Avatar

Imperialismo e hibridación cultural

Por Emiliano Fernández

Mientras que otros realizadores adoran decir que sus películas responden a una tradición monolítica y ultra conservadora símil el promedio de las franquicias de nuestros días o por el contrario, afirman que las mismas salieron de un repollo autocontenido y narcisista sin influencias externas, James Cameron jamás tuvo ningún problema en reconocer que Avatar (2009) funciona como un refrito de influencias, recursos, procesos históricos y latiguillos formales y temáticos de lo más diversos, basta con pensar que así como el film incluye alusiones a la Conquista de América, la Guerra de Vietnam, la Fiebre del Caucho en el Amazonas, las dos Guerras del Golfo y todo el operativo bélico/ represor/ genocida del desquiciado de George W. Bush en Medio Oriente después de los atentados terroristas del 11 de septiembre del 2001, también recupera el motivo del doble agente de las faenas de espionaje, aquel “salvador blanco/ occidental” de Danza con Lobos (Dances with Wolves, 1990), de Kevin Costner, y Lawrence de Arabia (Lawrence of Arabia, 1962), de David Lean, el gusto por lo digital hiper realista y la cámara lenta de The Matrix (1999), de Larry y Andy Wachowski, la denuncia de las masacres cometidas por los colonos contra los indígenas de Soldado Azul (Soldier Blue, 1970), de Ralph Nelson, Pequeño Gran Hombre (Little Big Man, 1970), de Arthur Penn, y Un Hombre Llamado Caballo (A Man Called Horse, 1970), de Elliot Silverstein, el leitmotiv del veterano de guerra parapléjico que reniega del belicismo y muta en pacifista de Regreso sin Gloria (Coming Home, 1978), de Hal Ashby, aquellos ataques contra la explotación amazónica de La Selva Esmeralda (The Emerald Forest, 1985), de John Boorman, y Jugando en los Campos del Señor (At Play in the Fields of the Lord, 1991), de Héctor Babenco, el ecologismo radical de La Princesa Mononoke (Mononoke-hime, 1997), de Hayao Miyazaki, y Gorilas en la Niebla (Gorillas in the Mist, 1988), de Michael Apted, mucho del contexto evangélico de La Misión (The Mission, 1986), de Roland Joffé, y desde ya el diseño de criaturas fantásticas de El Abismo (The Abyss, 1989), del propio Cameron, y los tres largometrajes del gran animador francés René Laloux, El Planeta Salvaje (La Planète Sauvage, 1973), Los Amos del Tiempo (Les Maîtres du Temps, 1982) y Gandahar (1988), joyas hoy lamentablemente muy poco vistas.

 

Sirviéndose además de las metáforas antiimperialistas de la saga iniciada con Duna (Dune, 1965), la novela del querido Frank Herbert, y de una mixtura de latiguillos de ese folletín de aventuras de Rudyard Kipling, Edgar Rice Burroughs y H. Rider Haggard y la ciencia ficción más astuta y visionaria de gente de la talla de Arthur C. Clarke, William Gibson, Stanisław Lem y los hermanos soviéticos Arkadi y Borís Strugatski, el guión de Cameron comienza en un terreno cyberpunk semejante a lo lejos al de Ghost in the Shell (1995), el neoclásico de Mamoru Oshii, mediante un 2154 calamitoso en el que los bípedos agotaron los recursos naturales del planeta, la inflación lo devora todo, la crisis energética está a la orden del día y la biotecnología y la genética están tan avanzadas que se pueden clonar sin problemas especies animales ya extintas en libertad o reconstruir el cuerpo humano a partir de daños que hasta hace poco se pensaban irremediables. Jake Sully (un digno y no mucho más Sam Worthington) es un ex infante de marina parapléjico que vive en la miseria y se desplaza en una silla de ruedas porque su pensión es sumamente magra y no le alcanza para pagarse una cirugía que repare su espina dorsal, por ello acepta cuando le ofrecen ocupar el lugar de su hermano gemelo Tommy, un científico que fue asesinado en un asalto y estaba próximo a incorporarse al Programa Avatar, parte de una operación neocolonialista en Pandora, una luna arbolada que orbita alrededor de Polifemo, gigante gaseoso en el sistema estelar Alfa Centauri, y está habitaba por los Na’vi, unos humanoides nativos de tres metros de altura, piel azul, rostro y cola similares a los gatos y huesos reforzados naturalmente con fibra de carbono. A Jake se le asigna el avatar de Tommy, un híbrido entre el ADN humano y el ADN de los locales, y en vez de operar a la par de la jefa del programa, la Doctora Grace Augustine (la estupenda Sigourney Weaver, quien no trabajaba con Cameron desde los días de aquella gloriosa primera secuela de 1986 de la franquicia sobre el xenomorfo imparable), pasa a oficiar de guardaespaldas militar en las investigaciones que se llevan a cabo para “comprender” a los indígenas en un intento de eventualmente convencerlos o aniquilarlos en caso de que no deseen abandonar un gigantesco árbol que utilizan de hogar común, el cual alberga debajo un yacimiento de unobtanium, un mineral valioso y escaso.

