Walker

Huestes imperialistas del absurdo

Por Emiliano Fernández

De entre todos los filibusteros de mediados del Siglo XIX, William Walker (1824-1860) sobresale porque resultó mínimamente exitoso si lo comparamos con las raudas derrotas de quienes inspiraron sus incursiones imperialistas, Narciso López y Gastón de Raousset-Boulbon, ya que luego de ver frustrados sus intentos de conquistar parte de México, donde fundó las efímeras República de Baja California y República de Sonora, llegó a coronarse como presidente de Nicaragua entre 1856 y 1857 cuando una banda de sus mercenarios, borrachines, menesterosos y piratas varios invadió el país en momentos en que estaba preso de una Guerra Civil entre legitimistas y democráticos, los primeros unos conservadores asentados en Granada y aliados al Reino Unido y los segundos unos liberales simpatizantes de los norteamericanos concentrados en la ciudad de León, lo que derivó primero en una traición por parte de Walker, quien de pelear en nombre de los democráticos junto a su pandilla, bautizada “Los Inmortales”, pasó a independizarse de su causa y a reinstaurar la esclavitud en la nación con vistas a anexionarla a futuro en favor de los Estados del sur norteamericano, y segundo en la formación de un ejército conjunto centroamericano por parte de Honduras, El Salvador, Costa Rica, Guatemala y hasta los propios nicaragüenses porque legitimistas y democráticos eventualmente firmarían la paz para unirse y expulsar al forastero. El absurdo de toda la faena del filibustero y la pretensión de colonizar zonas que no sólo ya estaban colonizadas sino que respondían a autoridades constituidas y a Estados de características modernas, provocando además el fusilamiento de Walker en Honduras luego de la friolera de tres expediciones posteriores a América Central después de ser derrotado por la coalición de las fuerzas militares, se condicen con la ideología de moda entre las huestes imperiales de Estados Unidos en los años previos a la Guerra de Secesión (1861-1865), aquella del llamado “Destino Manifiesto”, una doctrina racista, esclavista y chauvinista que proclamaba la superioridad de los blancos estadounidenses y la voluntad de Dios de llevar adelante campañas bélicas para expandir los dominios del país bajo la excusa de exportar la democracia y los valores e instituciones locales hacia las regiones vecinas y más allá, lo que Walker interpretó desde la ceguera política del sur norteamericano y su voracidad en materia de extender todas las plantaciones esclavistas de algodón utilizando a Centroamérica como terreno virgen y fecundo, empresa que haría peligrar los intereses británicos en la zona y colapsaría bajo su propia avaricia al punto de generar la Guerra Civil Norteamericana como si se tratase de un consuelo independentista de los jerarcas sureños.

 

Alex Cox estaba en lo mejor de su carrera, aquel período que va desde El Reclamador (Repo Man, 1984) y Sid & Nancy (1986) hasta Directo al Infierno (Straight to Hell, 1987) y El Patrullero (1991), antes de que empiece la etapa de la decadencia con El Ganador (The Winner, 1996), cuando decide retomar la historia del célebre filibustero, sobre todo en busca de construir una alegoría entre el pasado y el presente de Nicaragua y las incursiones imperialistas estadounidenses, y para ello le encarga el guión al mítico y siempre peculiar Rudy Wurlitzer, gran responsable de la trama de opus como Carretera Asfaltada en Dos Direcciones (Two-Lane Blacktop, 1971), de Monte Hellman, Pat Garrett & Billy the Kid (1973), de Sam Peckinpah, Regreso sin Gloria (Coming Home, 1978), de Hal Ashby, El Viajero (Voyager, 1991), de Volker Schlöndorff, y Pequeño Buda (Little Buddha, 1993), de Bernardo Bertolucci. El director inglés, fiel defensor del ideario punk desde sus comienzos, una vez más se caga olímpicamente en el sistema de estudios hollywoodenses en ocasión de la despampanante Walker (1987), su segunda y última obra dentro del mainstream después de El Reclamador y financiada por la Universal Pictures, multinacional que pretendía una faena de época para el mercado cinematográfico anodino tradicional y que se topó con un experimento de índole surrealista y muy volcado a una izquierda alucinada repleto de anacronismos intencionales, escenas delirantes, carnicerías sin fin, chispazos de comedia negra, mucha sátira política, hipérboles y el paradigmático amor de siempre de Cox para con el spaghetti western como género y forma de ver y encarar el séptimo arte. El gesto iconoclasta y la furia que anidaba detrás le ganaron al realizador que su propuesta fuese estrenada de manera muy limitada y sin promoción alguna y lo llevaron a su inclusión en las listas negras tácitas de la todopoderosa industria cultural yanqui, obligándolo a retomar las producciones independientes a partir de El Patrullero en adelante y a su vez siguiendo el camino ya trazado por las recordadas Sid & Nancy y Directo al Infierno, episodio que en su conjunto dio forma a una de las películas más extrañas de la década del 80 y con más referencias a monstruos sagrados del inconformismo como por ejemplo Peckinpah, aludido vía las gloriosas cámaras lentas durante las balaceras, Sergio Leone, de quien se retoman aquellos primerísimos primeros planos recurrentes en El Bueno, el Malo y el Feo (Il Buono, il Brutto, il Cattivo, 1966), y Werner Herzog, cuyas Aguirre, la Ira de Dios (Aguirre, der Zorn Gottes, 1972) y Fitzcarraldo (1982) constituyen sin duda alguna modelos para esta aventura a toda pompa de otro explorador enajenado y ambicioso en plan autodestructivo.

