Frances

Frances Farmer tendrá su venganza en Seattle

Por Emiliano Fernández

Pocos artistas han sido martirizados sucesivamente por su familia, la sociedad, la industria del espectáculo, la prensa y las instituciones públicas al punto del calvario que debió atravesar la pobre Frances Farmer (1913-1970) a lo largo de su paso por esta tierra, una mujer nacida en Seattle, en el Estado de Washington, que de ser acusada de atea, blasfema y comunista durante su adolescencia pasó a transformarse en una actriz prometedora e inicialmente muy exitosa dentro del aparato mainstream norteamericano y en una rebelde anticaretaje hollywoodense que no soportaba ser tratada como un títere por los jerarcas de los estudios de cine, explotada impunemente por la prensa sensacionalista y hasta usada a conveniencia y luego descartada por los empresarios teatrales y los dramaturgos que se aprovechaban de su éxito y llegada popular, por lo que cuando finalmente llegó la hora de estallar y mandar al demonio a toda esta colección de parásitos recibió de respuesta dos “etiquetas médicas” que la acompañarían por el resto de su vida, la de psicótica maníaco depresiva y la de esquizofrénica paranoica, las cuales la llevaron no sólo a padecer los grandes latiguillos de las espantosas terapias psiquiátricas de mediados del Siglo XX -y más allá- sino a convertirse en una esclava de su patética madre, Lillian, dietista y dueña de una pensión que deseaba con locura la vida en el mundo del espectáculo que tenía su hija al extremo de obtener su custodia legal bajo el supuesto de insania y convalidar la andanada de torturas a la que los médicos y enfermeros sometieron a su vástago, aquella que incluyó la terapia de choque con insulina, las camisas de fuerza, los electroshocks, los cuartos acolchonados, los baños helados y hasta una probable lobotomía dentro de un esquema que abarcó además el ser obligada a comer sus propias heces, estar en muchas oportunidades rodeada de ratas en celdas colectivas, recibir golpes y maltratos y hasta ser violada por médicos, enfermeros, empleados varios y soldados que pagaban por sexo a los cuidadores.

 

Si bien la historia de Farmer inspiró asimismo una hoy desaparecida película de tres horas con Susan Blakely en el rol principal, Will There Really Be a Morning? (1983), sin duda la biopic más famosa y paradigmática sobre la actriz de El Infierno del Bosque (Come and Get It, 1936), dirigida por Howard Hawks y William Wyler, y El Hijo de la Furia (Son of Fury: The Story of Benjamin Blake, 1942), de John Cromwell, es Frances (1982), dirigida por Graeme Clifford y protagonizada por una genial Jessica Lange en una de las mejores interpretaciones de su carrera. El guión de Eric Bergren, Christopher De Vore y Nicholas Kazan -hijo de Elia Kazan- acota el amplio surtido de retratos literarios sobre la mítica figura y se inspira en una biografía ficcionalizada correspondiente a los años posteriores inmediatos a la muerte de la malograda intérprete, Shadowland (1978), de William Arnold, planteo que en esencia permite incorporar todos los elementos centrales de la vida de Farmer: a comienzos de los 30 gana un concurso literario con un ensayo influenciado por Friedrich Nietzsche en el que proclamaba la muerte de Dios, para mediados de la década se alza con un premio muy particular dado por un periódico de izquierda llamado La Voz de la Acción, nada menos que un viaje a la Unión Soviética que le permitió visitar el Teatro de Arte de Moscú, a su regreso pasó por Nueva York para empezar una trayectoria como actriz teatral pero terminó mudándose a Hollywood cuando surgió la posibilidad de firmar un contrato de siete años con la Paramount Pictures, no obstante una relación fallida con su primer esposo Dick Steele (Christopher Pennock) y un affaire con el dramaturgo casado Clifford Odets (Jeffrey DeMunn) la van amargando a la par de no poder alejarse del circo hollywoodense -prensa, jerarcas del estudio, publicistas y agentes- y del hecho de quedar atrapada bajo el cuidado de su madre Lillian (Kim Stanley), la responsable de encerrarla en distintas instituciones psiquiátricas a lo largo de los 40 en lo que sería una pesadilla sin fin.

 

