Si bien en el Siglo XXI se está dando un intento muy poco sutil por parte de la crítica de cine española de izquierda de acercar la producción artística del director y guionista Eloy de la Iglesia a sus homólogas de Pier Paolo Pasolini, Marco Ferreri y hasta Rainer Werner Fassbinder, sobre todo debido a ciertas coincidencias temáticas y obsesiones de diversa envergadura como por ejemplo la política, la homosexualidad, la violencia callejera, el naturalismo, la marginalidad, la hipocresía burguesa, el delirio, la crisis en la familia y la pareja, la muerte, el voyeurismo, las injusticias sociales, el acoso estatal, el desempleo, las drogas, el tráfico de personas, cosas y sustancias, el crimen en cadena, la represión sexual, los guetos, la seducción, el terrorismo, el vacío existencial, el sometimiento hogareño y los estratos irreconciliables de la pirámide capitalista, lo cierto es que dicha analogía es más espiritual que práctica porque aquellos realizadores fueron bastante más parejos a nivel cualitativo y estilístico que el amigo Eloy o dicho de otro modo, las propuestas de De la Iglesia jamás fueron tan buenas como las mejores de aquellos colegas aunque sí compartían una pretensión inconformista y polémica que resultó muy valiente sobre todo en el primer período de su carrera, unos años 70 dominados por el oscurantismo del franquismo y sus principales estrategias de amedrentamiento dirigidas a los artistas revulsivos que criticaban al régimen, léase las amenazas, la censura y el desfinanciamiento o recortes sistemáticos de presupuesto, precisamente el contexto en el que el director tuvo que moverse durante el tardofranquismo (1969-1975), la etapa final de la dictadura de Francisco Franco, e incluso durante los primeros años de la bautizada Transición hacia la Democracia (1975-1982). Luego de tres películas iniciáticas olvidables, Fantasía 3 (1966), Algo Amargo en la Boca (1969) y Cuadrilátero (1970), la trayectoria del señor toma vuelo gracias a una retahíla de obras muy curiosas aunque nunca del todo satisfactorias que incluye sus incursiones en el horror de influjo exploitation, hablamos de El Techo de Cristal (1971), La Semana del Asesino (1972) y Nadie Oyó Gritar (1973), en la cuasi ciencia ficción símil Una Gota de Sangre para Morir Amando (1973) y en el drama irónico/ picaresco/ surrealista de Juego de Amor Prohibido (1975), La Otra Alcoba (1976), Los Placeres Ocultos (1977), La Criatura (1977), El Sacerdote (1978) y El Diputado (1978), un período en el que se destaca sobre todo La Semana del Asesino, una cruza de miseria, sustrato gay y unos homicidios en serie.
Definitivamente es entre Juego de Amor Prohibido y El Diputado, intentos provocadores loables de impronta buñueliana en pos de aprovechar el relajamiento de la censura con motivo del fallecimiento de Franco en 1975 a los 82 años de edad, que De la Iglesia toma conciencia acerca del rumbo de su carrera, uno no particularmente exitoso en términos de taquilla, y por ello salta de inmediato al denominado “cine quinqui”, un rubro muy popular del exploitation español de finales de los años 70 y comienzos de los 80 centrado en la delincuencia juvenil, la epidemia de heroína en Europa de entonces, la corrupción de las capas dirigentes, el apego a la tortura por parte de la policía y desde ya el pánico burgués en torno a una “inseguridad” citadina exacerbada/ fogoneada por los medios de comunicación, el gobierno en funciones de Adolfo Suárez y la misma crisis económica, con un generoso desempleo y pocas chances de ascenso social dentro de una estructura capitalista basada en las inequidades. Como había hecho anteriormente en ocasión de las citadas Una Gota de Sangre para Morir Amando y Los Placeres Ocultos, films que retomaron ingredientes de La Naranja Mecánica (A Clockwork Orange, 1971), joya de Stanley Kubrick, y Muerte en Venecia (Morte a Venezia, 1971), de Luchino Visconti, respectivamente, Eloy de repente optó por inspirarse en una trilogía criminal juvenil de José Antonio de la Loma, aquella de Perros Callejeros (1977), Perros Callejeros II (1979) y Los Últimos Golpes de El Torete (1980), para ya inaugurar su fase quinqui -la última realmente prolífica de su derrotero profesional- de la mano de la causticidad de Miedo a Salir de Noche (1980) y el carácter adusto de Navajeros (1980), prólogo para las asimismo interesantes Colegas (1982), El Pico (1983), El Pico 2 (1984) y La Estanquera de Vallecas (1987), esta última también una comedia como Miedo a Salir de Noche. Más allá de un par de anomalías que quedaron en el olvido, La Mujer del Ministro (1981) y Otra Vuelta de Tuerca (1985), la primera una obra caótica de resonancias políticas y la segunda una adaptación heterodoxa de la novela gótica de 1898 de Henry James, sin duda el trabajo más conocido en el nuevo milenio de la época consagrada al delito, el sexo y los drogones es El Pico, reinterpretación de la marginalidad suburbana de Perros Callejeros aunque también de las pesadillas heroinómanas de Pánico en Needle Park (The Panic in Needle Park, 1971), film de Jerry Schatzberg, y Christiane F. (Christiane F.- Wir Kinder vom Bahnhof Zoo, 1981), recordado opus del alemán Uli Edel.
