3x1 de Manipulación Masiva

Ingeniería de la mendacidad

Por Emiliano Fernández

Sin lugar a dudas al ser humano le encanta que le digan qué hacer, qué sentir y qué pensar, por ello mismo -por ejemplo- está lleno de fascistas triviales de relleno entre el vulgo que reproducen la ideología de la clase dominante y celebran un proceso de pauperización generalizada neoliberal que paradójicamente los tiene también como víctimas. Esta complicidad consuetudinaria, siempre cercana a la lógica del “buen esclavo” proclive a besar la mano de quien lo denigra y lo hunde en el lodo de la indigencia cada día un poco más, no sería posible sin la contraparte dirigente de turno, ese conglomerado hegemónico enrevesado de influencias políticas, económicas, culturales, mediáticas y sociales que suelen cristalizar en determinados psicópatas de la derecha reconvertidos en “líderes” comunales, provinciales o nacionales, a veces testaferros del oligopolio capitalista en el poder y en otras ocasiones ellos mismos exponentes de este macro contubernio que parasita al enclave social y lo encauza hacia la aceptación automática/ sin reflexión alguna de ideologías e intereses que le son ajenos por completo. En función de este panorama de reproducción cíclica de patrones de dominación semi impuestos, a continuación examinaremos tres películas que nos parecen por demás representativas de los dispositivos ideológicos, publicitarios y comunicacionales empleados por los personeros de las elites en el campo de la opinión pública para redireccionar constantemente la atención del país hacia “líneas narrativas” específicas en detrimento de la misma verdad y sus configuraciones causales, optando en cambio por mantener unas fachadas que sacan provecho de la ingenuidad, desidia o ignorancia -y estupidez, a decir verdad- de unas mayorías que poco y nada hacen para salir del entumecimiento intelectual, los leitmotivs/ frases hechas y la ponderación barata de los sentimientos a los que las condenan una y otra vez: hablamos de Capricornio Uno (Capricorn One, 1977), de Peter Hyams, El Café Atómico (The Atomic Cafe, 1982), de Jayne Loader y los hermanos Kevin y Pierce Rafferty, y Mentiras que Matan (Wag the Dog, 1997), de Barry Levinson, obras que analizan -respectivamente- las facetas burocrática, doctrinaria y mediática de la manipulación masiva y su apego a las tácticas de la mentira camuflada con vistas a que adquiera la forma de un Caballo de Troya que sólo con el transcurso del tiempo termina de revelar las sorpresas que esconde en su interior, cuando ya es muy tarde para arrepentirse de los apoyos brindados desde la apatía y la sumisión porque los conspiradores ya alcanzaron su objetivo de base, léase un consenso pasivo/ activo en el que se va difuminando de manera progresiva la frontera entre la voluntad individual de los ciudadanos, esa que suele ser cooptada por la ubicuidad de los engranajes del poder, y los hilos de una fabulación de lo más bizarra y mediocre que sin embargo en tantas oportunidades logra ganar para la causa de la derecha fascista al pueblo, quien falla en identificar los espejitos de colores y el papel picado como indicios innegables de un proyecto político oculto, tan hambreador como represivo y salvaje, que duplica el individualismo capitalista amoral que desde fines del Siglo XX ha ido acumulando fuerza gracias al desmantelamiento de los Estados nacionales, la deshumanización escalonada, el fetiche comunicacional, la sustitución del trabajo por la especulación financiera, la merma de la disposición inconformista y el elogio generalizado de las apariencias más demacradas y superficiales, punta de lanza de un catálogo de injusticias, insensateces y regímenes de permanente impunidad como nunca se ha visto a lo largo de toda la historia del ser humano.

