El Clon de Tyrone (They Cloned Tyrone)

La asimilación paulatina

Por Emiliano Fernández

Cuando Netflix tenía una posición semi monopólica dentro del rubro de las plataformas de streaming y oficiaba de embudo para el lanzamiento virtual de los productos de los distintos estudios norteamericanos ya se notaba una tragicómica mediocridad a la hora de generar contenido propio, algo que tenía que ver con una especie de “televisación” del streaming global porque la empresa se la pasaba retomando estrategias de la vieja TV como alargar innecesariamente las series, achatar/ uniformizar visualmente la narración, saturar cada película con diálogos y referencias idiotas, anular cualquier rasgo autoral, repetir fórmulas hasta el cansancio y sobre todo recurrir a personajes, hechos e historias ya muy quemados para satisfacer la necesidad de productos regionales o vernáculos, no sólo internacionales. Luego de la pandemia del coronavirus se multiplicaron las plataformas de video y Netflix entró en crisis al extremo de que intensificó su homologación con la televisión abierta de antaño -la misma paupérrima de hoy en día- con el objetivo de bajar aún más los costos enfocándose primero en géneros baratos como el thriller y la comedia, lo que nos dejó con una ristra de bodrios de una idiotez pasmosa, y segundo en tanques de idiosincrasia retro o cercana al cine de acción de los 80, otra de las obsesiones conservadoras de la compañía en medio de la histeria capitalista de siempre cuando disminuyen las gigantescas ganancias.

 

El Clon de Tyrone (They Cloned Tyrone, 2023), ópera prima mainstream de Juel Taylor, es de lo mejorcito que haya entregado Netflix en mucho tiempo, en esencia un trabajo que piensa la aporofobia y el racismo en Estados Unidos pero lamentablemente arrastrando muchas de las “marcas formales” de la plataforma cual versión superficial, redundante y/ o populachera de lo hecho por HBO, hoy un exponente sci-fi de impronta paródica que salta tanto entre la resistencia subversiva carpentereana, sobre todo modelo Asalto al Precinto 13 (Assault on Precinct 13, 1976), Escape de Nueva York (Escape from New York, 1981), Rescate en el Barrio Chino (Big Trouble in Little China, 1986) y Ellos Viven (They Live, 1988), y ese fetiche con los bucles temporales que nace con El Destino se Repite (Repeat Performance, 1947), de Alfred L. Werker, y se profundiza de la mano de El Inquilino (Le Locataire, 1976), de Roman Polanski, Espejo para un Héroe (Zerkalo dlya Geroya, 1987), de Vladimir Khotinenko, y Hechizo del Tiempo (Groundhog Day, 1993), de Harold Ramis, entre muchas otras faenas similares, como entre La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone, 1959-1964), la legendaria serie de especulación fantástica y social de Rod Serling, y la trilogía de reflexión afroamericana que supo construir Jordan Peele, esa de ¡Huye! (Get Out, 2017), Nosotros (Us, 2019) y ¡Nop! (Nope, 2022), de hecho renovando el formato.

 

La propuesta de Taylor ofrece una relectura colectiva y en formato blaxploitation de lo que Riley Stearns hiciese recientemente con la clonación en Dual (2022), aunque desde ya sin llegar a la excelencia de aquella y quedándose a mitad de camino entre la comedia cerebral de ciencia ficción, el costumbrismo de base pop y la farsa social exacerbada símil pastiche posmoderno. Fontaine (John Boyega) es un narcotraficante de un ghetto/ barrio marginal negro llamado Glen que pretende cobrarle un dinerillo adeudado a Slick Charles (Jamie Foxx), un proxeneta ridículo, pero termina acribillado por otro vendedor de cocaína a raíz de una disputa territorial, Isaac (J. Alphonse Nicholson), no obstante se despierta al día siguiente sin recordar lo sucedido y descubre por palabras de Slick y su prostituta estrella, Yo-Yo (Teyonah Parris), que efectivamente lo mataron. La investigación subsiguiente del narco, el alcahuete y la meretriz los conduce a destapar una operación gubernamental que incluye polvos de la risa y la complacencia, un control masivo con lavado de cerebro, unos experimentos a toda pompa sobre los afroamericanos en instalaciones subterráneas y hasta los mentados clones bajo la idea de garantizar una “paz” que implica la sumisión popular y el reemplazo genético progresivo de los negros por blancos, todo bajo la vigilancia de un tal Nixon (Kiefer Sutherland), el encargado cuasi castrense de evitar que se conozca el asunto.