Ambientada en aquel presente de comienzos de la década del 80, cuando Felipe González llega a la presidencia por la victoria del Partido Socialista Obrero Español y la derrota de la Unión de Centro Democrático de Suárez en las elecciones de 1982, la trama de El Pico es muy simple y gira alrededor de la amistad de dos amigos, Urko Aramendía (Javier García) y Paco Torrecuadrada (José Luis Manzano), el primero el hijo de un representante de la izquierda independentista vasca o abertzale, Martín Aramendía (Luis Iriondo), y el segundo el vástago de un comandante de la Guardia Civil, Evaristo Torrecuadrada (José Manuel Cervino), típico fascista nostálgico que adora las torturas y las armas, ve con desconfianza el ascenso de los socialistas y por supuesto intenta convertir en militar o policía a su hijo y hasta lo lleva a un prostíbulo y le paga una puta cara cuando cumple 18 años, riéndose en la sala de espera con las meretrices a pesar del hecho de que su mujer, Eulalia (Queta Ariel), con la que además tiene dos nenas chiquitas, está muriendo de cáncer de ovarios y depende de inyecciones de morfina para mitigar el dolor. El grueso del relato se concentra en Paco porque es el caso más grosero de contraposición entre existencia familiar burguesa idílica, por lo menos bajo los criterios conservadores del período, y la infaltable “doble vida” que lleva con Urko y toda la fauna colorida de la Bilbao marginal, por ello ambos pasan de la cocaína, la marihuana y las anfetaminas a la droga más peligrosa y popular del momento, la heroína, y por ello el retoño del franquista suele intimar con el escultor homosexual Mikel Orbea (Enrique San Francisco) y la prostituta argentina Betty (Andrea Albani), amén de pagarse el vicio vendiendo heroína en las calles junto a Aramendía para El Cojo (Ovidi Montllor), un conocido de Betty y narcotraficante menor que vive en un departamento con su pareja embarazada y drogadicta, Pilar (Marta Molins), quien llega a ponerle heroína en el chupete al crío cuando nace para que deje de llorar todo el día por su adicción prenatal. Luego de salvar a su padre de un intento de asesinato nocturno, Paco es entrevistado para la TV y El Cojo decide dejar de comerciar con el dúo de amigos porque ahora son conocidos, así las cosas el muchacho le roba a Eulalia cinco ampollas de morfina y después le termina confesando su adicción a Evaristo, con el que se pelea para dejar el hogar y mudarse con Mikel, logrando desintoxicarse hasta que vuelve a engancharse en la casa de Betty y junto a Urko deciden robar a El Cojo con una pistola sustraída al comandante de la Guardia Civil.
Mientras que El Pico 2 es una faena rutinaria orientada al drama carcelario y esa suerte de profesionalización delictiva de Paco, todo por el asesinato de El Cojo y Pilar y el encuentro en prisión con El Pirri (José Luis Fernández Eguía) y El Lehendakari (Jaume Valls), el film original, en cambio, juega con la tragedia familiar y analiza con esmero la relación entre padre e hijo, la propensión social a excluir al adicto y especialmente la complicidad entre las fuerzas de represión y el aparato político en lo que respecta a un pacto para garantizar la impunidad de los esbirros del franquismo -civiles y militares- durante esta etapa posterior democrática, de allí que El Pico explore el inusitado vínculo entre Evaristo y Martín, otrora represor y reprimido, cuando a ojos de los involucrados las circunstancias reclaman un pragmatismo que deje de lado la ideología y la justicia, en este sentido la solidaridad entre ambos padres no se reduce a la adicción de sus hijos sino que además abarca el duelo, en el caso del fascista por su esposa y en lo que atañe al independentista vasco por su vástago, Urko, el cual fallece de sobredosis luego del robo de cien gramos de heroína a El Cojo y de inyectarse sin parar durante jornadas enteras con Paco. Si bien El Pico 2 exacerba el gore y niega la fórmula discursiva porque reclama condenas a lo policial negro mientras continúa denunciando la corrupción institucional, El Pico juega un poco más con la ambigüedad de la hermandad entre política y fuerzas de represión a la salida de la dictadura y ofrece un combo más completo y visceral de voluntad shockeante, pensemos en tamaña mixtura de narcotráfico, violencia, un bebé adicto, policías torturadores, un ménage à trois con Betty, referencias gay, cámara lenta y superposiciones para el síndrome de abstinencia y hasta jeringas realmente clavadas en brazos y apuntes rockeros vía los afiches de David Bowie, Queen, Lou Reed y AC/DC. De la Iglesia, quien sería expulsado de la industria española del cine al punto de sólo poder dirigir un film más luego de La Estanquera de Vallecas, la fallida Los Novios Búlgaros (2003), por su idiosincrasia iconoclasta, por su tendencia a la drogodependencia y la depresión y por asociarse con actores amateurs de origen humilde que terminaron muertos a corta edad, como Albani, Fernández Eguía y su pareja Manzano, aquí por cierto compensa sus dos problemas de siempre, las actuaciones flojas y algunos instantes melosos, con un cóctel molotov de alto impacto que destroza el ideario fascista del honor, el orgullo y la seguridad en torno a las “obligaciones” que impone la sociedad…
El Pico (España, 1983)
Dirección: Eloy de la Iglesia. Guión: Eloy de la Iglesia y Gonzalo Goicoechea. Elenco: José Luis Manzano, Javier García, José Manuel Cervino, Luis Iriondo, Enrique San Francisco, Ovidi Montllor, Andrea Albani, Marta Molins, Queta Ariel, Pedro Nieva Parola. Producción: José Antonio Pérez Giner. Duración: 105 minutos.