Capitán América: Un Nuevo Mundo (Captain America: Brave New World)

Inmundicia y control mental

Por Emiliano Fernández

Ya sabemos que todos los fanáticos de Marvel y los trumpistas y libertos/ mileistas son casi idénticos, siempre con los ojitos bizcos, aplaudiendo con el dorso de la mano, coronados con un hilo de baba colgándoles de la boca y otro de mocos desde la nariz, tratando de articular alguna que otra palabra y por supuesto sentados en un charco con su propia orina y su propia bosta, amén de mostrarse siempre dispuestos a votar al próximo esperpento de extrema derecha para luego verse algo en Netflix o la competencia. En este sentido resulta indudable que el nuevo bodrio de Marvel, Capitán América: Un Nuevo Mundo (Captain America: Brave New World, 2025), de Julius Onah, los deleitará en su hilarante inmundicia de subnormales que hacen del entretenimiento egoísta lobotomizador su única bandera: hablamos de un film lastimoso que le tocó en gracia el puesto número 35 en la seguidilla de mamarrachos del Marvel Cinematic Universe (MCU) y que pretende ser una secuela tanto de Falcon y el Soldado de Invierno (The Falcon and the Winter Soldier, 2021), miniserie de seis episodios creada por Malcolm Spellman para el servicio de streaming Disney+, como de las tres epopeyas apestosas previas del MCU centradas en este personaje jingoísta y muy básico concebido en 1940 por Joe Simon y Jack Kirby, la de Joe Johnston de 2011 y las dos de los hermanos Anthony y Joe Russo de 2014 y 2016, odiseas que fueron protagonizadas por un Chris Evans que desde aquel producto televisivo fue sustituido por Anthony Mackie.

 

Con una microscópica historia que involucra un posible enfrentamiento de Estados Unidos con Japón por el adamantium, un metal todopoderoso del universo comiquero de los 60, y la venganza de parte de un villano mutante especialista en el control mental, Samuel Sterns (Tim Blake Nelson), contra el flamante presidente de yanquilandia y eventual Hulk Rojo, Thaddeus “Thunderbolt” Ross (Harrison Ford), esta versión del Capitán América, léase Sam Wilson (Mackie), es todavía más pedestre que la anterior y muchísimo más conocida, Steve Rogers (Evans), correspondiente a Capitán América: El Primer Vengador (Captain America: The First Avenger, 2011), Capitán América: El Soldado de Invierno (Captain America: The Winter Soldier, 2014) y Capitán América: Guerra Civil (Captain America: Civil War, 2016). Una vez más los CGIs resultan calamitosos, los diálogos parecen escritos por deficientes cognitivos, las secuencias de acción bordean el desgano o el aburrimiento y para colmo jamás dejan de apilarse más y más chistecitos para necios, actuaciones en piloto automático salvo la honrosa de Ford, una escena más tonta e inverosímil que la anterior y un trasfondo político explícito totalmente desperdiciado e infantilizado para que “llegue sin problemas” al público hiper mongólico de Marvel, sin olvidarnos de un final previsible y cursi en el que a pura hipocresía todo se resuelve a último momento con algunas palabras comprensivas después de romperse las cabezas durante veinte minutos de grandilocuencia.

 

Los inconvenientes de estos engendros de destino planetario que homologan al cine con un parque temático para retrasados mentales son más o menos siempre los mismos y ponen de manifiesto no sólo la línea de montaje de fondo sino asimismo la mediocridad de los responsables detrás de cámaras -para el delante se encargan de reclutar a gente con talento para disimular el asunto- y el conservadurismo del Hollywood de hoy en día, incapaz de redondear propuestas con una mínima dosis de materia gris, naturalidad, corazón, discurso valioso o un buen par de cojones, esos que en la versión derechosa del cine de acción de los años 80 y 90 por lo menos compensaban con garra, delirio y mucha efervescencia aquellos arrebatos fascistoides, en el nuevo milenio incesantemente reemplazados por paladines intercambiables, villanos de cotillón, efectos visuales berretas y tramas que derrapan en el tedio, la inoperancia y una estupidez digna del imbécil que desconoce las palabras “arte” y “cultura” pero también “coherencia”. Capitán América: Un Nuevo Mundo funciona como un intento patético de thriller político que se hunde bajo el peso de un guión lánguido, de refilmaciones vía tests de audiencia y de la tendencia a introducir personajes/ criaturas cada vez más pueriles para vender muñequitos y otras pavadas, además del autosabotaje de la obligación de ver la miniserie y las 34 películas anteriores para entender citas onanistas que tienen a El Increíble Hulk (The Incredible Hulk, 2008), de Louis Leterrier, como fetiche.

