Conformidad (Compliance)

Idiotez y sumisión contemporáneas

Por Emiliano Fernández

No hacen falta grandes abstracciones o análisis muy enrevesados para llegar a la conclusión de que el ser humano no es precisamente muy brillante o astuto que digamos y su cerebro sobredesarrollado casi siempre es sinónimo de ombliguismo, ceguera y crueldad directa o indirecta para con sus semejantes y sobre todo su entorno más inocente, basta con chequear los gobiernos en funciones en prácticamente todo el planeta para descubrir hasta qué punto la estupidez y necedad están arraigadas en ese a priori diminuto gesto -que termina siendo monumental a corto, mediano y largo plazo, por supuesto- de elegir a los mismos parásitos/ plutócratas/ cínicos/ cleptócratas de siempre como dirigentes públicos nacionales, señores cada día más burdos en su colección de promesas mentirosas al servicio de las oligarquías financieras, mediáticas, burocráticas y económicas en general de cada país. Desde ya que la contracara del egoísmo ridículo y eventualmente suicida es la sumisión a la autoridad como si nosotros estuviésemos al servicio de la lacra gerencial y/ o administrativa y no al revés, como realmente sucede en la arena política, relación que en el ámbito capitalista privado muta muchas veces en una esclavitud tácita que de todos modos siempre necesita de la pasividad del subyugado y de su conformidad e individualismo explícito para existir, como bien lo han demostrado varias investigaciones en psicología social muy poco éticas pero de indudable valor ilustrativo, como por ejemplo el Experimento de Stanley Milgram de 1961, el Experimento Hospitalario de Charles K. Hofling de 1966 y el Experimento de la Cárcel de Stanford de Philip Zimbardo de 1971, todas experiencias de laboratorio en las que se les entregaban a diversos mortales poderes sobre terceros impotentes o desprotegidos en un esquema de conducta que empezaba algo tranquilo y pronto desencadenaba humillaciones, maltratos, vejaciones y delirios megalómanos vía resoluciones, siempre respuestas frente a un mínimo cuestionamiento a la legitimidad de fondo, que se ubicaban a mitad de camino entre las órdenes externas y esa decisión del sujeto, ahora convertido en un verdugo sádico.

 

El ecosistema criminal nos ha brindado arquetipos de esta subordinación sin conciencia ni moral desde el facilismo del “lavado de manos” a lo Poncio Pilatos y la delegación de las responsabilidades en terceros que funcionarían como autores intelectuales con la capacidad suficiente de manipular a un imbécil y llevarlo a metamorfosearse en mano ejecutora del delito o actitud reprobable que fuese, en este sentido en el ambiente anglosajón es famoso el denominado “engaño telefónico del registro al desnudo” (strip search phone call scam), una estafa a la buena voluntad -o a la memez, torpeza y falta de sentido común y crítico, como decíamos antes- que se volvió común en la década del 90 en Estados Unidos y cuyo máximo exponente fue un tal David Richard Stewart, guardia de seguridad casado y con cinco hijos que entre 1992 y 2004 se dedicó a hacer llamadas telefónicas a establecimientos de comida rápida, almacenes y estaciones de servicio -fueron 70 las comprobadas pero de seguro el número real total debe haber sido mucho mayor- con vistas a hacerse pasar por oficial de policía y apalabrarse a la lacra gerencial intermedia en cuestión, tan presuntuosa como ignorante y crédula, para que lleve adelante en su nombre un insólito arresto sobre una empleada de menor jerarquía o incluso una clienta del local y la registre al desnudo, revisación de cavidades de por medio y dedicándole un buen tiempo a la vagina. A Stewart lo identifican y arrestan después de la llamada telefónica más extrema y trágica de todas, la del 9 de abril del 2004 a un McDonald’s en Mount Washington, en el Estado de Kentucky, donde el criminal adoptó la identidad del Oficial Scott y convenció a la subgerenta Donna Summers de detener a la cajera Louise Ogborn, una joven blanca y rubia que fue obligada a desnudarse ante Summers y otra empleada jerárquica, Kim Dockery, en una situación que derivó en violación cuando el prometido de Summers, Walter Nix Jr., fue traído al lugar para oficiar de vigilante de la víctima y conducido a instar a la cautiva a bailar, dar saltos desnuda, dejarse manosear la vagina, hacerse golpear el culo y practicarle sexo oral a Nix.

