Apóstol (Apostle)

Falsos profetas de la salvación

Por Emiliano Fernández

Carrera particular la de Gareth Evans. El director y guionista galés, luego de entregar una floja ópera prima, Footsteps (2006), se marchó a Indonesia cuando fue contratado para realizar un documental sobre el pencak silat, el arte marcial más difundido y característico del país asiático, trabajo que le permitió empaparse en la disciplina y descubrir al que sería su socio en el viaje hacia el estrellato, el actor, coreógrafo y especialista en el tema Iko Uwais. Las tres películas siguientes del señor verían crecer no sólo la curva cualitativa de su trayectoria sino también la certeza de que todavía se pueden hacer films de acción de impronta brutal y para nada aniñada, en franca contraposición con respecto al Hollywood pomposo actual y lleno de productos escapistas atiborrados de CGI y un sustrato inofensivo que siempre termina cansando a los pocos minutos de comenzado el metraje. Así como la amable Merantau (2009) constituyó la raíz para la muy interesante The Raid (Serbuan Maut, 2011), ésta fue el ensayo general para la extraordinaria The Raid 2 (Serbuan Maut 2: Berandal, 2014), todos opus que redefinieron el cine de acción alternativo contemporáneo a base de su efervescencia imparable, virtuosidad y ese baile sublime de cuerpos flagelados.

 

El regreso de Evans a la dirección viene precedido de altas expectativas porque a la vez supone su vuelta definitiva al Reino Unido y su primera incursión en el terreno de las películas distribuidas globalmente por Netflix, para colmo luego de cuatro años sin noticias del susodicho. Apóstol (Apostle, 2018), la obra resultante, es un trabajo muy satisfactorio que reformula la premisa fundamental de El Hombre de Mimbre (The Wicker Man, 1973), clásico absoluto del horror de Robin Hardy, pero volcándola hacia el paganismo folklórico anglosajón símil Witchfinder General (1968) o The Blood on Satan’s Claw (1971) o la reciente La Bruja (The Witch: A New-England Folktale, 2015). Aquella parodia solapada a las religiones new age del hippismo tardío, camuflada bajo el ropaje de los rituales ancestrales relacionados con el sacrificio, la procreación y esas deidades que desconocen la culpa mortuoria del cristianismo, en esta oportunidad muta en un estudio bien explícito acerca de las comunidades cerradas de influjo utópico que esconden una buena tanda de secretitos sucios bajo la alfombra de las promesas de una vida ideal y libre de las presiones, autoridades, embustes y menesteres de las lastimosas e injustas sociedades occidentales.

 

La historia comienza cuando en 1905 Thomas Richardson (Dan Stevens), un ex misionero cristiano que fue torturado en Pekín durante la Rebelión de los Bóxers y que hoy padece tanto una aguda inestabilidad psíquica como una adicción al láudano, se dirige a Erisden, una comunidad religiosa insular de Gales, con el objetivo de hacerse pasar por un creyente más e infiltrarse hasta dar con el paradero de su hermana Jennifer (Elen Rhys): si bien la isla en cuestión se presenta como un paraíso idílico alejado de la tiranía del rey y basado en la igualdad, la compasión y la inexistencia de armas, dinero o impuestos, lo cierto es que la comarca está gobernada con mano de hierro por un triunvirato a su vez encabezado por el Profeta Malcolm (Michael Sheen), con Quinn (Mark Lewis Jones) y Frank (Paul Higgins) como sus manos derecha e izquierda respectivamente; todos los cuales dicen obedecer a una Diosa (Sharon Morgan) que supuestamente garantiza la fecundidad de los cultivos y la reproducción de los animales de granja aunque como el asunto viene en decadencia, con muertes recurrentes en flora y fauna, los señores decidieron simplemente secuestrar a la hija de un ricachón y pedir un jugoso rescate para salir del “mal paso” económico/ alimenticio.

