El cineasta español José Ramón Larraz (1929-2013) fue un héroe hoy poco conocido del exploitation que utilizó diversos seudónimos, como Joseph Larraz, J.R. Larrath y Joseph Braunstein, y supo hacer gala de características muy propias en línea con la presencia de perversiones y abusos sexuales, muchos desvaríos ególatras de la burguesía, supersticiones populares, tragedias en el marco de los seres queridos, unas patologías y acechos de influjo hitchcockiano, generosa tensión a punto de estallar, cierta dinámica del poder capitalista vinculada a las sectas y al sadismo de la fauna fascistoide, en contraposición a la necesidad de matar de los marginados sociales para sobrevivir, y finalmente el insistente fetiche para con el pulso onírico, la fotografía preciosista, un aislamiento entre bucólico y lúgubre y desde ya esos celos o esa infidelidad hecha y derecha en relaciones que parecen fuertes pero distan mucho de serlo por las “tentaciones” del exterior. La etapa inicial británica de esplendor estuvo volcada al horror y se subdivide en tres propuestas de cuasi aprendizaje, Torbellino (Whirlpool, 1970), Desviación (Deviation, 1971) y La Casa que Desapareció (The House That Vanished, 1973), y dos joyas que nos hablan de un estilo ya moldeado y evidente, Síntomas (Symptoms, 1974) y Las Hijas de Drácula (Vampyres, 1974), más un par de excepciones rodadas en castellano que pasaron sin pena ni gloria, La Muerte Incierta (1973) y Emma, Puertas Oscuras (1974). Luego llega una mudanza a España con motivo del auge del “cine de destape” correspondiente a la desaparición de la censura a raíz de la muerte del dictador Francisco Franco en 1975 y el comienzo de aquella Transición hacia la Democracia (1975-1982), período en el que se acumuló una serie de trabajos alimenticios oportunistas en sintonía con El Fin de la Inocencia (1977), Luto Riguroso (1977), El Mirón (1977), La Visita del Vicio (1978), La Ocasión (1978), El Periscopio (1979) y Polvos Mágicos (1979), obras que con la excusa de un contexto narrativo empardado al drama, el thriller o la comedia -el formato favorito en la España de la época, sin duda- desfilaba por la pantalla una infinidad de carne desnuda femenina para aprovechar la libertad y satisfacer las graciosas ansias onanistas del público masculino, siempre castrado por el oscurantismo del régimen previo. En última instancia nos topamos con una fase de decadencia -tanto comercial como cualitativa- en la que conviven Los Ángeles de Fuego (The Golden Lady, 1979), un clon femenino de James Bond/ 007, Las Alumnas de Madame Olga (1981), un melodrama softcore, tres comedias hoy olvidadas, La Momia Nacional (1981), Juana la Loca… de vez en cuando (1983) y Conexión Sevilla (Sevilla Connection, 1992), y sus sucesivos intentos en pos de regresar al terror con algún producto más o menos digno, lo que nos dejó con el trash francamente doloroso de Estigma (1980) y Los Ritos Sexuales del Diablo (1982) y con una trilogía de slashers muy erráticos y heterogéneos, Descanse en Piezas (1987), Al Filo del Hacha (1988) y Mansión Mortal (Deadly Manor, 1990), todas en general una pálida sombra de lo que supo ser y a veces contando con dinerillo foráneo para rodar en yanquilandia, Italia o el Reino Unido. Son Síntomas y Las Hijas de Drácula, como decíamos anteriormente, sus obras maestras y por ello en el presente dossier nos ponemos manos a la obra para retomar dos films que convirtieron sus limitaciones e imperfecciones del montón en parte de un atractivo que ha resistido con hidalguía y sensualidad el paso del tiempo, éste siempre impiadoso con productos que no ofrecen el desparpajo de los mejores trabajos de Larraz, típico artista multifacético de su tiempo que se adaptaba a las diferentes modas o lenguajes para de hecho llegar al cine luego de pasar por el cómic y la fotografía.
