A diferencia de otras tantas propuestas de ciencia ficción y horror que se sienten de por sí impostadas, sobre todo porque se le exige demasiado al espectador en términos del inefable contrato de lectura de complicidad o simplemente debido a la ingenua pretensión del film de turno de hacernos creer que lo narrado reviste de algún interés en materia de sus puntos de contacto con la realidad circundante más allá de los latiguillos retóricos del género en cuestión, La Invasión de los Usurpadores de Cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, 1956), aun transcurridas tantas décadas desde su estreno, continúa representando una de las cúspides del cine de género mundial gracias a esa verdad visceral e indescriptible que logra construir a lo largo de sus escasos 80 minutos de Clase B gloriosa, paranoica y desaforada: hablamos de una película magistral que retoma un viejo engranaje del mainstream y el indie norteamericanos, aquel centrado en apuntalar una cotidianeidad en apariencia idílica y estable que simboliza el “sueño húmedo” de todo buen burgués que se precie de tal para a posteriori comenzar a sistematizar las goteras del recipiente lustroso y finalmente introducir la infaltable vuelta de tuerca narrativa de índole fantástica que desde ya funciona como una metáfora de lo que el público desee, porque otro de los factores fundamentales y principales atractivos del diminuto, minúsculo, casi microscópico film de Don Siegel es su indefinición en cuanto a cuál sería el blanco/ objetivo de cabecera a atacar por el convite en su conjunto, si la pretensión de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas de expandir el socialismo modelo ruso al resto del mundo en el contexto de la Guerra Fría o por el contrario, la caza de brujas anticomunista demencial del macartismo del primer lustro de la década del 50 cual homologación en suelo estadounidense de aquella Gran Purga encabezada por Iósif Stalin y sus secuaces Nikolái Yezhov y Andréi Vyshinski durante las postrimerías de los años 30 en plan de eliminar toda oposición política dentro de la estructura burocrática y militar del aparato soviético, algo muy similar a las intenciones del senador republicano por el Estado de Wisconsin Joseph McCarthy en lo que respecta a concentrar poder y sacarse de encima a la oposición de izquierda mediante listas negras, interrogatorios compulsivos, denuncias falsas, muchos chantajes y una larga andanada de procesos ilegales a discreción.
El guión está basado en una novela de Jack Finney de 1955 que fue publicada en forma de serial en 1954 en Colliers Magazine, Los Usurpadores de Cuerpos (The Body Snatchers), y fue escrito por el experimentado Daniel Mainwaring, conocido por trabajos como Retorno al Pasado (Out of the Past, 1947), de Jacques Tourneur, El Forajido (The Lawless, 1950), de Joseph Losey, El Gran Complot (The Tall Target, 1951), de Anthony Mann, Cerrado el Paso (Roadblock, 1951), de Harold Daniels, El Autoestopista (The Hitch-Hiker, 1953), de Ida Lupino, El Imperio del Terror (The Phenix City Story, 1955), de Phil Karlson, y La Atlántida: El Continente Perdido (Atlantis: The Lost Continent, 1961), de George Pal, y por sus otras colaboraciones con el amigo Don en línea con El Gran Robo (The Big Steal, 1949), Dos Corazones y un Alma (An Annapolis Story, 1955), Caminos de Sangre (Baby Face Nelson, 1957) y Balas de Contrabando (The Gun Runners, 1958), la enorme mayoría de ellos exponentes memorables del film noir de mediados del Siglo XX cual indicio que sintetiza no sólo los claroscuros y el espíritu investigativo y de corrupción social galopante de La Invasión de los Usurpadores de Cuerpos sino el punto en común a nivel de intereses artísticos del guionista y el director, este último también un experto en los policiales negros luego de haber redondeado una verdadera catarata de realizaciones del rubro y siempre ateniéndose a sus dos características principales como realizador, léase la rapidez de sus rodajes y la magia que podía extraer de un bajo presupuesto que exprimía hasta sus últimas consecuencias sin empardarlo a los lamentos infinitos de tantos otros colegas que se la pasan quejándose de lo que les falta en vez de agudizar el ingenio a partir de lo disponible en el siempre caníbal contexto cinematográfico. El film comienza cuando el Doctor Hill (Whit Bissell) llega de noche a la sala de emergencias de un hospital para reunirse con el Doctor Harvey Bassett (Richard Deacon) en relación al caso de un paciente algo mucho exaltado que encontraron gritando en una autopista, el Doctor Miles J. Bennell (Kevin McCarthy), lo que desencadena un flashback de aproximadamente una semana atrás que cubre el relato del film y el accidentado devenir del médico en el pueblito celestial de Santa Mira, donde posee un consultorio y trabaja con una enfermera, Sally Withers (Jean Willes).
