El Satiricón (Satyricon, Siglo I), de Cayo Petronio Árbitro, también llamado Tito Petronio Nigro, es considerada intermitentemente la primera novela paródica, la síntesis de todas las experiencias literarias previas, el primer relato picaresco, la génesis del naturalismo, el gran exponente de la desacralización burlona desde las elites sociales e incluso la primera novela a secas en términos cuasi modernos por cierto cinismo que todo lo destruye sin proponer nada a cambio, a veces un planteo autocontenido y en otras ocasiones comunal/ abierto por este juego dialéctico entre “lo alto” y “lo bajo” de la cultura símil reconocimiento de los recursos retóricos del pasado en tanto artificios de los que servirse para analizar sin prurito o inhibición alguna las costumbres romanas de entonces o quizás poner al descubierto una tradición artística sentimentaloide y encerrada en sí misma, sin demasiado contacto con la realidad masiva. El trabajo, en esencia una parodia de la Odisea (Odyssea, Siglo VIII a.C.), de Homero, por un lado combina la prosa y el verso al igual que el latín clásico y el vulgar, aunque definitivamente domina esta último a lo largo del desarrollo narrativo porque lo importante para Petronio -como decíamos anteriormente- es lo bello mancillado y el arte de desmenuzar la decadencia e injusticias de su tiempo, léase el reinado de Nerón y su cruzada anticristiana (54-68), mientras se reorganizan desde el sarcasmo los pivotes de la literatura griega heredada, y por el otro lado, precisamente, recupera el latiguillo de las aventuras de los amantes de la novela helénica, especie de extrapolación popular del bagaje mítico de antaño, para unificarlo con el fetiche máximo de la sátira menipea, hablamos del ataque contra actitudes sociales, políticas, económicas, artísticas y culturales en detrimento de los embates contra individuos concretos de la sátira antigua, de allí surge la preeminencia de una estructura extremadamente fragmentaria vinculada a una epopeya sardónica repleta de peripecias y puntos de vista complementarios que señalan el carácter farsesco del amor y el poder. En el caso de El Satiricón este mejunje se exacerba porque el texto que sobrevivió a lo largo del tiempo, una colección de manuscritos homoeróticos, no está nada completo y los baches discursivos son más que considerables, una situación que agrega misticismo a la mixtura esquizofrénica de fondo de idealización griega y distanciamiento irónico menipeo.
La novela nos presenta el periplo de tres jóvenes marginales que se dedican al crimen y se unen y se separan según el discurrir de los acontecimientos, fundamentalmente dos amigos y amantes, Encolpio y Ascilto, que durante los primeros años del Imperio Romano rivalizan por el cariño y los favores de Gitón, un catamito o preadolescente adonizado/ utilizado para el goce pederasta: luego de ganarse la furia de Cuartila, una sacerdotisa de Príapo, el Dios griego de la fertilidad, por interrumpir un sacrificio en su honor, el trío escapa del castigo y concurre a una cena en la casa en la Campania Antigua de Trimalción, un sirio que en su mocedad fue esclavo y hoy se dedica a brindar comilonas en las que exhibe su monumento funerario, no obstante la felicidad dura poco porque Ascilto se queda con Gitón o mejor dicho se lo saca a nuestro narrador, Encolpio, y éste termina en una pinacoteca con el poeta Eumolpo y luego reencontrándose con los otros dos jóvenes en un barco que pertenece al otrora amo de Encolpio y Gitón, Licas, donde su esposa Trifena se apropia del catamito, ya deseoso de emascularse, y todos padecen un naufragio por una tormenta que los deja cerca de Crotona, metrópoli donde Encolpio se prostituye y descubre que es impotente por una maldición de Príapo vía encuentros amatorios con Circe, mujer egoísta que forma parte de una familia patricia/ noble, por ello recurre al hechicero Proseleno y la sacerdotisa Enotea, la cual le introduce en el ano un fascinus o amuleto mágico paradigmático con forma de pene de la religión de la Antigua Roma, recuperando pronto las erecciones en un episodio que oficia de prólogo al cierre -incompleto de por sí- del relato, con los cazadores de fortunas/ legados/ testamentos de Crotona entregándose al canibalismo para poder heredar los enseres de Eumolpo, aparentemente ya muerto en los últimos pasajes del texto. Las dos adaptaciones cinematográficas del clásico de Petronio, Satyricon (1969), dirigida por el hoy olvidado Gian Luigi Polidoro y producida por Alfredo Bini, y Fellini Satyricon (1969), a cargo del genial Federico Fellini y con producción de Alberto Grimaldi, adoptan enfoques muy distintos porque la primera celebra la picaresca más literal de la obra original mientras que la segunda ofrece un paneo surrealista y misterioso por la dislexia conceptual intrínseca del libro, esa que desarticula al arte griego y aquí a su vez es desarticulada por el Siglo XX.
