La Venganza de un Actor (Yukinojô Henge)

Hasta la locura

Por Emiliano Fernández

A diferencia del nô o noh, hablamos del teatro tradicional aristocrático japonés y de una de las manifestaciones más antiguas del planeta dentro del campo específico de las tablas, el kabuki es una forma de teatro nipón que desde su nacimiento en el Siglo XVII ha gozado de una enorme popularidad dentro de todas las clases sociales al punto de sobrevivir y extenderse en tiempos de enormes cambios nacionales y culturales como la Restauración Meiji del Siglo XIX y el período posterior a la Segunda Guerra Mundial: mientras que el nô se caracteriza por su lentitud, el uso de máscaras y la extensa duración de representaciones que suelen incluir interludios cómicos denominados kyôgen, amén de explorar temáticas místicas, sobrenaturales, bélicas, femeninas y diabólicas, el kabuki por su parte adopta rostros maquillados de blanco, mínimas escenografías que cambian delante del público -los tramoyistas son los kuroko, siempre vestidos de negro para simular invisibilidad- y elencos casi siempre completamente masculinos con una rama de actores andróginos especialmente preparados para componer a las mujeres, los onnagata u oyama, lo que se explica debido a que originalmente el kabuki -cuando fue creado en 1603 por la miko o sirvienta de los templos del sintoísmo Izumo no Okuni- era un arte enteramente femenino pero como el asunto derivaba continuamente en la prostitución, el Shogunato Tokugawa (1600-1868) decidió prohibir primero la participación de mujeres y después de varones jóvenes que también eran solicitados para el sexo por los espectadores de turno. En esencia controlado por compañías teatrales masculinas y especializado en obras históricas, domésticas y de danza, el kabuki comparte con el nô esta conjunción entre drama estilizado, música y baile que es típica de la cultura japonesa, además de un minimalismo muy marcado en la puesta en escena que contrasta con las floridas y en muchas ocasiones exacerbadas interpretación, vestimenta y maquillaje de los actores de la pieza en cuestión, algo que también puede apreciarse en algunos aspectos de otras artes hermanadas como el bunraku o teatro japonés de marionetas y el rakugo o monólogos humorísticos sustentados en la oratoria y las manos.

 

El cine japonés siempre estuvo influenciado tanto por el nô como por el kabuki pero sobre todo durante la fase muda, luego un poco perdiéndose el sustrato teatral o limitándose a determinadas facetas de la presentación visual de films que progresivamente se acoplaron al realismo de raigambre occidental que todos conocemos a pura repetición vacua. En este sentido la hiper estilizada La Venganza de un Actor (Yukinojô Henge, 1963), dirigida por Kon Ichikawa y escrita por Natto Wada, Daisuke Itô y Teinosuke Kinugasa, es una rareza absoluta porque apuesta a combinar el paradigmático espíritu kabuki y las posibilidades que brinda el cine en cuanto a la narración entrecortada, la multiplicidad de personajes y una fotografía fastuosa y llena de elipsis, dejándonos con una película muy elegante que unifica tomas en locaciones callejeras, interiores realistas de estudio y planteos escenográficos prototípicos de la vertiente teatral folklórica que podrían ser clasificados como surrealistas, despojados y misteriosos por su utilización de las luces y sombras. Los dos rasgos formales de siempre del muy prolífico Ichikawa, la ironía y la imaginación óptica/ técnica/ retórica, aquí están llevados al extremo para narrarnos la historia de un niño de siete años llamado Yukitarô que vio cómo en la Nagasaki de comienzos del Siglo XIX una sociedad de tres poderosos oligarcas, Sansai Dobe (Ganjirô Nakamura), Kawaguchiya (Saburô Date) y Hiromiya (Eijirô Yanagi), destruyó los negocios mercantiles de la familia del pequeño y llevó a la locura y la muerte a su madre y su padre, quienes eventualmente se suicidaron. Yukitarô es adoptado a posteriori por un actor y director de una troupe kabuki de Osaka, Kikunojo Nakamura (Chûsha Ichikawa), quien promete ayudarlo a planear y ejecutar su reglamentaria venganza y lo convierte de adulto en un onnagata famoso bajo el nombre escénico de Yukinojo Nakamura (Kazuo Hasegawa), así ambos llegan a mediados de la década de 1830 a Edo -nombre de Tokio hasta la Restauración Meiji- como parte de una gira orientada a influir en la hermosa hija de Dobe, Namiji (Ayako Wakao), la amante del shôgun y una señorita ingenua que le permite ingresar al círculo íntimo de sus enemigos.

