Tanto tiempo ha transcurrido desde la aparición de Karate Kid (The Karate Kid, 1984), dirigida por John G. Avildsen y escrita por Robert Mark Kamen, que uno tiende a olvidar que aquella película sí era buena porque se pensó como un exploitation tardío y en versión púber del otro hit de la carrera de Avildsen, Rocky (1976), un detalle que -precisamente- suele ser opacado por la insoportable estrategia comercial de las franquicias del Hollywood posmoderno y en términos concretos por la catarata de secuelas inferiores que se fueron acumulando con el correr de los muchos años desde entonces, popurrí que abarca los dos mejores corolarios, la digna Karate Kid II: La Historia Continúa (The Karate Kid Part II, 1986) y la esperpéntica pero relativamente disfrutable Karate Kid III: El Desafío Final (The Karate Kid Part III, 1989), ambas todavía bajo el control de la dupla compuesta por Avildsen y Kamen, y una retahíla de bodrios de la talla de Karate Kid 4: La Nueva Misión (The Next Karate Kid, 1994), film de Christopher Cain con Hilary Swank reemplazando al histórico protagonista, Ralph Macchio, Karate Kid (The Karate Kid, 2010), especie de remake de Harald Zwart en la que ni siquiera había karate porque éste fue sustituido por el kung fu, y Karate Kid: Leyendas (Karate Kid: Legends, 2025), flamante despropósito de Jonathan Entwistle que resulta tan innecesario como todos los opus anteriores, amén de un producto fugaz para la caja boba que nadie recuerda, Karate Kid: La Serie Animada (The Karate Kid, 1989), y otro en live action que asimismo dejó mucho que desear, Cobra Kai (2018-2025), obra para YouTube y Netflix basada en la nostalgia y el melodrama barato.
Karate Kid: Leyendas, particularmente, es una propuesta muy ridícula porque en un mismo movimiento pretende oficiar de continuación de las tres epopeyas originales de Avildsen, el film con Swank, la relectura larguísima del 2010 -un trabajo encabezado por el hijo del idiota de Will Smith, Jaden Smith, y un Jackie Chan que reemplazaba a Pat Morita en el rol del maestro, recordemos- e incluso Cobra Kai, serie con la friolera de seis temporadas y 65 episodios, lo que nos deja con otra remake camuflada de la primera odisea alrededor de un triángulo amoroso y la presencia de peleas, sadismo, tácticas mafiosas y una filosofía por parte del “bueno” orientada a lo defensivo y no a lo ofensivo, planteo que por cierto en el film que nos ocupa cae en saco roto porque lo estereotipado baladí le gana a la denuncia de una sociedad actual que fetichiza, de hecho, a la riña boba por la riña boba en sí. La trama, como cabía esperar, resulta de lo más previsible y se centra en Li Fong (Ben Wang), un estudiante de kung fu del Señor Han (Chan) que viaja junto a su madre médica (Ming-na Wen) desde Beijing/ Pekín, gran capital de la República Popular China, hacia Nueva York porque la mujer consigue trabajo en un hospital yanqui y quiere alejar a su vástago de las artes marciales ya que culpa a Han y al kung fu por la muerte del hermano mayor de Fong vía una cuchillada en un ataque callejero. Li en Estados Unidos se enamora de Mia (Sadie Stanley), le enseña kung fu a su progenitor pizzero y boxeador, Víctor (Joshua Jackson), y se enfrenta al maloso reglamentario y ex de la chica, Connor (Aramis Knight), con la ayuda de Han y de un reaparecido Daniel LaRusso (Macchio), veterano que hoy aporta el karate.
