Pocos directores se han caracterizado por un catálogo tan variado de excentricidades visuales, temáticas e ideológicas como la colección de detalles disruptivos que marcaron el cine de Seijun Suzuki a lo largo de los años, director que pulió un estilo progresivamente más y más pirotécnico trabajando bajo el yugo del muy poco comprensivo o estimulante sistema de estudios de Japón de mediados del Siglo XX, específicamente para la compañía Nikkatsu y su presidente Kyusaku Hori, lo que provocó tres consecuencias principales, a saber: primero el nacimiento nada disimulado de la Nueva Ola Japonesa de las décadas del 60 y 70 ya que Suzuki no sólo anticipó muchos de sus rasgos iconoclastas y sus latiguillos estéticos y discursivos, en parte influenciados por la Nouvelle Vague de la década del 50 y principios de los 60, sino también los exacerbó a niveles insospechados para un profesional especializado en cine Clase B y opus de género cual cadena de montaje, segundo aquella metamorfosis del cine de yakuzas, uno de los fetiches del cineasta, desde la etapa llamada “ninkyo eiga” hacia la fase posterior, “jitsuroku eiga”, la primera mayormente inocentona y centrada en un pasado idealizado desde los confines del bushido o código de ética de la clase guerrera y la segunda consagrada a un cinismo violento a toda prueba que analizaba un presente en donde la moral de la caballería a la nipona se caía a pedazos para dejar lugar a la codicia y la voracidad occidental del capitalismo salvaje, y tercero la reconversión del propio Suzuki en un mártir del naciente cine de autor cuando efectivamente le colma la paciencia al ultra conservador Hori y éste lo expulsa de Nikkatsu a posteriori de dirigir sus dos obras maestras surrealistas de yakuzas, léase las extraordinarias El Vagabundo de Tokio (Tôkyô Nagaremono, 1966) y Marcado para Matar (Koroshi no Rakuin, 1967), generando un proceso judicial de tres años y medio en el que el director finalmente sale vencedor con una indemnización en sus manos pero a su vez debiendo soportar ser incluido en las listas negras y no poder trabajar durante la friolera de una década a pesar del apoyo popular y de la comunidad de artesanos del séptimo arte, siendo “redescubierto” a partir de los años 90.
Ahora bien, no todo en la carrera de los 50 y 60 de Seijun estuvo orientado a uno de los géneros más taquilleros del período, las odiseas de yakuzas, porque el susodicho recorrió diversos formatos que en parte se movieron por oleadas y gracias a ello permiten distintas agrupaciones, pensemos por ejemplo en el film noir de Belleza del Submundo (Ankokugai no Bijo, 1958), La Voz sin Sombra (Kagenaki koe, 1958) y Apunten al Camión de Policía (Jûsangô Taihisen Yori: Sono Gosôsha o Nerae, 1960) o el melodrama ampuloso de Todo Sale Mal (Subete ga Kurutteru, 1960), La Puerta de la Carne (Nikutai no mon, 1964) e Historia de una Prostituta (Shunpu den, 1965), amén de esos arrebatos ya abiertamente surrealistas de su trayectoria tardía en sintonía con su sutil regreso luego de la proscripción de Nikkatsu y las otras empresas del enclave industrial vernáculo, Una Historia de Dolor y Tristeza (Hishu Monogatari, 1977), y con la denominada Trilogía Taisho, aquella de las fantasmales Zigeunerweisen (Tsigoineruwaizen, 1980), Kagero-za (1981) y Yumeji (1991). Una de las propuestas más fascinantes de Suzuki, en la que sinceramente parece mofarse tanto del fetichismo cultural demacrado postbélico para con los resabios del bushido, lo que desde ya incluye exaltar la figura de lo marginal femenino proletario o lumpen que muestra una resiliencia inconmensurable, como de la impronta humanista y poética de luminarias de la generación previa en línea con Akira Kurosawa, Yasujirô Ozu, Masaki Kobayashi, Kon Ichikawa y Kenji Mizoguchi, es Historia de una Prostituta, película no casualmente basada en una novela de Taijiro Tamura del mismo título de 1947 que ya había sido trasladada a la gran pantalla aunque desde una lectura trágica y romántica mucho más tradicional o más bien amigable para con el público promedio de entonces, Deserción al Amanecer (Akatsuki no Dasso, 1950), faena a cargo de Senkichi Taniguchi y escrita por este último y Kurosawa, de allí se deducen las intenciones terroristas de fondo de un Seijun que por un lado estaba harto de los encargos dictatoriales y extremadamente repetitivos de Nikkatsu y por el otro lado sacaba partido de la aceitada estructura productiva del estudio para faltarle el respeto.
