El Ladrón y el Zapatero (The Thief and the Cobbler)

Herramientas de la magia

Por Emiliano Fernández

Hablar de Richard Williams (1933-2019) es sinónimo de analizar la película que concibió como su obra maestra y como el mayor logro de la animación internacional, El Ladrón y el Zapatero (The Thief and the Cobbler, 1992), un trabajo que quedó incompleto luego de atravesar la friolera de casi tres décadas de producción y una infinidad de problemas que tuvieron que ver con el carácter meticuloso y perfeccionista del animador canadiense, la complejidad de la propuesta en sí y la ausencia de fondos suficientes debido al sustrato independiente de la odisea y una identidad ultra inconformista juzgada “poco atractiva”, completamente alejada de los clichés del mainstream, destinada en primera instancia a los adultos y con dos protagonistas silentes y pocos diálogos en general. Williams desarrolló gran parte de su carrera en el Reino Unido y con su equipo de trabajo completó cientos y cientos de comerciales televisivos, su principal sustento, mientras de a poco se ganaba la fama de genio de la animación con un estilo muy específico vinculado a los dibujos a mano de impronta muy caricaturesca, a primera vista sencillos aunque siempre insertados en un contexto extremadamente insólito y enriquecido, así con el transcurso de los muchos años nos legó diversas joyas como los cortometrajes La Pequeña Isla (The Little Island, 1958), Cuento de Navidad (A Christmas Carol, 1971), El Regalo de Ziggy (Ziggy’s Gift, 1982), Dibujos del Circo (Circus Drawings, 2010) y Prólogo (Prologue, 2015), el largo Raggedy Ann & Andy: Una Aventura Musical (Raggedy Ann & Andy: A Musical Adventure, 1977) y las secuencias de créditos y otras intermedias de films como ¿Qué Pasa, Pussycat? (What’s New Pussycat?, 1965), de Clive Donner, El Liquidador (The Liquidator, 1965), de Jack Cardiff, Algo Gracioso Sucedió Camino al Foro (A Funny Thing Happened on the Way to the Forum, 1966), de Richard Lester, Casino Royale (1967), aquel opus de Val Guest, Ken Hughes, John Huston, Joseph McGrath y Robert Parrish, La Carga de la Brigada Ligera (The Charge of the Light Brigade, 1968), obra de Tony Richardson, ¿Podrá Heironymus Merkin Olvidar Alguna vez a Mercy Humppe y Encontrar la Verdadera Felicidad? (Can Heironymus Merkin Ever Forget Mercy Humppe and Find True Happiness?, 1969), de Anthony Newley, Cada Hogar Debería Tener Una (Every Home Should Have One, 1970), de Jim Clark, y El Regreso de la Pantera Rosa (The Return of the Pink Panther, 1975) y La Pantera Rosa Ataca de Nuevo (The Pink Panther Strikes Again, 1976), aquellas maravillas de Blake Edwards con el extraordinario Peter Sellers como el Inspector Jacques Clouseau.

 

Sin embargo es El Ladrón y el Zapatero, incluso más que su otro trabajo conocido por el público cinéfilo planetario, ¿Quién Engañó a Roger Rabbit? (Who Framed Roger Rabbit?, 1988), al servicio de Robert Zemeckis, el que acumula todas las miradas por su calidad y ese doloroso derrotero detrás, recordemos que el proyecto nace a mediados de la década del 60 como Nasrudin con la idea de oficiar de doble adaptación de Nasreddin Hodja, célebre personaje del folklore musulmán, y Las Mil y una Noches (Alf Laylah wa-Laylah, Siglos IX y X), la antología narrativa más famosa de Medio Oriente, no obstante problemas con un financiamiento inestable y el ritmo siempre lento de trabajo de Williams obstaculizaron la producción a lo largo de los años 70 y 80 mientras el canadiense se volcaba a la publicidad para sobrevivir y continuaba expandiendo la magnitud del largometraje planeado, por un lado inspirándose en el arte hindú y persa y en el acervo promedio del estudio de animación Producciones Unidas de América (United Productions of America o UPA), responsable de los seriales históricos de Mr. Magoo y Dick Tracy, y por el otro lado contratando a muchas luminarias de aquella Era Dorada de la Animación Estadounidense (1928-1968), de quienes aprendió todas las técnicas necesarias para materializar las ambiciosas escenas. A fines de los 80 un Steven Spielberg en formato productor, impresionado por versiones en desarrollo de El Ladrón y el Zapatero, le encarga al artesano canadiense toda la animación de ¿Quién Engañó a Roger Rabbit?, película de Zemeckis que resulta un enorme éxito de taquilla, difunde el talento de Williams entre los que aún no lo conocían y desencadena un acuerdo de financiamiento y distribución con Warner Bros., alegría que dura tres años -entre 1989 y 1992- hasta que la gigantesca empresa hollywoodense se cansa de esperar, se asusta de lo hecho hasta el momento y cuando faltaban animar apenas unos 10 o 15 minutos le pasa el proyecto a The Completion Bond Company, una aseguradora de “film finiquitado sí o sí” que le quita el mando a Richard y se lo entrega a Fred Calvert, quien reedita la propuesta y agrega voces, metraje y cuatro canciones para construir un musical a lo Disney semejante a Aladdín (1992), de John Musker y Ron Clements. La versión mutilada de Calvert se estrena en los mercados sudafricano y australiano bajo el título de La Princesa y el Zapatero (The Princess and the Cobbler, 1993), pivote a su vez para una lectura aún más calamitosa y más fragmentada a cargo de ese excrementicio Harvey Weinstein de Miramax Films, Caballero Árabe (Arabian Knight, 1995), efectivamente la acepción distribuida en el mercado yanqui.

