Un género bastardeado hasta la médula en el Siglo XXI es el thriller, antes una comarca entre muchas y hoy un fetiche de la industria cultural más perezosa que insiste con el true crime, formato sobreexplotado del cine y la TV vía el streaming para descerebrados de hoy en día. Los ejemplos en verdad valiosos no abundan y por ello cuando aparece uno es menester defenderlo con todas las herramientas posibles, precisamente el caso de La Plaga (The Plague, 2025), ópera prima en el terreno del largometraje del cineasta estadounidense Charlie Polinger, quien aquí adapta un corto suyo de la década previa, Sauna (2018), drama sobre la pubertad, la convivencia entre diferentes y el maltrato por parte de otros niños que en nuestra relectura maximizada deriva en un thriller psicológico muy atractivo tendiente a una sinceridad expresiva pocas veces vista en el cine hollywoodense del nuevo milenio, ese amigo de las fórmulas huecas e inofensivas que no hieren ninguna sensibilidad como si estuviésemos hablando de un producto en un supermercado y no de una obra de arte con su integridad retórica. El núcleo de la trama es Ben (Everett Blunck), un niño que en el verano de 2003 asiste al Campo de Waterpolo Tom Lerner en calidad del único alumno nuevo de la segunda camada de la temporada, una controlada por un entrenador sin nombre que los mocosos apodan Papi Menea la Cola/ Daddy Wags (Joel Edgerton). El grupo de purretes, todos entre doce y trece años, responde a un jerarca, Jake (Kayo Martin), abusón adepto a las sonrisas sardónicas y a burlarse de la oveja negra del lote, Eli (Kenny Rasmussen), niño que padece un eccema crónico no contagioso en gran parte de su cuerpo que el resto de los nenes apodan “la plaga”, en esencia una enfermedad semi mítica a lo lepra medieval que se transmite por contacto y ataca sistemáticamente todas las habilidades motoras y cognitivas.
Ben nunca termina de adaptarse al maltrato hacia Eli y luego de una ridiculización masiva, cuando Jake señala una erección fugaz por ver en la pileta a unas niñas practicando ballet acuático, se acerca y descubre que el susodicho roza la alienación por ensimismamiento e incluso se autolesiona las manos para calmar su ansiedad, lo que lleva a Ben a ayudar a su flamante amigo aplicándole en la espalda una crema que le recetaron para aminorar la picazón por el sarpullido y su propagación hacia el resto del cuerpo. El asunto termina en los oídos de Jake, que disfruta desparramando el rumor de que efectivamente se contagió la plaga y por ello pasa a ser un excluido más dentro del colectivo pueril, algo que empeora por una burla nocturna del cabecilla en relación a un “sueño húmedo” de Ben que lo hace abandonar las instalaciones del campo y llamar por teléfono a su madre para que lo venga a buscar. El instructor interviene y no tarda en deducir que el responsable es Jake, quien es reprendido en privado y eventualmente se venga del protagonista tirándole cucarachas en la noche e impidiéndole abandonar su cama con una sábana, luego de lo cual Ben desarrolla repentinamente un eccema y a su vez anhela revancha contra el mandamás del grupo. La primera característica que llama la atención radica en el prodigioso desempeño del elenco infantil, destacándose lo hecho por Blunck y el magistral Kayo Martin, más la impagable presencia de un Edgerton que también produce, originalmente queriendo dirigir el guión de Polinger hasta que dio un paso al costado en favor del artífice del proyecto, aquí como el único adulto de peso de la historia y uno completamente inútil a la hora de frenar el acoso porque no puede vigilar a los chiquillos las 24 horas del día y porque todo lo filtra por su experiencia personal, una muy distante para esta claustrofobia infantil dentro del campo.
