Mississippi en Llamas (Mississippi Burning)

La ampliación de derechos

Por Emiliano Fernández

Mississippi en Llamas (Mississippi Burning, 1988) es una de esas películas que sintetizan de maravillas cómo funciona la maquinaría hollywoodense y sus contradicciones de todo tipo, una rama poderosísima de la industria cultural internacional que suele guiarse por una serie de recursos paradigmáticos narrativos/ formales, tan antiguos y manipuladores como la humanidad misma, y que en ocasiones entrega obras tan satisfactorias como la presente: la película examina el asesinato del 21 de junio de 1964 de tres activistas por los derechos civiles, James Chaney, Andrew Goodman y Michael Schwerner, a manos de una turba de energúmenos racistas cristianos conformada por miembros del departamento de policía del Condado de Neshoba y de los Caballeros Blancos del Ku Klux Klan; y para ello el film se sirve de engranajes retóricos harto utilizados por el mainstream desde siempre como el ensalzamiento de las autoridades involucradas en la pesquisa posterior y la identificación de los culpables, la apología de un “héroe externo” que viene a liberar, pacificar u ordenar una comunidad donde domina la ignorancia siguiendo aquella fórmula reduccionista de civilización/ barbarie, y hasta el recurso de la historia romántica insertada en una coyuntura que a priori no parece prestarse para semejante dispositivo, más acorde con la banalidad del entretenimiento pasatista y muy lejano en relación a la dureza de los crímenes explorados.

 

Incluso así la propuesta resulta exitosa por la sencilla razón de que todos los ingredientes están balanceados a la perfección y el enfoque detectivesco clásico que adopta el trabajo, dirigido por el británico Alan Parker y escrito por el norteamericano Chris Gerolmo, se acopla sin problemas al planteo, uno apuntalado en el dinamismo, la tensión acumulada, la complicidad de silencio y una sensación de peligrosidad omnipresente que se logra a través de ese ardid del outsider, ahora con los agentes del FBI Rupert Anderson (Gene Hackman) y Alan Ward (Willem Dafoe) actuando como los “exportadores” de la coherencia y la tolerancia en una zona controlada por desquiciados fundamentalistas y diversos secuaces tácitos de estos supremacistas blancos que pretenden mantener la segregación cueste lo que cueste: Anderson fue un Sheriff de Mississippi y entiende -pero no comparte- la cultura del odio y lo que implica nacer en el sur esclavista, en esencia representando una suerte de derecha moderada dentro del FBI, y Ward, su superior inmediato, funciona como un adalid de la tecnocracia burocrática gélida que no debe ser confundida para nada con la izquierda, respondiendo más bien a cierta pretensión de eficacia que abrazó el buró desde sus inicios para despegarse de la policía a pesar de compartir con aquella prácticas mafiosas execrables que van desde el fusilamiento de John Dillinger en 1934 hasta el asedio de Waco de 1993.

 

El relato ni se molesta en hacer un recorrido exhaustivo sobre el derrotero de las víctimas, eso lo haría la también interesante aunque decididamente inferior Asesinato en Mississippi (Murder in Mississippi, 1990), algo así como una precuela de la presente, y apuesta en cambio a comenzar con un mínimo prólogo en el que los muchachos del Ku Klux Klan interceptan el automóvil de los tres activistas, quienes estaban militando por el registro de los afroamericanos para votar y habían sido detenidos por un supuesto exceso de velocidad, encarcelados y liberados más tarde, lo que desemboca en muertes instantáneas por osar blandir la bandera de la integración racial. Los dos protagonistas por supuesto se topan con el mutismo de los locales, una ortodoxia discriminatoria arrastrada por generaciones, el desinterés del Alcalde Tilman (R. Lee Ermey) y la hostilidad de la policía, encabezada por el Sheriff Ray Stuckey (Gailard Sartain), y la rama vernácula de los Caballeros Blancos, al mando de Clayton Townley (Stephen Tobolowsky), el “Gran Mago” de los susodichos y otra de las cabezas de la conspiración para cometer los crímenes. Mientras se acumulan advertencias y presiones entrecruzadas entre el FBI y los responsables, que se pasean a la luz del día como si nada por la aprobación de la que gozan por parte de unas mayorías dispuestas a convertir a los negros en el chivo expiatorio de sus frustraciones, los agentes primero encuentran el coche de las víctimas, luego hallan sus cadáveres enterrados en una cantera de una granja y finalmente se deciden a secuestrar a Tilman para amenazarlo con castrarlo si no revela los detalles del linchamiento público en cuestión; a lo que se agrega el discreto acercamiento romántico entre Anderson y la Señora Pell (Frances McDormand), la esposa peluquera del Sheriff Adjunto Clinton Pell (Brad Dourif), mano derecha de Stuckey.

