Obsesión (Obsession, 2025), la segunda película de Curry Barker luego de la recordada Milk & Serial (2024), no sólo constituye una muy grata sorpresa dentro del contexto actual cinematográfico, siempre errático y promediando hacia abajo, sino que viene a confirmar que estamos ante una primera generación verdaderamente “atendible” de YouTubers que logran saltar al mainstream hollywoodense gracias a obras valiosas y/ o con peso específico propio, pensemos en los casos espejos de Chris Stuckmann y Kane Parsons en lo referido a sus óperas primas, el primero responsable de Terror en Shelby Oaks (Shelby Oaks, 2024) y el segundo de Backrooms (2026). Barker, hasta ahora un especialista en cortometrajes de terror y un comediante en función de un dúo con Cooper Tomlinson, efectivamente realizó toda su producción artística previa para YouTube y terminó subiendo de manera gratuita Milk & Serial, un interesante found footage de apenas una hora de duración y 800 dólares de presupuesto, a la plataforma de videos porque ningún distribuidor quería estrenar el film en cines, una búsqueda por demás frustrante que le llevó al estadounidense todo un año. Sin embargo no fue la excelente repercusión en el ámbito digital del debut en largometraje lo que generó la llegada del dinerillo mainstream para un proyecto de esta envergadura sino uno de sus numerosos cortos, La Silla (The Chair, 2023), primero garantizando un millón de dólares de presupuesto y luego desencadenando un acuerdo de distribución mundial con Universal Pictures que incluye el respaldo de Blumhouse Productions, la productora de Jason Blum cuyo nombre es sinónimo de horror en todo el planeta. Vista en relación a Milk & Serial, aquella especie de anatomía del morbo virtual del Siglo XXI y la cultura yanqui bobalicona y a veces aterradora de las bromas pesadas en secuencia, Obsesión retoma principalmente temáticas como la locura, la incomodidad, la invasión del hogar, la soledad, la complicidad forzada y una inmadurez que suele ir de la mano del egoísmo, la banalidad y la decadencia moral, además de una estructura narrativa consagrada a una situación que a priori se piensa “manejable” y se descontrola sistemáticamente con el correr del metraje.
La realización de Barker arrastra un mérito muy importante porque posee una personalidad asombrosa que no se limita a la sumatoria de los ingredientes que intervienen en la mixtura en cuestión, sin que ninguno pase a dominar del todo en el relato, en este sentido podemos nombrar el archiconocido catalizador de La Pata del Mono (The Monkey’s Paw, 1902), el cuento de W.W. Jacobs, cierto aire al acoso de Atracción Fatal (Fatal Attraction, 1987), ese thriller erótico de Adrian Lyne con Michael Douglas y Glenn Close, pinceladas aisladas de faena estudiantil ochentosa, aquel romance modelo screwball comedy -hoy parodiado- y por supuesto el “terror elevado” según la óptica estrafalaria del Zach Cregger de Bárbaro (Barbarian, 2022) y La Hora de la Desaparición (Weapons, 2025), eje que adora jugar con personajes irritantes y bastante crueles correspondientes a los suburbios del nuevo milenio, sin olvidarnos del pavor televisivo de moralejas sardónicas cercano a Cuentos de la Cripta (Tales from the Crypt, 1989-1996), la serie de Steven Dodd, y La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone, 1959-1964), joya suprema de Rod Serling. Aquí Baron “Bear” Bailey (Michael Johnston) es un veinteañero que lamenta el reciente deceso de su gata Sandy, ingesta accidental de oxicodona de por medio, y que está profundamente enamorado de una ex compañera de escuela y hoy colega laboral en una gran tienda de venta de instrumentos musicales, Nikki Freeman (Inde Navarrette), quien lo considera sólo un amigo a diferencia de su otra colega en el negocio, Sarah Harper (Megan Lawless), muchacha que sí lo quiere en serio. Frustrado por su propia torpeza y por el rechazo tácito de Nikki, Bear recurre a un producto que compró en una santería/ local esotérico, ese “Sauce de un Deseo” que en esencia es una varita que debe romperse para pedir un único e irreversible deseo, en esta oportunidad desde ya que Freeman quiera a Bailey más que a cualquier otro ser humano en el mundo entero. De inmediato la mujer se enamora del protagonista y se muda a su hogar con la excusa de que está deprimida porque su progenitor agoniza a raíz de un cáncer, algo que otro compañero de trabajo, Ian (el citado Tomlinson), eventualmente tacha de mentira.
