Venganza (Vengeance)

Hallar y definir al culpable

Por Emiliano Fernández

Una lamentable paradoja de nuestros días es que el grueso del arte y de la cultura no habla, precisamente, de nuestros días y se consagra en cambio a la nostalgia tonta para con épocas previas, a los reduccionismos conceptuales de la posmodernidad y a fórmulas narrativas que podrían utilizarse en prácticamente cualquier otro contexto temporal o espacial, planteo que en la mayoría de los casos en vez de oficiar de la generalización marketinera buscada provoca una idiosincrasia inofensiva y anodina que tiene que ver con esta pusilanimidad ideológica de fondo a la hora de meterse en serio con los problemas del presente y dejar de vanagloriarse a partir de una sabiduría que no lo es explorando terreno harto trabajado o apelando a recursos retóricos que ya no significan nada después de décadas de reciclaje ad infinitum. En este sentido, Venganza (Vengeance, 2022), debut como realizador del actor y comediante de impronta woodyallenesca B.J. Novak, funciona como una anomalía absoluta porque indaga en una catarata de problemas contemporáneos con una riqueza discursiva y una astucia en verdad sorprendentes, pensemos que Novak va moviendo el foco de atención a medida que avanza el metraje para abarcar más y más temáticas que por cierto nunca resultan caprichosas en su encadenamiento progresivo porque todas, efectivamente, están interconectadas cual dominó de causas y consecuencias de lo más contradictorias: en un primer momento la propuesta analiza la cultura de la intercambiabilidad y del descarte en secuencia de las personas, algo vinculado a apps como Tinder pero que viene desde el surgimiento del nefasto neoliberalismo en la década del 70 con la precarización laboral y la destrucción del Estado de Bienestar, luego gira hacia el antiguo tópico de la explotación de los estratos populares por parte de las elites burguesas de los medios de comunicación, hoy muy aggiornado mediante el submundo de los pódcasts de SoundCloud, iVoox o Spotify orientados a la investigación cuasi melodramática o lírica, y finalmente el asunto se termina homologando a la banalidad y el cinismo ridículo del mundo digital, las redes sociales, las grandes urbes y esos mismos mass media que espectacularizan y exprimen la realidad, un ardid retratado por la tradición que va desde Cadenas de Roca (Ace in the Hole, 1951), de Billy Wilder, hasta El Cuarto Poder (Mad City, 1997), gran joya olvidada de Costa-Gavras.

 

La epopeya del talentoso Novak, conocido sobre todo por su Ryan Howard de The Office (2005-2013), creada por Greg Daniels a partir de la exitosa serie de la BBC del mismo título de Ricky Gervais y Stephen Merchant, y por sus breves participaciones en películas variopintas como La Esperanza Vive en mí (Reign Over Me, 2007), opus de Mike Binder, Bastardos sin Gloria (Inglourious Basterds, 2009), de Quentin Tarantino, El Sueño de Walt (Saving Mr. Banks, 2013), de John Lee Hancock, y Hambre de Poder (The Founder, 2016), asimismo de Hancock, sigue el periplo de Ben Manalowitz (el propio y perfecto Novak), un escritor/ periodista judío de la Gran Manzana que trabaja en The New Yorker, que fetichiza las “diferentes posibilidades” -eufemismo por la promiscuidad y el pánico al compromiso romántico duradero- de las aplicaciones de citas para celulares y que una noche recibe una llamada telefónica de un tal Ty Shaw (Boyd Holbrook) para comunicarle el fallecimiento por sobredosis de opioides de una chica texana con la que salió un par de veces mientras ella vivía en Nueva York, Abilene “Abby” Shaw (Lio Tipton), hermana de Ty. Confundido con el novio formal de Abby y semi obligado a concurrir al funeral, el protagonista vuela a Texas y descubre que Ty solicita su ayuda para asesinar al supuesto responsable del óbito en cuestión, un traficante mexicano que opera en una bucólica región saturada de pozos petroleros, rodeos y locales de comida basura, Sancholo (Zach Villa), ansia de venganza que Manalowitz, ayudado por la productora del pódcast más escuchado del país, Eloise (Issa Rae), pretende convertir en un especial serializado dedicado al delirio norteamericano y esa construcción de mitos beligerantes de hoy en día para evadir la compleja realidad, erigirse los paranoicos como héroes y hallar/ definir/ demonizar al culpable por oposición, uno desde ya señalado a dedo y sin ningún asidero verídico o prueba. Así las cosas, Ben conoce al resto de la parentela de la finada, la madre Sharon (J. Smith-Cameron), la abuela Carole (Louanne Stephens), las adolescentes París (Isabella Amara) y Kansas City (Dove Cameron) y el adorable hermano menor Mason alias “El Stupido” (Eli Bickel), un clan fanático de las armas y de la ficticia cadena de hamburgueserías Whataburger y abanderado de la hipótesis del homicidio vinculado a los narcos y la abulia o complicidad de la policía.