Síntomas (Symptoms, 1974):
Uno de los latiguillos favoritos del terror y el thriller en tiempos decididamente puritanos, ya sea que hablemos de toda la sociedad o algunos sectores concretos que a pura hipocresía fascistoide merecen ser parodiados de manera tácita o explícita, es la represión sexual y/ o toda la histeria que surge cuando el coito es visto como pecaminoso o simplemente como homologado a una práctica sucia digna de algún enemigo social/ ideológico/ discursivo, ya sea la izquierda, el neohippismo o los varones en general. Una de las mejores y más etéreas películas sobre la temática es Síntomas (Symptoms, 1974), ese exploitation combinado de Psicosis (Psycho, 1960), de Alfred Hitchcock, y Repulsión (1965), de Roman Polanski, que supo exacerbar hasta la hipérbole uno de los motivos infaltables del esquema, el rechazo a nivel libidinoso, aquí no encarado en términos heterosexuales sino homosexuales y para colmo con nuestra protagonista, Helen Ramsey (Angela Pleasence), encaprichándose sucesivamente con fijaciones macabras y mujeres que aparentemente no poseen inclinación gay o prefieren en última instancia la compañía masculina, casi una sátira espiritual de la costumbre de tantos bípedos de tropezarse una y otra vez con la misma piedra en lo que atañe a los vínculos románticos y más allá. Aquí Helen, una traductora técnica que acaba de regresar al Reino Unido después de vivir un tiempo en Ginebra, Suiza, invita a una amiga escritora, Anne Weston (Lorna Heilbron), a pasar unos días en una semi mansión que su parentela tiene en las afueras de Londres, lo que genera una convivencia bizarra porque la dueña de casa es demasiado retraída o melancólica y porque la huésped de a poco deduce que es una especie de reemplazo de una “amiga” anterior de Ramsey, Cora Appleby (Marie-Paule Mailleux, pareja de entonces de Larraz), que desapareció de repente. Entre visitas a la farmacia del pueblito local, atendida por un tal Burke (Raymond Huntley), y encuentros al paso con el cuidador de la casona, Brady (Peter Vaughan), descubrimos que Helen efectivamente se siente atraída hacia una Anne que confunde con Cora ya que le dedica un beso súbito y se masturba violentamente durante las noches, no obstante el idilio termina cuando comienza a sentir celos por la ex pareja de Weston, John (Ronald O’Neil), y cuando el personaje de Heilbron siente curiosidad por esa serie de voces, risas y gemidos nocturnos, así las cosas Ramsey la acuchilla en el ático y luego traslada el cadáver hasta un sillón de su habitación, de hecho imaginándose que Appleby regresa de entre los muertos para premiarla con una sesión sexual por cargarse a la competencia del corazón y la cama. Pronto se acumulan dos nuevos finados, John, que llega en busca de Anne, y Brady, el cual pretende chantajearla para sacarle algo de dinero porque protagonizó un affaire con Cora y vio cómo Helen la mató empujándola hacia las aguas de un lago cercano, planteo que nos deja con un desenlace en el que Burke, un empleado suyo, Nick (Mike Grady), y la ama de llaves de la propiedad, Hannah (Nancy Nevinson), hallan los cuerpos desparramados por el voluminoso hogar y a una Ramsey abstraída recordando desde una ventana aquello que motivó toda la