 

El detonante para que la película sea consideraba poco comercial y entregada de inmediato a The Completion Bond Company y por consiguiente al testaferro y verdugo, Calvert, fue una versión en crudo/ “workprint” que Williams armó en 1992 bajo insistencia de Warner Bros. -conformada por metraje terminado, múltiples storyboards y dibujos con lápices- y que de allí en más se convertiría en eje de todos los intentos posteriores de restauración ya que sintetiza la idiosincrasia experimental del canadiense y sus intenciones en materia de la estructuración de las tomas y las escenas. La relectura más difundida en el Siglo XXI es la denominada The Recobbled Cut que construyó en 2006 el director, periodista y animador norteamericano Garrett Gilchrist a partir del workprint de 1992, trabajo que fue creciendo con los años a medida que se difundía el corte de Gilchrist y le llegaba más material inédito cortesía de los cientos de animadores que trabajaron bajo la batuta de Williams, subrayando que hablamos del proyecto privado de restauración más importante y voluminoso del nuevo milenio. La cuarta versión de The Recobbled Cut, llamada Mark 4 y lanzada en 2013 con 100 minutos de duración, es la última y la más completa a la fecha porque engloba todo el material disponible, incluye una media hora en alta definición y termina de cerrar a escala retórica el relato principal. El guión de Williams y Margaret French, su esposa de los años 70, incluye referencias varias a Intolerancia (Intolerance, 1916), de D.W. Griffith, y El Acorazado Potemkin (Bronenosets Potemkin, 1925), de Serguéi Eisenstein, y se centra en los dos personajes mudos del título, un zapatero bautizado Tack/ Tachuela y un ladrón sin nombre hiper mugriento y siempre acompañado de un montón de moscas, cuyos destinos se entrelazan cuando el segundo ingresa en la casa del primero y ambos terminan con sus ropajes cosidos, cayendo hacia el exterior y desparramando, precisamente, tachuelas sobre el camino, así una de las cuales es pisada por Zigzag (Vincent Price), el temible visir de la Ciudad Dorada, gran metrópoli Estado controlada por el narcoléptico Rey Nod (Anthony Quayle). Zigzag ordena la detención de Tack con la idea de hacerlo decapitar en palacio pero la hija del soberano, la hermosa Princesa Yum-Yum (Sara Crowe), se interesa en él y rompe uno de sus zapatos para que el muchacho lo repare, por ello surge el amor mientras el visir planea casarse con la joven para eventualmente acceder al trono y el ladrón, por su parte, se mete en los aposentos del monarca a través del drenaje y se obsesiona con robar tres míticas bolas de oro que coronan el alminar más elevado, las protectoras de la ciudad.

 

