Un problema insistente del cine actual a nivel planetario es su incapacidad, torpeza o franca estupidez a la hora de redondear conceptos o simplemente aprovechar la tensión acumulada mediante un remate discursivo/ narrativo acorde, estado de cosas que hoy abarca desde el mainstream hasta el indie de cineastas como Emerald Fennell, actriz británica reconvertida en directora y guionista que en Saltburn (2023) nos ofrece su segundo opus después de la también frustrante y algo mucho cobardona e ineficaz Promising Young Woman (2020), aquella faena protagonizada por Carey Mulligan que abiertamente se nos presentaba como una hija espiritual a la distancia del exploitation de violación y venganza/ rape and revenge pero sin entregar ni violación ni venganza y en esencia compensando la mojigatería de fondo -típica del séptimo arte globalizado más higiénico o políticamente correcto- a través de la complicidad parcial del gremio femenino en el episodio delictivo y una relativización/ jerarquización de responsabilidades dentro de ese ecosistema masculino predatorio estándar del rubro, ya castrado a más no poder. En su nueva aventura detrás de cámaras Fennell se mete con una de las grandes obsesiones conceptuales de su país, léase el sistema de clases sociales rígidas y la aparición de trepadores que pretenden escalar en la cultura y pirámide plutocrática de la injusticia, y con uno de los fetiches por antonomasia de Estados Unidos y en especial Hollywood, hablamos de las relaciones tóxicas en las que una parte lleva la voz cantora y la otra acumula rencor hasta que decide cobrarse las atenciones recibidas o quizás alguna negativa o rechazo tajante, sin embargo la artista no puede con su genio y reproduce pasos en falso de antaño como la poca sutileza retórica, el sustrato derivativo del relato o falta de novedades y especialmente el poco vuelo ideológico de la película en su conjunto.
Ahora el núcleo excluyente del guión de la realizadora es Oliver Quick (Barry Keoghan), joven de clase media que en 2006 recibe una beca para concurrir a la exclusiva Universidad de Oxford, precisamente ubicada en la metrópoli homónima de Inglaterra, donde se gana la simpatía de otro estudiante aunque de una alta burguesía con título nobiliario y todas las comodidades y tiempo libre del mundo, el piadoso Félix Catton (Jacob Elordi), a quien le presta su bicicleta y le cae bien sobre todo porque Oliver se vende a sí mismo como un veinteañero de trasfondo familiar pesadillesco a raíz de padres drogadictos, enloquecidos y narcotraficantes. Quick se enamora de Catton, un mujeriego heterosexual con su propio séquito de lambiscones que incluye a su primo gay Farleigh Start (Archie Madekwe), y lo cansa un poco con su presencia permanente hasta que Oliver saca un “as de la manga”, eso de decir que su padre falleció de repente al romperse la cabeza en la calle estando borracho/ drogado, así Félix decide invitarlo de inmediato a la mansión campestre de los Catton para pasar el receso veraniego rodeado del hedonismo paradigmático de las esferas aristocráticas inglesas, en esta oportunidad una colección de esperpentos que incluye a los progenitores del ricachón, Sir James (el querido Richard E. Grant) y Lady Elspeth (Rosamund Pike), su hermana Venetia (Alison Oliver), una amiga freak y masoquista de Elspeth, Pamela (cuasi cameo de la reaparecida Mulligan), y el mayordomo tenebroso infaltable de la gigantesca propiedad, Duncan (Paul Rhys). El invitado pronto desarrolla una rivalidad con el siempre sarcástico Farleigh, otro miembro inestable de este palacio decadente posmoderno, y utiliza a la solitaria y sensible pero también cínica de Venetia para generar unos chismes sexuales que se le vuelven en contra a Start, cuya estadía en sí en Oxford depende del clan Catton.