 

De desarrollo pausado y bien meticuloso, el relato nos pasea por una serie de subtramas que abarcan el derrotero de Richardson en Erisden, como por ejemplo el interés que despierta en Andrea (Lucy Boynton), la hija de Malcolm, o su asociación tácita con Jeremy (Bill Milner), vástago de Frank y pareja en la clandestinidad de Ffion (Kristine Froseth), hija adolescente del sádico Quinn, el especialista en torturas de la isla incluso por encima de una suerte de “guardia pública” profesionalizada que funciona como el aparato represivo del triunvirato. Los jerarcas se enteran de que tienen un intruso entre ellos y eventualmente Thomas es descubierto cuando ingresa en unos pasajes subterráneos del pueblo que van a parar a un granero inhóspito en el que Malcolm y los suyos tienen presa/ esclavizada a la Diosa de turno bajo la asistencia de una criatura humanoide con ramas en su rostro (Sebastian McCheyne), la cual le da de alimento a la deidad moribunda toda la sangre que puede extraer de hombres y mujeres, faena que venía garantizando buenas cosechas hasta hace poco. El embarazo de Ffion será la gota que rebalse el vaso y motivará que Quinn, cuchillo en mano, decida practicarle un aborto que lo llevará a tomar el poder del lugar.

 

El guión del propio Evans, a pesar de que no es para nada original y abusa un poco de las secuencias descriptivas durante el nudo de la historia, juega de manera inteligente con la distancia entre el discurso autodivinizante de Erisden, con Malcolm en su rol de apóstol afirmando que cuando él y sus dos cofrades llegaron nadando a la isla -luego de huir de los esbirros del rey- la Diosa lo eligió como vehículo para su sabiduría, y la patética realidad sustentada en un autoritarismo cotidiano en sintonía con cualquier secta protestante, la obligación de los habitantes de entregar un frasco con sangre a la dirigencia, las mentiras monumentales de fondo y hasta la presencia de torturas públicas ritualizadas en plan de “escarmiento” pagano, pensemos en el simulacro de ejecución a Jennifer, a quien acusan a ojos de los pueblerinos de cristiana y realista para justificar el castigo, o en los tormentos a Jeremy del último acto, toda una escenificación vía un potro llamado la Tarima de los Paganos destinado a un simpático -y por demás sanguinario- proceso de “purificación” tan hipócrita y vano como sus homólogos encarados por los enemigos de Erisden de Inglaterra, símbolo de un afuera que se parece mucho en su locura y apatía a la panacea social insular.

 

Precisamente, el director se luce en el retrato de las miserias y sueños rotos de Malcolm y compañía, tracción a la paradoja de pretender construir un enclave celestial con la fuente máxima de la vida -esa Diosa que representa a la naturaleza- esclavizada y transformada en una “máquina” en palabras de Quinn, en la concatenación de hechos del tramo final, cuando se produce la revolución y es tiempo de ajustar las cuentas, y en un par de episodios que nada tienen que envidiar al mejor porno de torturas de la década pasada, hablamos de la secuencia ya mencionada protagonizada por el pobre de Jeremy y la del enfrentamiento entre Richardson y la criatura humanoide con otro potro del espanto en el medio. Apóstol, a la vez que nos devuelve el mejor Stevens, aquel que protagonizara la también maravillosa The Guest (2014) de Adam Wingard, propone un pantallazo más que atractivo por el trasfondo caníbal de las sociedades contemporáneas, el credo para nada rupturista de los cultos presuntamente alternativos, la destrucción de la flora y fauna por parte de los seres humanos, la moral conservadora tendiente a la represión cíclica, los límites del aislamiento comunal y finalmente la pantomima alrededor de los falsos profetas de la salvación, bajo cuya máscara de iluminación religiosa, política, económica, cultural y/ o ideológica apenas si podemos hallar a unos psicópatas comunes y corrientes que caen en crímenes tan viejos como la humanidad en pos de conservar el poder que hoy detentan o ampliarlo todo lo que sea posible, aun a costo de enredarse en su propia disposición a recortar, tergiversar o directamente inventar la realidad compartida por unas mayorías cada día más embotadas…

 

Apóstol (Apostle, Reino Unido/ Estados Unidos, 2018)

Dirección y Guión: Gareth Evans. Elenco: Dan Stevens, Michael Sheen, Mark Lewis Jones, Paul Higgins, Lucy Boynton, Bill Milner, Kristine Froseth, Elen Rhys, Sharon Morgan, Sebastian McCheyne. Producción: Gareth Evans, Ed Talfan y Aram Tertzakian. Duración: 130 minutos.

Puntaje: 7