La escueta pero interesante carrera como director de Danny DeVito, uno de los mejores y más carismáticos actores cómicos que haya entregado el Hollywood de las décadas del 70 y 80, se explica en partes iguales primero por el sustrato prolífico del señor en materia de la interpretación e incluso la producción, de hecho siempre manteniéndose en movimiento desde que debutase en la gran pantalla en la olvidada Sueños de Cristal (Dreams of Glass, 1970), aquella faena de Robert Clouse, y alcanzase por primera vez el más que merecido reconocimiento por su secundario en Atrapado sin Salida (One Flew Over the Cuckoo’s Nest, 1975), la joya de Miloš Forman construida a partir del libro homónimo de 1962 de Ken Kesey, una de las figuras fundamentales de la contracultura de los años 60 gracias a su prédica en favor del LSD y la marihuana, y segundo por la idiotez estándar del mainstream posmoderno a la hora de aprovechar el talento y la efervescencia creativa o catarata de proyectos que DeVito ha acumulado desde los 80, casi todos volcados a su especialidad, la comedia negra centrada en parentelas o comunidades profesionales cuasi endogámicas, y todos caídos por una razón circunstancial u otra, en general debido a esos típicos problemas de financiamiento que arrastran las películas para adultos en un contexto de infantilización exacerbada del público y la prensa desde los años 90 y sobre todo el nuevo milenio, cuando la posibilidad de edificar blockbusters inteligentes de anclaje humano o siquiera sensato se redujo a cero a raíz de la sustitución de la paciencia narrativa y el star-system de antaño por una fantasía atolondrada, muchísimos CGIs y ese modelo de negocios de las franquicias interminables basadas en decisiones de marketing o un trasfondo publicitario lelo. En este sentido cabe señalar que el señor trató de adaptarse a tamaño panorama -el cual desprecia la rebeldía de la comedia, dicho sea de paso, porque la risa suele ser sectaria y políticamente incorrecta- y así rodó un thriller postapocalíptico con William Fichtner y Lance Reddick, St. Sebastian (2012), que al día de la fecha permanece inédito aparentemente por problemas de distribución, el otro gran inconveniente del séptimo arte en el Siglo XXI ya que encarar cualquier proyecto desde los márgenes equivale al aislamiento o a un ostracismo suicida.
En lo que atañe a su obra como realizador en términos concretos, como decíamos antes dejando fuera a sus muchísimos roles en películas en live action y gestas animadas y a su vasto desempeño como productor, precisamente siendo uno de los responsables máximos de odiseas ajenas como La Dura Realidad (Reality Bites, 1994), de Ben Stiller, Tiempos Violentos (Pulp Fiction, 1994), de Quentin Tarantino, El Nombre del Juego (Get Shorty, 1995), de Barry Sonnenfeld, Gattaca (1997), de Andrew Niccol, El Mundo de Andy (Man on the Moon, 1999), de Forman, Tiempo de Volver (Garden State, 2004), de Zach Braff, Tómalo con Calma (Be Cool, 2005), de F. Gary Gray, Escritores de Libertad (Freedom Writers, 2007), de Richard LaGravenese, Caminando entre Tumbas (A Walk Among the Tombstones, 2014), de Scott Frank, y por supuesto Un Romance Peligroso (Out of Sight, 1998) y Erin Brockovich (2000), ambas de Steven Soderbergh, la trayectoria de DeVito en la silla del director casi siempre incluye alguna participación suya delante de cámaras y en esencia se divide en dos trilogías específicas, una maravillosa que abarca a Tira a Mamá del Tren (Throw Momma from the Train, 1987), aquella reformulación con Billy Crystal y Anne Ramsey de la premisa del intercambio de asesinatos que patentó Extraños en un Tren (Strangers on a Train, 1951), de Alfred Hitchcock, La Guerra de los Roses (The War of the Roses, 1989), dura fábula con Michael Douglas y Kathleen Turner sobre la descomposición de un matrimonio burgués que desde su título citaba a la Guerra de las Rosas (1455-1487), un conflicto dinástico en la Inglaterra de la Edad Media, y Matilda (1996), ese neoclásico infantil con Mara Wilson acerca de la telequinesis y el despotismo cotidiano inspirado en el libro de 1988 de Roald Dahl, y una segunda trilogía ya errática o despareja que cubre las de todos modos atendibles Hoffa (1992), biopic con Jack Nicholson como aquel sindicalista del gremio de los camioneros que desaparecería en el año 1975, Maten a Smoochy (Death to Smoochy, 2002), una sátira del mundillo del entretenimiento pueril con Robin Williams y Edward Norton, y Dúplex (2003), relectura de El Quinteto de la Muerte (The Ladykillers, 1955), de Alexander Mackendrick, aquí con el protagonismo de Stiller y Drew Barrymore.
