Un Completo Desconocido (A Complete Unknown)

Idolatría modelo Hollywood

Por Emiliano Fernández

Más allá de algunos chispazos posteriores de genialidad, sobre todo condensados en discos como Blood on the Tracks (1975), retrato indirecto del divorcio de Sara Lownds, Desire (1976), encarado de manera colaborativa con los músicos del tour Rolling Thunder Revue, y por supuesto esas dos trilogías propias de un regreso tardío a un buen nivel cualitativo, aquella de Time Out of Mind (1997), Love and Theft (2001) y Modern Times (2006) y la más reciente de Together Through Life (2009), Tempest (2012) y Rough and Rowdy Ways (2020), lo cierto es que el grueso de la producción artística en verdad valiosa del polémico Bob Dylan, nacido Robert Allen Zimmerman hace 83 años, está evidentemente vinculado a su génesis en los años 60, período fascinante porque el estadounidense saltó de un debut olvidable repleto de covers, Bob Dylan (1962), y de un par de clásicos del folk acústico de protesta paradigmático de aquella etapa, The Freewheelin’ Bob Dylan (1963) y The Times They Are a-Changin’ (1964), a un trabajo simpático pero muy menor, Another Side of Bob Dylan (1964), y a sus tres obras maestras ya con letras surrealistas, idiosincrasia rockera de choque y unos instrumentos eléctricos a todo volumen, Bringing It All Back Home (1965), Highway 61 Revisited (1965) y Blonde on Blonde (1966), sin olvidarnos de su vuelta al folk más austero aunque ahora alegórico o quizás hiper críptico, John Wesley Harding (1967), aquella bizarreada consagrada al country cantado con voz melodiosa afectada símil crooner, Nashville Skyline (1969), y una andanada de grabaciones intimistas con su grupo de base, The Hawks/ The Band, en 1967 -año de la psicodelia y el Verano del Amor- que después saldrían a la luz vía The Basement Tapes (1975). La seguidilla se corta, efectivamente, con la muerte de la década que nos ocupa y la aparición de dos placas apenas potables, New Morning (1970) y Planet Waves (1974), la primera volcada al country y el folk y la otra al roots rock, y de dos desastres monumentales, Self Portrait (1970), su segundo disco doble luego de Blonde on Blonde, y Dylan (1973), álbum de covers craneado por despecho por Columbia Records, su compañía discográfica, cuando el artista se muda brevemente a esa Asylum Records para en 1975 regresar a Columbia por su disconformidad con la estrategia comercial alrededor de Planet Waves y el recordado disco en vivo Before the Flood (1974).

 

Comprender los distintos cambios que atravesó el músico, quien en 1961 y con 20 años de edad se traslada desde el norteño Estado de Minnesota a la ciudad de Nueva York, implica considerarlo un significante vacío que se fue llenando con el significado que tenía a mano en cada momento, por ello aquel amor de infancia por el rock and roll de Little Richard y de Elvis Presley muta durante la adolescencia en cariño por el blues de Robert Johnson, el country de Hank Williams y el esplendoroso folk de izquierda de Woody Guthrie, éste de hecho con mejores y más complejas letras que las del rock primitivo de los 50. Asentado en el Greenwich Village neoyorquino, Dylan, rebautizado así por el poeta Dylan Thomas, se hace amigo de un Guthrie que ya estaba internado en un hospital psiquiátrico por padecer la Enfermedad de Huntington, un padecimiento degenerativo neurológico, y entra en contacto con su primer productor, John Henry Hammond, el cual luego sería reemplazado por los otros dos arquitectos fundamentales del sonido del artista en los años 60, hablamos de Tom Wilson y Bob Johnston. Con Albert Grossman como manager, uno de los representantes más temidos del gremio musical de entonces, y aquel contrato con Columbia, empresa que pasa de imponerle la colección de covers del álbum debut a darle más libertad por el éxito repentino de The Freewheelin’ Bob Dylan y The Times They Are a-Changin’ en el contexto del Movimiento por los Derechos Civiles, la decisión de Dylan de retrotraerse a aquel rock iniciático, por cierto para el público un detalle ignorado, tiene que ver con el hecho de sentirse enclaustrado en ese mesianismo folk a lo estampita de la protesta social, etiqueta colgada por la prensa y la fauna melómana de su tiempo que estalla en ocasión de la trilogía que empieza con Bringing It All Back Home, álbum híbrido eléctrico/ acústico, en realidad el único lance progresista en el periplo casi siempre conservador de Bob. A nivel simbólico tres son los sucesos que resumen la agresividad del momento ante el gesto de electrificar su propuesta sonora, primero los abucheos del público y la exasperación de Pete Seeger en el Newport Folk Festival de 1965, segundo la cruel acusación de Judas en un recital de 1966 en Manchester y tercero el accidente de motocicleta del 29 de julio de 1966, episodio en el que se rompió varias vértebras del cuello y que exacerbó su dejo misantrópico de siempre.