andanada de muertes, el besuqueo de los desvergonzados Brady y Cora justo delante del caserón. El film de culto de Larraz, un secreto en la comunidad cinéfila del horror que llegó a competir en el Festival de Cannes y recién recibió una edición restaurada en DVD y Blu-ray en 2016, aprovecha muy bien el paisaje bucólico, el look barroco de la casona y sobre todo el misterio -muy sencillo pero misterio al fin- en torno a la protagonista y las otras dos ninfas, sus pretendidas amantes, por ello el tono a veces surrealista/ onírico/ alucinado del relato calza perfecto con la combinación de primero un proto slasher, sobre todo en materia de los asesinatos del último acto, segundo una historia de fantasmas, en lo referido a la posibilidad de que Appleby en serio haya embrujado la morada y a Helen, y tercero un thriller entre pastoral, psicológico y sobrenatural, por cierto centrado en una fragilidad mental empardada al homicidio y la enajenación por celos. Síntomas retoma de Psicosis el ardid de matar al personaje cuerdo que parecía ser el principal de la faena, aquí Anne y antes Marion Crane (Janet Leigh), y de Repulsión recupera ese análisis mucho más rimbombante de una represión sensual hermanada a la posesión y a la locura de la señorita de turno, en pantalla Helen y en la maravilla de Polanski aquella Carol Ledoux (Catherine Deneuve), amén del hecho de que en Repulsión la histeria era misándrica y por un supuesto acoso exterior y en esta oportunidad es lésbica y surge de un rechazo autopercibido que tranquilamente puede ser verdadero considerando la extravagancia de la dueña de casa. La película, aparentemente financiada con el dinero de Larraz en modalidad historietista y fotógrafo y con la fortuna del productor Jean L. Dupuis a raíz de su editorial familiar y especialmente Los Pitufos (Les Schtroumpfs), creados en 1958 por el dibujante belga Pierre Culliford alias Peyo, hace gala de un ritmo narrativo meticuloso, siempre coqueteando con la necrofilia y la dialéctica de la sustitución amorosa más pesadillesca, y nos regala unas excelentes fotografía de Trevor Wrenn, edición de Brian Smedley-Aston, música de John Scott y actuaciones de Heilbron, el veterano Vaughan y la muchacha de eterna apariencia sepulcral, Pleasence, nada menos que la hija de Donald Pleasence y ella misma recordada por su larguísima carrera televisiva y su paso por el terror de la mano de la odisea que nos ocupa y otras dos propuestas del rubro, Más allá de la Tumba (From Beyond the Grave, 1974), simpático trabajo de Kevin Connor que fue la última antología de los especialistas Amicus Productions, y La Enviada (The Godsend, 1980), epopeya rutinaria de Gabrielle Beaumont que ofició de exploitation mixto de La Profecía (The Omen, 1976), de Richard Donner, El Bebé de Rosemary (Rosemary’s Baby, 1968), de Polanski, y La Mala Semilla (The Bad Seed, 1956), el clásico de mocosa rubia y psicópata dirigido por Mervyn LeRoy.
Síntomas (Symptoms, Reino Unido, 1974)
Dirección: José Ramón Larraz. Guión: José Ramón Larraz y Stanley Miller. Elenco: Angela Pleasence, Lorna Heilbron, Peter Vaughan, Marie-Paule Mailleux, Ronald O’Neil, Nancy Nevinson, Raymond Huntley, Mike Grady. Producción: Jean L. Dupuis. Duración: 92 minutos.

