El Hombre que Mató a Don Quijote (The Man Who Killed Don Quixote)

Habitar los sueños

Por Emiliano Fernández

De un modo muy similar a lo ocurrido en ocasión de Don Quijote de la Mancha (1605), la célebre novela de Miguel de Cervantes Saavedra, trabajo que el autor pretendía paródico para con las sagas literarias de caballería pero que en el imaginario popular adquirió un estatuto propio vinculado con el idealismo solipsista y semi enajenado, El Hombre que Mató a Don Quijote (The Man Who Killed Don Quixote, 2018), la película que el genial Terry Gilliam trató de llevar adelante durante tres décadas, pasó de ser otra de las apologías de la imaginación típicas del norteamericano -durante las primeras etapas de su desarrollo- a una epopeya verdaderamente autobiográfica que subraya la influencia destructiva que tienen los films y la misma industria cultural sobre los artistas, quienes -como el director y guionista, precisamente- ven crecer sus frustraciones a medida que los múltiples obstáculos de turno se van cruzando en su camino. Ya lejos de aquel legendario intento de filmación del 2000, el cual fue retratado en el muy interesante documental Perdido en La Mancha (Lost in La Mancha, 2002) y que colapsó en esencia por una inundación en el set, los inconvenientes de salud de Jean Rochefort (el actor que interpretaría al personaje principal) y problemas financieros varios, el film que tenemos ante nosotros nos indica que la espera valió la pena porque funciona como un testimonio acerca del porfiar creativo frente a todo.

 

Si bien por supuesto la obra que nos ocupa unifica por un lado la curiosidad y su rol central en la construcción identitaria, muy en la línea de Bandidos del Tiempo (Time Bandits, 1981), Brazil (1985), Las Aventuras del Barón Munchausen (The Adventures of Baron Munchausen, 1988), Pescador de Ilusiones (The Fisher King, 1991), Tideland (2005) y El Imaginario Mundo del Doctor Parnassus (The Imaginarium of Doctor Parnassus, 2009), y por otro lado la importancia del caos en tanto sinónimo del fluir irrefrenable y azaroso de la vida, un planteo bien visible en Jabberwocky (1977), Doce Monos (Twelve Monkeys, 1995), Miedo y Asco en Las Vegas (Fear and Loathing in Las Vegas, 1998), Los Hermanos Grimm (The Brothers Grimm, 2005) y Un Mundo Conectado (The Zero Theorem, 2013), lo cierto es que El Hombre que Mató a Don Quijote pone el acento no sólo en el borramiento del límite entre realidad y ficción sino en las secuelas -tanto individuales como sociales- que deja el renunciar a los objetivos de antaño en pos de “acomodarse” a una realidad que resulta alienante y no ofrece demasiado margen para la sorpresa o para aquellas metas de etapas primigenias, objetivos autoimpuestos más preocupados por la potencialidad creadora del intelecto que por los sinsabores de un mundo -siempre plagado de hipócritas, egoístas, plutócratas y esclavos felices- que no suele facilitar el asunto a los verdaderos visionarios.

 