Uno podría caer en el facilismo y decir que la serie de detalles inconformistas de Historia de una Prostituta anticipa lo hecho en El Vagabundo de Tokio y Marcado para Matar pero en realidad el film que nos ocupa pertenece tanto al linaje de Elegía de Lucha (Kenka Erejî, 1966), parodia del militarismo nipón que rubricó el desastre de esa Segunda Guerra Sino-Japonesa (1937-1945) que se acopló con la Segunda Guerra Mundial luego del Ataque a Pearl Harbor de 1941, como al esquema melodramático barroco y siempre hiperbólico de las mencionadas Todo Sale Mal y La Puerta de la Carne, ésta otra adaptación de un texto de Tamura que también tuvo diferentes lecturas cinematográficas. El relato comienza en una base militar de Manchukuo, el Estado títere de los nipones en la Manchuria ocupada, que se ubica cerca de la zona de combates con las fuerzas unificadas de China, aquellas del Partido Comunista de Mao Zedong y el Partido Nacionalista o Kuomintang de Chiang Kai-shek, facciones enfrentadas en una extensa Guerra Civil (1927-1936 y 1945-1949) que se interrumpió por el conflicto con los vecinos japoneses y de la que saldría vencedor Mao, fundador y jerarca supremo de la República Popular China. La protagonista principal es Harumi (excelente desempeño de Yumiko Nogawa), una hermosa meretriz que abandona Tianjin, ciudad próxima a Manchuria, como consecuencia de un desaire amoroso por parte de un hombre casado que dice preferirla a ella pero elige vivir con su esposa, así las cosas nuestra ninfa se une a las “mujeres de consuelo” del sistema nipón esclavista de burdeles en territorios ocupados y después de un popurrí de estallidos anímicos termina en medio de un triángulo romántico con un oficial hiper sádico al que desprecia, el Teniente Narita (Isao Tamagawa), y un muchacho celoso e inexperto en el amor al que adora, el Cabo Shinkichi Mikami (Tamio Kawachi). Todo se complica cuando el joven es herido en una trinchera y pronto es capturado por los chinos, por ello Harumi lo acompaña y evita que se suicide ante el deshonor de ser prisionero, sin embargo los captores se marchan y al regresar al enclave japonés es sometido a un consejo de guerra por la “cobardía” de dejarse atrapar con vida.
El guión de Hajime Takaiwa, evidentemente toqueteado sin acreditar por Suzuki, se mueve entre la autocracia de Narita, el chauvinismo masoquista de Mikami y el pragmatismo del sobreviviente de Harumi, aunque tampoco descuida perspectivas complementarias como el cinismo del Sargento Akiyama (Shôichi Ozawa), miembro de la Kenpeitai o policía militar secreta que ofrece información a las prostitutas, y el oportunismo acomodaticio de Uno (Jûkei Fujioka), desertor que encuentra cobijo entre los chinos e intenta convencer al cabo de que hago lo mismo. Retomando aquel tópico de las excentricidades marca registrada de Suzuki, aquí recurre a un montaje críptico, primeros planos repentinos, leyendas sobre las imágenes, una crueldad y una sexualidad patológicas o muy francas, muchos travellings, un ritmo narrativo vertiginoso, juegos sorprendentes con la puesta en escena, el genial efecto de “foto rota” para las ansias de venganza de Harumi contra Narita, algo de cámara lenta para las fantasías y/ o instantes furiosos, tomas cenitales varias, música taciturna, insólitos desnudos para esta fase histórica puritana, actuaciones histéricas, claroscuros ocasionales de índole expresionista, imágenes congeladas y por supuesto cierto pulso general hipnótico basado en los contrastes discursivos señalados en materia del ideario de cada personaje, en especial la paradoja intrínseca de un Mikami que siente culpa frente a su propia existencia y derrapa en el suicidio -junto a su compañera y con una granada de mano- bajo la fidelidad a un régimen imperial que lo desprecia porque lo pone en ridículo sin proponérselo, movida de demonizar a un herido capturado de por medio. Desde un esteticismo barroco y avant-garde que piensa el quid explotador de las instituciones y el sustrato absurdo y grotesco de los códigos de ética prebélicos, el film disfraza de melodrama a su denuncia de la obsesión masculina con la lealtad, la sumisión y la mera posibilidad de ser acusado de pusilánime en batalla, remarcando de sopetón la ciclotimia y adaptabilidad femenina, incluso equiparadas al vino en lo que atañe a “tentaciones”, y eso de que lo difícil en realidad es seguir vivo y la cobardía es dejarse morir o fetichizar incansablemente todo lo macabro o sacrificial bobo…
Historia de una Prostituta (Shunpu den, Japón, 1965)
Dirección: Seijun Suzuki. Guión: Hajime Takaiwa. Elenco: Yumiko Nogawa, Tamio Kawachi, Isao Tamagawa, Shôichi Ozawa, Jûkei Fujioka, Toshio Sugiyama, Daisaburô Hirata, Tomiko Ishii, Kotoe Hatsui, Kazuko Imai. Producción: Kaneo Iwai. Duración: 96 minutos.