Asesino de Policías (Copkiller: L’Assassino dei Poliziotti, 1983), maravilloso y hoy semi olvidado film de Roberto Faenza también conocido como El Orden de la Muerte (The Order of Death) y Corrupto (Corrupt), es una película muy extraña por diversos motivos, en primera instancia debido a que constituye el único protagónico del legendario John Lydon alias Johnny Rotten, cantante y líder natural tanto de Sex Pistols como de Public Image Ltd. o PIL, señor que ya había tenido una especie de “participación compulsiva” en La Gran Estafa del Rock ‘n’ Roll (The Great Rock ‘n’ Roll Swindle, 1980), aquel seudo documental de Julien Temple sobre los Sex Pistols en el que rehusó participar porque el proyecto estaba encarado desde la perspectiva satírica del manager Malcolm McLaren, y que más adelante tendría papeles muy secundarios o cameos claros en El Independiente (The Independent, 2000), de Stephen Kessler, Hijos de Noruega (Sønner av Norge, 2011), de Jens Lien, y Canción a Canción (Song to Song, 2017), del inefable Terrence Malick. La propuesta, asimismo, ocuparía un rol central en la transformación de Public Image Ltd. de aquel colectivo inicial vinculado al post punk, construido alrededor de una banda más o menos estable controlada por Lydon e integrada también por Keith Levene en guitarra y sintetizadores y Martin Atkins en batería, en un cónclave de cadencia pop y new wave apuntalado en la labor de sesionistas, lo que en términos prácticos homologó a PIL a un grupo solista tácito del vocalista: luego de First Issue (1978), un trabajo de transición con elementos punk, Metal Box (1979), joya del post punk cercana al dub, y The Flowers of Romance (1981), álbum majestuoso sin bajo y guitarra y basado en la percusión, Lydon decide participar en Asesino de Policías y opta por expulsar al heroinómano Levene porque éste estaba en desacuerdo con el rumbo más accesible de las grabaciones del cuarto disco, por entonces un soundtrack tentativo, y además tenían en puerta una gira por Japón que podría estropearse si arrestaban al guitarrista por drogas, por ello Levene se venga robando los registros del disco incipiente en cuestión y editándolo en Estados Unidos bajo el título de Commercial Zone (1984), gesto que fue leído por John como una puñalada en la espalda.
Más allá del hecho de que Lydon a posteriori contraatacó a su otrora colega de agrupación regrabando los demos de Commercial Zone con sesionistas y publicándolos ya en calidad del cuarto disco oficial de Public Image Ltd., This Is What You Want… This Is What You Get (1984), trabajo efectivamente de aires new wave hipnóticos y radiables que de todos modos dejaría paso al último disco verdaderamente apasionante de la trayectoria de PIL, Album (1986), más hardrockero agitado, imparable e inconformista, lo cierto es que el único vestigio evidente de la participación de John en Asesino de Policías en lo que atañe a la colección de canciones de This Is What You Want… This Is What You Get es The Order of Death, un tema vagamente inspirado en el film cuyo título hace referencia al nombre con el que fuera conocida la epopeya de Faenza en el mercado británico de su tiempo. El guión del realizador, Ennio De Concini y el inglés Hugh Fleetwood está basado en una novela de 1977 de este último, quien a futuro colaboraría en otras cinco oportunidades con el director, y en esencia se abre camino como una de esas combinaciones bizarras/ lunáticas de géneros correspondientes al período de decadencia del cine popular italiano, nos referimos a una década del 80 en la que Hollywood arremetió con toda su fuerza contra las cinematografías nacionales alternativas para suprimirlas y recuperar el control del mercado internacional, por ello el otrora refulgente acervo Clase B de Italia debió recurrir a manotazos de ahogado como el que nos ocupa, cruza nada sutil entre el asesino serial promedio de los giallos de antaño, un trasfondo institucional envilecido a lo poliziottesco y hasta ese psicodrama algo esquizofrénico, por un lado de ribetes traumáticos intimistas semejantes al teatro y por el otro lado apostando a una historia de parasitismo cruzado y homoerótico en sintonía con Trampa Mortal (Deathtrap, 1982), obra de Sidney Lumet basada en la puesta de 1978 de Ira Levin, y Juego Mortal (Sleuth, 1972), aquel opus de Joseph L. Mankiewicz que oficiaba de relectura de la odisea para las tablas de 1970 de Anthony Shaffer, no obstante en este caso la amalgama es por supuesto profundamente exploitation y poco tiene que ver con el refinamiento verbal de aquellas más allá del núcleo claustrofóbico, miserable y masculino.
