Todos los que crecimos con el cine de John Carpenter aprendimos por un lado a odiar al público en general y a la enorme mayoría de la prensa, dos grupos de oligofrénicos que o no lo conocían o lo atacaban a puro resentimiento porque se daban cuenta de que el director y guionista norteamericano se burlaba de ellos por su ignorancia política o desapego hacia el terror y la ciencia ficción, y por el otro lado a amar el acervo subversivo, antiinstitucional e imaginativo del señor, un sustrato que aparece en mayor o menor medida en casi todas sus producciones y que termina de eclosionar en toda su gloria en ocasión de Ellos Viven (They Live, 1988), una de sus películas más diminutas, personales, independientes y en suma alejadas de la interferencia del mainstream castrador obsesionado con el marketing y las superestrellas. Hablamos de una adaptación de una historia de Ray Nelson, A las Ocho de la Mañana (Eight O’Clock in the Morning), que tuvo dos encarnaciones, la primera como cuento corto publicado en 1963 en The Magazine of Fantasy & Science Fiction y la segunda como cómic de 1986 aparecido en la antología Alien Encounters (1981-1987) bajo el título de Nada: en ambos casos el relato combinaba una humanidad controlada por criaturas extraterrestres mediante una esclavitud silenciosa/ subrepticia símil La Invasión de los Usurpadores de Cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, 1956), clásico imperecedero de la fantasía más paranoica y arrebatadora de duplicados alienígenas infiltrados de Don Siegel, y un esquema narrativo con límite de tiempo para resolver el asunto so pena de que la perdición asome su cabeza y nos mortifique hasta el fallecimiento, planteo muy cercano a aquel de Con las Horas Contadas (D.O.A., 1949), excelente film noir de Rudolph Maté en el que Edmond O’Brien era envenenado desde el vamos y debía encontrar a su propio asesino a lo largo y ancho de San Francisco. La reinterpretación de Carpenter del motivo paradigmático de la invasión no tiene nada que ver con la obsesión con la virtualidad ni con la fetichización tecnológica ni con esas escenas de acción digitales que se acumularían en Hollywood una década después y sobre todo luego de The Matrix (1999), faena de los por entonces hermanos y hoy hermanas Lana y Lilly Wachowski, gran eje de la uniformización cultural futura que el amigo John deja de lado en pos de centrarse en la idiosincrasia y el sentir de una clase obrera que casi nunca vemos en las grandes pantallas de yanquilandia.
Aquí el realizador en primer lugar logra conjugar de un modo maravilloso elementos ya trabajados en el pasado como por ejemplo un antihéroe solitario y lacónico en la tradición del western, detalle que nos reenvía a los adalides que compuso Kurt Russell para el cineasta en Escape de Nueva York (Escape from New York, 1981), La Cosa (The Thing, 1982) y Rescate en el Barrio Chino (Big Trouble in Little China, 1986), y una dimensión paralela del espanto que se dedica no sólo a chupar la savia de la humanidad sino a esperar el momento oportuno para salir de las sombras y tomar abiertamente posesión del mundo símil aquellas divinidades primigenias del querido H.P. Lovecraft, dejo pesadillesco del poder absoluto sutilmente disfrazado en público que alude a La Cosa y a la inmediatamente anterior Príncipe de las Tinieblas (Prince of Darkness, 1987), dos propuestas que junto a la futura En la Boca de la Locura (In the Mouth of Madness, 1995) constituirían la célebre Trilogía del Apocalipsis de Carpenter; y en segundo término el señor -como decíamos con anterioridad- apuesta a vaciar a la ciencia ficción de toda esa pompa tecnológica hueca del mainstream que ya para finales de la década del 80 saturaba cada segundo de prácticamente cualquier odisea fantástica, recuperando en esencia el humor negro, la inteligencia, los comentarios sociales, la prodigiosa minuciosidad y los efectos especiales más prosaicos de La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone, 1959-1964), aquella mítica serie televisiva de Rod Serling que se hizo un verdadero festín con todas las variantes concebibles de la avanzada espacial y lo que ésta podría ofrecer en materia discursiva para ironizar acerca del canibalismo y la explotación del hombre por el hombre dentro del sistema capitalista, la sociedad de consumo, las metrópolis modernas y la omnipresencia del aparato audiovisual/ publicitario/ comercial, amén de la determinación de incorporar diversas ideas de uno de los éxitos de TV más grandes de los 80, V: Invasión Extraterrestre (V, 1983), legendaria miniserie de dos capítulos creada, escrita y dirigida por Kenneth Johnson que daría origen a una continuación de tres episodios, V: La Batalla Final (V: The Final Battle, 1984), y a una serie de 19 partes, también intitulada V: Invasión Extraterrestre (V, 1984-1985), inspiración de las nociones de Ellos Viven acerca de los engaños masivos, la manipulación mediática y sobre todo la cooptación de la desalmada oligarquía humana por parte del parásito invasor.
