Enamorada

Golpes van, golpes vienen

Por Emiliano Fernández

En Enamorada (1946) coinciden por primera vez dos de las mayores leyendas de la Época de Oro del cine mexicano, el realizador y guionista Emilio Fernández y la igualmente legendaria actriz María Félix. Fernández, una figura que atraviesa buena parte de la historia del Siglo XX y que acumula una infinidad de anécdotas con las luminarias de su tiempo, estaba pasando por su mejor etapa profesional en su faceta de director como lo demuestran películas de la talla de Flor Silvestre (1943), María Candelaria (1944), Las Abandonadas (1945), Bugambilia (1945), La Perla (1947), Río Escondido (1948), Salón México (1949), Pueblerina (1949), La Malquerida (1949), Un Día de Vida (1950) y Víctimas del Pecado (1951), obras que lo llevaron a tener una presencia muy fuerte en festivales internacionales de primer orden como Cannes y Venecia. La bella Félix, por su parte, rodó en su México natal clásicos como La Devoradora (1946), de Fernando de Fuentes, La Diosa Arrodillada (1947), de Roberto Gavaldón, Tizoc: Amor Indio (1957), joya de Ismael Rodríguez, y La Cucaracha (1959), también de Rodríguez, en España opus como La Corona Negra (1951), de Luis Saslavsky, y Sonatas (1959), de Juan Antonio Bardem, en Francia esas geniales French Cancan (1955), de Jean Renoir, y Los Ambiciosos (La Fièvre Monte à El Pao, 1959), de Luis Buñuel, y hasta en Argentina la semi olvidada La Pasión Desnuda (1953), de Luis César Amadori, no obstante sus mejores películas -y sin duda las más recordadas y redondas de todas- son sus colaboraciones con el tremendo Fernández, hablamos no sólo de Enamorada sino también de Río Escondido, Maclovia (1948), Reportaje (1953) y El Rapto (1954), con la trilogía de Enamorada, Río Escondido y El Rapto destacándose en términos de calidad y perfeccionamiento paulatino de aquella fórmula melodramática, preciosista y cuasi documental, “marca registrada” fundamental de la producción artística del cineasta.

 

Basada lejanamente en La Fierecilla Domada (The Taming of the Shrew, 1590-1592), de William Shakespeare, la historia comienza con la llegada a la ciudad de Cholula de la tropa de un recio general zapatista durante la Revolución Mexicana, José Juan Reyes (Pedro Armendáriz, actor fetiche del director), el encargado de la identificación de los ricachones de la zona y la inmediata confiscación de sus propiedades para sumarlas al sostenimiento de la causa insurrecta, señor paradójico -implacable y humanista- que pasa de dictaminar el arresto de un vejete oligarca prepotente, Carlos Peñafiel (José Morcillo), y el fusilamiento de un burgués especulador y cobarde dispuesto a regalar a su esposa para que no lo maten, Fidel Bernal (Manuel Dondé), a darle un salvoconducto a un ingeniero de una presa en construcción que pretende viajar a la capital para comprar un vestido de novia para su prometida, el gringo Eduardo Roberts (Eugenio Rossi), y entregarle unos 200 pesos a un maestro de escuela al que el gobierno le debía el sueldo desde hacía tiempo, Apolonio Sánchez (José Torvay), para que reabra el colegio y los chicos puedan concurrir de nuevo. Un día Reyes ve en la calle a Beatriz Peñafiel (María Félix), novia del norteamericano e hija de muy pocas pulgas de ese señor que tiene preso en la mazmorra revolucionaria, y se obsesiona a tal punto con la mujer que libera al progenitor y comienza a cortejarla a pesar de que la señorita tiene por costumbre darle cachetadas a todos los varones que osan importunarla. El cura del pueblo y antiguo compañero en el seminario de José Juan, el Padre Rafael Sierra (Fernando Fernández), hace de intermediario involuntario entre ambos -aunque no de celestina- y se gana una trompada cuando sale a defenderla porque Reyes, cansado, le devuelve un golpe a la fémina, luego optando por pedirle perdón y enfatizando la sinceridad de su cariño a pesar de la enorme distancia de clase e idiosincrásica de turno.