 

El director y guionista recupera la conspiración racista/ plutocrática de Tres por las Malas (Three the Hard Way, 1974), de Gordon Parks Jr., y Lamento Molestarlo (Sorry to Bother You, 2018), de Boots Riley, la sátira social con conciencia negra de Putney Swope (1969), de Robert Downey Sr., y Watermelon Man (1970), de Melvin Van Peebles, el trasfondo de batalla racial, económica y cultural de No Delatarás (Uptight, 1968), de Jules Dassin, El Casero (The Landlord, 1970), opus de Hal Ashby, y Sweet Sweetback’s Baad Asssss Song (1971), también de Van Peebles, la autoparodia de I’m Gonna Git You, Sucka (1988), de Keenen Ivory Wayans, Pootie Tang (2001), de Louis C.K., Undercover Brother (2002), de Malcolm D. Lee, y Black Dynamite (2009), de Scott Sanders, y el reciente aggiornamiento militante del blaxploitation en línea con El Infiltrado del KKKlan (BlacKkKlansman, 2018), de Spike Lee, y Judas y el Mesías Negro (Judas and the Black Messiah, 2021), de Shaka King, amén del infame Experimento Tuskegee, aquel estudio retratado en Los Chicos de la Señorita Evers (Miss Evers’ Boys, 1997), telefilm de Joseph Sargent para HBO, y llevado a cabo entre 1932 y 1972 por el Servicio de Salud Pública de los Estados Unidos sobre los habitantes de una comunidad negra de Alabama, a quienes se les privó de modo engañoso de todo tratamiento para la sífilis, incluso después de la universalización de la penicilina.

 

El objetivo de fondo está muy bien, eso de denunciar la posición relegada de las minorías en yanquilandia por más que los negros hoy por hoy estén mucho mejor que los hispanos, por ejemplo, y el trabajo de Boyega y Sutherland es realmente estupendo, un inglés y un canadiense que aportan la energía necesaria para que el film resulte atractivo, sin embargo Taylor alarga muchísimo la narración, por momentos no sabe cómo enmarcar el tópico de la asimilación fascistoide paulatina y además su idea de “fotografía naturalista setentosa” resulta anodina por falta de imaginación y nulas novedades en puesta en escena, a lo que se suma el carácter ultra estereotipado de los personajes de Parris y un Foxx que ya se había asociado con Netflix en los bodrios Proyecto Power (Project Power, 2020), de Henry Joost y Ariel Schulman, y Turno de Día (Day Shift, 2022), de J.J. Perry. Las citas más que obvias al Michael Crichton de Westworld (1973) y al gran Stanley Kubrick de Dr. Insólito o Cómo Aprendí a Dejar de Preocuparme y Amar la Bomba (Dr. Strangelove or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, 1964) y La Naranja Mecánica (A Clockwork Orange, 1971) no hacen más que empeorar las cosas a pesar de las buenas intenciones de una obra que se destaca en el paupérrimo panorama audiovisual del Siglo XXI al punto de sobrevivir a su propia crisis de identidad, sin definirse del todo entre las carcajadas o un dejo adusto…

 

El Clon de Tyrone (They Cloned Tyrone, Estados Unidos, 2023)

Dirección: Juel Taylor. Guión: Juel Taylor y Tony Rettenmaier. Elenco: John Boyega, Jamie Foxx, Teyonah Parris, Kiefer Sutherland, J. Alphonse Nicholson, David Alan Grier, Tamberla Perry, Eric B. Robinson Jr., Trayce Malachi, Leon Lamar. Producción: Juel Taylor, Tony Rettenmaier, Jamie Foxx, Charles D. King, Datari Turner y Stephen Love. Duración: 124 minutos.

Puntaje: 6