Las Hijas de Drácula (Vampyres, 1974):
Las Hijas de Drácula (Vampyres, 1974) es sin duda uno de los clásicos del sexploitation vampírico y lésbico y una parte fundamental de esa generosa tradición del cine de los años 70 vinculada a adaptaciones de Carmilla (1872), célebre novela corta de Sheridan Le Fanu, y a convites que retomaron alguna faceta del tópico de turno o del periplo de la aristócrata húngara Erzsébet Báthory (1560-1614), una de las asesinas en serie más prolíficas de la historia, pensemos para el caso en aquella vertiente erótica y colorida de la Hammer Film Productions, compañía responsable de La Condesa Drácula (Countess Dracula, 1971), de Peter Sasdy, y de la denominada Trilogía Karnstein, léase Las Amantes del Vampiro (The Vampire Lovers, 1970), de Roy Ward Baker, Lujuria para un Vampiro (Lust for a Vampire, 1971), de Jimmy Sangster, y Las Hijas de Drácula (Twins of Evil, 1971), de John Hough, el filón elegante de Hijas de la Oscuridad (Les Lèvres Rouges, 1971), del belga Harry Kümel, el delirio surrealista y lírico del especialista Jean Rollin, artífice de joyas como Fascinación (Fascination, 1979) y Labios de Sangre (Lèvres de Sang, 1975) y de trabajos menores pero muy sugestivos como su tetralogía inicial, compuesta por La Violación del Vampiro (Le Viol du Vampire, 1968), La Vampira Desnuda (La Vampire Nue, 1970), Los Temores de los Vampiros (Le Frisson des Vampires, 1971) y Réquiem por un Vampiro (Requiem pour un Vampire, 1972), la veta trash preciosista de Vampyros Lesbos (1971), de Jesús Franco, y No nos Libres del Mal (Mais ne nous Délivrez pas du Mal, 1971), faena de Joël Séria, las resonancias entre folklóricas y lunáticas de Asustemos a Jessica hasta Morir (Let’s Scare Jessica to Death, 1971), de John D. Hancock, y Lemora (1973), de Richard Blackburn, el talante visceral español de La Novia Ensangrentada (1972), odisea de Vicente Aranda, y Ceremonia Sangrienta (1973), de Jorge Grau, y por supuesto toda la parafernalia mexicana ecléctica de Satánico Pandemónium: La Sexorcista (1975), de Gilberto Martínez Solares, y Alucarda, la Hija de las Tinieblas (1977), de Juan López Moctezuma, amén del carácter pionero de la tantas veces olvidada Rosa de Sangre (Et Mourir de Plaisir, 1960), clásico de Roger Vadim. La película que nos ocupa, filmada en exteriores en Oakley Court, mansión gótica victoriana de Berkshire, y en interiores en Harefield Grove, la misma casa de campo de las afueras de Londres que podía verse en Síntomas (Symptoms, 1974), gira alrededor de dos amantes lésbicas, Fran (Marianne Morris) y Miriam (Anulka Dziubinska), que en un pasado remoto sin especificar son asesinadas a tiros por una figura masculina y convertidas de repente en señoritas de la noche adictas a la hemoglobina, todo en un prólogo que deja muchas preguntas abiertas y apenas si aclara que el episodio aconteció mientras estaban desnudas, en pleno coito. Tiempo después las ninfas desarrollan una estrategia de cacería para alimentarse basada en Fran pidiendo ser llevada al costado de la carretera mientras su compañera espía entre los árboles, así el cebo traslada a la presa masculina de ocasión hacia la casona donde ambas murieron, en cuyo sótano duermen durante el día, y eventualmente las dos succionan la sangre del varón no mordiéndolo sino cortándolo con una daga hasta “vaciarlo”, esquema que complementan con una escenificación final de un accidente en la ruta para arrojar el cadáver dentro del coche volcado. La criatura de Morris se encapricha con un hombre al que trata de amante o quizás juguete sexual, Ted (Murray Brown), por ello le abre una herida en su brazo izquierdo y lo mantiene con vida durante varios días en los que el susodicho opta por no marcharse del lugar, conoce a otra víctima del dúo, Rupert (Karl Lanchbury), queda encerrado en las catacumbas de la propiedad e incluso pide ayuda por el corte en su brazo a una parejita que está de vacaciones y acampa en el terreno de la finca, John (Brian Deacon) y Harriet (Sally Faulkner), el primero un bobo adepto a la pesca y la segunda demostrando estar interesada en la pintura y en las andanzas de sus vecinas circunstanciales. Entre sesiones libidinosas en la ducha y en una cama compartida con el semi desvanecido Ted, cada vez más