Cuando Acecha la Maldad

Hacer tu voluntad

Por Emiliano Fernández

Salvo honrosas excepciones el grueso del cine de género del Siglo XXI es sinceramente una basura porque arrastra las consecuencias más nefastas de la globalización de la década del 90 de la centuria pasada, sobre todo un achatamiento o uniformización insoportable a escala formal, temática y conceptual y una nula pretensión de originalidad que lleva a productos cortados con la misma exacta tijera sin importar su origen, algo que por cierto abarca desde el mainstream norteamericano y europeo hasta el indie y los exponentes marginales del resto del planeta. El cine latinoamericano no es precisamente la excepción y en las últimas décadas se ha acumulado un generoso volumen de bodrios, despropósitos varios y películas bienintencionadas pero muy fallidas que pretendieron recuperar unos latiguillos del pasado que para colmo ya venían con un cansancio importante, por ello las tres cinematografías principales de la región, léase la argentina, la brasileña y la mexicana, en esencia filman las mismas porquerías que hoy entregan los yanquis y los europeos. Esta intercambiabilidad general no sólo diluyó las características propias de cada país, un esquema identitario que lo diferenciaba del resto de las naciones y le permitía competir con los tanques de Estados Unidos mediante productos diferentes, sino que en el mejor de los casos transformó a esos rasgos culturales vernáculos en un telón de fondo que engloba de manera un tanto colateral/ secundaria/ ilustrativa una historia o relato que puede transcurrir en casi cualquier parte del mundo, en este sentido el terror como género siguió en la periferia -y en España también, otra cinematografía lastimosa del nuevo milenio- los postulados de los sustos y los gritos del mainstream más barato de Hollywood, ese de la redundancia eterna sobrenatural post hegemonía ochentosa del slasher que gira incansablemente alrededor de los fantasmas, las posesiones, los exorcismos y las maldiciones en cadena símil J-Horror hiper trasnochado, clichés que garantizan la ausencia de sangre y sexualidad para no espantar a la mayoría del público puritano actual y a los tarados conservadores de las redes sociales, sin duda alguna los grandes artífices del infantilismo extendido a lo largo y ancho de toda la cultura masiva.

 

En este contexto de anacronismos, estupidez marketinera, ineficacia narrativa, aculturación, falta de ideas novedosas y cero predisposición al riesgo o a un mínimo vuelo estrafalario, semejante a la osadía del exploitation polirubro de los años 60, 70 y 80, apareció seis años atrás Aterrados (2017), largometraje del cineasta argentino Demián Rugna que consiguió una excelente repercusión internacional por la sencilla razón de que demostraba pericia en un terror cada día más devaluado y repleto de realizaciones descartables que pretenden copiar el paradigma hollywoodense más bobo y mediocre sin siquiera lograrlo. Dicho de otro modo, Aterrados arrastraba un puñado de problemas recurrentes del cine de horror del Siglo XXI, como por ejemplo un exceso de jump scares y la triste presencia de diálogos con demasiada información, baches/ escenas inconducentes y el típico desenlace deficitario o anticlímax por incapacidad de aprovechar la tensión construida, sin embargo en lo único verdaderamente crucial de la propuesta, los instantes de nerviosismo o angustia, exudaba una mano maestra insólita para este séptimo arte contemporáneo de género que en aquella oportunidad abarcaba las secuencias con un nenito zombie semi inmóvil, un espíritu con forma varonil desnuda y desgarbada y una mujer/ víctima que levitaba y se golpeaba contra las paredes de su baño. Rugna, quien acumula otras dos películas que no vio casi nadie, La Última Entrada (2007) y No Sabés con quién Estás Hablando (2016), y participó en dos antologías interesantes, ¡Malditos Sean! (2011) e Hispanos Satánicos (Satanic Hispanics, 2022), consigue su mejor obra con la flamante Cuando Acecha la Maldad (2023), una joya que por un lado retoma la doctrina del shock del extremismo europeo, la única corriente potable del terror del nuevo milenio y la única volcada a las carnicerías de vieja escuela, y por el otro lado viene de ganar como Mejor Película en el Festival de Sitges, uno de los más famosos del cine fantástico junto con el Festival de Bruselas y el Fantasporto de Portugal, y de lograr una distribución sin precedentes en Estados Unidos, tanto en salas tradicionales como a través de Shudder, un servicio de streaming de horror que maximiza la visibilidad.