 

Sirviéndose de la estrategia adicional de meterle en la cabeza a Hiromiya que un buen ardid para incrementar sus ganancias sería acopiar arroz en un año de una cosecha paupérrima y precios altos, comprándolo barato a los campesinos y revendiéndolo en las ciudades por debajo de los precios inflados y aún así ganando mucho, Yukinojo logra enemistar a las dos patas burguesas o chônin del triángulo de asesinos, Kawaguchiya e Hiromiya, haciendo que se odien a más no poder en su batalla por controlar el mercado del arroz de Edo al punto de que el primero le quema la tienda al segundo por arruinarlo y éste lo secuestra y amordaza, momento en el que el actor se disfraza de fantasma de su padre fallecido, Matsuuraya, para asustar a un Kawaguchiya que termina enloquecido y estrangulado por Hiromiya, quien a su vez cae en la paranoia y le pide ayuda en vano al rico Dobe, ex magistrado público que perdió el favor del shôgun porque el onnagata hizo que su hija se enamore de él y se separe del líder máximo Tokugawa. Hiromiya cae en la desesperación y pretende secuestrar a Namiji tanto como desquite como para influir sobre Dobe, pero la muchacha lo acuchilla en defensa propia y tiempo después fallece de culpa y dolor por el homicidio frente a un Yukinojo/ Yukitarô que lamenta profundamente esta víctima inocente de la codicia de su padre y sus ex socios y del mismo accionar del agente vengador protagónico, el cual como remate de su cruzada induce al suicidio a Sansai Dobe emulando la apariencia de su madre, a la que el hombre 20 años atrás obligó a acostarse con él prometiéndole ayuda mentirosa y llevándola a cortarse el cuello sin más, con el padre luego ahorcándose de una viga. Los condimentos sarcásticos -y hasta en cierto punto lúdicos y anárquicos- del relato vienen por el lado de un ladrón a lo Robin Hood que hace las veces de narrador y nexo principal entre los secundarios, Yamitaro (Hasegawa de nuevo), una hilarante ratera con el ego inflado que asimismo se enamora del andrógino actor y hasta pretende extorsionarlo para que lo quiera también si no desea que sus enemigos se enteren de su plan, Ohatsu (Fujiko Yamamoto), y finalmente un chiflado que le guarda mucho rencor al protagonista desde que eran colegas años atrás en una academia de espadachines, Heima Kadokura (Eiji Funakoshi), el cual por vanidad y orgullo termina siendo expulsado de la escuela y así a posteriori redirecciona su animadversión caprichosa hacia Yukinojo por haber sido el “favorito” del sensei o maestro.

 

Entre eficaces chispazos de humor negro, múltiples referencias metadiscursivas y ese tono dramático de fondo que juega con el lirismo socarrón y unas excelentes música de Yasushi Akutagawa, Tamekichi Mochizuki y Masao Yagi y fotografía de Setsuo Kobayashi de tipo expresionista, La Venganza de un Actor todo el tiempo entrelaza el realismo de algunas escenas -como las de las intrigas, las muertes de los personajes y hasta los enfrentamientos con katanas cual cine de samuráis o chanbara- con un dejo ensoñado sustentado en la artificialidad de la puesta en escena kabuki y en la misma presencia del travesti en la piel del genial Hasegawa, intérprete fecundo al extremo y aquí en su papel número 300, todo en función de una epopeya de lo más heterogénea que deambula con soltura y desinhibiciones entre el drama de época o jidaigeki, los episodios orientados a la risa burlona símil kyôgen y los mencionados arrebatos de chanbara de la mano del muy insistente Kadokura. El preciosismo marca registrada de Ichikawa aparece en el contexto de flashbacks, detalles de cine silente, obras kabuki, reyertas o intercambios verbales en una oscuridad casi total, secuencias de alcoba, robos frustrados, muchos episodios de espionaje al paso, semblanzas en forma de soliloquios, insólitos momentos de chantaje a lo film noir con jazz de fondo, esos latiguillos infaltables del melodrama, instantes de terror sobrenatural fantasmagórico simulado, mucha niebla de índole sepulcral, el típico éxtasis de la alegría homicida y hasta una anécdota de trata de blancas en consonancia con un par de maleantes y una anciana que pretenden vender a la deliciosa y convaleciente Namiji. La trama contrasta el hedonismo criminal de Yamitaro con la ética de la represalia familiar de Yukinojo pero a diferencia de tantos opus occidentales semejantes que se contentan con las antinomias reduccionistas y poco más, el film de Ichikawa encuentra sabiduría y vitalidad en estos doppelgängers mutuos ya que así como el ladrón es un diletante de la picardía popular de quien salta de presa ricachona en presa ricachona para luego repartir entre los pobres, el actor funciona como un experto en el arte de penar las angustias de antaño e ir proyectando una reparación que va más allá de la muerte de los victimarios e incluye llevarlos hasta la locura, esa misma que impusieron por avaricia en la parentela de Yukitarô y que éste en parte padece una vez que todo llega a su fin y es momento de retirarse de la vida social para siempre…

 

La Venganza de un Actor (Yukinojô Henge, Japón, 1963)

Dirección: Kon Ichikawa. Guión: Natto Wada, Daisuke Itô y Teinosuke Kinugasa. Elenco: Kazuo Hasegawa, Fujiko Yamamoto, Ayako Wakao, Eiji Funakoshi, Eijirô Yanagi, Chûsha Ichikawa, Ganjirô Nakamura, Saburô Date, Narutoshi Hayashi, Kôichi Mizuhara. Producción: Masaichi Nagata, Tomio Takamori, Kon Ichikawa e Hiroaki Fujii. Duración: 115 minutos.

Puntaje: 9