Fellini en su relectura, por cierto muy superior en términos generales a la apenas simpática versión de Polidoro, retoma muchos elementos de Petronio para dividirlos en capítulos en constante movimiento, negando el apego para con las tableaux vivants de tanto cine arty europeo de entonces, y para condimentarlos con la imaginación barroca y grotesca de aquel largo período de los años 60 y 70 que siguió a su fase neorrealista inicial de los 50, ahora con el relato arrancando con el robo de Gitón (Max Born) por parte del pícaro de Ascilto (Hiram Keller) para venderlo al famoso actor Vernacchio (Luigi Visconti alias Fanfulla), el cual está representando una obra, sobre un esclavo al que le amputan su mano derecha para reemplazarla por otra de oro, cuando arriba Encolpio (Martin Potter) interrumpiendo la función y reclamando la propiedad del catamito, a quien recupera para pronto perderlo de nuevo porque el niño elige a Ascilto cuando los amigos, que suelen visitar prostíbulos y viven en una insulae o complejo primitivo de departamentos, se dividen todo lo compartido hasta ese momento. Encolpio considera el suicidio por amor pero es disuadido de quitarse la vida por un terremoto que lo conduce a una galería pictórica a cargo del poeta Eumolpo (Salvo Randone), un fatalista que piensa que la ciencia y el arte valiosos perecieron ante el comercio, la ignorancia y la corrupción social y que lo conduce a un banquete en la casona de Trimalción (Mario Romagnoli), liberto que se cree poeta, mandó a construir un enorme mausoleo y muestra más interés sexual en purretes esclavizados del montón que en su esposa Fortunata (Magali Noël), puta que rescató de un mercado de esclavos y convirtió en un “ser humano”. Eumolpo se indigna cuando Trimalción recita un poema de Lucrecio diciendo que es suyo y lo acusa de plagio, por ello este proto burgués ricachón lo manda a torturar en la cocina arrojándole aceite hervido en la cara, episodio que de golpe salta a la captura del trío protagónico por parte de Licas (Alain Cuny), quien los carga en un barco lleno de esclavos sexuales para el emperador, navío donde Encolpio es seleccionado para pelear contra el mandamás y luego para casarse con él bajo el beneplácito de la esposa de Licas, la maquiavélica Trifena (Germaine Hélène Irène Lefebvre alias Capucine), hembra que ve con regocijo la llegada a la isla del emperador hedonista, andrógino y adolescente (Tanya Lopert) y el estallido de un Golpe de Estado que conduce al púber a su suicidio, generando además la decapitación inmediata de Licas. Después de escapar de las huestes militares y de pasar unos días en una villa abandonada cuyos propietarios liberaron a sus esclavos y se suicidaron para evitar el yugo del flamante tirano, donde tienen sexo con una esclava africana que fue olvidada (Hylette Adolphe), Ascilto y Encolpio se topan en medio del desierto con una patricia ninfómana atada (Sibilla Sedat), cuyo esposo (Lorenzo Piani) le paga a Ascilto para que intime con ella, y después deciden secuestrar a un hermafrodita albino que es venerado como un Semidiós por los lugareños (Pasquale Baldassarre), sin embargo la idea de pedir un rescate por el supuesto tesoro queda en nada porque el mocoso fallece a raíz de los rayos solares y la falta de agua y el ahora dúo para colmo debe matar a su cómplice, un mercenario sin nombre conocido que se pone violento cuando descubre el cadáver (Gordon Mitchell). Los soldados captaran a Encolpio y lo confinan a un laberinto durante un festival en honor a Momo, el Dios del Sarcasmo, para que haga de Teseo ante un Minotauro que en realidad es un gladiador (Luigi Montefiori alias George Eastman), a quien conmueve con su pedido de misericordia y por ello el procónsul (Marcello Di Falco) lo premia con Ariadna (Elisa Mainardi), una furcia con la que debe copular ante la multitud y que lo termina acusando de impotente cuando no consigue una erección. El muchacho se reencuentra con Ascilto y un Eumolpo reconvertido en un rico mercader que le dice que fue maldecido por Príapo y le ofrece la cura de las meretrices de un lupanar, El Jardín de las Delicias, aunque el remedio falla y por ello recurre a la hechicera Enotea (Donyale Luna), la cual efectivamente le devuelve la virilidad. Ascilto es asesinado por un barquero que le quita su dinero y Encolpio parte hacia África con unos esclavos mientras los cazadores de fortunas comen el cuerpo de Eumolpo para heredar sus bienes, requisito de su testamento.