 

Parker, uno de los cineastas más desparejos de su tiempo, aquí aprovecha con lucidez la fotografía de tonos ocres de Peter Biziou, sin esa horrenda luz artificial constante de tantas películas históricas hollywoodenses, y el mugroso diseño de producción de Philip Harrison y Geoffrey Kirkland, enfatizando las diferencias edilicias y en ajuar -y hasta a veces los puntos en común- entre las casas de la burguesía, la white trash y las comunidades negras; una amalgama que asimismo está al servicio de artilugios primordiales del film noir en sintonía con la “pareja despareja” (los conflictos en el dúo protagónico del FBI están a la orden del día y eventualmente derivan en una sociedad de opuestos que se complementan, con Hackman llevando la batuta dramática en una de sus actuaciones más aguerridas e incandescentes), el corporativismo de los sindicatos criminales (el título hace referencia en simultáneo al nombre que recibió la investigación, a la olla social a punto de estallar por la violencia y las injusticias acumuladas, y a la misma costumbre de los supremacistas de incendiar las iglesias y distintos enclaves públicos de los negros, acciones que siempre quedaban impunes por la importante red de influencias del Ku Klux Klan en el gobierno, el baluarte económico más concentrado y el aparato represivo estatal, todos protegiéndose mutuamente) y la estrategia de los agentes de la ley de estimular una implosión dentro del grupo de los culpables para que se fagociten entre sí (este inefable recurso narrativo aparece cuando, luego de que la Señora Pell le revelase la ubicación de los cuerpos a Anderson, éste estalla de furia por la brutal golpiza a la que la somete su marido, provocando el secuestro de Tilman y a posteriori la manipulación sobre Lester Cowens, en la piel de Pruitt Taylor Vince, uno de los cómplices de “pocas luces” y el delator principal que consigue el buró).

 

Más allá de todas las concesiones mainstream señaladas, las cuales -como dijimos antes- están muy bien desplegadas en la estructura macro del convite, Mississippi en Llamas adquiere la forma de un análisis muy meticuloso de la crueldad social sistemática que no se limita a los colores cutáneos, ese pretexto ridículo e infantil de los poderosos para justificar sus barrabasadas, debido a que nos habla explícitamente de la elite económica/ política/ cultural y sus argucias para mantener, profundizar y defender su posición privilegiada frente a cualquier intento de subvertir el orden establecido, como efectivamente ocurriría a partir de las dos repercusiones centrales de los crímenes, léase la Ley de Derechos Civiles de 1964 y la Ley de Derecho al Voto de 1965, un marco que por fin pavimentó el lento recorrido hacia la semi igualdad futura. En lo que atañe a los miembros del Ku Klux Klan sobresale especialmente ese Frank Bailey interpretado por Michael Rooker, un señor al que casi siempre lo han encasillado en roles de psicópatas y que aquí está perfecto como el “sicario estrella” del colectivo de blanquitos filofascistas y odiadores acérrimos de judíos, papistas, turcos, orientales y negros, como afirma el burgués repugnante de Townley en una escena memorable. El guión de Gerolmo, quien luego entregaría otro gran retrato de la abulia de sectores específicos del Estado en ocasión de Ciudadano X (Citizen X, 1995), acerca de uno de los homicidas en serie más prolíficos que tuvo la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, deja un inusual gusto agridulce en el paladar del espectador -inusual para el promedio condescendiente del cine yanqui, por supuesto- ya que opta por atenerse a los acontecimientos verídicos y subraya que la justicia en el caso a fin de cuentas fue bastante deficiente porque los conspiradores recibieron sentencias leves de entre tres y diez años por violación de derechos civiles, todo en función del dictamen de los tribunales de Mississippi de no avanzar localmente con ninguna acusación y la consiguiente necesidad del FBI de improvisar cargos que puedan ser esgrimidos en juzgados federales. En un país como los Estados Unidos con una industria cultural que por regla general tiende a trivializar los hechos cuando se propone construir epopeyas testimoniales, aun aquellas consagradas a las buenas intenciones y el respeto por el prójimo, una obra como el opus de Parker no sólo siempre será bienvenida sino que sirve además para ratificar que incluso dentro de las convenciones más repetidas del armazón formal del sistema de estudios -la sutileza de la relación romántica, el ingrediente más ajeno, es prueba irrefutable de ello- se puede edificar un alegato de una enorme potencia en torno a la ampliación de derechos sociales y en contra de los payasos reaccionarios dementes que se mancomunan en pos de resguardar un andamiaje de inequidad, pobreza y sometimiento que únicamente los beneficia a ellos…

 

Mississippi en Llamas (Mississippi Burning, Estados Unidos, 1988)

Dirección: Alan Parker. Guión: Chris Gerolmo. Elenco: Gene Hackman, Willem Dafoe, Frances McDormand, Brad Dourif, R. Lee Ermey, Gailard Sartain, Stephen Tobolowsky, Michael Rooker, Pruitt Taylor Vince, Badja Djola. Producción: Frederick Zollo y Robert F. Colesberry. Duración: 128 minutos.

Puntaje: 9