 

 

Capricornio Uno (Capricorn One, 1977):

 

El fantasma social que está detrás de Capricornio Uno (Capricorn One, 1977), pequeña gran película escrita y dirigida por Peter Hyams, es el de la falsificación de los alunizajes del programa Apolo entre 1969 y 1972 en general y la hipotética intervención del Stanley Kubrick circa 2001: Odisea del Espacio (2001: A Space Odyssey, 1968) en lo que al Apolo 11 en concreto se refiere, aquella misión norteamericana que llegó a la Luna el 20 de julio de 1969 en plena carrera espacial/ armamentista/ cultural con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas durante la Guerra Fría; fuente de rumores, leyendas e interminables especulaciones acerca de la veracidad de los hechos y la poca confianza que suele despertar el soporte audiovisual en materia de la concatenación se sucesos de diferente relevancia histórica para los colectivos humanos. Hyams, que supo participó en las transmisiones televisivas del programa Apollo para la CBS y fue responsable de una interesante tanda de obras a mediados de su carrera que incluye a Hanover Street (1979), Atmósfera Cero (Outland, 1981), Los Verdugos de la Justicia (The Star Chamber, 1983), 2010: El Año que Hicimos Contacto (2010: The Year We Make Contact, 1984), Presidio (The Presidio, 1988) y Testigo Accidental (Narrow Margin, 1990), hasta finalmente comenzar a derrapar feo luego de Timecop (1994), aquí construye una alegoría tragicómica sobre la manipulación masiva no sólo en términos del público a nivel macro sino también en lo que respecta a una agencia gubernamental, la propia NASA, tratando de salvar su pellejo a ojos de la facción hegemónica en el aparato estatal, aquella asentada en los poderes ejecutivo y legislativo. A pocos minutos del lanzamiento de la Capricornio Uno, la primera misión tripulada a Marte, los tres astronautas en cuestión, el piloto al mando Coronel Charles Brubaker (James Brolin), el Teniente Coronel Peter Willis (Sam Waterston) y el Comandante John Walker (O.J. Simpson), son obligados a abandonar la nave, que pronto es lanzada sin seres humanos dentro, y llevados a una base abandonada de la Segunda Guerra Mundial, donde el Doctor James Kelloway (Hal Holbrook), el director del programa espacial tripulado, les explica que frente a amenazas de recorte presupuestario y/ o cancelación de todos los proyectos futuros en su conjunto a manos del presidente y el Congreso, un comité tácito en las sombras -el cual definitivamente preside- decidió falsificar la misión a Marte debido a que los burócratas de turno compraron un equipo de mantenimiento de vida defectuoso y sobrefacturado que desembocaría en la anulación automática de Capricornio Uno al entregarle en bandeja una excusa al ejecutivo para dar por finiquitado el programa espacial, el cual a su vez es atacado desde la oposición por los gastos desorbitantes que demanda. Mientras que por un lado tenemos a un Kelloway que “convence” a los tres reticentes astronautas para garantizar su colaboración amenazándolos con matar a sus respectivas familias haciendo explotar un avión oficial en el que viajan todos juntos, lo que por cierto implica falsificar las transmisiones de TV del aterrizaje en Marte y durante el vuelo, por otro lado está la rauda investigación de un periodista, Robert Caulfield (Elliott Gould), que comienza a inquietarse cuando desaparece de la faz de