 

Como suele suceder en la trayectoria de Cox, el film no responde a un andamiaje narrativo estándar y toma la forma de una colección de viñetas más o menos interconectadas que giran alrededor de la premisa de base, la campaña en Nicaragua de William Walker (Ed Harris), tomándose muchas libertades históricas aunque curiosamente también capturando con gran fidelidad el espíritu de las acometidas imperialistas del filibustero, sus desvaríos y la oposición política y militar que encontró en su accidentado periplo. Luego de huir de Sonora en medio de una tormenta de polvo ante el cuantioso fuego de las tropas mexicanas acechantes, el protagonista es acusado de violar la Ley de Neutralidad de 1794, la cual prohíbe a cualquier norteamericano entablar acciones armadas contra naciones en paz con Estados Unidos, y juzgado en un proceso farsesco en el que es declarado inocente frente al evidente apoyo popular e institucional del que gozan sus arremetidas colonizadoras en territorios ajenos bajo la doctrina del Destino Manifiesto. Si bien en un principio pretende fundar un periódico, afirma despreciar la esclavitud y promete abandonar sus correrías y quedarse a vivir con su prometida, la sorda Ellen Martin (Marlee Matlin), cuando la mujer de repente muere de cólera se embarca una vez más hacia el extranjero aunque ahora perfilando hacia la ignota Nicaragua, pequeño país que se había transformado en la segunda ruta preferida -luego de Panamá- para transportar oro desde los flamantes yacimientos de California hacia la Costa Este de Estados Unidos, uniendo los océanos Pacífico y Atlántico. Financiado por el oligarca Cornelius Vanderbilt (un sublime Peter Boyle), millonario que controla el transporte en Nicaragua y pretende estabilidad y el fin de la Guerra Civil entre legitimistas y democráticos, Walker de hecho toma posesión del país luchando dentro del bando de los democráticos y acompañado de segundones bastante bizarros como el negro Hornsby (Sy Richardson), el francés Siegfried Hennington (René Auberjonois), el abogado y mediador Byron Cole (Xander Berkeley) y el alemán Bruno von Natzmer (Karl Braun). Primero rechaza la presidencia y se la cede a un político vernáculo popular, Corral (Enrique Beraza), pero después lo hace fusilar porque pretendía organizar un ejército con Honduras, El Salvador y Guatemala para derrocar al estadounidense, quien no sólo se vuelve más y más despótico con el transcurso del tiempo sino que reintroduce la esclavitud para sumar al país a la futura Confederación, no obstante la extinción de su proyecto llega cuando quema la ciudad de Granada, unificando a todos los centroamericanos contra su persona, y le quita la concesión monopólica de transporte a Vanderbilt, ya perdiendo el apoyo norteamericano.

 