Si el ladrón toma la forma del payaso de cara blanca o clown, ese taimado y gélido que en términos paradigmáticos representa el mundo maquiavélico de los adultos, el zapatero hace las veces del payaso augusto, el que acumula obstáculos y sale indemne porque simboliza la anarquía del mundo infantil y/ o la falta de respeto a las figuras de autoridad, las leyes y las instituciones, complementación conceptual explorada en pantalla mediante una de las secuencias que ambos comparten con cita incluida a Sopa de Ganso (Duck Soup, 1933), de Leo McCarey, la del robo del zapato de Yum-Yum y la persecución subsiguiente dentro del palacio, apuntalada en el eterno ratero haciendo lo que siempre hizo y en Tack tratando de validar su razón de ser, la reparación del calzado, y yendo a parar a un calabozo a instancias del Zigzag del supremo Price, quien pretende convertirlo en alimento para su mascota, Fido (Donald Pleasence), ave de rapiña a la que fastidia y vive prendiendo fuego por accidente. El punto de quiebre de la narración coincide con el escape del zapatero, el robo de las tres bolas del alminar por parte del ladrón vía sucesivos saltos con pértiga, la llegada de un soldado moribundo con una alerta sobre un ejército invasor y el intento del psicopático visir de hacerse con la mano de la princesa una vez que sus cómplices recuperan las bolas, sin embargo el raudo rechazo del Rey Nod lleva a Zigzag, además un ilusionista mediocre que inexplicablemente sólo habla en rima, a ofrecer sus servicios al enemigo, el Todopoderoso Un Ojo (Christopher Greener), jerarca megalómano de una raza de cíclopes que pretenden tomar posesión de la Ciudad Dorada. El progenitor de Yum-Yum la envía, junto a Tack y la nodriza avejentada aunque luchadora experta de la muchacha (Joan Sims), a los montañas del desierto para consultarle a una bruja lunática y sabia (Sims de nuevo) cómo salvar la metrópoli, faena en la que se topan con una banda de bandidos tontos a los que ella nombra su Guardia Real, al mando del Jefe Sin Techo (Windsor Davies), y en la que son seguidos por el ladrón, ahora obsesionado con robar un rubí en la frente de un ídolo que con la luz del sol señala una puerta oculta para acceder a la montaña de la hechicera, esa con forma de mano que se cae a pedazos luego de que la anciana revela que Tack es quien detendrá la acometida de los cíclopes. Dicho y hecho, el humilde joven le lanza una tachuela a Zigzag que provoca una reacción en cadena que destruye la maquinaria bélica de Un Ojo, todo mientras el visir muere devorado por Fido y unos cocodrilos que esclavizó y el ladrón pasa de querer robar el rubí con alas improvisadas a terminar renunciando a las bolas totémicas.

 

Más allá de si es verdad o no que la única línea de diálogo del zapatero, ese “te amo” que le dedica a la princesa en la boda final, fue responsabilidad de Sean Connery, algo desmentido por un Williams que precisamente nunca fue una fuente fidedigna de datos, lo cierto es que El Ladrón y el Zapatero sobrepasa por mucho toda la leyenda de su traumática producción, periplo analizado en La Persistencia de la Visión (Persistence of Vision, 2012), documental de Kevin Schreck sobre el tema, y se abre camino como una de las mejores y más libres, imaginativas y fascinantes películas de animación de la historia del cine, una obra de arte inmaculada en la que cada minuto de metraje equivale a un año de producción mainstream e indie en lo que atañe a sutileza, inventiva, humanismo, complejidad, belleza, dedicación, desarrollo de personajes y diseño general en consonancia con ese dejo caricaturesco y muy estrafalario que siempre marcó el estilo de Williams y que niega por completo la horrenda obsesión de los años 90 en adelante con la animación fotorrealista y/ o digital desabrida, de allí que las criaturas grotescas y misteriosas de Richard, dibujadas a mano y tantas veces moviéndose en fondos absurdos o en tres dimensiones artesanales, exuden una vitalidad despampanante mientras el grueso de la animación actual está consagrada a maniquíes sin alma o personajes prefabricados, redundantes y estériles. A pesar de que el ladrón encarna la picardía popular ventajista y el zapatero la inocencia que no se deja martirizar, ambos se parecen en su pobreza, una falta de voz que no les impide hacerse entender y la condición de ser esclavos de sus compulsiones, el primero arrastrando su cleptomanía adonde quiera que vaya -junto con sus moscas y sus preciadas manos- y el segundo consagrado a reparar calzado hasta en sus sueños, siempre con las tachuelas, el martillo, unos hilos dorados y la aguja, las herramientas de su magia. Si el Rey Nod simboliza el poder somnoliento, lelo y manipulable y su hija una sensatez pragmática y de buen corazón, Zigzag es la efigie del gurú mitómano, demagogo y narcisista posmoderno y Un Ojo del fascismo imperialista de conquista predatoria/ parasitaria, lo que enfatiza tanto el fuerte pesimismo de fondo, ya que nadie puede dejar de ser lo que es, como la gloriosa utilización del surrealismo mordaz en la persecución por el palacio, el partido de polo con los ponis, la destrucción del dantesco ejército invasor, las correrías del ladrón símil slapstick chaplinesco y el recordado robo de la película en su conjunto por parte de nuestro querido ratero cual relectura del desenlace de Carretera Asfaltada en Dos Direcciones (Two-Lane Blacktop, 1971), de Monte Hellman…

 

El Ladrón y el Zapatero (The Thief and the Cobbler, Estados Unidos/ Reino Unido/ Canadá, 1992)

Dirección: Richard Williams. Guión: Richard Williams y Margaret French. Elenco: Vincent Price, Sara Crowe, Anthony Quayle, Joan Sims, Christopher Greener, Donald Pleasence, Felix Aylmer, Clinton Sundberg, Kenneth Williams, Stanley Baxter. Producción: Richard Williams, Imogen Sutton y Gary Kurtz. Duración: 100 minutos.

Puntaje: 10