Como casi toda película de terror, la premisa es microscópica y todo depende de cómo se maneje la espiral de degradación que trae consigo, así Barker expande significativamente lo hecho en Milk & Serial y sin duda se luce en lo que atañe al comportamiento caótico de una Nikki que construye un altar grotesco para el minino fallecido, mira dormir a su flamante pareja o se esconde en algún rincón del dormitorio, apabulla con su intensidad y sus gritos ensordecedores repentinos, espera a Bear en el domicilio compartido en la misma posición de la despedida y para colmo toda meada, vomitada y cagada, le cocina los restos de Sandy y los incorpora a un sándwich, lo avergüenza y grita sin más su codependencia en una fiesta de Ian, se golpea la cabeza en ataques de furia desconcertantes, sigue a su amado hasta el baño e incluso tapia la puerta de la casa con cinta adhesiva para que el noviecito no se vaya al trabajo ni la deje sola, amén de dos detalles infaltables del gremio lunático, nos referimos a matar a la competencia romántica, una Sarah que es hija del dueño de la tienda, Carter (Andy Richter), y hablarle a Bailey como la antigua Freeman, de hecho como si se tratase de alguien con un trastorno de identidad disociativo, la vieja “doble personalidad” que se homologaba a la esquizofrenia. Lo que parece en un primer momento exclusivamente una fantasía masculina en torno al anhelo de cariño de él, sueño que se transforma en pesadilla, de a poco se abre a la perspectiva silente de ella, atrapada precisamente en el deseo de otra persona que irrumpe para esclavizar. El director y guionista evita los lugares comunes de estos tiempos que buscan “relajar” la tensión para desembarazarse temporalmente del peso del planteo dramático, esquema que hubiese significado acercar más el convite a la comedia romántica, al humor negro o a las carcajadas a secas, optando en cambio por volcarse de lleno al horror de deseos cumplidos, con el sentimiento de vacío que llega después, y por meterse con tópicos secundarios agitados como la limerencia, el mutualismo ortopédico, la ansiedad posmoderna, el autoengaño, los caprichos fetichizados, la soledad, la enajenación progresiva, los delirios diurnos y nocturnos, la toxicidad emocional y el combo de siempre en el ecosistema de las parejas en nuestro nuevo milenio, léase infantilización, chantaje y competencia más o menos explícita. El realizador filma a Navarrette a oscuras y con sus ojitos apenas brillosos, recurso austero que subraya no tanto que se transformó de golpe en un engendro de Mefistófeles sino que mutó en un individuo ciclotímico y/ o profundamente peligroso, ya incapaz de controlarse como cualquier paciente psiquiátrico del montón, y el constante detalle de vislumbrar algo detrás de él indica el costado oscuro de su contraparte, esa obsesión del varón que complementa a la de ella o más bien la determina al antecederla.
La película por un lado obliga a Blum a cerrar por un instante su “fábrica de chorizos” del cine de terror y volver a las propuestas inteligentes u osadas de la década anterior, gloriosa etapa en la que supo financiar trabajos variopintos de Scott Derrickson, Rob Zombie, Mike Flanagan, Bryan Bertino, M. Night Shyamalan, Ti West, Christopher Landon, Jordan Peele, Daniel Goldhaber y un Joel Edgerton en modalidad director, entre otros, y por el otro lado trabaja muy bien el tópico de la irresponsabilidad contemporánea mediante la incapacidad de Bear de lidiar con su deseo hasta las últimas consecuencias, lo que implicaría vivir con la adoración de Freeman, y de pegarse un tiro o morir de una sobredosis para recuperar su autonomía, núcleo narcisista mucho más importante que el hecho de liberarla a ella vía su óbito (la escena freak del dormitorio, en la que la Nikki original le pide matarla antes de que la nueva despierte, ilustra este punto desde el orgullo herido, con él ofendiéndose porque la maldita ninfa prefiere fallecer a estar románticamente vinculada a Bailey). Los ribetes “artísticos” de Freeman, sobre todo su lectura incestuosa de Hansel y Gretel (Hänsel und Gretel, 1812), el cuento de los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm, durante el jolgorio aguado de Ian y aquellas referencias sexuales aberrantes que dispara durante el último acto, asimismo enfatizan el corrimiento de los límites sociales en la cabecita de algunos de los que reclaman un amor nivelado en la pareja, desconociendo que siempre uno domina y el otro obedece o se somete desde un balance inestable y en ocasiones francamente maniático. Apuntalada en los descubrimientos de Barker en lo que respecta al elenco, unos Johnston y Navarrette que acumulaban un puñado de trabajos previos aunque nadie les había confiado un proyecto tan potente como Obsesión, la propuesta ofrece tanto la idea de que el amor puede saturar, al igual que cualquier factor o ingrediente o sentimiento en demasía, como la noción de que somos expertos en el autosabotaje porque él podría convalidar el afecto sano de Sarah pero prefiere insistir con su apego hacia la evidentemente no interesada, Nikki. El final de base anárquica es excelente en materia de redondear la situación, incrementar a conciencia la locura, revalorizar el vínculo con el gatito muerto -Bear usa la oxicodona para suicidarse- y terminar de señalar que estamos ante un relato de pasiones irrefrenables del corazón y no frente a un problemilla que pueda resolver la lógica o la razón instrumental de cadencia capitalista, por ello mismo un Ian transformado en multimillonario, otro Sauce de un Deseo mediante, recibe un disparo de Nikki, arpía demandante/ caníbal por antonomasia que encarna la faceta posesiva y violenta del amor, aunque no su dimensión manipuladora porque exuda ineptitud a la hora de mentir, pedir perdón o lloriquear a diestra y siniestra…
Obsesión (Obsession, Estados Unidos, 2025)
Dirección y Guión: Curry Barker. Elenco: Michael Johnston, Inde Navarrette, Cooper Tomlinson, Megan Lawless, Andy Richter, Haley Fitzgerald, Darin Toonder, Anthony Pavone, Chloe Breen, Malcolm Kelner. Producción: Christian Mercuri, James Harris y Roman Viaris-de-Lesegno. Duración: 109 minutos.