la tierra un amigo suyo, Elliot Whitter (Robert Walden), un técnico de la NASA que descubre que las señales de televisión llegan antes a las consolas de monitoreo que sus homólogas de la nave, algo que informa a sus superiores y así el asunto deriva no sólo en su “supresión” sino en acoso e intentos varios de asesinato contra Caulfield. La primera mitad del film presenta los detalles de la conspiración, esa que trepa hasta los máximos responsables de una NASA bien mafiosa que arregla todo con mentiras, aprietes y cadáveres cual CIA o FBI, y funciona como un maravilloso thriller de impronta política en un estilo hollywoodense bastante irónico, sin embargo la segunda parte muta hacia el relato agitado de supervivencia, muy cercano al clásico cine de acción, cuando el fraude de la vuelta a nuestra planeta, en el que los tripulantes serían llevados al punto de llegada después de meses de estar encerrados como prisioneros, también termina en desastre porque el escudo térmico se separa del módulo de mando en la reentrada a la atmósfera terrestre y de este modo el imprevisto no les deja otra opción a Kelloway y los suyos que dar por muertos a los astronautas, en consonancia con la desintegración de la nave en apenas 12 segundos. Brubaker, Willis y Walker se dan cuenta del “problemita” y dan por sentado que los asesinarán para resguardar el embuste, por ello escapan pero sólo consiguen llegar a una zona desértica en la que se separan mientras un par de helicópteros con sicarios los acechan y el pobre de Caulfield trata de desentrañar las pistas acumuladas, incluyendo conversaciones con la esposa de Charles, Kay (Brenda Vaccaro). Hyams redondea una anomalía absoluta porque así como la propuesta se lanza de cabeza en la piscina contracultural antiinstituciones marchitas de la década del 70, asimismo lo hace desde un andamiaje formal cercano a cierto clasicismo hollywoodense cimentado en un reparto lleno de estrellas (a Brolin, Gould, Vaccaro, Holbrook y Waterston se suman agradables participaciones de Telly Savalas, David Huddleston, Karen Black y David Doyle, amén de un O.J. Simpson por esos años conocido como jugador de fútbol americano) y en diálogos que saben ubicarse en la frontera entre lo caricaturesco y la verdad más impiadosa (la seriedad del complot y sus resonancias homicidas están trabajadas en función de una mordacidad insólitamente eficaz que jamás desvirtúa el trasfondo de denuncia del convite). En el fondo Capricornio Uno es un retrato tanto de las luchas intestinas en el enclave estatal por preeminencia en el reparto de la torta pública y de la facilidad con la que se puede montar una mascarada monumental desde los truquitos del soporte audiovisual, como de las replicas de izquierda que suelen recibir las cúpulas gubernamentales de los países centrales en lo que atañe a sus gigantescos presupuestos espaciales, científicos destructivos y de defensa, haciendo foco en especial en el argumento de que existen problemas muchísimo más urgentes en la Tierra y el sustrato cotidiano de la población que la eterna búsqueda de satisfacer las fauces del capitalismo imperialista especulador inventando competencias risibles o guerras explícitas con el enemigo improvisado del momento, eje de una nueva cruzada que justifique una vez más la existencia del execrable complejo industrial bélico/ tecnológico dentro del marco nacional.