Como sucede casi siempre en el caso de Gilliam, la historia propiamente dicha se arma y se desarma a lo largo del metraje para dar lugar a sus obsesiones conceptuales de siempre y a un recorrido no lineal hermanado a las alucinaciones y el devenir pasional característico del ex miembro de los míticos Monty Python, ahora centrándose en el viaje en conjunto por la España rural de Toby Grisoni (el talentoso Adam Driver), un director publicitario que se encuentra en pleno rodaje de un comercial inspirado en el libro de Cervantes Saavedra, y Javier (Jonathan Pryce), un zapatero anciano que está creído que es Don Quijote desde que diez años atrás fuese descubierto por Grisoni, por entonces un realizador novel e impoluto, mientras preparaba El Hombre que Mató a Don Quijote, un film amateur en blanco y negro que protagonizó el susodicho y cuyas aspiraciones de autonomía de fondo se desvanecieron al ingresar Toby al ecosistema payasesco del marketing y derivados. Atrapado entre su prepotente jefe sin nombre (Stellan Skarsgård) y la hermosa esposa de este último, Jacqui (Olga Kurylenko), quien lo seduce desde el vamos, Grisoni termina escapándose hacia Los Sueños, el pueblo sede de aquella película de sus tiempos de estudiante, y allí descubre a un Javier que lo confunde con el inefable escudero Sancho Panza, motivando un periplo de lo más bizarro en el que la verdad y la impronta onírica se fusionarán a la par del presente y el pasado, la cordura y la demencia y el amor y el odio. Así ambos se topan, a posteriori de la clásica gesta contra molinos de viento ajados percibidos como gigantes, con inmigrantes empobrecidos liderados por Barbero (Sergi López), que son confundidos primero con terroristas y luego con aldeanos del Siglo XVII (Inquisición y razia incluidas), con la pobre Angélica (Joana Ribeiro), una camarera de la que Toby se enamoró una década atrás y que él imaginaba siendo famosa algún día, aunque terminó transformándose en una modelo y prostituta, y finamente con un tal Caballero de los Espejos con el que Javier lucha y que resulta ser Raúl (Hovik Keuchkerian), el padre de Angélica y dueño de un café/ bar en Los Sueños cuyos esfuerzos están orientados -a la par de otros lugareños- hacia el tratar de que el anciano regrese a su hogar, en esencia despreciando a Grisoni por haber desencadenado el derrotero de su hija en pos de anhelos que quedaron en nada y para colmo se pervirtieron.

 

Más allá de los personajes de Skarsgård, una figura patética de poder sepultada bajo su propio ego, y de Kurylenko, típica burguesa caprichosa de tono vampiresco, los verdaderos villanos de la propuesta son Alexei Miiskin (Jordi Mollà), un millonario ruso fabricante de vodka que considera a Angélica su propiedad y humilla a Javier frente a su séquito de lambiscones, y -desde ya- el repugnante sistema capitalista que genera psicópatas y cínicos de esta calaña y que cada individuo internaliza en mayor o menor medida durante sus días en esta tierra. Las temáticas trabajadas son cuantiosas e incluyen el brío de la imaginación poética, la relación entre obra y creador, la angustia del artista independiente con respeto a una coyuntura homogeneizadora/ banalizante/ castradora, la decadencia de la vejez, la soberbia del mainstream, la soledad, el fariseísmo social contemporáneo, la conexión entre la praxis y la ficción, los recovecos misteriosos de la esquizofrenia, las poses más vacuas, los extremos de la obsesión, la responsabilidad frente a nuestras acciones, el influjo tragicómico e inaprehensible de la vida, la metamorfosis identitaria, la traición a sí mismo, los sacrificios románticos/ del corazón, la amistad en términos masculinos (compañerismo mundano e insultos entrecruzados constantes de por medio), el peso de la culpa, la posición preponderante de la anarquía en la creación artística, la idealización freak de los objetivos existenciales de base y la recurrencia para con nuestras miserias arrastradas desde lejos. El Hombre que Mató a Don Quijote juega también con una denuncia esplendorosa de los abusos del poder político fascista actual y con el análisis más desquiciado de esa fuerza todo terreno e indomable que yace en iconoclastas de la envergadura del propio Gilliam, un señor que sabe de sobra cómo habitar los sueños y poner al servicio de los susodichos a un elenco maravilloso y una estupenda fotografía digital de Nicola Pecorini que complementan perfectamente semejante hazaña, una que va mucho más allá de la nostalgia demacrada/ mercantilizada del cine de nuestros días porque hace del sustrato metadiscursivo y la autoreflexión un arte que expande las posibilidades mismas de la narración desde una vanguardia encantadora amiga de lo imposible sin fin y enemiga de la razón instrumental y sus diletantes infantiles de cotillón, esos palurdos capados adeptos a la cultura chatarra…

 

El Hombre que Mató a Don Quijote (The Man Who Killed Don Quixote, España/ Bélgica/ Francia/ Portugal/ Reino Unido, 2018)

Dirección: Terry Gilliam. Guión: Terry Gilliam y Tony Grisoni. Elenco: Adam Driver, Jonathan Pryce, Stellan Skarsgård, Olga Kurylenko, Joana Ribeiro, Óscar Jaenada, Jason Watkins, Sergi López, Jordi Mollà, Hovik Keuchkerian. Producción: Gerardo Herrero, Amy Gilliam, Grégoire Melin y Mariela Besuievsky. Duración: 132 minutos.

Puntaje: 8