 

Así como La Perla, otra de las propuestas insignia de Fernández, fue rodada en simultáneo en dos versiones, la superior en castellano y la inferior en inglés, Enamorada sería objeto a posteriori de una remake hollywoodense encarada por el propio Emilio, la floja Del Odio Nace el Amor (The Torch, 1950), protagonizada de nuevo por Armendáriz como Reyes y con Paulette Goddard, célebre por sus colaboraciones con Charles Chaplin, sustituyendo a Félix en el rol de Peñafiel, un intento de adaptación de la sensibilidad intrínsecamente mexicana de la película a un mercado bastante banal y alienígena como el estadounidense. De hecho, el encanto de Enamorada no reside únicamente en otro ejemplo majestuoso de la fotografía de Gabriel Figueroa, un fanático acérrimo -como el mismo realizador, su gran socio estético- de aquella Leni Riefenstahl de El Triunfo de la Voluntad (Triumph des Willens, 1935) y Olympia (1938) y del Sergei M. Eisenstein de ¡Que Viva México! (1932), sino asimismo en el retrato hiperbólico aunque muy preciso de la Revolución Mexicana, la fe cristiana del período, la izquierda campesina, la burguesía conservadora, la pobreza y miseria del vulgo, la colorida cultura vernácula en general y las pugnas entre los sexos en particular, todo a su vez tamizado por ese nacionalismo inusitadamente complejo de Fernández que por un lado exacerbaba las carnicerías políticas más caóticas y por el otro lado subrayaba las clásicas contradicciones humanas a través del amor entre opuestos, las luchas dialécticas en pos de justicia social, el fariseísmo moralizante de la Iglesia Católica, el esquema tragicómico de los rituales del corazón, la presencia de una “mano dura” contra los enemigos que se combina intermitentemente con la piedad y finalmente el devenir tambaleante de un machismo naif y de un orgullo femenino que deben aprender a convivir, entenderse y pedir perdón cuando alguno cae en el atropello o el éxtasis autovictimizante.

 

Si bien el film de Fernández posee chispazos de comedia farsesca, casi todos concentrados en el segundo acto o cortejo de la pareja protagónica como por ejemplo la escena en la tienda de fuegos artificiales y la del slapstick explícito alrededor de la puerta de la mansión de Peñafiel, lo cierto es que el tono retórico es más bien dramático clásico con algunos apuntes cómicos dentro de este contrapunto entre una muerte aceptada, homologada a la causa política revolucionaria y sus muchas luchas y peligros a nivel cotidiano, y una vida ciclotímica que es la del fluir melodramático, uno empardado al afecto entre hombres y mujeres y a este lento proceso de aceptación del otro cuando se lo va conociendo en serio y se dejan de lado esas diferencias superficiales que tienen que ver con preconceptos de cuna arrastrados por la sociedad en su conjunto para estigmatizar a tal persona bajo tal halo y a aquella otra en función de tal característica reduccionista, algo que también puede verse en los lugartenientes del general zapatista porque tenemos tanto al Capitán Bocanegra (Miguel Inclán), un bufón que simboliza el típico costumbrismo turístico del cine de Fernández, y el Mayor Joaquín Gómez (Eduardo Arozamena), un veterano ya muy ajado que le aconseja a Reyes que afloje en su machismo, solicite una amnistía femenina y gane a la enérgica mujer con dulzura y honestidad devocional. Félix y Armendáriz están perfectos, en materia del estilo de actuación ultra afectado de la Época de Oro del cine azteca, y el resto del elenco acompaña con soltura y con gracia dentro de una fábula estupenda acerca del costado más pomposo, dinámico y absurdo del amor y en última instancia sobre los sacrificios que éste reclama más allá del contexto bélico o macro comunal, detalle muy bien representado en ese prodigioso desenlace que cita a Marruecos (Morocco, 1930), de Josef von Sternberg, con la transformación de Beatriz en una soldadera o adelita que abandona su existencia dorada como burguesa para unirse a las tropas rebeldes, una imagen que además sintetiza el ideario de un Fernández que creía en la necesidad de reconciliar posiciones antagónicas, como las del clero y el pueblo por un lado y las de los ricos y los pobres por el otro, pero sin romantizar la faena insurrecta, eje de permanentes masacres, ni renunciar a ideales de larga data que están vinculados a la redistribución de la riqueza y el hecho de siempre ponerse de parte del luchador social que desde los estratos bajos le pelea el predominio a las mafias gubernamentales y su aparato represivo, éstas casi siempre relacionadas con los latifundistas agrícolas y ganaderos, las clases altas mexicanas y una aristocracia a la par bucólica y metropolitana que no deja de acumular bienes y productos para después subir los precios cuando aumenta la demanda de alimentos, ejemplo del odio de Fernández hacia figuras tibias como Bernal que saltan de un bando al otro desde el pancismo posmoderno…

 

Enamorada (México, 1946)

Dirección: Emilio Fernández. Guión: Emilio Fernández e Íñigo de Martino. Elenco: María Félix, Pedro Armendáriz, Fernando Fernández, Miguel Inclán, José Morcillo, Eduardo Arozamena, Manuel Dondé, Eugenio Rossi, José Torvay, Juan García. Producción: Benito Alazraki. Duración: 97 minutos.

Puntaje: 9