 

Capricornio Uno (Capricorn One, Estados Unidos/ Reino Unido, 1977)

Dirección y Guión: Peter Hyams. Elenco: James Brolin, Elliott Gould, Hal Holbrook, Sam Waterston, Karen Black, O.J. Simpson, Robert Walden, Brenda Vaccaro, Telly Savalas, David Huddleston. Producción: Paul N. Lazarus. Duración: 123 minutos.

 

 

El Café Atómico (The Atomic Cafe, 1982):

 

El telón de fondo de El Café Atómico (The Atomic Cafe, 1982), el legendario documental de Jayne Loader y los hermanos Kevin y Pierce Rafferty, es la escalada nuclear bien bobalicona que experimentó Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial y a lo largo de toda la Guerra Fría con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas como el enemigo demonizado de turno, uno que servía en simultáneo para incrementar el ya abultado presupuesto armamentista y para perseguir y suprimir de lleno a cualquier simpatizante de izquierda dentro del territorio norteamericano, lo que inmediatamente pone en primer plano el entramado de mentiras, paranoia y masacres varias que los distintos gobiernos del país llevaron a cabo con vistas a utilizar a la bomba atómica como un comodín amenazante todo terreno ante el hipotético estallido de un conflicto con los comunistas. En medio de esta dialéctica de dos imperios en lucha, y a diferencia de la frialdad burocrática de los rusos, los estadounidenses apostaron a una mega campaña planetaria de desinformación orientada primero a definir a la URSS como el próximo enemigo a combatir, en consonancia con la caída de la Alemania nazi y la necesidad chauvinista/ económica de siempre del gobierno yanqui de mantener en funcionamiento su aparato industrial bélico, y luego a minimizar la potencialidad destructora de la bomba de hidrógeno una vez que los rojos desarrollaron un dispositivo termonuclear similar en agosto de 1949, en este caso con el objetivo de modelar la opinión pública interna, suprimir su disposición crítica y construir la falsa suposición general entre la población de que podrían ponerse a resguardo fácilmente ante una lluvia de misiles con bombas H. El opus que nos ocupa es una verdadera rareza dentro del campo de los documentales expositivos porque evita el proverbial uso de locutores en off y la introducción de imágenes registradas en el presente, optando en cambio por un enfoque despojado símil cinéma vérité que toma por eje un complejo montaje de talante irónico constituido en un cien por ciento por material de archivo de diversas fuentes y tesituras de las décadas del 40, 50 y 60, echando mano sobre todo de cortos estatales de propaganda, publicidades audiovisuales, films de entrenamiento militar, programas de televisión, anuncios de servicio público, mediometrajes “educativos”, dibujos animados, noticieros, canciones panfletarias, películas de defensa civil y hasta otros documentales del período sobre el tópico. A los realizadores les llevó cinco años en total recopilar y editar el enorme volumen de registros aquí empleados, descartando muchísimos más con vistas a edificar un retrato sucinto aunque muy poderoso de la colección de falacias y desvaríos en los que las administraciones de Estados Unidos -y el propio pueblo- cayeron en su persistente obsesión atómica y en esa caza de brujas en pos de espías socialistas infiltrados que pudiesen entregar secretos sobre el arsenal nuclear a la contraparte soviética, locura paranoide que tuvo al matrimonio compuesto por Ethel y Julius Rosenberg como sus principales mártires. La película en sí ofrece un recorrido por el desarrollo del programa nuclear yanqui desde la Prueba Trinity, la primera detonación norteamericana experimental del 16 de julio de 1945, y los execrables bombardeos atómicos del 6 y el 9 de agosto de ese año sobre Hiroshima y Nagasaki, ciudades que hasta ese instante no habían sido afectadas por las cargas aéreas de la Segunda Guerra Mundial y así fueron elegidas para luego poder determinar con exactitud el alcance de las explosiones, hasta las incesantes detonaciones posteriores tanto fuera del país, especialmente en el Atolón Bikini de las Islas Marshall, lugar del que fueron expulsados todos los nativos por el ejército, como dentro de las fronteras estadounidenses, haciendo estallar dispositivos en zonas semi desérticas que casi siempre derivaban en contaminación radioactiva de metrópolis cercanas vía cambios en el clima, amén de la contante exposición de barcos de pesca y de los mismos soldados que eran utilizados -junto a cerdos, cabras y ratas- como conejillos de indias en las cruentas e hiper contaminantes “aventuras” nucleares. Los crímenes de los yanquis contra la naturaleza y la humanidad se complementan con los burdos films de propaganda, los jingles publicitarios para lelos, los hilarantes cortos institucionales y aquellos delirios de los medios de comunicación de mediados del Siglo XX destinados a adoctrinar al pueblo desde la obsecuencia, el egoísmo, la banalidad, el nacionalismo, la alienación, el marasmo, el cristianismo, la soberbia, el consumismo y una idiotez lobotomizadora que supo girar alrededor de la amenaza de un ataque soviético a gran escala, la Guerra de Corea y el accionar de espías dentro del enclave público. A partir de testimonios de la época de funcionarios del gobierno, militares, congresistas, intelectuales, ciudadanos