La trayectoria de Clifford fue de lo más extraña porque antes de Frances, su ópera prima como realizador, supo trabajar en rubros muy variados como la edición, el casting, la musicalización y la asistencia de dirección en The Rocky Horror Picture Show (1975), de Jim Sharman, Convoy (1978), de Sam Peckinpah, F.I.S.T. (1978), de Norman Jewison, El Cartero Llama Dos Veces (The Postman Always Rings Twice, 1981), de Bob Rafelson, y en sus colaboraciones con Nicolas Roeg, Venecia Rojo Shocking (Don’t Look Now, 1973) y El Hombre que Cayó a la Tierra (The Man Who Fell to Earth, 1976), y las equivalentes con Robert Altman, léase Aquel Día Frío en el Parque (That Cold Day in the Park, 1969), Del Mismo Barro (McCabe & Mrs. Miller, 1971) e Imágenes (Images, 1972). Con semejante bagaje artístico no es de extrañar que el director consiga que Frances exude eficacia aunque sin jamás llegar a descollar ya que se hacen evidentes las tres máximas “licencias artísticas” que se toma el film en materia de analizar la vida de Farmer, a saber: en busca de construir una exégesis melodramática clásica, el guión crea un derrotero de locura inducida por el execrable entorno pero la cosa no fue del todo así en la realidad porque la actriz de carne y hueso sí tenía problemas psicológicos preexistentes vinculados a un trastorno bipolar que la volvía agresiva de golpe, algo que fue exacerbado por su alcoholismo y el consumo de las proverbiales anfetaminas del mainstream cinematográfico de la época; en segundo lugar tenemos la introducción de un interés romántico masculino ficticio que vela por ella como puede a lo largo de los años, Harry York (muy buen desempeño de Sam Shepard), un asistente de un candidato político de izquierda que se transforma en su “amigovio” y la saca de las clínicas y neuropsiquiátricos a pesar de la tendencia de la mujer a caer una y otra vez en la telaraña parasitaria de su madre, los medios de comunicación y las prisiones mentales del Estado de Washington; y finalmente está el célebre episodio de la lobotomía sobre Frances, uno que no pudo probarse -aunque tampoco negarse- del todo ya que la susodicha era una práctica lamentablemente muy popular en aquella primera fase de la psiquiatría moderna antes de que ésta se volcase intensamente hacia los barbitúricos orientados a dejar babeantes a los enfermos, lo que implica que se realizaron muchas operaciones de ese estilo durante los 40 en Estados Unidos para convertir a los esquizofrénicos en unos retrasados mentales de apariencia infantil que muchas veces morían a los pocos años o se suicidaban por las consecuencias físicas y psíquicas del bárbaro método de “no curación” propuesto.

 

Más allá de este caldo de cultivo para polémicas en retrospectiva que sinceramente resultan de lo más secundarias con respecto al núcleo del convite de Clifford, lo importante de la película, precisamente, se condensa en la colección de tópicos en los que la obra indaga con inusitada entereza, hablamos de la envidia y la mediocridad intra familiares, la farsa detrás del mainstream de la industria cultural, los recovecos hipócritas de una sociedad muy conservadora, el culto ultra banal a la celebridad y sus corolarios estupidizantes, el acoso y exclusión que padecen los estigmatizados como “diferentes”, las payasadas caprichosas que traen a colación las categorías científicas y aledañas, la soberbia de los esbirros estatales e institucionales a nivel macro, el destino de desamparo total de las víctimas de ocasión y ni hablar de la insistente costumbre de los presidios mentales públicos y privados de tratar como esclavas sexuales a las mujeres internadas, práctica que abarca violaciones por parte de los empleados del lugar como la infaltable prostitución forzada. Lange se luce a más no poder debido a que estaba atravesando el mejor período de su carrera, aquel primigenio de All That Jazz (1979), de Bob Fosse, la citada El Cartero Llama Dos Veces, Tootsie (1982), de Sydney Pollack, Cosecha de Ira (Country, 1984), de Richard Pearce, y Dulces Sueños (Sweet Dreams, 1985), de Karel Reisz, no obstante es ayudada -y en gran medida- por la maravillosa fotografía de László Kovács y la hermosa música de John Barry, dos veteranos extraordinarios en sus respectivos rubros. Convertida en mártir para muchos artistas del rock y el pop que la adoptaron como ejemplo máximo de integridad, como lo atestiguan las canciones que le dedicaron Culture Club, Everything but the Girl y en especial Kurt Cobain de Nirvana, el cual escribió la gloriosa Frances Farmer Will Have Her Revenge on Seattle para In Utero (1993), la intérprete se vio obligada durante los 50 a volver a la industria cultural para sobrevivir y por ello encaró una carrera en TV que la llevó a tener su propio programa en una cadena de Indianápolis afiliada a la NBC, Frances Farmer Presents (1958-1964), donde presentaba films y realizaba entrevistas. Sin llegar al nivel de obras maestras de los alegatos antipsiquiátricos, como por ejemplo Shock Corridor (1963), de Samuel Fuller, y Atrapado sin Salida (One Flew Over the Cuckoo’s Nest, 1975), de Milos Forman, Frances es un muy buen exponente del formato feminista de “me quieren volver loca” y del cine contracultural en general, ese centrado en la idea de que la mejor forma de vengarse de todos los pregoneros de la muerte y la verdadera insania es seguir con vida…

 

Frances (Estados Unidos, 1982)

Dirección: Graeme Clifford. Guión: Eric Bergren, Christopher De Vore y Nicholas Kazan. Elenco: Jessica Lange, Sam Shepard, Kim Stanley, Bart Burns, Christopher Pennock, James Karen, Gerald S. O’Loughlin, Allan Rich, Jeffrey DeMunn, Lane Smith. Producción: Jonathan Sanger y Mel Brooks. Duración: 140 minutos.

Puntaje: 8