El Estereoscopio de los Solitarios, de Juan Rodolfo Wilcock

Fábulas infinitas

Por Martín Chiavarino

Aunque hoy Juan Rodolfo Wilcock es un perfecto desconocido para gran parte del público literario argentino, este escritor, poeta, crítico y traductor argentino que se radicó en Italia en la década del cincuenta, fue a partir de la década del cuarenta un escritor que continuando con la impronta literaria de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, construyó su propia voz narrativa a través de fábulas extraordinarias que estimulan la imaginación creando un mundo tan maravilloso como inesperado gracias a un estilo poético delicado, profundo y sutil.

 

En relatos cortos que asemejan alegorías sobre mundos imposibles Wilcock construye historias y personajes mitológicos que transforman la realidad cotidiana en un lugar fantástico donde la indagación sobre el carácter de la soledad es el principal punto de convergencia. Así podemos leer, entre algunos de los textos más destacados, sobre un ángel desocupado que se prostituye en la costanera de Buenos Aires a la espera de misiones divinas en una época de silencio celestial para terminar acusado de sodomía por un cliente hostil e insatisfecho con sus demostraciones angélicas, pensando en las ocupaciones más asequibles a su condición o en un hombre que hace de cuenta que todos sus conocidos han muerto y los visita en el cementerio como un ritual para estar tranquilo en un mundo cada vez más perturbador donde la soledad es una quimera cada vez más impensable.

 

En estas historias que llevan a los límites del lenguaje y la imaginación se puede encontrar la búsqueda del placer a través de una bestia que clama por que le rasquen la panza o miradas sobre el futuro a través de un hombre con la piel transparente que exhibe sus órganos impúdicamente, mientras otro hombre vive en un departamento fluorescente radioactivo  debido a una alergia a la luz y la energía eléctrica.

 

Como en las fabulas sobre animales, se pueden encontrar también arañas de costumbres rutinarias, una gallina editora que come libros, extraterrestres felinos que descienden a la tierra para comunicar un mensaje a los gatos de Roma, el devenir místico y sagrado de un gato en el Antiguo Egipto, un campesino que esconde un erizo gigante o un oso que pasa inadvertido por un campamento, dando cuenta así de la posibilidad de convertir lo cotidiano en extraordinario a través de una imaginación nebulosa.

 

En estas pequeñas obras del género fantástico hay paseos por un mundo ingrávido, esferas iridiscentes, alegorías sobre una medusa que gasta fortunas en la peluquería mientras se debate entre acentuar su fealdad o recuperar su belleza en una empresa imposible. Lo imaginario da rienda suelta a su potencial en el nacimiento del primer poeta o en el movimiento estratégico de unas manos que regulan la temperatura y transforman su entorno o en el pasaje de la fiesta al carnaval en operaciones literarias en las que el lenguaje trastoca el sentido y la realidad a través de la exploración de las posibilidades de lo imaginario.

 

Los relatos de El Estereoscopio de los Solitarios (Lo Stereoscopio del Solitari, 2017) son pasajes de un tiempo infinito, un caleidoscopio de un mundo que se despliega embriagador, extraño y lejano ante un narrador estupefacto y asombrado. Desde un empleado de banco que decide convertir su departamento en una isla para ser un náufrago a pesar del disgusto de su esposa, pasando por una sirena suicida que vive en un río contaminado donde las plantas químicas arrojan sus residuos, hasta un hombre obligado a vivir como un animal en una gruta, Wilcock desarrolla promesas de misterios insondables y placeres imposibles en sinécdoques y alegorías entre el ridículo y lo trágico que crean una obra asombrosa sobre setenta personajes extraordinarios destinados a la soledad bajo el paraguas del género fantástico.

 

Con un excelente prólogo de Luis Chitarroni que relaciona El Estereoscopio de los Solitarios con El Caos y La Sinagoga de los Iconoclastas y una traducción de Ernesto Montequin, la editorial La Bestia Equilátera edita una obra tan necesaria como admirada por los intelectuales italianos de la posguerra. Con un extraordinario arte de tapa y la corrección a cargo de Cecilia Espósito y Gabriela Franco, La Bestia Equilátera pone así finalmente a disposición de los lectores otra joya de Wilcock donde las alusiones y las referencias a una sociedad que elimina el pasado y entroniza el presente son parte de una narrativa tan perfecta como  ensimismada, íntima e inevitable.

 

El Estereoscopio de los Solitarios, de Juan Rodolfo Wilcock, La Bestia Equilatera, 2017.