Entre un excelente trabajo sonoro de contraste de la mano de las pinceladas estridentes de Johan Lenox, aquí debutando como compositor para cine luego de un tiempo oficiando de productor y músico solista, y unas estupendas tomas debajo del agua de parte del director de fotografía, Steven Breckon, socio de Polinger en cortos previos como Un Lugar para Quedarse (A Place to Stay, 2018) y Cógeme, Richard (Fuck Me, Richard, 2023), planos que esquivan el lenguaje videoclipero y abrazan decididamente la meticulosidad del terror, en un principio pareciera que la película recorrerá el camino de La Tribu (Plemya, 2014), neoclásico del ucraniano Myroslav Slaboshpytskyi sobre un curioso sindicato criminal de sordomudos que retomaba elementos de Cero en Conducta (Zéro de Conduite, 1933), de Jean Vigo, If (1968), de Lindsay Anderson, La Naranja Mecánica (A Clockwork Orange, 1971), de Stanley Kubrick, y la tetralogía de oro del querido Alan Clarke, léase Escoria (Scum, 1979), Hecho en Gran Bretaña (Made in Britain, 1982), Elefante (Elephant, 1989) y La Firma (The Firm, 1989), sin embargo el asunto de a poco decanta en otras influencias, especialmente de parte de un villano, Jake, que remite a aquel adolescente diabólico de Absolución (Absolution, 1978), de Anthony Page, un marginado, Eli, que se parece mucho al personaje de Vincent D’Onofrio en Nacido para Matar (Full Metal Jacket, 1987), de Kubrick, y una vulnerabilidad masculina en términos macros que recuerda a su homóloga en el ejército de Bella Tarea (Beau Travail, 1999), la mejor realización por lejos de Claire Denis, sin olvidarnos de diversas miradas a cámara abiertamente enajenadas, con el rostro inclinado hacia abajo, que fueron un rasgo de estilo del maravilloso Kubrick en cuanto a la explicitación de un punto de “no retorno” de la locura del personaje, un colapso en ciernes.
En pantalla los purretes son extremadamente ruidosos como ocurre en la realidad, planteo que puede extrapolarse a sus conversaciones sobre sexo y hembras y a las minucias de la trama concernientes a las jerarquías sociales de la masculinidad, por ello la concepción infantilizada del poder que maneja la sociedad occidental se equipara no a la sabiduría sino a la capacidad de daño, lo que por supuesto suele venir de la mano de la cobardía de líderes psicopáticos que ejercen su control sobre el resto desde la distancia o la comodidad de la tercerización del martirio. La plaga se equipara a un caso de superstición que lleva a excluir al diferente por ignorancia, típico delirio que por añadidura intenta legitimar un statu quo comunitario concreto, por ello el film, en este sentido, analiza con eficacia el momento en el que la discriminación se naturaliza como sentido común, adquiere “vuelo” propio -la creencia de que la plaga es efectivamente real- y pasa a controlar la vida del señalado como distinto por los cabecillas sociales maquiavélicos de turno, cuya estrategia de demonización esconde “problemillas” personales/ psicológicos graves. Polinger subraya la incompetencia de los adultos, incluso del entrenador bienintencionado en la piel de Edgerton, para ayudar a los excluidos, de este modo su presencia es casi nula en el relato en consonancia con su participación en la vida de los muchachos en general, de hecho rozando el cero en función de esa tendencia de muchos padres y madres de traer hijos al mundo para después negarlos tácitamente al no querer pasar tiempo con ellos, de allí la catarata de actividades en las que encierran a los chicos y adolescentes a nivel cotidiano. El film retrata la cuasi guerra civil y toda la cultura del bullying en la juventud y explora la amalgama dolorosa entre individuo y sociedad trivial a través de la asimilación progresiva del primero por parte de la segunda…
La Plaga (The Plague, Estados Unidos/ Rumania/ Australia/ Emiratos Árabes, 2025)
Dirección y Guión: Charlie Polinger. Elenco: Everett Blunck, Kayo Martin, Kenny Rasmussen, Joel Edgerton, Lennox Espy, Elliott Heffernan, Lucas Adler, Caden Burris, Kolton Lee, Nicolas Rașovan. Producción: Joel Edgerton, Lizzie Shapiro, Steven Schneider, Vindhya Sagar, Lucy McKendrick, Roy Lee y Derek Dauchy. Duración: 98 minutos.