Un problema recurrente del cine del Siglo XXI, algo que por cierto es posible extender a casi todas las artes, pasa por la incapacidad de aprovechar una premisa a priori interesante debido a un surtido de inconvenientes que se podrían resumir en la mala o nula formación humanista de los cineastas, la mediocridad de los jefes de las productoras y/ o estudios, la concentración capitalista de la industria en una globalización en crisis, la estandarización marketinera que se deriva de ello, la ausencia de artistas verdaderamente autónomos o aguerridos o siquiera valiosos y cierto “olvido” general a la hora de construir una trama sin baches y con paciencia, lejos del déficit de atención de los bobos del público y la prensa de hoy en día. Una excepción más que grata a este axioma del nuevo milenio es El Régimen de Jenny Pen (The Rule of Jenny Pen, 2024), segundo largometraje del neozelandés James Ashcroft que no sólo exprime con inteligencia su maravillosa idea de base, léase la guerra entre dos ancianos en un geriátrico que oficia de espacio claustrofóbico de pesadilla en donde la indiferencia de las autoridades constituye el leitmotiv, sino que corrige todos los errores que marcaron a su ópera prima, Volviendo a Casa en la Oscuridad (Coming Home in the Dark, 2021), un thriller de venganza bastante fallido que pretendía ser un estudio de las matanzas viscerales en sintonía con Michael Haneke o Sam Peckinpah pero en última instancia derrapaba en la inconsistencia y algunos virajes narrativos un tanto caprichosos por lo inverosímiles, en suma perdiéndose entre muchísimas propuestas del mismo tenor.
Ashcroft, un intérprete de reparto que saltó a la dirección y los guiones luego de pasar por bodrios del enclave anglosajón como Gatúbela (Catwoman, 2004), de Jean-Christophe “Pitof” Comar, y King Kong (2005), de Peter Jackson, y alguna joyita vernácula de la talla de Muerte en la Granja (Black Sheep, 2006), de Jonathan King, aquí insólitamente encara el proyecto con los mismos exactos cómplices del debut, el coguionista Eli Kent y el autor del cuento corto original Owen Marshall, como decíamos antes generando un resultado positivo después de aprender de sus propios errores. Justo cuando estaba sentenciando a un tal Grant Holloway (Orlando Stewart) a 16 años de prisión por violar a un menor de edad y fustigando a su pareja por facilitar la situación, el juez Stefan Mortensen (Geoffrey Rush) sufre un accidente cerebrovascular y termina en una silla de ruedas con la mitad del cuerpo semi inerte, en sí confinado a un asilo de ancianos y centro de rehabilitación de impronta modesta, Royal Pine Mews, y específicamente a un cuarto con Tony Garfield (George Henare), ex estrella de rugby de ascendencia maorí que jugó para el seleccionado nacional y está siendo sometido a toda clase de abusos por parte de otro residente/ paciente, Dave Crealy (John Lithgow), un sádico que trabajó décadas y décadas en el lugar como empleado de limpieza/ maestranza y que hoy fetichiza al títere de una beba a la que llama Jenny Pen, precisamente la responsable del régimen de terror del título vinculado a toda la amargura de una vida desperdiciada al servicio de otros y siempre rodeada de cuasi cadáveres parlantes.
Más cerca de la histeria femenina psicopática de ¿Qué Pasó con Baby Jane? (What Ever Happened to Baby Jane?, 1962), de Robert Aldrich, y Misery (1990), de Rob Reiner, que de las estratagemas masculinas cerebrales de Juego Mortal (Sleuth, 1972), de Joseph L. Mankiewicz, y Trampa Mortal (Deathtrap, 1982), neoclásico de Sidney Lumet, la película de Ashcroft por momentos se asemeja a una comedia negra, en otras ocasiones juega con el suspenso psicológico, después salta de repente al drama de convivencia e incluso no deja pasar la oportunidad de incorporar chispazos de terror fantasmal o surrealista porque el gato del geriátrico parece saber quién fallecerá a continuación y además el victimario y sus dos víctimas favoritas, tanto el cobardón y lúcido Tony como el rebelde y un poco demente Stefan, suelen sumergirse en fantasías alrededor del títere y sus tenebrosos ojitos rojos, tan llamativos como los lentes de contacto celestes de Lithgow y esa dentadura postiza con sus piezas amarillas y torcidas. El grueso del relato está consagrado con mano maestra a los intentos del juez de denunciar a Crealy ante la mandamás del asilo, la especialista en hacer oídos sordos Madeline Shepard (Holly Shanahan), y a sistematizar la catarata de atropellos del loquito, esos que incluyen tres asesinatos nocturnos, casos de abuso sexual en hombres y mujeres y un popurrí de barrabasadas como arrojar orina al prójimo, patearlo debajo de la mesa, ahorcar, pisar y robar comida a otros carcamales, jugar con sondas urinarias ajenas y obligar a los internos a besar el “culo” de la tremenda y siempre impiadosa Jenny, su mano.
