La nueva película de Steven Soderbergh, Presencia (Presence, 2024), califica como otra de esas maravillas del que sin duda es el cineasta más imprevisible e inteligente de Estados Unidos, un director que nunca deja de sorprender al público y siempre tiende a despegarse del ambiente anquilosado/ conservador/ pobre del mainstream y el indie contemporáneos ofreciendo una fotografía y una edición despampanantes encaradas por él mismo bajo un par de seudónimos, en el primer caso Peter Andrews y en el segundo Mary Ann Bernard, precisamente los nombres de sus progenitores. En esta aventura audiovisual nos regala un thriller psicológico y fantasmal filmado desde el punto de vista del espectro de turno, lo que nos deja con una propuesta fascinante construida a través de largas tomas secuencias que hacen las veces de planos subjetivos sin jamás salir -por supuesto, como corresponde al ABC de las casas embrujadas- de la propiedad en cuestión, en pantalla una casona de dos pisos en la que nuestro poltergeist se desplaza confundiendo pasado y presente y tratando de descubrir quién es y por qué está allí, una bella excusa para que Soderbergh homologue cámara y espectador, dos ópticas de neto corte voyeurista, y en suma regrese a una retahíla de obsesiones temáticas de larga data que incluyen el consabido control social, dimensión fundamental dentro del capitalismo salvaje de los años 90 en adelante, y la crisis en los terrenos conectados de la identidad, la moral, la comunicación, la convivencia y la justicia más prosaica, esa que si se legitimase con fallos ejemplares sería respetada por las masas.
Todo comienza con la venta del caserón por parte de una agente inmobiliaria, Cece (Julia Fox), a una familia de la alta burguesía encabezada por el matrimonio de Rebekah (Lucy Liu) y Chris Payne (Chris Sullivan), quienes tienen dos hijos adolescentes, el mayor Tyler (Eddy Maday) y la menor Chloe (Callina Liang), esta última la única con la capacidad de sentir la “presencia” del título porque viene de perder a su mejor amiga, Nadia, en lo que parece haber sido un fallecimiento accidental debido a la utilización de drogas, una de dos muertes recientes en la zona y ambas de contactos de Chloe. Mientras Chris consulta un abogado y considera separarse de su esposa, una workaholic que está cometiendo fraude financiero en la empresa en la que trabaja y que para colmo sólo tiene ojos para Tyler, a su vez un muchacho engreído que no se lleva bien con su hermana, el fantasma desarrolla un vínculo con la chica y de hecho “habita” el armario de su habitación al punto de ser testigo de la relación romántica que surge entre Chloe y un flamante amigo de Tyler que resulta ser todo un fanático del control y de los somníferos, Ryan (West Mulholland). Luego de que el potencial de bully/ abusón del hijo mayor sale a la luz con una tal Simone, compañera de colegio que padece una broma colectiva y la publicación de una foto íntima en Internet, la entidad se exhibe ante la parentela a toda pompa destrozando el cuarto del siempre soberbio o abiertamente agresivo Tyler, por ello no tardan en arribar a la casa una médium que es la cuñada latina de Cece, Lisa (Natalie Woolams-Torres), y su marido, Carl (Lucas Papaelias).
Soderbergh aquí maneja muy bien los tres pivotes centrales del guión del también veterano David Koepp, el mismo de la simpática Kimi (2022), hablamos del asesino en serie suelto que revienta a ninfas de colegio secundario, el carácter ambiguo y mayormente expectante del poltergeist y finalmente la misma dialéctica melodramática o en raudo declive del clan, marcado por los dos grupitos de Rebekah y Tyler por un lado, bien egoísta, y de Chris y Chloe por el otro, claramente cercano al humanismo de ultratumba del film en su conjunto porque el primero posee un background educativo católico y la segunda es la representante intra relato de uno de los latiguillos conceptuales preferidos del terror de fantasmas, léase ese dolor por el óbito del ser querido que abre las puertas de la percepción y nos acerca a la destreza de los médiums. La película, en términos de la idiosincrasia del realizador y su dejo camaleónico, se ubica a mitad de camino entre sus dramas melancólicos como Sexo, Mentiras y Video (Sex, Lies and Videotape, 1989), El Rey de la Colina (King of the Hill, 1993), Solaris (2002), Confesiones de una Prostituta de Lujo (The Girlfriend Experience, 2009) y Eros (2004), película ómnibus codirigida junto a Michelangelo Antonioni y Wong Kar-wai, y sus epopeyas de marco experimental en sintonía con Kafka (1991), Schizopolis (1996), Todo al Descubierto (Full Frontal, 2002), Bubble (2005), Perturbada (Unsane, 2018) y High Flying Bird (2019), estas dos últimas grabadas con cámaras de iPhones por más que toda la trayectoria del amigo Steven incluye diversas pinceladas inconformistas.
Como si se tratase de una mixtura entre la sensibilidad de Una Historia de Fantasmas (A Ghost Story, 2017), de David Lowery, el nerviosismo esporádico de Actividad Paranormal (Paranormal Activity, 2007), de Oren Peli, el fetiche del sadismo y la disciplina de Hereje (Heretic, 2024), de Scott Beck y Bryan Woods, y desde ya la primera persona permanente de La Dama del Lago (Lady in the Lake, 1946), aquel experimento de Robert Montgomery que tendría otros correlatos recientes en Enter the Void (2009), de Gaspar Noé, Hardcore Henry (2015), de Ilya Naishuller, y Nickel Boys (2024), de RaMell Ross, Presencia cuenta con un excelente soundtrack de Zack Ryan y con un dinamismo visual muy atractivo que le escapa en simultáneo al teatro filmado, el J-Horror, los documentales observacionales y el sustrato demodé del found footage/ metraje encontrado, así este espíritu no se queda en tomas fijas de índole arty y opta por desplazarse a lo largo y ancho del hogar vía travellings dejando sentir su inmaterialidad al acomodar libros y apuntes, cerrar puertas, soplar, tirar repisas y vasos, gritar en oídos, apagar y encender luces o desatar su cólera y frustración cuando la situación en general lo amerita. Lejos de la parafernalia lela e intercambiable del mainstream actual, Soderbergh construye con garra y corazón una fábula sobre la angustia que enfatiza el marco circular, minimalista y claustrofóbico del tiempo en los traumas y sus limbos mientras se posiciona entre lo mejor de la producción del artista de los últimos años, Perturbada y Ni un Paso en Falso (No Sudden Move, 2021), dos joyas con sello criminal…
Presencia (Presence, Estados Unidos, 2024)
Dirección: Steven Soderbergh. Guión: David Koepp. Elenco: Callina Liang, West Mulholland, Lucy Liu, Chris Sullivan, Eddy Maday, Natalie Woolams-Torres, Lucas Papaelias, Julia Fox, Benny Elledge, Jared Wiseman. Producción: Ken Meyer y Julie M. Anderson. Duración: 85 minutos.