A pesar de que en un primer momento la esquizofrénica trama parece jugar con referencias literarias variopintas -Oscar Wilde, Charles Dickens, Edgar Allan Poe, etc.- y hasta algunas cinematográficas evidentes, en sintonía con la coyuntura homoerótica de Call Me by Your Name (2017), joya de Luca Guadagnino, el acervo estudiantil tontuelo de John Hughes y un laberinto calcado de aquel inolvidable de The Shining (1980), de Stanley Kubrick, luego deja de lado el sustrato gótico social irónico, el amor homosexual clásico y todo el contexto universitario porque lo que comienza a dominar -por lo menos en la cabeza de la directora y guionista- es una suerte de comedia negra de aires paródicos apenas correctos acerca de la consabida banalidad de los estratos acomodados, su carácter morboso y explotador, los “juegos mentales” patéticos que crean, los rituales de manipulación que tanto fetichizan a diario, su vulnerabilidad bajo una máscara de fortaleza, el canibalismo que se esconde por detrás del asunto y desde ya las luchas de poder que se suscitan entre todos los miembros secundarios de la corte en cuestión, combo que nos reenvía a películas que analizaron estas mismas temáticas con mucha mayor perspicacia y osadía como por ejemplo Kind Hearts and Coronets (1949), de Robert Hamer, Room at the Top (1958), de Jack Clayton, Purple Noon (Plein Soleil, 1960), de René Clément, Teorema (1968), de Pier Paolo Pasolini, The Swimming Pool (La Piscine, 1969), opus de Jacques Deray, Dangerous Liaisons (1988), de Stephen Frears, The Talented Mr. Ripley (1999), de Anthony Minghella, y por supuesto esa trilogía de Joseph Losey con Harold Pinter, la compuesta por The Servant (1963), Accident (1967) y The Go-Between (1971), obras extraordinarias que por cierto se hicieron un festín con la antropofagia capitalista y la sexualización del poder que se piensa eterno o impune.
Fennell, como aseverábamos con anterioridad, cae en los mismos exactos problemas que dominaban Promising Young Woman en lo que atañe a diálogos bastante mediocres, unas cuantas escenas mal resueltas, esa impronta visual ochentosa exagerada, un metraje inflado sin justificación alguna, las nulas novedades de fondo y un suspenso que se va licuando de a poco por redundancias de todo tipo y giros argumentales que se ven venir con muchísima antelación, como el quid psicopático de un Oliver que puede estar obnubilado por Félix a escala romántica pero cuyo principal objetivo es claramente trepar en la escalera comunal del privilegio que la epopeya nos embarra en el rostro todo el tiempo mediante diversas caricaturas, en este sentido pensemos en el infantilismo irrisorio de los padres de Catton, el dejo de pobres “muñecas de cristal” de Venetia y Pamela, la petulancia burlona tácita del mayordomo y toda esa Guerra Fría que el protagonista entabla con un Farleigh al que acusa sistemáticamente de mentiroso/ cotilla, ladrón de vajilla de lujo y cocainómano responsable de la eventual muerte de Catton, la primera de una seguidilla de misteriosos fallecimientos entre la parentela de oligarcas. Saltburn, título que hace referencia a la finca, quiere jugar en las ligas mayores de Claude Chabrol y Rainer Werner Fassbinder aunque no pasa de ser una reformulación gay y bastante trasnochada de Fatal Attraction (1987), de Adrian Lyne, algo no del todo negativo porque la actuación de Keoghan es maravillosa, algunos detalles son más que simpáticos en su pretensión de shock -las escenas de la tumba sexualizada, el semen lamido en la bañera y el cunnilingus sangriento sobre Venetia se llevan las palmas- y el film en sí logra despertar interés en este viaje de un camaleón disfrazado de lacayo como Oliver, el cual es asimilado por estos burgueses necios mientras a su vez se los fagocita…
Saltburn (Reino Unido/ Estados Unidos, 2023)
Dirección y Guión: Emerald Fennell. Elenco: Barry Keoghan, Jacob Elordi, Archie Madekwe, Richard E. Grant, Rosamund Pike, Carey Mulligan, Paul Rhys, Alison Oliver, Sadie Soverall, Ewan Mitchell. Producción: Emerald Fennell, Margot Robbie y Josey McNamara. Duración: 132 minutos.