Las franquicias contemporáneas son sinónimo automático de basura porque cada eslabón es idéntico al anterior en función de criterios de marketing que prevalecen por sobre los artísticos o creativos con vistas a captar al espectador imbécil promedio de nuestros días acostumbrado a ver mil veces lo mismo y a prejuzgarlo todo según categorías estancas que responden mejor a productos de una góndola de un supermercado que a obras de arte, sin embargo no siempre este panorama fue así porque hubo una época en la que las sagas del cine popular valían realmente la pena gracias a que cada nueva entrega mantenía un muy buen nivel cualitativo y/ o sumaba una nueva faceta a la idiosincrasia o identidad del protagonista principal. Un buen ejemplo de ello es la retahíla de películas que generó la de por sí magnífica Zatoichi (Zatôichi Monogatari, 1962), también conocida por su título en inglés The Tale of Zatoichi, pequeña maravilla de Kenji Misumi que derivaría en un total de 25 secuelas, producidas entre ese 1962 y 1989, y en una serie de televisión que tuvo cuatro temporadas y 100 episodios transmitidos entre 1974 y 1979. Si dejamos de lado un par de remakes/ reboots posteriores, hablamos de la mediocre Zatoichi: The Last (Zatôichi: Za Rasuto, 2010), de Junji Sakamoto, y de la muy disfrutable Zatoichi (2003), de Takeshi Kitano, y una interpretación en clave femenina, la apenas correcta Ichi (2008), de Fumihiko Sori, toda la primera etapa de la franquicia estuvo dominada por Shintarô Katsu, un gran actor nipón que compuso con maestría al personaje titular creado por el novelista Kan Shimozawa, un samurái ciego que se gana la vida en simultáneo como masajista, jugador profesional de dados y yakuza ocasional aunque siempre utilizando su destreza con la katana -camuflada como un bastón- para salvaguardar a los indefensos y las víctimas de la corrupción o la explotación del período, además de aprovechar a su favor los preconceptos de las personas a su alrededor en materia de ningunearlo, maltratarlo o menoscabarlo por su condición de no vidente, precisamente gracias a lo cual se convirtió con los años en un espadachín experto capaz de hacerse respetar en tiempos agitados en donde sólo el acero y la idoneidad guerrera prosaica conseguían imponer esa voluntad individual de sobrevivir.
Misumi no sólo desencadenó la saga de Zatoichi, una de las más extensas y populares del chanbara o cine de samuráis y de toda la cultura japonesa en general, sino que asimismo fue el responsable decisivo de echar a rodar otras dos series de películas sucesivas del formato, nos referimos a esa que comenzó con Hanzo the Razor: Sword of Justice (Goyôkiba, 1972), también protagonizada por Katsu, la cual generó dos secuelas en 1973 y 1974, y a aquella célebre saga que tuvo por puntapié tres prodigiosos convites de Misumi, Lone Wolf and Cub: Sword of Vengeance (Kozure Ôkami: Ko wo Kashi ude Kashi Tsukamatsuru, 1972), Lone Wolf and Cub: Baby Cart at the River Styx (Kozure Ôkami: Sanzu no Kawa no Ubaguruma, 1972) y Lone Wolf and Cub: Baby Cart to Hades (Kozure Ôkami: Shinikazeni Mukau Ubaguruma, 1972), hilo al que regresaría en ocasión de Lone Wolf and Cub: Baby Cart in the Land of Demons (Kozure Ôkami: Meifumadô, 1973), faena ubicada entre otras dos continuaciones de Buichi Saitô de 1972 y de Yoshiyuki Kuroda de 1974, totalizando en conjunto seis películas que constituyeron una clara influencia para The Mandalorian, serie creada por Jon Favreau para el servicio de streaming de Disney. El director incluso saltó al cine occidental de una manera bastante tradicional, habiendo dirigido la entrega número 17 de Zatoichi, Zatoichi Challenged (Zatôichi Chikemuri Kaidô, 1967), que fue reinterpretada por Hollywood en Furia Ciega (Blind Fury, 1989), con Phillip Noyce detrás de cámaras y Rutger Hauer como un veterano no vidente y espadachín de la Guerra de Vietnam, y a la par de un modo un tanto mucho peculiar ya que Lone Wolf and Cub: Sword of Vengeance y Lone Wolf and Cub: Baby Cart at the River Styx fueron reeditadas y dobladas al inglés por Robert Houston para el voluminoso mercado anglosajón bajo el título de Shogun Assassin (1980), ambas por cierto producidas por Katsu y protagonizadas por su hermano mayor, el asimismo actor Tomisaburo Wakayama, el cual compuso al legendario Ogami Itto de las Lone Wolf and Cub. Si bien el contexto del relato de Zatoichi es propio del chanbara, vale aclarar que este primer opus mantiene muchos más puntos de contacto con el jidaigeki o drama de época porque las batallas están condensadas en el final y el tono es meditabundo.