comunes y los presidentes Harry S. Truman, Dwight D. Eisenhower, Lyndon B. Johnson y Richard Nixon, el documental desmenuza -con mano maestra y desde un humor negro posibilitado por el contrapunto de la edición- los mecanismos de una manipulación masiva basada en un soporte audiovisual que respondía a la maquiavélica agenda de los políticos de Washington D.C. y sus socios en la camarilla plutocrática, corrupta, filofascista y empresarial de los sectores privado y militar, esos que se la pasan esgrimiendo a la democracia y la libertad en tanto pretextos para invadir tierras remotas, saquear sus recursos y repartirse la torta de la reconstrucción y del apuntalamiento de regímenes títeres y sumisos para con el mandato imperial explotador de siempre. La denuncia de los coletazos del fetiche nuclear, incluido el envenenamiento radioactivo, la carne quemada y la multitud de amputados y fallecidos, se unifican con muchos momentos de sublime parodia implícita como por ejemplo el ridículo simulacro de Golpe de Estado por parte de agentes comunistas en un pueblito de Wisconsin, la presentación de los trajes y refugios antiatómicos para el naciente mercado de la demencia de la Guerra Fría, la intervención en la TV de diversos payasos mccarthistas belicistas y a favor de la utilización urgente de la bomba de hidrógeno contra el Bloque del Este, ese tesoro de la comedia protagonizado por un Nixon -en su formato de patético operador político- mostrando un supuesto “microfilm” secreto ante la prensa que fue sustraído por espías soviéticos una década atrás, el anuncio radial de la espantosa ejecución de los Rosenberg en la silla eléctrica de Sing Sing en junio de 1953 seguido de más y más de esa típica e insensible programación basura de los mass media, los bizarros materiales de entrenamiento militar que mostraban cómo se les daban placas magnéticas y un dosímetro a los soldados y se los obligaba a marchar -en claro plan suicida/ experimental- hacia el hongo atómico en maniobras de invasiones simuladas con descargas en zonas cercanas a Las Vegas, y finalmente los mediometrajes de la estrafalaria minimización de los efectos de la radiación como el episodio de la caída del cabello, con un locutor de una película militar afirmando que volverá a crecer y que mientras tanto conviene utilizar una peluca, aquel otro de las gordas remilgadas enumerando a lo Boy Scouts los alimentos que no deben faltar en un refugio antinuclear, el siguiente del nenito detallando los pasos necesarios a seguir después de una lluvia radioactiva y ni hablar del mítico segmento animado de Bert, la Tortuga, ese que propone como solución defensiva improvisada frente a la mayor arma concebida por el ser humano en su locura monumental a la simple estrategia de “agacharse y cubrirse” como hacen -precisamente- las tortugas ante cualquier peligro, “duck and cover” según el jingle original de turno; planteo que desemboca en los minutos más jocosos de todo el documental gracias a un montón de ejemplos de palurdos/ esclavitos acríticos del período tirándose al piso y tapándose la cabeza cual simulacro de bombardeo, algo casi tan patético y absurdo como la recurrencia en las casas de todos esos refugios de hormigón armado transformados en la praxis -como señala un profesor de la Universidad de Columbia- en salas de incineración y/ o asfixia, facilitando muchísimo más la muerte en vez de evitarla. Estrenada en plena reconversión reaganiana hacia la doctrina de la ofensiva militarista más agresiva posible, la misma que continúa en auge en yanquilandia hasta el día de hoy, y con ecos muy fuertes de Dr. Insólito, o Cómo Aprendí a Dejar de Preocuparme y Amar la Bomba (Dr. Strangelove, or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, 1964), la gran obra maestra ficcional de Stanley Kubrick sobre la temática, El Café Atómico es un ejemplo exquisito y osado de cine independiente que resultó revolucionario para su época porque trajo a colación el poder sardónico detrás del montaje de material de archivo, más allá de por supuesto constituir uno de los mejores exponentes artísticos del movimiento pacifista. El desenlace, con Thirteen Women de Bill Haley and the Comets y luego un reaparecido Nixon repicando una campana sobre las escaleras del Capitolio e identificando a la salud mental como “el problema número uno del país”, justo antes del montaje final en ocasión de un eventual apocalipsis nuclear, constituye la frutilla de un postre alucinante y muy gracioso que subraya que ya en tiempos de Eisenhower se hablaba de un progreso tecnológico y científico por parte de la humanidad que no se correspondía a un desarrollo semejante en cuanto a nuestra conciencia social, emocional e intelectual, a lo que debe añadirse que dicho progreso se dio -y se sigue dando- sólo en determinadas áreas como los consumos suntuarios, la industria bélica y la tonta vitrina de las comunicaciones: el hecho de que jamás se haya reutilizado la bomba de hidrógeno por supuesto no obedece a planteos humanitarios ni mucho menos, sólo a una cuestión de supervivencia política/ económica de los diferentes mandatarios en el poder imperial y del oligopolio capitalista nauseabundo que depende de ellos para perpetuarse vía engaños cíclicos, demonizaciones y tácticas mafiosas.

