Justo a posteriori de hacerse muy conocido en el ámbito cinematográfico avant-garde con Superstar: The Karen Carpenter Story (1988), un legendario mediometraje que retrataba la carrera, el entorno familiar y en especial el descenso hacia el infierno de la anorexia de Karen Carpenter del dúo The Carpenters, y Poison (1991), un largometraje dividido en tres capítulos e inspirado en parte en los trabajos literarios del francés Jean Genet, Todd Haynes construyó Safe (1995), una de las películas más misteriosas del cine indie norteamericano y sin duda una de las mejores de la década del 90 y las postrimerías del Siglo XX, film que no sólo no ha perdido ni un ápice de su garra y desparpajo discursivo sino que parece haber incrementado y profundizado su potencia retórica con el tiempo, ya que definitivamente todos los temas aquí tratados mantienen una vigencia en verdad terrorífica que no deja mucho espacio para las esperanzas de cambio positivo a futuro: en esencia el director y guionista retoma un viejo latiguillo del surrealismo, el ataque a la vida burguesa en función de su mediocridad e hipocresía, y lo combina con dos tópicos complementarios, en primera instancia la contaminación urbana/ suburbana, la cual en la trama aparece bajo el ropaje conceptual de la llamada “enfermedad del medio ambiente” que padece la protagonista y que sin duda es la muchas veces ridiculizada sensibilidad química múltiple, y en segundo lugar la proliferación de material y grupos de autoayuda que se mueven cual sectas que en vez de generar un ecosistema de apoyo mutuo terminan acrecentando la faceta solipsista de cada individuo y aislándolo aún más que antes por la misma naturaleza gélida, robótica e indiferente de las instituciones y colectivos en cuestión, lo que desde ya se hermana a la profusión contemporánea de recetas vanas new age y soluciones facilistas de diversa índole que fetichizan/ banalizan la dimensión espiritual y pretenden “liberar” a los sujetos de las prisiones del consumismo capitalista para inmediatamente enclaustrarlos en una cárcel distinta aunque muy parecida que desencadena nuevas adicciones, casi siempre vinculadas con las reglas de la supuesta “purificación” cual cuarentena cíclica eterna autoindulgente.
El desarrollo nos sitúa en 1987 y está dividido en dos partes, la primera es un sutil retrato de Carol White (la genial Julianne Moore), una ama de casa de la alta burguesía de Los Ángeles que vive lo que para muchas personas sería una existencia soñada porque no debe trabajar ya que su marido es el sostén de la casa, Greg White (Xander Berkeley), tiempo libre que rellena con actividades como la jardinería, la renovación del mobiliario, los ejercicios aeróbicos, las dietas tontuelas y las charlas con su amiga Linda (Susan Norman), a lo que se suma el hecho de que su hijastro de diez años, Rory (Chauncey Leopardi), producto de una relación previa de Greg, es tranquilo y no genera mayores inconvenientes. Haynes de a poco va desentrañando la frialdad detrás de cada una de las afinidades de la mujer porque donde debería haber verdadero afecto tan sólo encontramos una corrección distante y apenas cortés de impronta recíproca, en iguales proporciones responsabilidad del carácter bastante insípido de la fémina y de una coyuntura general a la que le importa un comino su destino: hablamos de una estabilidad enmarcada por la abulia que entra en crisis cuando Carol de golpe desarrolla esa alergia a las sustancias químicas industriales que están presentes en casi todos los productos que se comercializan en los enclaves metropolitanos, reacciones que van en aumento desde una fuerte tos por respirar el humo del caño de escape de un camión, pasando por una hemorragia nasal mientras se hace una permanente en una peluquería y un ataque de pánico con dificultades para respirar durante un baby shower, y llegando a un colapso total en una tintorería que estaba siendo fumigada. Los médicos le dicen que no hay nada malo con su cuerpo, los psiquiatras no la toman en serio, los grupos de otras personas con sensibilidad química no le ayudan demasiado, los estudios invasivos y la medicación de todos los tamaños y colores tampoco, y su esposo no sabe bien cómo reaccionar ante la fatiga, la depresión, las jaquecas y una tendencia al aislamiento por parte de una mujer que no consume alcohol, café o droga alguna y ni siquiera está extenuada porque depende para el mantenimiento del hogar de su criada latina, Fulvia (Martha Vélez).