Desde el vamos se podría aseverar que por fin incluyeron a un oriental como protagonista dentro del mundillo de la franquicia, el chino/ estadounidense Wang en su primer papel de relevancia a escala del séptimo arte, un joven talentoso que se había hecho conocido gracias a Ni de Aquí ni de China (American Born Chinese, 2023), una sitcom creada por Kelvin Yu para Disney+, luego del abuso del arquetipo del “yanqui amigable” símil outsider que nos introduce a la cultura asiática de las artes marciales, esquema discursivo agotado de por medio que habían respetado las aventuras con Macchio, Swank y un inverosímil Smith en su preadolescencia haciendo cosas de púber o adulto y cayendo en el absurdo. Mientras que la película en general está muy sobrecargada en cuanto a las disciplinas en pantalla, léase el karate, el boxeo y el kung fu, movida que suena a desesperación hollywoodense en pos de dejar contentos a todos, lo que por supuesto genera el efecto contrario a raíz del poco peso específico de cada rubro dentro del producto cinematográfico en su conjunto, los combates por su parte resultan mediocres y se mueven entre el cine de acción hiperquinético old school de Occidente, la fantochada de los CGIs intercambiables del nuevo milenio, el rubro asociado de los videojuegos y el fluir caricaturesco o hiper coreografiado/ antinaturalista del cine hongkonés de kung fu de aquellos 70, en suma un mejunje que lamentablemente no atesora la paciencia, el peligro o siquiera la estrambótica intensidad de antaño ni tampoco consigue aprovechar el costado cuasi policial de la historia porque Víctor le debe dinero al dueño mafioso del gimnasio de artes marciales mixtas donde entrena Connor, Demolición.
Más allá del buen desempeño de Wang, sin lugar a dudas el hecho de reemplazar al querido Señor Miyagi de Pat Morita, fallecido en 2005 a los 73 años de edad, por el Han del risible Jackie Chan equivale a sustituir el talento y el carisma en cámara lenta por un payaso muy atlético en línea con los Looney Tunes de la Warner Bros., señor que no crece demasiado por contagio en función del paupérrimo gesto retro del guión de Rob Lieber de equipararlo al otro instructor para esa competencia infaltable del último acto, el otrora Daniel-san y hoy sensei de Macchio. La noción de unificar a japoneses y chinos/ hongkoneses resulta por demás forzada, se aleja mucho de cualquier sincretismo cultural bienintencionado y pone al descubierto el carácter frankensteineano del film y las nulas ideas novedosas de fondo. Esta amalgama, vinculada a la ridiculez comercial marketinera, en materia del relato se trata de justificar mediante un prólogo circa Karate Kid II: La Historia Continúa, ubicado entre el live action y el marco insólitamente animado, en el que Miyagi le explica a LaRusso que un antecesor de la parentela del nipón entró en contacto en China con el clan Han y así, por arte de magia, ambas familias se la pasaron brindándose consejos mutuamente a lo largo de los siglos en lo que atañe a un karate que enriquece al kung fu y viceversa. El convite del debutante Entwistle, un realizador televisivo y de videoclips, trata de exprimir el latiguillo del trauma por el hermano muerto y de inyectarle nueva vida al dilema del pasado de la violencia y sus semblantes, ya sea lo necesario, lo evitable o lo abiertamente desdeñable a causa de sus consecuencias, fórmula que no ha perdido vigencia en la sociedad del Siglo XXI aunque sí ha entrado en crisis dentro de la saga desde hace mucho tiempo, en términos prácticos desde las dos secuelas de los 80 de Avildsen por su impronta cada vez más y más automatizada. En última instancia toda la palabrería mainstream seudo mística/ oriental/ profunda tiende a aburrir y se siente tan banal como innecesaria cuando lo que “vende” la propuesta -por lo menos a ojos de Hollywood- son las refriegas y aquel andamiaje narrativo cronometrado de siempre, en esta ocasión para colmo no sabiendo bien qué demonios hacer con el cliché de la crueldad psicopática versus un humanismo de dejo new age inofensivo…
Karate Kid: Leyendas (Karate Kid: Legends, Estados Unidos, 2025)
Dirección: Jonathan Entwistle. Guión: Rob Lieber. Elenco: Ben Wang, Jackie Chan, Ralph Macchio, Joshua Jackson, Sadie Stanley, Ming-na Wen, Aramis Knight, Wyatt Oleff, Shaunette Renée Wilson, Caleb Baker. Producción: Karen Rosenfelt. Duración: 94 minutos.