 

Un Completo Desconocido (A Complete Unknown, 2024), rutinaria y decepcionante biopic de James Mangold alrededor de la figura de Dylan, cubre precisamente todo este período que va desde su llegada a la Gran Manzana en 1961 hasta la condena que recibe por parte de los puristas del folk acústico durante las presentaciones correspondientes a 1965 y 1966, en esencia el primer autosabotaje en una trayectoria pletórica de pequeños o grandes actos de un masoquismo bastante grotesco como el hecho de editar chatarra como Self Portrait, volcarse al rock cristiano para la demencial trilogía de Slow Train Coming (1979), Saved (1980) y Shot of Love (1981), venderse al mainstream popero más descartable durante buena parte de aquellos 80 y 90 o dedicarse a editar disco de covers tras disco de covers en el Siglo XXI, amén de lanzar unas Bootleg Series entre desparejas e interminables, rodar muchos comerciales/ publicidades que dan vergüenza ajena e incluso vender en 2020 todo su catálogo discográfico -el copyright y los futuros royalties- a Universal Music Publishing Group. Mangold, quien viene de la anodina Indiana Jones y el Dial del Destino (Indiana Jones and the Dial of Destiny, 2023), y su coguionista Jay Cocks, colaborador asiduo de Martin Scorsese en La Edad de la Inocencia (The Age of Innocence, 1993), Pandillas de Nueva York (Gangs of New York, 2002) y Silencio (Silence, 2016), por un lado no aclaran las motivaciones, los anhelos o siquiera el marco doctrinario beatnik de Dylan (Timothée Chalamet), en pantalla un divo inconformista misterioso que inspira una idolatría hueca sin demasiado contexto histórico o musical, y por el otro lado tienden a magnificar de manera un tanto ridícula o caprichosa la influencia de determinados personajes secundarios sobre el protagonista con la sola intención de incluirlos en el relato, incrementar la participación rosa -corrección política hoy vetusta de por medio- y/ o introducir estereotipos dramáticos innecesarios como el triángulo amoroso entre él, la colega guitarrista y cantante Joan Baez (Mónica Bárbaro), ya famosa a principios de los 60 en el circuito folk, y una Suze Rotolo que por expreso pedido del retratado en la película se llama Sylvie Russo (Elle Fanning), la chica que aparecía en la tapa de The Freewheelin’ Bob Dylan y que fuera su “primer amor” de adulto antes de las citadas Baez y Lownds, esta última madre de cuatro de sus vástagos.

 

El film adopta un enfoque naturalista reposado que está bastante bien y la idea de permitirle al también productor Chalamet cantar las canciones, en vez de doblarlas con la voz de Bob, rinde sus frutos porque el actor imita las inflexiones nasales a la perfección, sin embargo a veces las escenas no musicales resultan un tanto aburridas, estériles o redundantes porque no aportan nada nuevo a lo ya harto explotado en materia biográfica/ identitaria por Rolling Thunder Revue (2019) y No Direction Home (2005), dos documentales de Scorsese que analizaron la filosofía colaborativa/ dadaísta del músico y toda la controversia de cotillón a raíz de su electrificación rockera, respectivamente. Un Completo Desconocido, título que remite a los versos de Like a Rolling Stone del glorioso Highway 61 Revisited, por suerte compensa los baches con unas canciones que exudan muchísimo más rigor y astucia que la película en sí y su propensión al piloto automático del mainstream hollywoodense, aquí bebiendo mucho de esa actitud cínica, caricaturesca y arrogante de Dylan que ya aparecía en trabajos de esos años, como Don’t Look Back (1967) y la semi inédita Eat the Document (1966-1972), documentales de D.A. Pennebaker, y en propuestas heterogéneas posteriores como Pat Garrett & Billy the Kid (1973), joya del western crepuscular de Sam Peckinpah, Renaldo & Clara (1978), aquel delirio de casi cuatro horas que él mismo concibió, y The Last Waltz (1978), la célebre concert movie de Scorsese sobre el último show en 1976 de The Band. A años luz de I’m Not There (2007), genial retrato avant-garde de Todd Haynes sobre las distintas facetas de Bob, y pretendidamente cerca de Bound for Glory (1976), una biopic minimalista y hermosa de Hal Ashby en torno a Guthrie, el opus de Mangold unifica los shows de Newport y Manchester, exagera el rol de mentor de Seeger (Edward Norton) por sobre la influencia de Guthrie (Scoot McNairy) y en una única jugada infla la presencia de Rotolo/ Russo y banaliza en parte a esa Baez de la excelente Bárbaro, además de un Johnny Cash (Boyd Holbrook) que es introducido a la fuerza en plan de autorreferencia del director a Walk the Line (2005), su faena sobre el susodicho con Joaquin Phoenix. Sin ser mala pero tampoco particularmente interesante, la correcta odisea nos lleva sin entusiasmo ni garra desde las velas del folk hacia los reflectores del querido rock de la década del 60…

 

Un Completo Desconocido (A Complete Unknown, Estados Unidos, 2024)

Dirección: James Mangold. Guión: James Mangold y Jay Cocks. Elenco: Timothée Chalamet, Edward Norton, Scoot McNairy, Mónica Bárbaro, Elle Fanning, Boyd Holbrook, Dan Fogler, David Alan Basche, Eric Berryman, Charlie Tahan. Producción: James Mangold, Timothée Chalamet, Alex Heineman, Peter Jaysen, Jeff Rosen, Bob Bookman, Alan Gasmer y Fred Berger. Duración: 141 minutos.

Puntaje: 6