Antes que el Diablo Sepa que Estás Muerto (Before the Devil Knows You're Dead)

Fuga hacia adelante

Por Emiliano Fernández

Para la época del estreno de Antes que el Diablo Sepa que Estás Muerto (Before the Devil Knows You’re Dead, 2007), la que eventualmente se transformaría en la última película de Sidney Lumet por su fallecimiento en 2011 a los 86 años por un linfoma, el legendario director y guionista estaba atravesando serios problemas para volver con todo a su mejor nivel y/ o situarse como en otros tiempos en el centro mismo del candelero hollywoodense por su enorme inventiva y efervescencia en materia de los psicodramas metropolitanos más enérgicos, apasionantes y realistas, algo que se explica por cierto sustrato profesional desparejo que lo acompañó desde el principio de su trayectoria y que pasó a maximizarse sobre todo a partir de fines de la década del 80 y principios de los 90, basta con recordar que aquel período comenzó con los dos extremos del espectro cualitativo, hablamos de la floja Negocios de Familia (Family Business, 1989) y la injustamente olvidada Preguntas sin Respuestas (Q & A, 1990), en términos prácticos un preámbulo para ese subibaja constante que sería su carrera de allí en más debido a la acumulación de películas dignas aunque olvidables como Un Extraño entre Nosotros (A Stranger Among Us, 1992) y Tan Culpable como el Pecado (Guilty as Sin, 1993), otras ya mucho más interesantes en sintonía con El Lado Oscuro de la Justicia (Night Falls on Manhattan, 1996), la televisiva Seguridad Máxima (Strip Search, 2004) y Declárenme Culpable (Find Me Guilty, 2006) y un par de trabajos bastante deficitarios aunque sin caer en el típico desastre promedio del mainstream norteamericano de nuestros días, Cuidados Intensivos (Critical Care, 1997), una sátira modesta sobre el sistema de salud estadounidense, y Gloria (1999), una más que innecesaria remake del opus homónimo de 1980 de John Cassavetes, ahora con Sharon Stone reemplazando a Gena Rowlands como esa mujer haciéndose cargo de un pequeño huérfano cuya familia fue masacrada por la mafia. En realidad fueron los fracasos de taquilla de estas dos últimas propuestas, más el correspondiente a Declárenme Culpable, otra faena muy subvalorada del acervo artístico lumetiano, los que lo empujaron más y más hacia el circuito independiente yanqui en el que tan bien calza el film que nos ocupa, amén de que para los 90 y el inicio del nuevo milenio los grandes estudios de Hollywood habían optado por centrarse en bazofias fantásticas pueriles para el mercado oligofrénico global y por dejar de lado las realizaciones para adultos pensantes que solía encarar el genial Lumet.

 

