Un conductor de un programa de entrevistas a escritores en la televisión pública francesa recibe en su casa una cinta de video con horas de grabación sobre la puerta de su hogar junto a un dibujo infantil siniestro. Así comienza Caché (2005), uno de los films más terribles del realizador austríaco Michael Haneke, que escarba en un episodio del pasado francés de principios de la década del sesenta, la masacre de los ciudadanos argelinos en París el 17 de octubre de 1961, uno de los eventos más aterradores de la historia francesa del Siglo XX que le sirve al director de Funny Games (1997) para adentrarse en la conflictiva relación de los galos con los inmigrantes argelinos y el racismo antiárabe, ese que anida en Francia desde la época de las colonias.
A dicha cinta inicial le suceden otras con más dibujos que llevan al reconocido conductor televisivo, Georges Laurent (Daniel Anteuil), a sospechar que las afrentas son una venganza contra él de parte de un niño argelino que vivía junto a su familia en la campiña francesa durante su niñez. A través de un juego de elusiones y revelaciones pausadas, la trama del film del provocador realizador avanza hacia lo desconocido y lo oculto para narrar una historia que interpela al presente en su actitud con respecto al pasado. Los videos conducen a Georges a reencontrarse con Majid (Maurice Bénichou), a quien no veía desde hace más de cuarenta años, para confrontarlo sobre las cintas y revivir sucesos que se niegan a quedar enterrados. Anne (Juliette Binoche), la esposa de Georges, una directora de una prestigiosa editorial francesa, queda aterrada ante la posibilidad de un acosador que acecha a su familia, pero queda aún más perpleja cuando descubre que su marido tiene alguna idea de las razones detrás de todo y decide ocultarlo. Cuando el hijo quinceañero de la pareja, Pierre (Daniel Duval), desaparece, ambos imaginan lo peor y deciden denunciar a Majid a la policía, lo que lo llevará a límites insospechados pero anunciados en los tétricos dibujos.
Anne se irrita con las respuestas de su marido aunque en algún punto se irrita ante la incomprensión de la situación y ante la pérdida de la inocencia burguesa frente a la nueva realidad. Georges sospecha pero espera que sus temores sean solo una casualidad, a la vez que intenta conservar la compostura y mantener el pasado enterrado y escondido en una ridícula tentativa por recuperar una normalidad que nunca regresará. Todo terminará con una tragedia que no responde ninguno de los interrogantes de la pareja protagonista y así cómo Georges confronta a Majid por los videos, los dibujos y el acoso, el hijo de Majid enfrenta finalmente a Georges para que nada cambie, para que la tragedia siga en pie y para que la vida burguesa retorne a su normalidad, una naturalidad que ya nunca será la misma y que dejará otra espina en una historia incapaz de mirarse en el espejo y de ahondar en un pasado que solo atina a ocultar lo acontecido y construir un relato placentero para seguir adelante sin revuelos.
Caché es un film completamente descarnado sobre la culpa histórica e individual en el que Haneke despelleja los preconceptos y destruye a los personajes confrontándolos con las miserias de antaño y con la basura en la que se han convertido. De un niño miedoso Georges se ha transformado en un hombre culto y exitoso, rodeado de libros, autores y grandes pensadores, pero el reencuentro con Majid y la confrontación con su hijo sacarán lo peor de él, demostrando que el pasado nunca se olvida y siempre permanece intacto para recordarnos nuestras miserias.
El conocimiento de estar siendo observados trastorna completamente la vida de esta familia burguesa que trabaja alrededor de la industria del libro, que cree tener todo solucionado, que visualiza tener éxito, dinero y felicidad, pero que descubrirá que vive en una mentira, al igual que el resto de la burguesía francesa, que intenta mirar para otro lado mientras su país cambia completamente debido a los fantasmas del pasado que regresan para atormentarlos con un relato histórico escondido. Como todo en este film, los misterios están aquí ocultos a plena vista pero dispuestos de tal manera que confunden, en una película que es necesario ver varias veces para comprender todo su potencial, para adentrarse en cada escena y encontrar los hilos de una historia que parece escurrirse aunque tan solo narra aquello que no queremos ver, pero que Haneke nos obliga a redescubrir para no mirar hacia otro lado.
Al igual que en los otros films del cineasta, la dirección de actores es de una perfección escalofriante, quirúrgica, con Daniel Anteuil y Juliette Binoche ofreciendo interpretaciones de un realismo adusto como la vida misma. Haneke construye tomas significativas, que crean sentido respecto de la trama, que hacen avanzar el relato sin palabras, como si una videocasetera avanzara sin que nos diéramos cuenta revelando detalles para que el espectador descubra lo que estaba enterrado. Para ello Haneke se apoya en la dirección de fotografía del austríaco Christian Berger, con quien ya había trabajado en La Profesora de Piano (Le Pianiste, 2001), el film protagonizado por Isabelle Huppert, y con quien trabajaría unos años más tarde en La Cinta Blanca (Das Weiße Band: Eine Deutsche Kindergeschichte, 2009), el análisis cinematográfico más cabal sobre el origen del nazismo. Berger y Haneke logran que cada detalle sea relevante, desde las escenas televisivas hasta las conversaciones casuales con los amigos, demostraciones de cómo el mundo en el que vivían y creían se transforma al calor de la verdad, del pasado, de doscientos cadáveres flotando en el Sena después de una brutal represión a principios de la década del sesenta que aún claman justicia.
Caché es un film que solo genera interrogaciones, en el que no hay ninguna intencionalidad de proveer o generar respuestas, solo preguntas para las que no hay una réplica convincente de parte de nadie, ni puede haberla. Haneke juega aquí en todo momento con el misterio, con las sospechas para sembrar la desconfianza, para que los protagonistas se pregunten qué está pasando, no obstante a cada paso los enigmas se vuelven más insondables, las verdades más liquidas y la presunta realidad se convierte en un mentira confortable en la cual descansar de lo que acecha afuera, la memoria. Las cintas, y todo lo que ellas generan, conllevan un despertar de un sueño para adentrarse en una pesadilla, una expulsión de la fantasía burguesa para entrar en la aciaga realidad de los resabios de la Guerra de Independencia de Argelia, la ocupación francesa de ese país y su conflictivo proceso de descolonización.
En este film sin música, ardid que enfatiza el realismo de la propuesta, el truco está en la cámara, en el movimiento de sístole y diástole entre una perspectiva subjetiva y otra objetiva, en la mirada de unos personajes con los que no es posible conectar y en la mirada de la cámara, del que construye la acción para revelar aquello oculto, aquello a lo que los protagonistas temen. Caché es un drama aterrador y claustrofóbico en el que la masacre de octubre del 61 sobrevuela cada escena, en el que la cultura esconde algo terrible. Haneke crea así una película verdadera e inolvidable, que deja perplejo al espectador ante la cotidianeidad burguesa, que al igual que la cámara nunca pierde la compostura ante el terror.
Caché (Francia/ Austria/ Alemania/ Italia, 2005)
Dirección y Guión: Michael Haneke. Elenco: Daniel Auteuil, Juliette Binoche, Maurice Bénichou, Annie Girardot, Bernard Le Coq, Walid Afkir, Lester Makedonsky, Daniel Duval, Nathalie Richard, Denis Podalydès. Producción: Veit Heiduschka. Duración: 117 minutos.