 

El Café Atómico (The Atomic Cafe, Estados Unidos, 1982)

Dirección y Guión: Jayne Loader, Kevin Rafferty y Pierce Rafferty. Elenco: Harry S. Truman, Dwight D. Eisenhower, Lyndon B. Johnson, Richard Nixon, Julius Rosenberg, Ethel Rosenberg, Nikita Khrushchev, Paul Tibbets, Brien McMahon, Lloyd Bentsen. Producción: Jayne Loader, Kevin Rafferty y Pierce Rafferty. Duración: 86 minutos.

 

 

Mentiras que Matan (Wag the Dog, 1997):

 

Estamos ante uno de esos casos en los que la realidad parece imitar a la ficción y no al revés, como suele ser el estándar en el terreno del arte: Mentiras que Matan (Wag the Dog, 1997) es una sátira política extraordinaria, dirigida por Barry Levinson y escrita por Hilary Henkin y el genial David Mamet a partir de la novela American Hero de 1993 de Larry Beinhart, que fue estrenada un mes antes del súmmum del Escándalo Lewinsky, aquellas sesiones de sexo oral en el Despacho Oval de la Casa Blanca entre Monica Lewinsky, una joven becaria no remunerada, y Bill Clinton, el por entonces presidente de los Estados Unidos, desliz que incluyó recurrentes desmentidas falaces por parte del mandatario que lo pusieron en ridículo y le colgaron sobre su cabeza cargos de falso testimonio/ perjurio en función de su comparecencia judicial por acosos y matufias varias previas, por lo que luego decidió orquestar bombardeos en Afganistán y Sudán en agosto de 1998 y en Irak en diciembre de ese mismo año para alejar a la atención pública de sus testimonios vinculados al escándalo sexual, todo con la excusa de la supuesta presencia en dichas naciones de armas químicas y/ o de destrucción masiva de por sí totalmente inexistentes. La película, que fue filmada en un intervalo de menos de un mes durante la producción de Esfera (Sphere, 1998), otro opus del prolífico Levinson, incluye un sustrato profético en verdad sorprendente ya que se centra en un mega fraude relacionado con un jerarca estatal que tapa sus “aventuras” amorosas con un conflicto bélico fabricado a su medida y apelando a esas emociones fetichizadas por la política de la posverdad con vistas a cimentar una estafa berreta que logra que el grueso de los mortales obvien los hechos concretos y se sumerjan en la dialéctica de los eslóganes, las mentiras descaradas, las demonizaciones xenófobas, las “apariencias” distorsionadas de realidad y todas esas pavadas del enclave publicitario y de relaciones públicas orientadas a redireccionar la discusión desde los proyectos de antaño del debate político global hacia utopías risibles y engañosas que por un lado refuerzan los componentes más regresivos, chauvinistas e infantiloides de los pueblos y por otro lado recurren compulsivamente al miedo como mecanismo negativo aglutinador en torno al desprecio a enemigos de cotillón o a cualquier chivo expiatorio surgido de la ignorancia/ prejuicio popular y el mismo accionar mitómano de los medios de comunicación, siempre cómplices de las cúpulas gubernamentales. Ahora el presidente, de quien nunca vemos su rostro, aprovecha la visita de un grupo de Niñas Luciérnagas símil Boy Scouts para llevar a una de las menores de edad al Despacho Oval en un encuentro que deriva en una denuncia por abuso sexual que está a punto de salir a la luz, a once días de las elecciones en las que el mandatario se juega un eventual segundo período en la Casa Blanca. El “spin doctor”/ “fixer”, léase gurú de propaganda/ reparador de chanchullos, que de inmediato es contratado para solucionar el inconveniente es Conrad Brean (Robert De Niro), un hombre tan misterioso y creativo como cínico y maquiavélico especializado en embustes a gran escala, quien