El sutil y glorioso guión de Kelly Masterson, un debutante que eventualmente se desinflaría porque a posteriori de Antes que el Diablo Sepa que Estás Muerto y la también estupenda Snowpiercer (2013), colaboración con el surcoreano Bong Joon-ho, entregaría las apenas correctas Matar a Kennedy (Killing Kennedy, 2013), de Nelson McCormick, y Gente de Bien (Good People, 2014), de Henrik Ruben Genz, combina una estructura no lineal que en el campo del film noir patentó Casta de Malditos (The Killing, 1956), de Stanley Kubrick, aquella multiplicidad de puntos de vista complementarios según cada personaje símil Rashomon (1950), de Akira Kurosawa, detalles de montaje para empalmar los flashbacks y los flashforwards que remiten a lo lejos a las técnicas del rubro de Busco mi Destino (Easy Rider, 1969), de Dennis Hopper, y hasta una referencia muy irónica a Échale la Culpa a Río (Blame It on Rio, 1984), de Stanley Donen, que tiene que ver con el comportamiento insólito de determinados burgueses privilegiados en vacaciones en plan no tanto de escapar de la mediocridad y sus rutinas habituales sino de construir tácitamente un modelo utópico de vida empardado a un paraíso en donde sean felices en serio, obtengan lo que consideran que les corresponde y en general se llegue a una especie de equilibrio existencial en donde las diferentes facetas del devenir prosaico dejen de pisarse mutuamente las unas a las otras. Perteneciente a la larga tradición de los heist films o caper movies, léase las películas de atracos concebidos al dedillo y casi siempre derivando en tragedia, el opus de Lumet adopta como tono narrativo de cabecera un clasicismo apesadumbrado con fuertes chispazos de comedia negra, contracultural e iconoclasta que lo diferencian del pastiche posmoderno paradigmático de otros cultores del policial negro de las últimas décadas, como por ejemplo los mucho más lúdicos y por consiguiente irresponsables para con sus personajes y su perspectiva ideológica Quentin Tarantino, los hermanos Joel y Ethan Coen y hasta aquel David Cronenberg trabajando a la par de Viggo Mortensen, lo que desde el vamos nos devuelve al mejor período profesional del querido Sidney y a otras faenas delictivas del señor como su trilogía preliminar de caper movies, nos referimos a la citada Negocios de Familia, con Sean Connery, Dustin Hoffman y Matthew Broderick, El Gran Golpe (The Anderson Tapes, 1971), un entrañable vehículo comercial para Connery, y Tarde de Perros (Dog Day Afternoon, 1975), clásico ineludible protagonizado por Al Pacino y John Cazale.

 

Todo gira alrededor de las causas y consecuencias de un robo fallido a una joyería de un mall perteneciente a una pareja de ancianos, Charles (el eterno Albert Finney) y Nanette Hanson (Rosemary Harris), padres a su vez de Katherine (Arija Bareikis), Hank (un muy inspirado Ethan Hawke) y Andy (maravilloso desempeño de Philip Seymour Hoffman). Los dos varones necesitan dinero urgente aunque por razones muy distintas, Hank porque casi todo su sueldo como oficinista va a parar a pagarle la manutención a su caprichosa y egoísta hija, Danielle (Sarah Livingston), una adolescente que tuvo con una arpía inmunda llamada Martha (Amy Ryan), y Andy debido a que viene robándole dinero a la compañía de bienes raíces en la que trabaja como encargado de recursos humanos desde hace tiempo, sobre todo para mantener su costoso nivel de vida, su adicción a la cocaína y la heroína y en especial a su bella y banal esposa, Gina (Marisa Tomei nunca estuvo tan sexy y tan putona), panorama que se ve magnificado porque está próxima una auditoría que de seguro revelará cómo desvió hacia su bolsillo el salario de dos ex empleados y un dinero destinado a seguros e impuestos. El algo obeso Andy, quien resiente tanto