Lejos tanto del tono sepulcral de Hoffa, film escrito por nada menos que el querido David Mamet, como del costado bufonesco de Tira a Mamá del Tren y Matilda, por cierto muy empardado a los Looney Tunes y al generoso background televisivo de DeVito desde los años de Taxi (1978-1983), célebre serie de la ABC y a posteriori la cadena NBC creada por James L. Brooks, Stan Daniels, David Davis y Ed Weinberger en la que se codeó con Andy Kaufman, La Guerra de los Roses constituye lo más cerca dentro de la producción artística del petiso a un retrato serio de una familia en crisis, a mitad de camino entre por un lado un cuento de hadas para adultos pensantes, a favor del amor honesto y solidario pero también del divorcio cuando el anterior desaparece, y por el otro lado una amalgama muy coherente de pinceladas de commedia all’italiana, grotesco, screwball comedy, parodia social y por supuesto un humor negro que no perdona a nadie en su sadismo y visceralidad. El guión de Michael Leeson, profesional ignoto de TV, está basado en la novela de 1981 de Warren Adler, quien más adelante inspiraría la floja Destinos Cruzados (Random Hearts, 1999), de Sydney Pollack, y toma la forma de un racconto de un abogado, Gavin D’Amato (el propio DeVito), que le narra a un cliente (Dan Castellaneta, la voz de Homero Simpson y Krusty, el Payaso, entre otros personajes de la archiconocida serie de Matt Groening) la historia del matrimonio compuesto por Oliver (Douglas) y Bárbara Rose (Turner), quienes se conocen cuando jóvenes en la Isla de Nantucket y con el tiempo se casan y tienen dos hijos, Josh (Sean Astin) y Carolyn (Heather Fairfield). Luego de criar a los susodichos y construir el hogar perfecto en Washington, D.C. con el dinero y la codicia del marido, un chupasangre legal corporativo, la esposa se siente vacía e inicia un negocio de catering sin el apoyo del varón, por ello el asunto deriva en un pedido de divorcio después de una hernia hiatal de Oliver que se confunde con un infarto, no obstante el asesor del esposo, aquel D’Amato, le recomienda no abandonar la mansión compartida citando jurisprudencia de larga data y así el asunto trepa en agravios, humillaciones y furia una vez que los adolescentes se marchan a la universidad y la sirvienta alemana, Susan (Marianne Sägebrecht), se cansa y renuncia.
El siempre dinámico e imaginativo opus de DeVito funciona como un estudio bastante ecuánime de la pareja en una época en la que el matrimonio tradicional, el rubricado por el Estado y construido alrededor del macho proveedor y la hembra ama de casa, ya estaba en franca decadencia, por ello no cae -por ejemplo- en el cinismo machista neoliberal del reaganismo y el thatcherismo en adelante ni tampoco en el feminismo misándrico baladí hoy también en crisis, en consonancia con el ascenso de la nueva derecha cavernícola del Siglo XXI, algo que la realización explora a través del dilema irresoluble del huevo o la gallina en cuanto al dinero y el consumo en la génesis, el desarrollo y el final de un enlace romántico ya que la economía del hogar implica a la vez flujo monetario y el arte de saber encauzarlo para que todo resulte sustentable a largo plazo. Más allá del lugar común, léase el paso del idealismo del comienzo del cariño al cruel materialismo de las postrimerías del vínculo, en pantalla la disputa encarnizada y doblemente caprichosa por el caserón de una pareja que se niega a vender el inmueble y dividir los dólares porque es el único trofeo que queda ya que la custodia de los hijos está fuera de cuestión, La Guerra de los Roses exuda realismo sarcástico aunque muy triste, digno de un proyecto en común que se cae a pedazos de manera estrambótica, y señala la ilusión de victoria que sobrevuela por detrás de todo divorcio en malos términos, en sintonía con un triunfo pírrico en el que no hay verdaderos vencedores y sólo distintos grados de pérdida, como afirma con sabiduría D’Amato. En este sentido nuestra epopeya de entrecasa se burla por lo bajo de la fase de “símbolos sexuales” del derrotero de los dos extraordinarios protagonistas, Douglas recién salido de Atracción Fatal (Fatal Attraction, 1987), de Adrian Lyne, y Turner de ponerle la voz a Jessica Rabbit en ¿Quién Engañó a Roger Rabbit? (Who Framed Roger Rabbit?, 1988), convite de Robert Zemeckis, y se hace un festín con el heterogéneo “casus belli”/ motivo de guerra de turno, una ensalada que abarca la hipocresía, el ninguneo, la dependencia, la vacuidad burguesa, el egoísmo, la soberbia, la obstinación revanchista y ejes más mundanos como los zapatos, los automóviles, las mascotas, unas horribles estatuillas de cerámica y la citada mansión…
La Guerra de los Roses (The War of the Roses, Estados Unidos, 1989)
Dirección: Danny DeVito. Guión: Michael Leeson. Elenco: Michael Douglas, Kathleen Turner, Danny DeVito, Marianne Sägebrecht, Sean Astin, Heather Fairfield, Dan Castellaneta, G.D. Spradlin, Peter Donat, Shirley Mitchell. Producción: James L. Brooks y Arnon Milchan. Duración: 117 minutos.