 

Venganza, como decíamos con anterioridad, es una realización bastante extraña por varias razones, primero debido a que Novak se mete de lleno en la opción retórica de la autocrítica burguesa subrayando el egoísmo de la mencionada cultura del descarte hiper superficial y el vacío existencial y la falsedad que conllevan a nivel cotidiano, por ello Manalowitz es pintado como un personaje presuntuoso y algo patético al que le cuesta mucho conectarse con los otros porque los ve intermitentemente con condescendencia, hipocresía o aires de superioridad, segundo porque no se burla del todo de los habitantes del campo en términos similares a sus homólogos metropolitanos ya que invierte el gran cliché en relación a los primeros en torno a su carácter rústico o ignorante, en pantalla representados especialmente por la familia Shaw y toda una comunidad texana ignota que canaliza su energía creativa en violencia, drogas, rodeos y un fanatismo por los deportes y las teorías de conspiraciones y complots que son negadas por los dos vagos y/ o tarados vernáculos que representan a la autoridad estatal, los oficiales Dan (Ben Whitehair) y Mike (Grayson Berry), para quienes todos los cadáveres -por más maltratados que estén y sospechosos que sean- responden a accidentes tendientes a un rápido papeleo sin pesquisa, tercero porque el film incluye una fuerte crítica a los algoritmos detrás de las plataformas de acceso musical, televisivo o cultural general, opción de consumo artístico por demanda que reproduce infinitamente lo mismo al extremo de crear burbujas de redundancia donde nadie sale de un espejo reciclado perpetuo de sus propios gustos sin posibilidad de crecimiento psicológico o intelectual, y cuarto debido a que se traza un antagonismo entre el falso culpable o el seleccionado a puro estereotipo racista o criminal, un Sancholo que sí está metido con los cárteles de la droga pero no mató a Abilene porque la apreciaba y además tiene de coartada un recital de Adele al que concurrió con su sobrina, y un personaje que arranca siendo una especie de “gurú interno” del film y después muta en la alternativa cínica del vivir contemporáneo, Quinten Sellers (un veterano Ashton Kutcher que es amigo de Novak desde la intervención de éste en la temporada del 2003 de Punk’d, de MTV), productor discográfico vinculado a Abby, otrora guitarrista y compositora, que tiene un estudio en el desierto, La Fábrica de Música.

 

Entre el costumbrismo humanista, cierta comedia negra de choque cultural y una filosofía nihilista positiva que destruye aunque propone algo en el lugar de lo desaparecido, el opus de Novak gira incasablemente alrededor de dos de los grandes males de nuestros días, léase por un lado la energía malgastada en estupideces, causas necias y hobbies intercambiables, reservorio que en otra época se hubiese convertido en una militancia en pos de un cambio social para mejor, y por el otro lado la apatía que conduce a la muerte por miedo o inacción, precisamente lo que le sucedió a una Abilene que era drogadicta -por más que todos los que la conocían obviaban la verdad y señalaban que nada consumía- y falleció en una fiesta nocturna en compañía de un Sellers que desparrama verdades ante los oídos de Manalowitz, como el fetiche del pueblo irreflexivo para con la exposición on line de fragmentos de vida en detrimento de un disfrute sincero o autónomo lejos de la tiranía antojadiza de la mirada del otro o las corporaciones capitalistas, sin embargo nada hace con ello y cae en la misma lógica cobarde, trivial e individualista que critica, por ello arrastró a una Abby moribunda hacia el Afterparty, una zona sin señal de celular y en medio de cuatro jurisdicciones que se superponen entre sí y garantizan un cadáver símil estadística anónima que dejaría libre de sospechas al productor discográfico vocacional y traficante de oxicodona por conveniencia. El fusilamiento del final de Quentin por parte de Ben mientras suena de fondo American, temazo de Lana Del Rey del EP Paradise (2012), tiene que ver con la “lección aprendida” del protagonista porque en un mismo movimiento venga a la finada, tanto con las balas como con el borrado de todas las grabaciones compartidas con Eloise para el pódcast, y la desacraliza ratificando su drogodependencia y el hecho de que el neoyorquino siempre fue una máscara falaz para que su familia no supiese de su relación romántica con Sellers, un sultán en su atalaya de erudito inalcanzable, lo que implica que la hembra tuvo una actitud cínica semejante a la de Ben y su promiscuidad, aunque a diferencia de Quentin, el cual relativiza la verdad porque sabe que en nuestro presente todos disparan su opinión como ametralladora que ensordece y sólo genera ruido o estática conceptual, Manalowitz opta por mantenerse cerca de la gente real que se arrepiente y aprende de sus errores más íntimos…

 

Venganza (Vengeance, Estados Unidos, 2022)

Dirección y Guión: B.J. Novak. Elenco: B.J. Novak, Boyd Holbrook, Dove Cameron, Issa Rae, Ashton Kutcher, Isabella Amara, J. Smith-Cameron, Lio Tipton, Eli Bickel, Louanne Stephens. Producción: Jason Blum, Greg Gilreath y Adam Hendricks. Duración: 108 minutos.

Puntaje: 10