 

Al igual que en Aterrados en esta ocasión Rugna vuelve a escribir el guión en soledad y una vez más se juega por una trama de cruel envilecimiento desperdigado bajo la lógica del contagio y la manipulación vigilante, ahora sustituyendo a los fantasmas de antaño por unos demonios adeptos a las posesiones, trasladando la acción de la metrópoli al ámbito bucólico y complementando el asunto ya no con purretes zombies clásicos sino con una pequeña legión de mocosos con el cerebro lavado que responden a la voluntad de Mefistófeles y se ubican a mitad de camino entre sus homólogos de ¿Quién Puede Matar a un Niño? (1976), de Narciso Ibáñez Serrador, El Pueblo de los Malditos (Village of the Damned, 1960), de Wolf Rilla, y Los Niños del Maíz (Children of the Corn, 1984), de Fritz Kiersch. Todo gira alrededor de un par de hermanos que trabajan un campo en lo que parece ser el interior de la Provincia de Buenos Aires, Pedro (Ezequiel Rodríguez) y Jimi (Demián Salomón), dúo que un día encuentra a un hombre cortado al medio, un supuesto “limpiador” con artilugios varios que tenían por misión sacarle el Diablo a un vecino, hoy un gordo todo hinchado y lleno de pus que en términos prácticos está destinado a engendrar a la acepción humana de Belcebú. Ayudados por el dueño exaltado de unas tierras volcadas a la producción caprina, Ruiz (Luis Ziembrowski), Pedro y Jimi mueven al poseído con una sábana y lo llevan a cientos y cientos de kilómetros de distancia para evitar lo que promete ser una debacle porque el susodicho extiende su influencia sobre todos los que lo tocan o apenas rozan sus variadas secreciones, no obstante pierden el cuerpo al esquivar a un nene en la ruta y dan por finiquitado el asunto, algo que dista de ser así porque durante la jornada siguiente Ruiz descubre a una de sus cabras comportándose de manera extraña y la mata de un tiro, lo que genera a su vez que su esposa embarazada lo asesine con un hacha y después se suicide vía una retahíla de hachazos sobre su rostro. Mientras Jimi pasa a buscar a la madre de ambos hermanos Pedro visita a su ex esposa, una fémina que vive en un pueblito cercano con otro hombre, para llevarse a los dos hijos de la otrora pareja, un rapaz y un adolescente autista.

 

Rugna corrige aquellos problemas de Aterrados, sobre todo en materia de diálogos y jump scares, y construye una fábula impecable del espanto social o consuetudinario en donde el terror folklórico toma la posta gracias a una simbología o lenguaje común entre todos los personajes, ahorrándonos el “te creo/ no te creo” tan aburrido del cine de género fantástico del Siglo XXI y yendo directamente a las truculencias y el sadismo porque la leyenda de los “embichados” o “encarnados” es conocida por todos en pantalla, reglas de por medio que van desde la necesidad de la oscuridad para combatirlos con ventaja hasta la prohibición de nombrar los múltiples nombres de Satanás y su reencarnación de fondo, este Anticristo o equivalente. Cuando Acecha la Maldad no se anda con medias tintas en materia del gore y el poco respeto a los tabúes y por ello revienta a mocosos, un mastín, la hembra encinta y la ancianita que parió a los hermanos, amén de combinar este ciclo demoníaco con la infancia peligrosa, la dialéctica de las infecciones imparables y una buena dosis de canibalismo que por supuesto pone el dedo en la llaga de la descomposición familiar y romántica, detalle exacerbado en la historia de la mano de un filicidio y ese Pedro que en algún momento se hartó del vástago autista y quiso matarlo tapando la salida de la estufa de su habitación. El director y guionista mantiene muy elevada la tensión sirviéndose de escenas magistrales como la de la muerte de Ruiz y su pequeño clan, esa del ataque del perro de la ex de Pedro contra la nena que tuvo con el otro macho y aquella de las postrimerías de la narración del enfrentamiento con los nenitos del averno por parte del personaje del excelente Rodríguez y la ex pareja de Jimi, Mirta (Silvina Sabater), clásica “figura del saber” del cine de horror y otrora limpiadora que advierte sobre las calamidades por venir si no se respetan las reglas para evitar el nacimiento del maligno a partir del semi cadáver del gordinflón apestoso. Si bien el epílogo no suma mucho a la faena en general y el imponderable Ziembrowski está un poco desaprovechado, la propuesta supera a la enorme mayoría del terror actual y logra crispar los nervios incluso con un último acto tripartito calcado de aquel de Aterrados

 

Cuando Acecha la Maldad (Argentina/ Estados Unidos, 2023)

Dirección y Guión: Demián Rugna. Elenco: Ezequiel Rodríguez, Demián Salomón, Luis Ziembrowski, Silvina Sabater, Federico Liss, Emilio Vodanovich, Paula Rubinsztein, Desirée Salgueiro, Virginia Garófalo, Marcelo Michinaux. Producción: Fernando Díaz. Duración: 99 minutos.

Puntaje: 9