 

Si bien a Stewart lo detienen cruzando datos entre distintos Estados por los registros de cámaras de seguridad al comprar las tarjetas telefónicas, en 2006 es liberado luego de un juicio en el que pesó mucho la ausencia de grabaciones de voz de sus múltiples llamadas a lo largo de los años, sin embargo el episodio del McDonald’s de Mount Washington quedó en la memoria popular y así eventualmente llegó su versión cinematográfica, Conformidad (Compliance, 2012), por lejos la mejor película de Craig Zobel, un director y guionista algo mucho desparejo que puede ofrecer propuestas deslucidas como Z por Zachariah (Z for Zachariah, 2015), drama distópico de alcances bíblicos, y La Cacería (The Hunt, 2020), parodia de la izquierda y la derecha norteamericanas de nuestros días disfrazada de relato de supervivencia, y trabajos más atractivos o valiosos como su debut El Gran Mundo del Sonido (Great World of Sound, 2007), sorprendente sátira sobre los fraudes en la industria musical, y Mare de Easttown (Mare of Easttown, 2021), interesante miniserie de suspenso, de HBO y con Kate Winslet, dentro de aquella fórmula retórica del “pueblo chico, infierno grande”. El guión de Zobel sigue al milímetro el incidente del 2004 pero cambia el nombre del restaurant de comida basura, bautizado ChickWich, y los nombres de los involucrados: aquí la supervisora es Sandra (Ann Dowd), quien acepta sin reparo alguno las argucias de un hombre al teléfono que dice ser el Oficial Daniels (Pat Healy), en verdad un padre de familia que trabaja en telemarketing, y estar registrando la morada de la empleada Becky (buen trabajo de Dreama Walker) ya que una clienta la acusa de haberle robado dinero y porque su hermano está sembrando marihuana, convenciendo a la veterana infantilizada y extremadamente banal, Sandra, a actuar como sus manos hasta que los uniformados puedan llegar al local. Después de desnudarla ante otra gerenta, Marti (Ashlie Atkinson), y poner su ropa en una bolsa, Daniels insta a Sandra a que deje a Becky al cuidado de un varón de su confianza, por ello llama a su prometido, el obrero de la construcción Van (Bill Camp).

 

La tenebrosa película respeta la dinámica del thriller de encierro sutil aunque la maestría narrativa de Zobel en realidad se percibe en cierto dejo indie humanista que se mueve con comodidad entre la comedia negra implícita de la primera mitad, en donde uno no puede más que esbozar una sonrisa frente a la enorme ingenuidad de la colección de “esclavos felices” de ChickWich, y el patetismo de la debacle de la segunda parte del relato, cuando uno termina de comprender las consecuencias nefastas de la pasividad posmoderna y de esa pusilanimidad hipócrita contemporánea en la que casi todos se sienten pregoneros de la verdad y dueños absolutos de sus vidas aunque no tienen muchos problemas a la hora de ir entregando su voluntad a terceros con intenciones maquiavélicas, por ello cuando el obtuso de Van finalmente entiende que fue cómplice de un abuso depravado ya es demasiado tarde para ofrecer excusas bobas símil la “obediencia debida” de los genocidas de la represión en dictadura o democracia. Esta dialéctica de la complicidad, sostenida en la fotografía tenue e intimista de Adam Stone y el genial desempeño de Healy, ya visto en El Gran Mundo del Sonido, y de una Dowd como la arpía automatizada y corporativa de turno que pone al agite comercial del restaurant por sobre el cuidado y el respeto hacia sus compañeros de trabajo, está basada en nimiedades que se magnifican por la desconfianza y claustrofobia laboral, pensemos en esa puerta abierta del congelador que dilapidó mercadería, la promiscuidad presuntuosa de Becky y exhibida ante sus compañeras femeninas, las burlas que despierta el comentario de Sandra sobre el hecho de que se manda mensajes eróticos con su pareja, o la evidente culpabilidad de Kevin (Philip Ettinger), otro empleado, en eso de dejar abierta la puerta del freezer. La indiferencia y la falta de solidaridad, males típicos de sociedades enfermas basadas en la inequidad, aparecen vinculadas al poder persuasivo de las palabras, a la estratificación y -oh, sorpresa- a las figuras de autoridad que cometen barbaridades en nombre de terceros que a su vez se esconden en la cobardía del anonimato o la distancia…

 

Conformidad (Compliance, Estados Unidos, 2012)

Dirección y Guión: Craig Zobel. Elenco: Dreama Walker, Ann Dowd, Pat Healy, Bill Camp, Philip Ettinger, Ashlie Atkinson, Nikiya Mathis, Ralph Rodríguez, Amelia Fowler, James McCaffrey. Producción: Craig Zobel, Theo Sena, Lisa Muskat, Sophia Lin y Tyler Davidson. Duración: 90 minutos.

Puntaje: 10