 

El director, un Onah que nació en Nigeria y fue elegido por el oligarca de Kevin Feige sólo por tener el mismo color de piel del soporífero Mackie, intenta mejorar el “acabado final” bajando en edición la velocidad promedio de este tipo de productos, donde precisamente la premura suele arruinar todas las escenas más agitadas porque no se entiende nada gracias a la confusión y el poco seso del equipo creativo en general, no obstante la más que loable movida cae en saco roto porque no puede disimular el triple hecho de que la historia es casi inexistente, los personajes no pasan de la condición de caricaturas y la oquedad pasatista, por su parte, constituye el único horizonte conceptual dentro de la ortodoxia estupidizante del mainstream de nuestro presente. Todas las payasadas vinculadas a los superpoderes no se comparan con el componente más fantástico de todos, eso de ponderar a un presidente yanqui rojo y con algo de conciencia y humanidad en sus venas, por un lado un indicio más de la desconexión de Hollywood para con la realidad y por el otro lado toda una anomalía viniendo del país que parió el macartismo y monstruos como George W. Bush o Donald Trump. Lo anterior pone en el tapete el detalle de que a Marvel ni siquiera le sale bien la jugada de “comprar” algo de legitimidad incorporando a Ford, quien está tan pero tan solo en el metraje que lo único que hace es transformarse en un oasis tácito y de paso subrayar la nulidad o sustrato anodino de prácticamente todo a su alrededor, desde sus colegas actores hasta la factura técnica o los manotazos de ahogado de Onah, responsable de la excelente Luce (2019) y de films fallidos como La Chica Está en Problemas (The Girl Is in Trouble, 2015) y La Paradoja Cloverfield (The Cloverfield Paradox, 2018). Con un título sacrílego que alude a la joya de Aldous Huxley, Un Mundo Feliz (Brave New World, 1932), todo un clásico de la novela de ciencia ficción, en una decisión comparable a la afrenta de traer a colación el legendario álbum de 1973 de Pink Floyd en ocasión de Transformers: El Lado Oscuro de la Luna (Transformers: Dark of the Moon, 2011), excremento cinematográfico de Michael Bay, sinceramente comparadas con la película que nos ocupa Manos: Las Manos del Destino (Manos: The Hands of Fate, 1966), de Harold P. Warren, Te Dedico un Fuck You durante Cuatro Horas (I Flip You Off for Four Hours, 2020), opus de David F. Sandberg, y Santa Claus Conquista a los Marcianos (Santa Claus Conquers the Martians, 1964), de Nicholas Webster, resultan obras dignas porque no gastaron millones y millones de dólares en semejante inmundicia de la impresentable usina fecalofílica actual, Marvel…

 

Capitán América: Un Nuevo Mundo (Captain America: Brave New World, Estados Unidos, 2025)

Dirección: Julius Onah. Guión: Julius Onah, Malcolm Spellman, Rob Edwards, Dalan Musson y Peter Glanz. Elenco: Anthony Mackie, Harrison Ford, Tim Blake Nelson, Danny Ramírez, Shira Haas, Carl Lumbly, Giancarlo Esposito, Xosha Roquemore, Jóhannes Haukur Jóhannesson, Takehiro Hira. Producción: Kevin Feige y Nate Moore. Duración: 118 minutos.

Puntaje: 1