Bennell, un divorciado que nunca perdió el cariño hacia una linda ex novia llamada Becky Driscoll (Dana Wynter) que asimismo está separada luego de un casamiento y convivencia en el Reino Unido, pronto atestigua al llegar al pueblo en tren después de participar en un congreso médico cómo se van acumulando personas que dicen que sus familiares ya no son sus familiares sino impostores idénticos incapaces de manifestar sentimientos verdaderos hacia el prójimo o hacia sí mismos como amor, deseo, ambición, fe o un mínimo grado de “efusividad” ante el dolor, la belleza o un hecho imprevisto. El primer caso es el de Jimmy Grimaldi (Bobby Clark), un niño desesperado que prefiere estar con su abuela (Beatrice Maude) antes que con su madre, Anne (Eileen Stevens), porque afirma que la susodicha fue suplantada y el segundo episodio involucra a la misma Becky, cuya prima Wilma Lentz (Virginia Christine) asevera que el Tío Ira (Tom Fadden) dejó de ser quien era y ahora es otra persona bajo la misma carne y con la misma memoria. El psiquiatra de Santa Mira, el Doctor Dan Kauffman (Larry Gates), relega el asunto a una neurosis masiva de tipo contagiosa o quizás una histeria colectiva similar al Síndrome de Capgras, trastorno en el que el paciente ve difuminada su capacidad de identificación de terceros y se convence de que sus allegados son infiltrados ignotos que responden a una probable conspiración, sin embargo Miles y Becky comprenden hasta dónde tienen razón los habitantes del lugar cuando en medio de una velada romántica deben concurrir por una llamada de emergencia a la casa de una pareja amiga, Jack (King Donovan) y Theodora Belicec (la querida Carolyn Jones), donde un duplicado del hombre se está formando paulatinamente arriba de una mesa de pool. Bennell, más tarde y durante esa misma noche, encuentra en el sótano de la casa de Driscoll otro cuerpo en desarrollo pero en esta ocasión de la divorciada, el cual desaparece de golpe al igual que el duplicado de Jack ante los ojos de Kauffman y el jefe de policía Nick Grivett (Ralph Dumke). Las dos parejas pasan a convivir en la casa del médico y todo parece regresar a una normalidad emparchada porque al día siguiente tanto Wilma como Jimmy dejan de lado su desconfianza y asumen con conformismo la identidad de sus allegados, no obstante en medio de una barbacoa el doctor y sus invitados descubren en el invernadero del hogar de Miles cuatro vainas gigantescas que expulsan entre burbujas, viscosidad y una sustancia cremosa cuerpos destinados a reemplazarlos, provocando de inmediato que los Belicec se dirijan a un pueblo cercano a pedir ayuda y el protagonista y Becky se queden a investigar el origen del mal en Santa Mira. En una estación de servicio le plantan dos vainas en el baúl de su auto al médico, quien pasa a incinerarlas raudamente antes de perfilar hacia la casa de Withers, en la que se asoma sigilosamente por la ventana enterándose de que todos en el pueblo forman parte de un plan para sustituir a la población con duplicados. Luego de desprenderse del coche y convertida en eje de una persecución policial, la pareja pasa la noche en el consultorio del doctor pero el auxilio de parte de Jack no llega y en la mañana para colmo presencian una distribución masiva de nuevas vainas para copar ciudades lindantes. Belicec regresa aunque ya es un duplicado y el psiquiatra lo acompaña y le comenta al protagonista cómo unas esporas llegaron del espacio, crecieron en el campo de un granjero del montón y se convirtieron en las mentadas vainas, una forma de vida capaz de imitar cualquier otra forma de vida y de absorber sus recuerdos, anatomía y personalidad mientras las personas están tranquilas durmiendo como si nada ocurriese, asesinándolas posteriormente para ocupar su lugar cual invasión silenciosa que suplanta la individualidad por una mentalidad colectiva de panal donde todos son iguales y no hay conflictos que amenacen a la especie en su conjunto o al planeta en el que vive. El antiguo dilema entre perpetuación de una raza imperfecta y profundamente parasitaria como la humana o su extinción definitiva en pos de dar espacio a una fase superior del hombre sin sus rasgos nocivos de siempre domina la trama y el devenir en general del cine de género de corte apocalíptico convulsionado, ese que tomaría nota a futuro de La Invasión de los Usurpadores de Cuerpos al extremo de transformarla en mojón ineludible de aquí en más.
