El Zorro Gris (The Grey Fox)

La adrenalina en la vejez criminal

Por Emiliano Fernández

El norteamericano Richard Farnsworth constituyó un caso muy raro dentro de una industria como la cinematográfica que siempre privilegia a los jóvenes carilindos y relucientes por sobre cualquier otro grupo, ya sea etario o estético, porque el señor empezó trabajando como doble de riesgo en la década del 30 en películas como Un Día en las Carreras (A Day at the Races, 1937), de Sam Wood, Gunga Din (1939), de George Stevens, y Lo que el Viento se Llevó (Gone with the Wind, 1939), de Victor Fleming, para luego primero ampliar el espectro hacia clásicos variopintos en línea con Río Rojo (Red River, 1948), de Howard Hawks y Arthur Rosson, El Salvaje (The Wild One, 1953), de Laslo Benedek, Los Diez Mandamientos (The Ten Commandments, 1956), de Cecil B. DeMille, Venganza Mortal (The Tin Star, 1957), de Anthony Mann, y Espartaco (Spartacus, 1960), opus de Stanley Kubrick, y a posteriori conseguir sus primeros trabajos actorales tradicionales vía pequeñas participaciones en propuestas de los 60 y 70 de gente de la talla de Joshua Logan, Mark Rydell, Stuart Rosenberg, Robert Aldrich, John Huston, Franklin J. Schaffner, Mel Brooks, Clint Eastwood y Claude Lelouch, casi siempre en westerns y en epopeyas de aventuras porque ese siempre fue su nicho profesional por su pasado como stuntman. El primer gran cambio llegó con papeles prominentes en Llega un Jinete (Comes a Horseman, 1978), de Alan J. Pakula, y Tom Horn (1980), de William Wiard, aunque a decir verdad Farnsworth todavía estaba confinado a secundarios que a su vez fueron opacados en el primer caso por James Caan, Jane Fonda y Jason Robards y en el segundo por Linda Evans y nada menos que Steve McQueen. Sin duda la película que lo hizo famoso en el ámbito anglosajón fue El Zorro Gris (The Grey Fox, 1982), obra del australiano nacionalizado canadiense Phillip Borsos, film de gran valía que lo llevaría por fin a roles más importantes, pasada su sexta década de vida, como aquellos de El Mejor (The Natural, 1984), de Barry Levinson, Fuga al Amanecer (Into the Night, 1985), de John Landis, Sylvester (1985), de Tim Hunter, Barrio Chino 2 (The Two Jakes, 1990), de Jack Nicholson, Misery (1990), de Rob Reiner, Havana (1990), de Sydney Pollack, Autopista al Infierno (Highway to Hell, 1991), de Ate de Jong, La Fuga (The Getaway, 1994), de Roger Donaldson, y Una Historia Sencilla (The Straight Story, 1999), joyita de David Lynch, éste su último trabajo antes de suicidarse de un disparo en el 2000, ya con 80 años, producto de un cáncer paralizante y muy doloroso.

 