pasa a trabajar codo a codo con Winifred Ames (Anne Heche), una asistente muy cercana a la cabeza de la administración de turno. Brean insta al presidente a que se quede en China, en donde se encuentra por una gira centrada en la agenda comercial, y decide inventar una guerra con terroristas de Albania, los cuales intentarían ingresar a Estados Unidos una bomba en una maleta vía Canadá y ello desencadenaría represalias en el país del sureste de Europa, a quien para colmo se le adjudica capacidad nuclear para acrecentar el dramatismo, todo con el objetivo manifiesto de desviar la atención del escándalo con la niña durante esta etapa crucial hacia las urnas. Así las cosas, el hombre contrata a un prominente productor hollywoodense, Stanley Motss (Dustin Hoffman), un colorido señor -definitivamente inspirado en Robert Evans- que vive rodeado de lujos, ama su profesión y considera que no recibe el merecido reconocimiento intra industria por su trabajo. En un primer momento la artimaña funciona hasta que un representante de la CIA, el Agente Charles Young (William H. Macy), solicita explicaciones a los responsables por la información falsa en las conferencias de prensa oficiales, las “filtraciones” de datos a la prensa y hasta un absurdo video -con mucho CGI encima y filmado en un set bajo la supervisión de Motss- de una adolescente albanesa (Kirsten Dunst interpreta a la actriz en cuestión, Tracy Lime) supuestamente escapando de balas de terroristas con un gatito blanco en sus brazos y un fondo de construcciones derruidas y en llamas. Si bien Conrad logra apalabrarse/ amenazar a Young, luego se hace evidente que el miembro de la CIA hizo un trato con el rival directo del presidente en las elecciones, el senador y candidato John Neal (Craig T. Nelson), cuando este último anuncia por televisión que la agencia de inteligencia le confirmó que la guerra en Albania llegó a un súbito fin, lo que los dejaría con el fantasma del abuso sexual nuevamente en el horizonte. La contraofensiva del dúo Motss/ Brean es construir un militar olvidado -en plan de “héroe de guerra” solitario- que quedó en manos de los terroristas albaneses luego del repliegue de las tropas yanquis invasoras, el Sargento William Schumann (Woody Harrelson), una jugada que apela al nacionalismo, la solidaridad y la confianza masiva en el gobierno vía las esperanzas de un pronto rescate del prisionero, lo que además incluye la grabación de una canción alegórica por parte de un músico de country al servicio del productor, el veterano Johnny Dean (Willie Nelson), y su “contrabando” dentro de los registros de la Biblioteca del Congreso para simular un añejamiento de seis décadas de la composición. Cuando instantes antes de las elecciones finalmente el equipo decide buscar al verdadero Schumann para entregárselo al público sano y salvo, hasta ese momento apenas un apellido en la nómina de milicianos, Brean, Motss y Ames descubren que es un convicto agresivo e impredecible sentenciado a la cárcel por haber violado a una monja, circunstancia que genera nuevas improvisaciones de imagen pública relacionadas con la triste locura del sujeto producto del combate y de la tortura a la que fue sometido. El asunto, de todas formas, deriva en desastre cuando se estrella el avión que transportaba a la comitiva por una tormenta, mueren los pilotos y luego Schumann es asesinado a escopetazos por el padre de una adolescente regordeta a la que el susodicho pretendía violar. Una vez más Stanley salva las papas montando un funeral pomposo y convirtiendo al psicópata hiper medicado en una víctima heroica del fuego enemigo durante el