El opus de Siegel, por cierto con un hilarante cameo de Sam Peckinpah, por entonces un asesor en diálogos al servicio del director, como Charlie, un gasista en la casa de Miles, no sólo lleva hacia nuevos horizontes discursivos a la mediocre novela de Finney sino que revoluciona a la ciencia ficción de los 50 dando a luz a la fantasía posmoderna ya que en esencia esta hibridación de fondo entre lo vegetal y lo animal -metamorfosis reglamentaria de por medio- sintetiza la reconversión de las invasiones alienígenas de antaño, esas que se materializaban precisamente en una dimensión exterior de tipo bélico tradicional y a la vista de todos los sujetos, hacia un proceso psicofisiológico caracterizado por la internalización del enfrentamiento entre conservadurismo y resistencia vanguardista y por el concepto maquiavélico del engaño a conveniencia del statu quo, sin duda alguna fundamental tanto en el espionaje y la lucha ideológica de la Guerra Fría como en nuestro presente mediante la manipulación masiva de la información, el parecer y la voluntad misma de las personas a gran escala mediante herramientas tecnológicas y marketineras de diversa envergadura y penetración social/ económica/ cultural/ psíquica/ global. En el guión de Mainwaring el verdadero espanto llega con el envilecimiento de los engranajes institucionales, pesadilla de toda sociedad capitalista basada en las organizaciones representativas de un vulgo abúlico que delega su capacidad de gobierno en una supuesta minoría iluminada que a su vez se independiza de las mayorías y pasa a velar por sus propios intereses de elite privilegiada, de allí el sustrato agridulce de la propuesta de los duplicados y la evidente consideración que le presta el protagonista a los argumentos “emparejadores” del psiquiatra contra la vileza y las enemistades típicas de los bípedos cotidianos, en última instancia considerando que la supresión de las emociones es un precio demasiado alto a pagar por esa utopía igualitaria que ofrecen los vástagos del cosmos. Este combate entre dos racionalismos, el socialista de los infiltrados y el individualista de Bennell, se ubica en los cimientos del relato pero es asimismo exacerbado por los dos desenlaces superpuestos que tiene la historia, el primero ideado por los creadores, el cual nos conduce al escape del doctor y Becky drogando a sus captores, la suplantación de la mujer en una mina abandonada y la legendaria escena de los gritos histéricos de advertencia de Miles en la autopista a los conductores sobre la invasión, y el segundo impuesto por Allied Artists Pictures, productora especializada en films Clase B que solía llamarse Monogram Pictures, como convalidación del acervo institucional vía una suerte de epílogo que entronca con aquel prólogo en el hospital -también dictaminado por el estudio- mediante el cual se notifica al FBI de la invasión después de que arriba a la sala de emergencias un camionero accidentado que venía de Santa Mira y transportaba un cargamento de vainas: como se suele decir, el primer final, el de la ruta nocturna con los gritos de un perfecto McCarthy, quien venía de participar en La Senda Equivocada (Drive a Crooked Road, 1954), de Richard Quine, El Jinete Misterioso (Stranger on Horseback, 1955), de Tourneur, y la citada Dos Corazones y un Alma, también de Siegel, responde a una crítica solapada al macartismo imperante en donde cualquier vecino podía mutar en enemigo camuflado, y más en comunidades cerradas como Hollywood y la presente Santa Mira en las que todos parecen conocerse, y el segundo remate obedece a una lavada de cara anticomunista en donde aquel “temor rojo” es reapropiado aunque desde una interesante perspectiva exploitation sutilmente irónica que le saca provecho a la histeria colectiva de la intelligentsia chauvinista norteamericana y parte de la población vernácula lobotomizada de entonces. Ninguna de las remakes, ni las dignas de Philip Kaufman de 1978 y Abel Ferrara de 1993 ni las sinceramente flojas de Oliver Hirschbiegel y James McTeigue de 2007 y John Murlowski de 2019, le llega a los talones de la joya de un Siegel inspiradísimo capaz de transmitir con maestría la claustrofobia y angustia escalonada de quien se sabe cercado por una pretendida asimilación compulsiva y por una hipocresía consuetudinaria que dice tal cosa y hace otra bajo un semblante sonriente que esconde agazapado un puñal, patrón de conducta promedio de la humanidad de hoy en día y de la basura estatal que nos gobierna…
La Invasión de los Usurpadores de Cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, Estados Unidos, 1956)
Dirección: Don Siegel. Guión: Daniel Mainwaring. Elenco: Kevin McCarthy, Dana Wynter, Larry Gates, King Donovan, Carolyn Jones, Jean Willes, Ralph Dumke, Virginia Christine, Tom Fadden, Bobby Clark. Producción: Walter Wanger y Walter Mirisch. Duración: 80 minutos.