Ahora bien, aquí el realizador va mucho más allá de simplemente señalar la estupidez y superficialidad de gran parte de las mujeres o las burguesas o de extender dicho planteo a las sociedades posmodernas en su conjunto a raíz de una homogeneización/ uniformización comunal en la que todas las clases sociales comparten este ideal plutocrático relacionado con el enriquecimiento y la apariencia de perfección en línea con un fariseísmo de nunca acabar en público, ya que en la segunda mitad del metraje el asunto vira hacia la industria psicológica, médica, alimenticia, farmacéutica, religiosa y espiritual que se ha venido montando desde las décadas del 70 y 80 en torno a la angustia poliforme actual, esa que responde a las inequidades sociales, la trivialidad y las frases hechas que pululan por todos lados -cual infección homologada a la necedad- en nuestros días: sirviéndose de la ausencia de verdaderos intereses culturales, políticos, artísticos y laborales de buena parte de los bípedos contemporáneos, léase aquellas vocaciones que responden a construcciones de largo plazo relacionadas con la curiosidad y la sabiduría, un enjambre maquiavélico de variopinta envergadura -compuesto por los laboratorios, los Estados, los medios masivos de comunicación, los conglomerados capitalistas de los alimentos, la industria de la salud, las religiones y los diversos “gurúes” de cada una de estas ramas- se aprovecha del faltante y opta por vender sus productos en tanto placebos repitiendo una y otra vez que el remedio para todos los males del universo es automático y lo ofrecen ellos en su carácter de “vanguardia” todopoderosa. En la trama White termina sumándose a una secta/ clínica alternativa ubicada en Albuquerque y supuestamente especializada en la enfermedad del medio ambiente, el Centro Wrenwood, controlado por la directora del lugar, Claire (Kate McGregor-Stewart), y el fundador y líder máximo, Peter Dunning (Peter Friedman), un escritor con VIH y sensibilidad química que montó el establecimiento en 1978 y se la pasa machacando a los pacientes/ internos/ correligionarios con la noción de que los individuos son completamente responsables de su enfermedad y de su sanación, todo con la idea adicional de que proyectando amor desde el interior hacia el exterior el asunto derivará en un bumerán de afecto todo terreno, lo que desde ya no se condice con la triste realidad porque la praxis da una cachetada tras otra a los seres humanos sin importar las utopías mentales que éstos gusten edificar y porque la necesidad de una ayuda más profunda -y sin formulitas de cotillón- en la mayoría de los casos es urgente al punto de la vida o la muerte.
Sin ofrecer soluciones fáciles y casi siempre limitándose a retratar el problema desde una puesta en escena bien seca y la maravillosa y apacible fotografía de Alex Nepomniaschy, Haynes recurre a la precisión de Stanley Kubrick y la paciencia de Michelangelo Antonioni para jugar a la par con el drama de crisis identitaria y el horror corporal hipocondríaco dejando espacio para un humor negro que se desprende de la acumulación de las escenas y no de remates aislados o siquiera de secuencias concretas, permitiendo que hablen por sí mismas imágenes como la de Carol arrastrando su tubo de oxígeno de aquí para allá, o la de los acólitos de Dunning entonando al unísono canciones de cadencia sacra/ semi absurda, o la de ese pobre chiflado -Lester (Rio Hackford)- que se mueve tambaleante a lo lejos con un pasamontañas y atiborrado de un pavor a absolutamente todo (a comer, respirar, etc.), o el devastador desenlace con ella cayendo en la paranoia extrema, teniéndole miedo al viento que llega desde una autopista cercana y mudándose desde una de las típicas cabañas de Wrenwood a una especie de pequeño iglú blanco que perteneció a un paciente del lugar que terminó falleciendo en lo que parece haber sido un suicidio tapado por las autoridades del centro, celda autoimpuesta por y para una White que intercambia la prisión capitalista externa de la gran ciudad con un confinamiento psicológico interno en una comuna bucólica que por cierto tampoco la ayuda a reconstruir su autoestima dañada ni la saca de su perpetua posición de invisibilidad femenina, esa que en la ambigüedad final se emparda a una muerte en vida aunque no sin antes -ironía de por medio- dejar latente una infidelidad matrimonial con un compañero de Wrenwood, el algo afeminado Chris (James Le Gros). Es precisamente el debilitamiento general de ella de los últimos minutos y su nulo progreso en el arte de hilvanar un mínimo discurso coherente, inconveniente que arrastró a lo largo de todo su periplo y que se torna hasta insoportable cuando le piden que diga algunas palabras con motivo de su fiesta sorpresa de cumpleaños en el centro, constituyen la prueba irrefutable del fracaso de las instituciones, disciplinas y ridículos profesionales terapéuticos en lo que atañe a acompañar al enfermo y no dejarlo solo en su sanación, enfatizando en simultáneo la toxicidad de la vida urbana, las quimeras de la pureza atávica perdida, el hippismo trasnochado, el culto patológico al cuerpo, las mentiras del sectarismo new age, la esterilidad como horizonte aislante, el egoísmo disfrazado de solidaridad, la mansedumbre acrítica global y el fetiche con la seguridad filofascista y la desconfianza ante todo y todos.
Safe (Estados Unidos/ Reino Unido, 1995)
Dirección y Guión: Todd Haynes. Elenco: Julianne Moore, Xander Berkeley, Peter Friedman, Susan Norman, Kate McGregor-Stewart, Martha Vélez, James Le Gros, Chauncey Leopardi, Rio Hackford, Jessica Harper. Producción: Christine Vachon y Lauren Zalaznick. Duración: 119 minutos.