anémico por la pérdida de sangre, Harriet termina descubriendo a Fran en pleno descanso diurno pero su marido no le presta la más mínima atención, lo que deriva en el homicidio de ambos cuando pretendían ayudar a Ted a escapar justo luego del asesinato a cuchillazos de otro ingenuo, en esta oportunidad un playboy con aires de sommelier al que terminan reventando en la bodega de la casona (Michael Byrne). El epílogo, especie de colofón del degollamiento de Harriet, nos presenta a las dos ninfas resignándose a dejar ir a Ted por la aparición de los primeros rayos de luz de la mañana, varón que luego es despertado en su automóvil por un agente inmobiliario (Gerald Case) que pretende venderle la mansión a un hilarante matrimonio estadounidense de avanzada edad (Elliott Sullivan y Bessie Love). Larraz no sólo maneja muy bien el erotismo detrás de una cacería sin inhibición alguna, en esencia sustentado en la belleza de las actrices, en los lengüetazos permanentes al momento de chupar el manjar rojo y en el gran despliegue de desnudos e intensidad para unas secuencias sensuales cercanas al ridículo o la caricatura, sino que además se luce en cierta desorientación narrativa -paradigmática de la Clase B de la época y sus muchas limitaciones técnicas y de presupuesto- en materia de una narración supuestamente vinculada a la nocturnidad truculenta pero casi siempre rodada de día o con algo de sombra tenue para maquillar el asunto, en este sentido el film insinúa la novedad del vampirismo bajo el sol y desde el vamos homologa dicho detalle a otros ítems curiosos como la inexistencia de colmillos o explicación para la metamorfosis en sí en vampiras y la presencia de relojes parados y cierto dejo caníbal a la hora de ingerir el “alimento humano” lamiéndolo mediante esas heridas abiertas. Las Hijas de Drácula, de todos modos, retoma estereotipos del rubro en cuestión como el decadentismo neogótico de los escenarios, algún espejo tapado, el encanto utilizado como anzuelo y la misma necesidad de una siestita entre tanda y tanda de asesinatos, no obstante las variaciones dominan nuestra epopeya porque la homosexualidad se nos aparece sádica y parasitaria y la heterosexualidad se abre camino hacia el masoquismo naif del ganado en pie, sin olvidarnos de ese trasfondo bisexual de las chupasangres y sobre todo Fran, quien deja ventilar su interés por Ted al extremo de que la rubia Miriam toma nota del peligro y se hace cargo de sus celos al igual que Helen Ramsey (Angela Pleasence) de Síntomas. Desde ya que las actuaciones no son gran cosa, de hecho los únicos que tendrían una carrera atendible serían Byrne y los encargados de componer a la parejita burguesa, Faulkner y Deacon, y Larraz a veces se engolosina demasiado con la contemplación previa al gore, una de sus marcas registradas junto con el cuidado en la puesta en escena y la atmósfera en simultáneo concupiscente y macabra, sin embargo el realizador exprime el sencillo guión de Diana Daubeney, único trabajo en el rubro después de oficiar de productora para el director en la giallesca y fallida La Casa que Desapareció (The House That Vanished aka Scream and Die!, 1973), y se las arregla para construir una semblanza fascinante del hedonismo de los años 70 o post hippismo idealista de los 60, por ello recicla con inteligencia pivotes nihilistas del trabajo previo como el lesbianismo y esa confusión entre la realidad y la fantasía, en términos prácticos desconociendo si hablamos de asesinas en serie tradicionales o de vampiras/ zombies/ espectros que optan por embrujar la morada donde fallecieron. Con un excelente nivel de hembras y un enfoque concienzudo en lo referido a equilibrar carne y sangre, la propuesta no se anda con vueltas en su idea de volcar todos los esfuerzos retóricos hacia el principal latiguillo del cine vampírico, el arte de la seducción como herramienta para capturar, manipular, neutralizar y degustar presas.
Las Hijas de Drácula (Vampyres, Reino Unido/ España, 1974)
Dirección: José Ramón Larraz. Guión: Diana Daubeney. Elenco: Marianne Morris, Anulka Dziubinska, Murray Brown, Brian Deacon, Sally Faulkner, Michael Byrne, Karl Lanchbury, Gerald Case, Bessie Love, Elliott Sullivan. Producción: Brian Smedley-Aston. Duración: 88 minutos.