La acción transcurre en las postrimerías del Período Edo (1603-1868), cuando el Shogunato Tokugawa había conseguido pacificar y centralizar el poder público de gran parte del país a costa de quitarle mucha capacidad de influencia a los daimios o señores feudales, los cuales prescindieron de los servicios de sus soldados o samuráis, clase social militar que de a poco sufrió una metamorfosis desde el rônin o samurái sin amo que trabajaba de mercenario hacia el yakuza moderno, léase ese miembro de una red del crimen organizado que gira en torno al chantaje, las apuestas, la prostitución, el lavado de dinero, el narcotráfico, la venta de armas, el sicariato político, el contrabando de mercancías, los espectáculos masivos y la especulación inmobiliaria y financiera. La trama en sí nos presenta una región controlada por dos bandas rivales en la tradición de Yojimbo: El Guardaespaldas (Yôjinbô, 1961), de Akira Kurosawa, Iioka del cabecilla máximo Sukegorô (Eijirô Yanagi) y Sasagawa del jefazo Shigezô (Ryûzô Shimada), dos pandillas que hegemonizan los juegos de azar de la zona y cuyos mandamases definitivamente no confían demasiado en sus hombres porque ambos se guardan un “as en la manga” que viene por el lado de contratar a respectivos rônins, Sukegorô a Zatoichi y Shigezô a Miki Hirate (Shigeru Amachi), dos señores que resienten el estilo de vida de los yakuzas pero se ven obligados a compartirlo para subsistir porque a la ceguera del primero se suma la tuberculosis y ruina económica del segundo. Los dos rônins se hacen amigos entre charlas y sesiones de pesca, con Zatoichi tratando de convencer a Hirate de que no sucumba en el pesimismo por su salud y éste reconociendo una “intensidad amenazadora” que emana del no vidente, quien percibe desde el vamos la enfermedad de su colega o cuando su caña atrapa una carpa, no obstante el ciego se ve obligado a defenderse de dos esbirros de Sasagawa cuando lo ven con Miki, lo cual a su vez provoca el asesinato de un hombre vinculado a los Iioka que simplemente le llevaba algo de sake a Hirate en nombre de Zatoichi. Miki participa del mega enfrentamiento del desenlace para evitar que el cobarde de Shigezô utilice un arcabuz contra el masajista espadachín y con la meta de morir a manos de su amigo y no por la tuberculosis que lo hace toser sangre.
Como ocurriría en la futura y laberíntica franquicia, aquí se denuncia la marginación que sufren los discapacitados por parte del vulgo mediante sutilezas que van más allá de la jugada oportunista de Sukegorô de hacerse de los servicios del ciego, capaz de rebanar una vela encendida en dos mitades idénticas, y al mismo tiempo burlarse de su padecimiento o despreciarlo como otro esclavo asalariado más del montón, como por ejemplo la escena del inicio, en la que el colectivo Iioka pretende estafar al protagonista en un juego de apuestas aprovechándose del hecho de que tira los dados en el piso y a la vista de todos, por fuera de la oscuridad del cubo, pero cuando él les devuelve la cortesía con un movimiento tramposo se hacen los ofendidos y hasta pretenden asesinarlo como escarmiento. El muy sensato y medido guión de Minoru Inuzuka subraya que la contienda de poder entre ambas pandillas es superflua y totalmente extraña al interés de base de Zatoichi y Hirate, unos vagabundos perpetuos con puntos en común como la soledad, la perspicacia callejera, la serenidad y la conciencia de la explotación de los humildes a instancias de los poderosos que controlan la torta pública, esos para quienes trabajan payasos grises y nefastos como el maquiavélico Tatekichi (Michirô Minami), quien embaraza a una muchacha a la que abandona llevándola al suicidio, Saki (Keiko Awanami), hablamos del asistente de Zatoichi designado por Sukegorô durante su estancia con los Iioka, un señor que considera indigno trabajar para un ciego y por ello lo estafa en la compra del sake de regalo a Miki, que entrega a su hermana Tane (Masayo Banri) a su ex pareja Seisuke (Manabu Morita) para que la viole y en el final hasta pretende matar a traición a Zatoichi cuando renuncia a su katana/ bastón luego de dar muerte a su amigo, derivando en el ahogamiento de Tatekichi en aguas bien turbias. Todas las características que serían fundamentales en la saga ya están presentes en el opus de Misumi en línea con las ráfagas de humor irónico, las destrezas casi sobrenaturales del no vidente, la melancolía cordial y solidaria que lo ennoblece, un marco melodramático en esta oportunidad vinculado a la relación romántica con Tane y finalmente ese humanismo todo terreno que sitúa a los personajes y su quid como núcleos cruciales del derrotero retórico sin subordinarlos a la fanfarria y/ o pirotecnia de acción, planteo que contradice a gran parte del cine mainstream del Siglo XXI. Las secuelas, de las que Misumi dirigiría unas cuantas, ya están más volcadas al chanbara tradicional por sobre el jidaigeki reposado de la obra original e incluyen aparatosas carnicerías aunque sin jamás descuidar a nuestro Zatoichi alias Ichi del genial Katsu, él mismo un artesano siempre errante del séptimo arte que supo combinar la presente saga con otras dos igual de frondosas y triunfales entre el público de entonces, aquellas que empezaron con Tough Guy aka Bad Reputation (Akumyô, 1961), de Tokuzô Tanaka, desencadenando 17 corolarios, y con Hoodlum Soldier (Heitai Yakuza, 1965), de Yasuzô Masumura, ésta catalizadora de ocho continuaciones. Muy pocas veces la austeridad narrativa, el misterio y la afabilidad naturalista supieron combinarse como en Zatoichi, un film que inspiraría diversos aspectos de Kung Fu (1972-1975), la mítica serie de TV de la ABC con David Carradine, y que analiza a las tragedias cotidianas generadas por un statu quo egoísta y banal para el que todo y todos son prescindibles en medio de una ceguera plutocrática e hiper caníbal que sobrepasa por mucho a la propia del protagonista…
Zatoichi (Zatôichi Monogatari, Japón, 1962)
Dirección: Kenji Misumi. Guión: Minoru Inuzuka. Elenco: Shintarô Katsu, Shigeru Amachi, Masayo Banri, Ryûzô Shimada, Michirô Minami, Eijirô Yanagi, Manabu Morita, Keiko Awanami, Hajime Mitamura, Yoshindo Yamaji. Producción: Ikuo Kubodera. Duración: 96 minutos.