Lo que podría constituir el punto flojo del film o el detalle inverosímil a lo Volviendo a Casa en la Oscuridad y su violencia ridícula, la posibilidad de que Dave se pasee con total impunidad por el geriátrico cometiendo aberraciones con apenas un pase vetusto de staff que abre todas las puertas, se transforma en la fortaleza retórica de El Régimen de Jenny Pen porque desencadena el contraataque en soledad de Stefan y permite profundizar en ese latiguillo conceptual de fondo sintetizado en el proverbio predilecto del juez, “donde no hay leones, reinan las hienas”, sin comprender que él también es una hiena del poder como su victimario y en todo caso los leones, el personal apático o ingenuo de Royal Pine Mews, no imponen respeto alguno y efectivamente por ello las hienas se les ríen en las caras todo el tiempo, dando cuenta de una fragilidad ambigua que todavía puede provocar daño. Este abandono de los débiles por parte de los matasanos, las enfermeras y la fauna burocrática del lugar, convalidando tácitamente en su estupidez y soberbia el accionar del verdugo resentido y cínico de la tercera edad, nos deja con escenas brillantes como la del borracho que se prende fuego a lo bonzo de modo accidental, la del intento de suicidio en la bañera de Mortensen, la de la pista de baile con Crealy pisando a todos, aquella de las patadas debajo de la mesa contra el juez, la secuencia hitchcockiana del asesinato de la anciana en el exterior, el contraataque de los inhaladores vacíos, la escena del abuso sexual contra otra veterana y el enfrentamiento final minimalista en la habitación de las toallas y las sábanas. Ashcroft, más allá de por supuesto aprovechar la labor de dos bestias sagradas del cine como el australiano Rush y el estadounidense Lithgow, actores heterogéneos de raza como ya casi no existen, analiza muy bien las tres principales estrategias de los psicópatas para salir indemnes, hablamos de la autovictimización, las mentiras y el amedrentamiento de una fauna vulgar que a su vez se mueve entre el conformismo y la pusilanimidad de tipo egoísta porque de unirse todos los viejos podrían dar de baja al chiflado amoral que los brutaliza, como bien subraya el desenlace cuando por fin los compañeros de cuarto se asocian para reventar a Crealy y su alter ego o secuaz simbólico, Pen. La película sabe que el geriátrico podría oficiar de metáfora de toda la sociedad en consonancia con clásicos de la psiquiatría espantosa que deshumaniza, como Corredor sin Retorno (Shock Corridor, 1963), joya de Samuel Fuller, y Atrapado sin Salida (One Flew Over the Cuckoo’s Nest, 1975), de Milos Forman, por ello evita el cliché ideológico, la denuncia del edadismo, y enfatiza en cambio la descomposición cognitiva de las personas y la naturaleza repetitiva y cíclica del poder y de una institucionalización que sólo funciona cuando los demonios diarios desaparecen…
El Régimen de Jenny Pen (The Rule of Jenny Pen, Nueva Zelanda, 2024)
Dirección: James Ashcroft. Guión: James Ashcroft y Eli Kent. Elenco: John Lithgow, Geoffrey Rush, George Henare, Holly Shanahan, Fiona Collins, Yvette Parsons, Ian Mune, Maaka Pohatu, Hilary Norris, Jane Waddell. Producción: Catherine Fitzgerald y Orlando Stewart. Duración: 104 minutos.