1956 a los 33 años de edad, el director y guionista estructura la primera parte del relato, prácticamente todo el devenir de Strabliggi salvo la media hora final, siguiendo los pasos del martirio de Jean Valjean en Los Miserables (Les Misérables, 1866), de Victor Hugo, con el objetivo de a posteriori volcar sutilmente el asunto hacia una pesadilla tácita kafkiana en la que el sadismo burocrático del Estado, el desinterés en la vida humana y la farsa de un proceso judicial evidentemente sesgado y hueco desembocan en una suerte de mixtura conceptual entre aquellos tribunales cargados de prejuicios de La Verdad (La Vérité, 1960), de Henri-Georges Clouzot, y la frialdad de ese aparato institucional impiadoso de No Matarás (Krótki Film o Zabijaniu, 1988), de Krzysztof Kieslowski, versión ampliada del episodio número cinco del célebre y televisivo Decálogo (Dekalog) del cineasta polaco alrededor de los Diez Mandamientos, siendo Una Película de Amor (Krótki Film o Milosci, 1988) el otro capítulo extendido para su estreno en salas cinematográficas. Con esa economía expresiva propia del policial negro que detesta a los esbirros institucionales y celebra la anarquía ultra honesta del ecosistema delictivo, Giovanni construye una epopeya de un calvario individual involuntario, a manos de la ceguera pancista y demencial de los mamarrachos en el poder, que funciona como astuta metáfora de la costumbre de las fuerzas represivas, sean los clásicos uniformados o los fiscales y semejantes, de fabricar culpables entre aquellos que ya tienen prontuario, lo que presupone su culpabilidad ad infinitum, y/ o aquellos otros perejiles que estaban en el momento y el lugar equivocados o simplemente se enemistaron con algún que otro payaso/ quejoso/ chivato siempre dispuesto a acusarlos ante las autodenominadas autoridades de turno, algo ejemplificado en pantalla a través de los testimonios brindados contra Strabliggi por un vecino muy cobarde que le pedía bajar el volumen de la música durante su fase depresiva y por un par de chatarreros que lo vieron golpeando carrocerías derruidas como forma de descarga para evitar tener que reventar al maldito de Goitreau, lo que por supuesto eventualmente hace y lo lleva a la muerte luego de declaraciones desestimadas a su favor de parte de su empleador, su pareja y el propio Cazeneuve, amén de apelaciones fallidas y un posible indulto presidencial que jamás llega. Gabin y Delon, aunque también Bouquet, Farmer, Giraudeau, Vassort y un jovencísimo Gérard Depardieu en un cameo como uno de los secuaces de Marcel, ofrecen un trabajo extraordinario en otra de las loas concienzudas del siempre paradójico Giovanni en pos de la defensa irrestricta de la solidaridad masculina y el código de honor símil bushido de los samuráis que se mueve por detrás, abogando por la confrontación contra el statu quo hasta las últimas consecuencias porque la fidelidad y el mutuo acompañamiento de los marginados o perseguidos siempre serán más valiosas que el envilecimiento, los embustes, la paranoia y las traiciones inducidas de los representantes del aparato público y privado más concentrado, ese inmundo enquistado en las cúpulas…
Dos contra la Ciudad (Deux Hommes dans la Ville, Francia/ Italia, 1973)
Dirección y Guión: José Giovanni. Elenco: Alain Delon, Jean Gabin, Michel Bouquet, Mimsy Farmer, Bernard Giraudeau, Victor Lanoux, Cécile Vassort, Ilaria Occhini, Guido Alberti, Gérard Depardieu. Producción: Alain Delon, André Mucchielli y Hercule Mucchielli. Duración: 99 minutos.