a su padre como a su hermano menor por el evidente mayor afecto que el primero le dedicó al segundo durante la infancia compartida, manipula al carilindo pero tonto Hank para que se sume al robo de la joyería de sus padres como una forma de resolver los problemas financieros del divorciado y él mismo poder escapar a Brasil, donde estuvo hace poco de vacaciones con su mujer, con el objetivo de evitar la justicia norteamericana, no obstante todo deriva en catástrofe ya que Hank, quien debería atracar el local en soledad porque podrían reconocer a Andy en el centro comercial, decide asociarse con un camarero y ladrón amigo suyo, Bobby Lasorda (Brían F. O’Byrne), el cual en un momento del robo se descuida destruyendo unas vitrinas de vidrio y le deja tiempo suficiente a la encargada de la joyería, Nanette, para tomar un arma escondida y dispararle, ganándose un tiro de respuesta y luego rematando al ratero con otro disparo que lo expulsa del lugar al caer sobre una puerta que se deshace. Andy explota de furia por la estupidez de su hermano y porque ambos pensaban que todo saldría perfecto ya que los sábados solía atender el mostrador una empleada avejentada de los Hanson, Doris, quien ese día estaba cuidando de sus nietos, y hasta imaginaban que sería un robo sin víctimas de ningún tipo porque el seguro les pagaría a sus progenitores lo sustraído en efectivo y mercadería, sin embargo los hermanos no ven ni un centavo y tanto Bobby como Nanette terminan falleciendo, la segunda después de quedar en coma y sin actividad cerebral, lo que desemboca en una eutanasia convalidada por su esposo. El asunto va de mal en peor porque Gina, la cual tiene de amante a Hank, le confiesa el affaire y abandona a su marido, quien a su vez está cada vez más presionado con eso de comparecer ante la empresa y los auditores del fisco norteamericano, y Hank por su parte comienza a ser chantajeado por la viuda de Bobby, Chris (Aleksa Palladino), y el hermano mafioso de ésta, Dex (Michael Shannon), quien amenaza con matarlo o denunciarlo a la policía a menos que le entregue diez mil dólares en calidad de compensación por haber hecho asesinar a Bobby. Mientras que Charles, frustrado ante la inoperancia de los uniformados, investiga por su cuenta y descubre que Andy fue el cerebro del atraco, algo que le comunica un viejo colega suyo dedicado a actividades non sanctas al que acudió su hijo como posible “reducidor”, William (Leonardo Cimino), los dos hermanos se unen para robar a un dealer de la alta burguesía que suele frecuentar Andy, Justin (Blaine Horton), todo en una andanada muy cruenta en la que se lo cargan con una pistola junto a un cliente que estaba flipando (Tom Zolandz), y hasta se encuentran con Dex y lo matan, pero el personaje de Hoffman recibe un disparo de Chris cuando se proponía asesinar a Hank como venganza por su relación con Gina. En última instancia el miembro más joven del clan escapa con el botín sustraído al narcotraficante y Andy termina siendo ahogado con una almohada en el hospital cortesía de su propio padre, quien parece perdonarlo cuando el vástago le confiesa el robo pero sin que ello lo salve del desquite por el fallecimiento de Nanette. El realizador apuntala en forma extraordinaria un pulso áspero y decadente, consigue que el ritmo pausado se dé la mano con un minimalismo implacable y hasta redondea una parábola muy intrincada sobre la imposición externa y la decisión interna en lo referido a la debacle en cuestión y a este entramado de superposiciones identitarias a lo mitología griega en el que todos parecen ser verdugos de todos, justo como afirma ese proverbio irlandés que cita el título y nos habla de la fugacidad del paso por el paraíso antes de que llegue la hora del castigo en el averno.