Entre homenajes al cine mudo y los westerns europeos y crepusculares yanquis, una bella efervescencia gore, mucho humor negro a lo parodia política y la graciosa aparición de armamento moderno, revistas como Newsweek y Time y ese helicóptero y esos militares norteamericanos del desenlace, justo antes de que Walker sea abandonado a su suerte y fusilado en una playa, el opus de Cox satiriza asimismo el rol servil y legitimador para con el poder frente a la opinión pública de la prensa partidista, en pantalla representada por el diario que funda/ controla el protagonista, El Nicaragüense, y la condición de putas de la oligarquía y de los cipayos de la mayoría de las figuras dirigentes, desde las clásicas maquiavélicas/ acomodaticias/ pancistas representadas en Doña Yrena (Blanca Guerra), primero amante de Corral y luego de Walker, hasta los payasos mesiánicos, mentirosos y contradictorios hasta el extremo de la locura como el propio filibustero, cuyas actitudes hacia la esclavitud, el trato de los opositores y las supuestas bondades de la democracia en su acepción estadounidense varían según el contexto y las alianzas de turno aunque siempre colocándose a sí mismo como una entidad iluminada y solemne que para colmo nos relata en off sus aventuras mediante soliloquios que no se condicen para nada con la realidad o que simplemente la tergiversan para acomodarla a su inmaculada misión “civilizadora” sobre los centroamericanos. Sirviéndose de la afable música incidental de Joe Strummer de The Clash, con quien ya había colaborado en Sid & Nancy y Directo al Infierno, y de una genial actuación de parte de Ed Harris, aquí por momentos en éxtasis y en otras ocasiones muy controlado vía una cara de piedra fascinante y todo terreno cual comedia absurda, irónica y desaforada símil Terry Gilliam o los Monty Python, intérprete que para entonces venía de participar en realizaciones como Coma (1978), de Michael Crichton, Masacre en la Frontera (Borderline, 1980), de Jerrold Freedman, Caballeros de Acero (Knightriders, 1981) y Creepshow (1982), ambas de George A. Romero, Bajo Fuego (Under Fire, 1983), de Roger Spottiswoode, Los Elegidos de la Gloria (The Right Stuff, 1983), de Philip Kaufman, En un Lugar del Corazón (Places in the Heart, 1984), de Robert Benton, La Bahía del Odio (Alamo Bay, 1985), de Louis Malle, y Dulces Sueños (Sweet Dreams, 1985), de Karel Reisz, el director por un lado denuncia la complicidad depredadora entre determinada parte de la sociedad local -léase el empresariado, la aristocracia implícita y sus socios políticos- y las huestes imperialistas foráneas, y por el otro lado opta por un enfoque diametralmente opuesto en relación a su homólogo testimonial serio clásico de Queimada (1969), de Gillo Pontecorvo, la otra propuesta inspirada a lo lejos en el filibustero, allí interpretado por nada menos que Marlon Brando. Las acometidas fallidas de Walker, de las que surgió en términos prácticos el concepto de América Latina al punto de reemplazar en la historiografía oficial a las guerras de independencia que las naciones centroamericanas no experimentaron, son utilizadas por Cox como una metáfora, explicitada en un montaje documental visceral durante los créditos finales, de lo que ocurría a mediados de los 80 en Nicaragua de la mano de la lucha entre el gobierno del Frente Sandinista de Liberación Nacional, encabezado por Daniel Ortega, uno de los artífices principales de la Revolución Sandinista que derrocó a la dictadura de la familia Somoza, y los Contras, unos grupos terroristas financiados por Estados Unidos en el marco de la Guerra Fría que se la pasaron cometiendo numerosos crímenes de guerra y de lesa humanidad contra los simpatizantes del gobierno de izquierda, en esencia un cúmulo de milicias y exagentes del régimen somocista apoyados por la CIA durante la administración de Ronald Reagan en la Casa Blanca que finalmente se desarmaron a partir de la llegada al poder en 1990 de Violeta Chamorro, clara opositora al Frente Sandinista de Liberación Nacional, a posteriori del Escándalo Irán-Contra de 1985 y 1986, en el que se descubrió que miembros del gobierno republicano le vendieron armas a Irán, sobre el cual pesaba un embargo armamentístico decretado por Estados Unidos, para financiar y equipar a los Contras en sus ataques contra el gobierno democrático de Ortega. Este sustrato de fábula tragicómica de Walker, acerca del absurdo de la imposición de criterios y agendas externas en países con sus propios problemas y sus propias relaciones de explotación, se complementa con la condena general del neocolonialismo económico que llevan adelante las potencias mundiales, sus compañías insignia y sus entidades financieras sobre el Tercer Mundo con la connivencia de las diferentes oligarquías locales y sus “amigotes” tanto de la fauna populista como de la lacra neoliberal posmoderna, dos mierdas que continúan hasta el día de hoy reproduciendo los mismos esquemas de sujeción y rapiña en sociedades que nunca salen del subdesarrollo…

 

Walker (Estados Unidos/ México, 1987)

Dirección: Alex Cox. Guión: Rudy Wurlitzer. Elenco: Ed Harris, Sy Richardson, René Auberjonois, Xander Berkeley, Richard Masur, Karl Braun, Peter Boyle, Marlee Matlin, Blanca Guerra, Enrique Beraza. Producción: Ángel Flores Marini y Lorenzo O’Brien. Duración: 94 minutos.

Puntaje: 9