 

Muchas veces al hablar de Avatar se la reduce a su encanto visual en una jugada un tanto superficial y redundante porque desde ya que el perfeccionismo maniático de Cameron, señor que en esencia se pasó más de una década -contada desde la asimismo bombástica e irrefrenable Titanic (1997)- desarrollando los artilugios técnicos necesarios, desemboca en pantalla en una animación siempre fascinante que se destaca especialmente en materia de la utilización de los tonos pasteles, las escenas nocturnas preciosistas, un diseño alucinógeno/ freak/ onírico de personajes, vehículos, plantas y criaturas y hasta tomas digitales sin cortes que en ocasiones son ralentizadas para subrayar determinados detalles o quizás acciones, sin embargo no se puede pasar por alto que el director y guionista canadiense, además de ser un magnate del mainstream cultural de vieja cepa aún con la capacidad de imponer su criterio y caprichos sobre todos los rubros de la creación cinematográfica y mandar bien a la mierda a los tecnócratas del marketing y los directivos de Hollywood, es un muy buen narrador de historias sencillas que hacen al núcleo más duro del cine de género, ese que aquí pone al prodigio óptico y técnico al servicio del relato de aventuras con elementos de western y melodrama, precisamente por ello nos topamos con el enorme cliché de Sully perdiéndose en la jungla de Pandora luego de un encontronazo con la fauna vernácula y siendo rescatado por una princesa esplendorosa, Neytiri (Zoe Saldana), la prometida del guerrero experto Tsu’tey (Laz Alonso) e hija del gran líder tribal Eytukan (Wes Studi) y la chamán Mo’at (CCH Pounder), planteo retórico que deja todo servido para una amalgama cultural que pronto muta en triángulo amoroso, perfidia -porque el protagonista le pasa datos a los suyos sobre los Na’vi, su árbol y su deidad, Eywa- y una reconversión identitaria que conduce a Jake a cambiar de bando, elegir la postura antropológica afable de Augustine y su asistente Norm Spellman (Joel David Moore) y cerrar filas con Neytiri contra los dos villanos fundamentales, léase el burócrata inmundo a cargo del capitalismo parasitario y extraccionista de turno, Parker Selfridge (Giovanni Ribisi), delegado de la Administración de Desarrollo de Recursos, y el Coronel Miles Quaritch (Stephen Lang), un genocida de vocación y el jerarca máximo de la colección de mercenarios estadounidenses en Pandora.

 

Entre el animismo, la tradición oral, la ecología más extrema y los rituales paganos de los Na’vi y el militarismo descocado, colonialista, procorporaciones y chauvinista demente de la comitiva humana en general, incluida una pata pedagógica de apropiación e imposición simbólica, esa comandada por el personaje de Weaver mediante el Programa Avatar cual misión jesuita del Siglo XVII en la selva amazónica, la realización juega con el misticismo del primitivo y el discurso pacifista/ antiimperialista de izquierda para retratar el combate del invasor ignorante, soberbio, depredador, maquiavélico, asesino y torturador contra el “buen salvaje” inmaculado que vive en paz con su entorno porque no lo destruye e incluso puede conectarse con él mediante unas fibras emblanquecidas en el cabello de los nativos que hacen de “cables naturales” de índole cronenbergiana con la capacidad de unificarse con la flora y la fauna de Pandora, un personaje con idiosincrasia propia ya que impone su dialéctica espiritual cuasi brahmanista e invita a calzarse los zapatos y la corporalidad de todo lo viviente circundante en vez de considerarlo un bien a explotar hasta secarlo. A pesar del engolosinamiento esporádico de Cameron con el gigantismo, ese que compensa con sus coreografías quirúrgicas y brutales para las refriegas cuerpo a cuerpo y una ciencia ficción hardcore sin el humor bobo hollywoodense, y el efecto semi involuntario de Sully, nuestro adalid de la diplomacia, siendo opacado por el personaje mefistofélico, cortesía de un Lang arrollador que se come cada escena en la que interviene, Avatar por un lado fue el primer film de captura de movimientos -y en muchos sentidos el único- que no cayó en ridiculeces en cuanto al semblante de las criaturas, su disposición física y su desplazamiento habitual, y por el otro lado constituyó una alegoría muy potente -y de una carga política inusitada para un producto del mainstream- sobre la frontera a veces difusa entre lo castrense destructor y lo científico humanista, paradoja que se refuerza por el regreso de las carnicerías de seres humanos del cine de otras épocas y además se ve duplicada por la ubicuidad de lo híbrido en la narración, desde el campo de lo invisible del ADN y la rica cultura de la tribu, el Clan Omaticaya, hasta esa biodiversidad en verdad palpable de Pandora que le debe mucho a la Era Mesozoica y sobre todo a aquellos dinosaurios de los Períodos Jurásico y Cretácico…

 

Avatar (Estados Unidos, 2009)

Dirección y Guión: James Cameron. Elenco: Sam Worthington, Zoe Saldana, Sigourney Weaver, Stephen Lang, Michelle Rodríguez, Giovanni Ribisi, Wes Studi, Laz Alonso, CCH Pounder, Joel David Moore. Producción: James Cameron y Jon Landau. Duración: 178 minutos.

Puntaje: 10