Farnsworth, cuya carrera abarcó prácticamente toda la historia del séptimo arte, sólo pudo lucirse en serio en el opus de Lynch, visto de manera retrospectiva casi como una despedida melancólica, y en El Zorro Gris, ópera prima en el campo del largometraje ficcional de un Borsos que venía de rodar cortos documentales y que también tuvo una carrera frustrada/ frustrante en términos de oportunidades y reconocimiento general ya que moriría de repente y joven, en 1995 a sus 41 años por leucemia, y honestamente ninguna de sus cuatro obras posteriores alcanzaría el nivel de calidad de su debut, hablamos de las igualmente dignas y más hollywoodenses Noticias Escritas con Sangre (The Mean Season, 1985), Una Navidad Mágica (One Magic Christmas, 1985), Bethune: El Origen de un Héroe (Bethune: The Making of a Hero, 1990) y Lejos de Casa (Far from Home: The Adventures of Yellow Dog, 1995). El film que nos ocupa, escrito con maestría por el ignoto John Hunter en su único trabajo loable para cine, es un opus cien por ciento canadiense en una época en la que la industria cultural del vecino de Estados Unidos seguía siendo bastante marginal, de allí se explica que los responsables de El Zorro Gris hayan elegido retratar a una figura histórica que se ubica a mitad de camino entre el folklore específico yanqui, un mercado siempre importante, y su homólogo canadiense, nos referimos a Bill Miner (1847-1913), seudónimo más popular de Ezra Allen Miner, también conocido como el Bandido Caballero o el Zorro Gris, un ladrón de diligencias nacido en el Estado de Kentucky al que se le suele atribuir la invención de la inefable frase “¡manos arriba!” y el primer robo a un tren en Canadá, aquel de 1904. Conocido por su cortesía al momento de los asaltos, su costumbre de no disparar a menos que sea estrictamente necesario y su desprecio hacia los popes institucionales y los signos de un progreso mentiroso que sólo profundizaba la desigualdad social, enjambre simbolizado en los bancos, el comercio, la mafia gubernamental y los medios de transporte del dinero y riquezas que todos estos movían, Miner cumplió muchas condenas de prisión y a principios del Siglo XX se mudó a la provincia de Columbia Británica, en Canadá, para adoptar el alias de George Edwards y continuar robando con algunos cómplices, como Tom “Shorty” Dunn y Louis Colquhoun, hasta que fue capturado, se convirtió en una celebridad entre los últimos forajidos y se escapó para regresar a Estados Unidos, donde reanudó todos sus atracos hasta fallecer de gastritis en prisión por beber agua salobre en una fuga previa.

 

A diferencia de tantos arquetipos del western crepuscular posmoderno, ese de la década del 80 en adelante, que se la pasan lamentando explícitamente un mundo tradicional que se vino a pique por la construcción de los Estados policiales modernos y el ocaso del acervo de los pioneros originales, destruido por la masificación del automóvil, el ferrocarril y las técnicas de identificación de los individuos, el Miner de Farnsworth es un hombre común y corriente que sale de la mazmorra después de 33 años, en 1901, y pretende sumarse al redil del conformismo regresando con su única familia con vida, su hermana Jenny (Samantha Langevin), regalándole algo tan estúpido como un pelador de manzanas mecánico y hasta consiguiendo un trabajo como recolector de ostras, sin embargo luego de una proyección de El Gran Robo al Tren (The Great Train Robbery, 1903), mítico corto de Edwin S. Porter, su adrenalina sube porque recuerda el vértigo de la vida criminal de su juventud al punto de que compra un revólver y vuelve a las andanas, intentando asaltar con dinamita el vagón fiscal de un tren yanqui, pero su pandilla es sorprendida por un burócrata pistolero que los obliga a huir, provocando que el Detective Seavey (Gary Reineke) identifique al veterano luego de torturar a un secuaz capturado. Después de robar un caballo y viajar a Canadá, allí consigue trabajo en un aserradero y conoce al tontuelo Dunn (Wayne Robson), con quien asalta con éxito otra formación ferroviaria y se muda a un pueblito, Kamloops, para esperar a que el asunto se tranquilice. En el lugar pide refugio a un tal Jack Budd (Ken Pogue), financista e ideólogo delictivo que siempre permaneció en las sombras y ahora administra un hotel, y así los dos fugitivos comienzan a trabajar en la mina de Budd como retribución. Miner conoce y se enamora de una fotógrafa feminista de la región, Kate Flynn (Jackie Burroughs), con la que planea un futuro en conjunto hasta que Seavey rastrea sus pasos y pide ayuda a la autoridad policial local, el Sargento Fernie (Timothy Webber), un amigo de Bill que le avisa del peligro a través de Kate para que huya. El dúo, junto a un empleado de Budd, Colquhoun (David Petersen), roba otro tren aunque sólo se llevan 17 dólares y una botella de pastillas para los riñones porque Shorty equivocó el vagón a desprender. Todos son capturados por la Policía Montada de Canadá y Miner es sentenciado a unos 25 años de prisión, no obstante en 1907 se fuga de la cárcel y se cree que en 1908 recorre Europa con Flynn y dinero de los atracos haciéndose pasar por un ingeniero minero, George Anderson.