rescate, logrando un segundo mandato para la actual administración al tiempo que le inventan una green card/ visa de residencia a un inmigrante mexicano que transportó a los confabuladores en su segadora después de la calamidad aérea. El productor, quien decía participar en el engaño sólo para divertirse y desoía los ofrecimientos de Brean de una embajada a su elección en cualquier parte del mundo, a último momento termina de estallar de furia cuando ve que un par de idiotas del rubro de la publicidad, responsables de un aviso televisivo electoral horrendo con el eslogan de “no debemos cambiar de caballo a mitad de la carrera”, se llevan todo el crédito de la victoria, y así decide dar a conocer su decisiva intervención en el asunto y de inmediato es asesinado por los sicarios de Conrad, quienes hacen pasar el homicidio como un rutinario ataque cardíaco mientras el hombre se bronceaba al sol. La propuesta desde el mismo título original en inglés, “wag the dog”/ “menear al perro”, enfatiza el concepto de la manipulación posmoderna haciendo foco en una tragicómica inversión de fuerzas a través de un hipotético can -homologado a la sociedad- que se deja mover por su cola, la extremidad más fútil de su cuerpo, dando cuenta de una dirigencia parasitaria y amoral que no sólo comete delitos de todo tipo sino que conserva su hegemonía, casi siempre sale impune por sus estrategias de “control de daños” y hasta logra ser reelegida echando mano a pescado podrido informativo, falacias bien absurdas, promesas que jamás se cumplirán y un constante levantamiento de cortinas de humo que tapan sus crímenes a ojos de un electorado apático y profundamente analfabeto a nivel político. La mediocridad intelectual del país, la utilización de enemigos ficcionales relacionados con el terrorismo, el permanente ardid de la ingeniería de la mendacidad melodramática, la edificación burda de villanos sin rostro y la violencia unilateral detrás de arremetidas bélicas al margen de cualquier marco legislativo internacional, como bien señala el personaje de De Niro en una escena al remarcar que los Estados Unidos no le “declaran” la guerra a nadie desde la Segunda Guerra Mundial y sólo deciden “ir” a la guerra, son ingredientes muy bien utilizados por el film que adquieren incluso mayor preeminencia bajo la política hiper fascista e imperialista de George W. Bush a posteriori de los atentados del 11 de septiembre de 2001, invasiones y masacres en Medio Oriente de por medio. Levinson, un director bastante desparejo que cuenta con trabajos interesantes en su haber como Buenos Días, Vietnam (Good Morning, Vietnam, 1987), Rain Man (1988), Avalon (1990), Bugsy (1991) y Los Hijos de la Calle (Sleepers, 1996), crea una parábola minimalista y muy eficaz que consigue desnudar con elegancia y esmero los patéticos manotazos de ahogado de las mafias gubernamentales, cuyos tentáculos se extienden en el laberíntico entramado empresarial, mediático y militar; aunque asimismo sin descuidar el retrato del paradójico ecosistema artístico, en donde el anhelo en pos del éxito económico a veces puede ser superado por las ansias de reconocimiento público/ cultural, llegando a episodios de “suicidios implícitos” como el del Stanley Motss del inefable Dustin Hoffman.

 

Mentiras que Matan (Wag the Dog, Estados Unidos, 1997)

Dirección: Barry Levinson. Guión: Hilary Henkin y David Mamet. Elenco: Robert De Niro, Dustin Hoffman, Anne Heche, Woody Harrelson, Willie Nelson, Denis Leary, William H. Macy, Craig T. Nelson, Kirsten Dunst, Andrea Martin. Producción: Barry Levinson, Robert De Niro y Jane Rosenthal. Duración: 97 minutos.