 

A diferencia del fetiche contemporáneo con la naturalidad más demacrada y paradójica, sobre todo aplicada a un medio artístico como el cine que ha hecho de la estructuración el núcleo mismo de su existencia, y de ese tono interpretativo anodino a lo burguesía frívola del montón que suele caracterizar a gran parte del paupérrimo, elemental y olvidable desempeño actoral del mainstream y el indie de nuestro presente, un verdadero flagelo que genera que casi todos los elencos resulten intercambiables entre sí debido a que ya casi no existen rasgos que destaquen a tal persona o tal conjunto de individuos por sobre el resto, Lumet en cambio en Antes que el Diablo Sepa que Estás Muerto vuelve a apostar por una esplendorosa ebullición por parte del elenco basada tanto en el trabajo meticuloso sobre cada protagonista y esos míticos ensayos previos lumetianos como en la inteligencia del dinamismo retórico y una autenticidad/ veracidad/ verosimilitud que en esencia constituyó el mayor legado del cineasta, pensemos para el caso que al señor jamás le interesó las idioteces del maniqueísmo hollywoodense, esa partición reduccionista del universo entre buenos y malos, y siempre se enfocó en privilegiar el sustrato genuino de los personajes para que sus formas de ser y de actuar se correspondan con su idiosincrasia, de allí que las respuestas a los dilemas que el contexto cambiante comunal le imponen a los adalides del relato nos parezcan tan genuinas y necesarias según determinado ideario, cuya complejidad se condice con una multitud de dimensiones a considerar y no sólo con uno o dos factores narrativos bien antojadizos como si estuviésemos hablando de maniquíes sin vida o meras caricaturas que justifican otra cosa, léase una pompa visual baladí que pasa al primer plano junto al cinismo del séptimo arte menos intelectual y para nada melodramático verdadero, con cojones. En este sentido, Andy traiciona a Hank tercerizando el robo porque éste le puso primero los cuernos con Gina y monopolizó el cariño paterno de Charles, quien cae en el filicidio cual revancha ante la desaparición de la esposa amada y como una suerte de confirmación implícita de aquello de que para los hombres más importante que los hijos es la hembra así como esta última privilegia a los vástagos por sobre el macho con el que los tuvo; esquema de frustraciones, angustia, dolor silente, compulsiones y pasadas cíclicas de factura que asimismo abarca el rol parasitario de los hijos para con los progenitores y de las féminas en lo que atañe a los hombres, por ello Martha, Gina, Chris, Danielle y hasta una Nanette post mortem provocan tragedias, vampirizan sexualmente a los machos o les carcomen la paciencia y el balance psíquico con sus reclamos, insatisfacciones y quimeras románticas en torno a estos paparulos o necios que tienen enfrente, quienes van desde el enceguecido por la furia Charles, representante de unas clases media y alta frías y distantes en relación a sus críos, pasan por el tarado incorregible de Hank, algo así como el ejemplo de un hipotético lumpenproletariado lastimoso dentro de la burguesía, y terminan con ese modelo de oligarca todo terreno que es Andy, un sujeto que siempre piensa que puede salirse con la suya a pura impunidad sin darse cuenta que su fetiche con delegar “trabajitos sucios” termina representando su perdición ya que la jugada de tercerizar y contratar mano de obra para lavarse las manos de toda culpa tiene un límite que se vuelve cada vez más visible a medida que los chanchullos regresan como búmeran por sus conexiones con los esbirros a sueldo y otros mercenarios multirubro. Lumet aprovecha con mano maestra la excelente fotografía digital de Ron Fortunato y la música entre melancólica y ominosa de Carter Burwell para edificar un lienzo por momentos laberíntico acerca de una familia en proceso de autodestrucción, la incompetencia criminal más exasperante, el canibalismo citadino marca registrada, la dialéctica de las máscaras y los cuchillos debajo de la mesa, el tragicómico fluir del azar más sádico, todos los colapsos psicológicos resultantes y esa inefable sensación de injusticia y desasosiego que enarbola cada individuo desde su burbuja o punto de vista idiosincrásico, precisamente por ello el robo puede leerse desde la contradicción en función de su valentía, porque representa una fuga hacia adelante que los acerca a todos hacia el vacío pero quizás también hacia la tan anhelada salvación cual horizonte inasequible, y por su cobardía, optando por el facilismo del atajo sobre terreno conocido, la joyería, que de paso le toca bien el culo a ese padre que negó su afecto y/ o lo trasladó al eslabón más débil del clan, Hank, el cual abusó de la indulgencia recibida hasta quedar seco e indefenso a la hora de enfrentarse con el mundo real, ese en el que vive Andy con su despiadada amoralidad cuando no está drogándose para asimismo evitar tanto enojo fragmentado y en parte vinculado a una depresión alienante y de indudable corte fatalista…

 

Antes que el Diablo Sepa que Estás Muerto (Before the Devil Knows You’re Dead, Estados Unidos, 2007)

Dirección: Sidney Lumet. Guión: Kelly Masterson. Elenco: Philip Seymour Hoffman, Ethan Hawke, Albert Finney, Marisa Tomei, Aleksa Palladino, Michael Shannon, Amy Ryan, Leonardo Cimino, Brían F. O’Byrne, Rosemary Harris. Producción: Michael Cerenzie, William S. Gilmore, Brian Linse y Paul Parmar. Duración: 117 minutos.

Puntaje: 10