 

Como si se tratase de una mixtura entre el querido Sam Peckinpah, ahora dejando de lado las matanzas pero retomando la sabiduría de los marginados eternos que prefieren negar la estupidez convalidante y cabizbaja del vulgo, y Terrence Malick, hoy optando por volar los tiempos muertos y los soliloquios masturbatorios intelectuales para conservar cierta poesía vinculada a la existencia prosaica en un ecosistema paradójico aunque con sus chispazos de belleza y felicidad, El Zorro Gris está muy emparentada con el Nuevo Hollywood de la década del 70 en cuanto a la libertad, el naturalismo y la tranquilidad de su fotografía y su narración y en lo que atañe a la ausencia completa de sobreexplicaciones o redundancias en materia de los diálogos, ya que en esencia estamos frente a una odisea muy pequeña y muy sencilla en torno a la vocación y el arte de seguirla pese a quien le pese, en este caso el robo a la cleptocracia administrativa/ capitalista en tiempos en los que los cuentapropistas del crimen de cadencia anarquista contaban con amplias chances de salirse con la suya por la precariedad de los mecanismos institucionales de defensa, esos que habían avanzado mucho aunque siempre descuidando el principal tesoro que poseen los seres humanos de a pie para contrarrestar los embates del poder, léase la picardía y esa astucia todo terreno. Más allá de su afiliación innegable dentro del esquema retórico del western revisionista, la película de Borsos es una anomalía absoluta por varias razones, primero porque no se centra tanto en la mortalidad acechante de Miner, lugar común de todas las gestas sobre ancianos, sino en una afabilidad de pocas pulgas y en un ímpetu profesional hermanado a la dinámica extasiada de los asaltos en secuencia a trenes, esos que gratifican en la intimidad y reemplazan de por sí a los robos a unas diligencias ya extintas que fueron fagocitadas por los monstruos que se desplazan sobre rieles, en segunda instancia debido a que el opus canadiense contradice el fetiche del western estándar norteamericano en relación a los desiertos y la soledad de los pueblitos deprimentes, un panorama aquí sustituido por los bosques frondosos de Canadá y una constante coyuntura narrativa semi urbana en la que la mentada aislación desaparece y lo que tenemos enfrente es el realismo seco de quien debe esconderse de los uniformados con una identidad falsa, verdadero eje de una rudeza verídica homologada a lo que ocurre en la praxis social, desde el Siglo XX hasta nuestro presente, cuando se pretende evadir a los esbirros de la ley, y finalmente porque aquellos adalides de la justicia o por el contrario, de la maldad extrema caricaturesca del western clásico, hoy se esfuman para dejar paso a una humanidad contradictoria cuyo desparpajo y cuya capacidad de improvisación son, como aseverábamos con anterioridad, sus armas de cabecera ante sus enemigos del poder concentrado gubernamental, por ello el guión de Hunter esquiva la pompa melodramática, sentimentaloide, naif o mainstream boba a la hora de retratar todas las diminutas hazañas de Miner, no sólo su destreza para adaptarse a una nueva sociedad a posteriori de 33 años de encierro sino algo tan común como entablar una amistad con Dunn y Fernie, enamorarse de Flynn o llegar a un raudo acuerdo con un típico parásito de los altos mandos de la pirámide plutocrática, Budd. La prudencia del film incluso lo lleva a no generalizar en materia de los representantes institucionales porque tenemos por un lado a Fernie, quien comprende la violencia salvaje de las elites que cazan a sus detractores, y por el otro lado a Seavey, gran sicario del capitalismo que hace lo que se le dice y convierte al eficientismo maquiavélico en su horizonte de vida. La mínima escena del epílogo, esa de Bill escapando una vez más con su traje a rayas de presidiario en un bote a lo largo de un río calmo que conduce al mar, constituye uno de los momentos más hermosos de todo el cine canadiense, uno que justifica la fama de la realización como la mejor de su país de origen, una de las grandes odas a la contracultura otoñal vitalizante y el testamento máximo de la inteligencia expresiva de un Farnsworth exquisito que recurre a la modestia y la sutileza como otros colegas, bastante menos agraciados, aburren con la sobreactuación o la falta de carisma o destreza alguna…

 

El Zorro Gris (The Grey Fox, Canadá, 1982)

Dirección: Phillip Borsos. Guión: John Hunter. Elenco: Richard Farnsworth, Jackie Burroughs, Ken Pogue, Wayne Robson, Timothy Webber, Gary Reineke, David Petersen, Don MacKay, Samantha Langevin, Tom Heaton. Producción: Peter O’Brian. Duración: 91 minutos.

Puntaje: 10