El Teniente Fred O’Connor (Harvey Keitel) y su colega el Sargento Bob Carvo (Leonard Mann) son dos policías corruptos de narcóticos de la policía de Nueva York que compraron un lujoso departamento en Manhattan como inversión a largo plazo sirviéndose de sobornos y tráfico de estupefacientes. A Carvo le pica el bichito de la culpa y pretende cortar lazos con su compañero, quien tiene otro departamento en Brooklyn, una residencia de impronta “oficial” en la que no pasa demasiado tiempo porque adora transformarse en un ricachón apócrifo mediante su inmueble casi vacío aunque más espacioso de Park Avenue, hasta donde lo rastrea un chiflado que dice ser Fred Mason pero en realidad se llama Leo Smith (Lydon), huérfano que heredó una fortuna y hoy vive en una mansión con su único pariente con vida, su abuela Margaret Smith (Sylvia Sidney). O’Connor no se toma muy bien que digamos el acoso y teme que salte a la luz su deshonestidad, por ello golpea a Leo, le mete la cabeza en el horno de la cocina y decide mantenerlo prisionero en el baño, violencia que en cierta medida se detiene cuando descubre que su “invitado” tiene rasgos de masoquista y gusta de responsabilizarse de crímenes horrendos, como la violación y la paliza de una chica o el accionar de un asesino en serie que anda reventando con dedicación a los policías corruptos de narcóticos, a quienes el ignoto homicida les corta la garganta con un cuchillo símil sierra. El teniente le había comprado al sargento su parte del departamento pero cuando el segundo halla prisionero al muchacho se produce una discusión que termina con Carvo desmayado luego de un golpe en su cabeza contra el inodoro, por ello Fred tiene la idea de atribuir su hipotética muerte al asesino de policías y traslada a su compañero al Central Park para obligar a Leo a cortarle el cuello, cosa que el joven hace y después huye en la noche. Contra todo pronóstico Smith regresa al inmueble de Manhattan y el planteo hegemónico se da vuelta porque un O’Connor con muchos problemas de conciencia cae en el alcoholismo y en una relación compensatoria con la viuda periodista del sargento, Lenore Carvo (Nicole García), en sí dejándose controlar por un Leo que lo trata como si fuese una pareja y lo insta a matar a la mujer antes de que le revele el crimen que ambos cometieron.
Los dos estereotipos en relación a la película pasan por afirmar que la interpretación del genial Keitel en Asesino de Policías es algo así como un preludio conceptual y lejano de su homóloga en ocasión de Un Maldito Policía (Bad Lieutenant, 1992), de Abel Ferrara, y que lo hecho por el querido Lydon resulta equiparable a su personalidad escénica pirotécnica de siempre, sin embargo a decir verdad el vocalista estrella de Sex Pistols y Public Image Ltd. en pantalla está muchísimo más contenido que de costumbre, pasando de la apariencia de indefensión de los comienzos al cinismo posterior orientado a mofarse de los escombros de la identidad feroz del teniente, y además aquel indie noventoso e hiper católico de Ferrara poco tiene que ver con el nihilismo setentoso del cuasi film noir que nos ocupa, trabajando asimismo la culpa que atormenta la mente aunque mucho más los juegos de manipulación maquiavélica de entrecasa y una noción impiadosa -y varias veces implícita- del castigo, ese que merecen los esbirros de la ley por alimentar el fuego social del delito que deberían apagar, precisamente el ideario de la película en su conjunto a través de palabras de Fred, quien define a la pasividad ante el crimen y ante quien necesita ayuda como la génesis de toda corrupción, y de un Leo que considera que los esbirros del aparato represivo de por sí edifican un régimen de desorden comunal para que el vulgo cometa crímenes y así poder castigarlo a puro sadismo, gran regla de oro de la policía. Faenza, que tendría un comienzo profesional políticamente bastante cargado en los 60 y 70, aquí entrega su único verdadero clásico en el campo del cine de género trash y estrambótico porque sus otras dos películas interesantes se volcaron al plano “serio tradicional”, hablamos de Sostiene Pereira (1995), denuncia de la dictadura de António de Oliveira Salazar en Portugal y uno de los últimos trabajos de Marcello Mastroianni, y Te doy mi Alma (Prendimi l’Anima, 2002), retrato de la relación entre Sabina Spielrein (Emilia Fox) y Carl Gustav Jung (Iain Glen), tópico también trabajado en Un Método Peligroso (A Dangerous Method, 2011), de David Cronenberg. Asesino de Policías combina el suspenso de gays de clóset, cruzadas redentoras/ punitivas, actuaciones perfectas y una banda sonora despampanante a cargo de Ennio Morricone…
Asesino de Policías (Copkiller: L’Assassino dei Poliziotti, Italia, 1983)
Dirección: Roberto Faenza. Guión: Roberto Faenza, Ennio De Concini y Hugh Fleetwood. Elenco: John Lydon, Harvey Keitel, Nicole García, Leonard Mann, Sylvia Sidney, Carla Romanelli, Nicola Cancellaro, Ettore Venturini, Antonio D’Acquisto, Benedetto Sestili. Producción: Elda Ferri. Duración: 101 minutos.