Sirviéndose de las composiciones minimalistas de Nino Rota, los bellos sets y vestuarios de Danilo Donati y un buen trabajo actoral de parte de los dos debutantes del caso, el británico Martin Potter y el norteamericano Hiram Keller, que vinieron a reemplazar a esas “primeras opciones” que no estaban disponibles, Terence Stamp y Pierre Clémenti respectivamente, el primero aquí en su único rol memorable más allá de participaciones secundarias en films de Franklin J. Schaffner, Freddie Francis, Norman J. Warren, Michael Winner y Jacques Demy y el segundo con un poco más de suerte de la mano de trabajos más importantes para realizadores como Silvio Amadio, Alberto Lattuada, Sandy Whitelaw, Antonio Margheriti y Catherine Breillat, el gran Federico en Fellini Satyricon construye una retahíla de viñetas suntuosas y discordantes que entretejen sus clásicas homologaciones entre marginalidad, bohemia, deseo, decadencia circense, envilecimiento, individualismo, codicia, vehemencia sin frenos y colorida promiscuidad, amén de explorar la idiosincrasia desesperanzadora de la comunidad moderna y de denunciar la complicidad de los estratos bajos con respecto al dominio pusilánime y despótico de las capas adineradas o con gran poder político, base y cúspide de una pirámide social determinada por una filosofía del acopio pancista sin ética ni solidaridad, todos ingredientes que ya estaban presentes en sus recordadas obras previas, La Dolce Vita (1960), 8½ (1963) y Julieta de los Espíritus (Giulietta degli Spiriti, 1965), una esplendorosa trilogía de transición entre el naturalismo de impronta neorrealista de los comienzos, aquel de Luces de Variedades (Luci del Varietà, 1950), El Jeque Blanco (Lo Sceicco Bianco, 1952), Los Inútiles (I Vitelloni, 1953), La Strada (1954), El Cuentero (Il Bidone, 1955) y Las Noches de Cabiria (Le Notti di Cabiria, 1957), y esa etapa posterior de un esteticismo desbordante, meticuloso y burlesco que no deja títere con cabeza, pensemos en Los Clowns (I Clowns, 1970), Roma (1972), Amarcord (1973), Casanova (Il Casanova di Federico Fellini, 1976), Ensayo de Orquesta (Prova d’Orchestra, 1978), La Ciudad de las Mujeres (La Città delle Donne, 1980) e Y la nave va (E la nave va, 1983), joyas a las que se añaden otros dos trabajos de transición en antologías colectivas, léase La Tentación del Doctor Antonio (Le Tentazioni del Dottor Antonio), el opus farsesco de Boccaccio ’70 (1962), y el corto decadendista Toby Dammit, perteneciente a Historias Extraordinarias (Histoires Extraordinaires, 1968). Fellini no sólo suma segmentos fascinantes de su propia cosecha como los de la ninfómana, el hermafrodita y el Minotauro, todo con la clara idea de reforzar la lectura críptica y muy libre de una narración equiparada a un entramado onírico, sino que juega con la oposición entre realidad patética y fantasía todopoderosa, por ejemplo comparando las “soluciones” que para su impotencia le brindan a Encolpio las putas de El Jardín de las Delicias y la hechicera Enotea, las primeras unos hilarantes golpecitos en las nalgas con varitas y la segunda nada menos que su metamorfosis en una negra tetona que simboliza a la madre naturaleza en su conjunto y con la que finalmente tiene sexo. Además el director y guionista no deja de lado los relatos enmarcados de Petronio y aprovecha para incluir primero una fábula, esa de la Matrona de Efeso (Antonia Pietrosi) que se narra en el mausoleo de Trimalción y se centra en la viuda del título, su pasión por un soldado que custodiaba a un ladrón ajusticiado y el eventual reemplazo del susodicho por el cadáver del marido cuando la familia se lleva al ahorcado, segundo una introducción al margen, aquel episodio del suicidio del noble (Joseph Wheeler) y su esposa (Lucía Bosé) luego del Golpe de Estado que desbanca al emperador, y tercero un flashback de corte fantástico que nos presenta la historia de Enotea, quien ridiculiza a un mago enamorado de ella y el hombre se venga haciendo desaparecer el fuego y después limitándolo a la vagina de nuestra hechicera devota de Príapo, esta Enotea que pasa a estar al servicio de todo el pueblo en cuestión. La fragmentación mitológica y la homosexualidad masculina nihilista que nos propone Fellini asimismo aparecen en el leitmotiv fundamental del relato, la fugacidad del control político/ militar/ romántico sobre nuestros semejantes, y en la obsesión con las paredes derruidas y esos frescos incompletos que ocupan el lugar de otra existencia que se pierde en el olvido…
Fellini Satyricon (Italia/ Francia, 1969)
Dirección: Federico Fellini. Guión: Federico Fellini, Bernardino Zapponi y Brunello Rondi. Elenco: Martin Potter, Hiram Keller, Max Born, Salvo Randone, Mario Romagnoli, Magali Noël, Alain Cuny, Lucía Bosé, Tanya Lopert, Donyale Luna. Producción: Alberto Grimaldi. Duración: 130 minutos.