Una de las más grandes dificultades de los cineastas contemporáneos pasa por esquivar los estereotipos de determinados géneros, premisas o esquemas narrativos que vienen desde épocas remotas, como si la aproximación estilística de turno no soliese bastar al momento de inyectarle un poco de vida a esos antecedentes que ya todos conocemos. El director Jon Watts, en Cop Car (2015), su segundo opus en una especie de mainstream independiente, consigue la proeza de eludir los clichés de dos bastiones sumamente herméticos del séptimo arte: hablamos por un lado de las películas centradas en niños, y por el otro de los films que gustan de exhibir orgullosos una única figura de peso, en este caso el inefable Kevin Bacon.
La historia arranca de por sí evitando todas esas típicas moralejas de las epopeyas infantiles y nos ahorra un background familiar casi siempre elemental y aburrido. Travis (James Freedson-Jackson) y Harrison (Hays Wellford), dos nenes de unos diez años, están huyendo de sus hogares a campo traviesa, sin el más mínimo desconsuelo a cuestas, y así se topan con el auto de policía del título, al que -luego de jugar un rato- deciden robar para dar un paseo, el “joyride” norteamericano. El triángulo protagónico se completa con la siniestra intervención de un Bacon de lo más contenido, hoy como el sheriff dueño del coche y responsable de un señor que acaba de “sepultar” y de otro que sigue sangrando en el baúl.
Watts, ni lento ni perezoso, privilegia la algarabía anárquica de los pequeños y una suerte de ingenuidad portadora de un carácter muy diferente al de la inocencia que nos venden los blockbusters de Hollywood, en los que los jóvenes parecen comportarse como estúpidos insoportables que piden a gritos el rescate del héroe ocasional (algo similar podría decirse de los personajes femeninos, a veces igualados al protagonista hueco masculino). Aquí en cambio tenemos una autenticidad más certera que pinta de pies a cabeza esa invitación al peligro que enmarca a la niñez, ya que la experimentación con el entorno circundante posee un papel fundamental en el desarrollo psicológico y el proceso de crecimiento en general.
El segundo factor que merece nuestra atención es precisamente el desempeño de Bacon, un cincuentón que se conoce todos los gajes del oficio y que en esta oportunidad se aparta de sus gloriosos ataques de furia pasional para construir un villano tan desesperado por recuperar su patrulla como por subsanar un orgullo dañado por dos críos que no saben en lo que se metieron. Convites de esta envergadura, a escala reducida, muchas veces nos regalan contrafiguras en extremo perversas, sacando a relucir la ductilidad del actor en cuestión a través de roles que no dejan nada en el tintero. No obstante, el estadounidense en Cop Car crea un verdadero oasis con el silencio y las pocas líneas de diálogo que le reserva el guión.
Por suerte la propuesta obvia esa parafernalia insulsa -apta para burguesitos infantiloides- del “coming of age”, léase el ríspido viaje hacia la adultez, y pone en el corazón del relato a la dialéctica del género vinculada al suspenso motivado por la amenaza externa (el acecho sutil, símil road movie, del sheriff) y la interna (el juego de los niños con las armas y demás implementos que hallan en el automóvil, siempre en el límite entre el suicidio involuntario y la felicidad del saberse sin ninguna autoridad que los reprima). Hoy Watts corrige los baches narrativos de su trabajo anterior, la interesante El Payaso del Mal (Clown, 2014), y logra revitalizar al thriller como lo hizo con el horror severo centrado en la transmutación…
Cop Car (Estados Unidos, 2015)
Dirección: Jon Watts. Guión: Jon Watts y Christopher D. Ford. Elenco: Kevin Bacon, James Freedson-Jackson, Hays Wellford, Shea Whigham, Camryn Manheim, Kathleen Bentley, Joseph Oliveira, Sean Hartley, Kyra Sedgwick, Loi Nguyen. Producción: Jon Watts, Alicia Van Couvering, Cody Ryder, Andrew Kortschak y Sam Bisbee. Duración: 86 minutos.