John Nada (Roddy Piper) es un vagabundo forzudo que llega a Los Ángeles, California, desde Denver, Colorado, en busca de trabajo luego de perder el que tuvo durante diez años como consecuencia directa de las políticas económicas del reaganismo alias neoliberalismo salvaje, sobre todo la desaparición de beneficios sociales, la desregulación/ precarización laboral, la entronización del emprendedurismo especulativo, el recorte de todo gasto estatal destinado a los estratos populares, la baja de impuestos que gravan las ganancias de las empresas, el aumento del endeudamiento público, el impulso al capital financiero y la cíclica ponderación de la potestad en general del mercado para autoregularse bajo criterios estrictamente plutocráticos. Después de ser rechazado en una oficina de empleo por una veterana de mal humor (Lucille Meredith), consigue trabajo en una obra en construcción donde conoce a un compañero afroamericano, Frank Armitage (Keith David), quien le recomienda un asentamiento donde está parando que ofrece comida caliente, duchas y un lugar donde dormir, campamento menesteroso y solidario comandado por el afable Gilbert (Peter Jason). Nada descubre que en la iglesia episcopal de enfrente al terreno de turno, a cargo de un predicador ciego de color (Raymond St. Jacques), se fabrican anteojos y se emiten señales piratas que interrumpen a los canales de televisión para que un hacker (John Lawrence) difunda su mensaje vinculado a una manipulación popular hacia la sumisión, el conformismo y el consumo por parte de las clases dirigentes en connivencia con unos invasores del espacio, doctrina compartida por el clérigo y Gilbert. Una noche la policía irrumpe vía una redada hiper sádica con topadoras y una represión que provoca la muerte a palazos del hacker y el predicador, por lo que John rescata una caja de gafas que lo llevan a descubrir un mundo en blanco y negro que revela no sólo a los alienígenas infiltrados, todos semejantes a tétricas calaveras sin vida, sino también mensajes subliminales orientados a garantizar la obediencia del vulgo, su disposición a emparejarse y reproducirse, la ausencia de pensamiento crítico autónomo y por supuesto las tendencias a comprar en el mercado capitalista, a mirar televisión de manera cuasi religiosa, a no rebelarse contra la autoridad, a trabajar como esclavos sin jamás quejarse, a mantenerse despiertos a pesar del cansancio, a abandonar la imaginación creativa y a aceptar lo dado como verdad y único estilo de vida.
Al escrachar a una anciana ricachona que en realidad es una invasora (Thelma Lee), el protagonista descubre que los infiltrados adoran denunciar a aquellos que pueden verlos mediante sus relojes de pulsera, logrando cargarse a un par que actuaban como policías y robarles un revólver y una escopeta, con los cuales entra en un banco y así comienza un raid que incluye matar a más aliens, destruir un drone de reconocimiento y tomar de rehén a una tal Holly Thompson (Meg Foster), asistente del director de programación del Canal 54 de la grilla del videocable. El hombre trata de hacerle entender a la mujer el alcance de la conspiración invitándola a que se ponga los anteojos pero Holly le responde partiéndole una botella en la cabeza y arrojándolo desde lo alto de su lujosa casa de ejecutiva televisiva, lo que deja al forzudo bastante maltrecho pero todavía dispuesto a agarrarse a las trompadas con un Frank que asimismo se rehúsa a ponerse las gafas para chequear de primera mano la veracidad de los dichos de John. Después de la memorable pelea entre los dos campeones del lumpenproletariado posmoderno, Armitage se suma a la cruzada de su ahora compañero de armas y ambos se reencuentran con Gilbert, líder de la resistencia que los lleva a una reunión de las fuerzas antialienígenas donde les entregan lentes de contacto para reemplazar a los anteojos y se enteran de que los extraterrestres están utilizando al calentamiento global para “aclimatar” al Planeta Tierra a sus necesidades de vida y que están rapiñando todos sus recursos como si el globo en su conjunto fuera un país del Tercer Mundo destinado a ser exprimido por empresas trasnacionales imperialistas y/ o por los organismos de crédito internacional. John vuelve a toparse con una Holly que descubrió la verdad gracias a las gafas del susodicho pero todo deriva en tragedia cuando una nueva y brutal redada policial mata a Gilbert y a la mayoría de los denominados “terroristas” por las autoridades al servicio de los invasores. Mediante un portal que activan por accidente, Armitage y Nada terminan en unos pasadizos secretos que dan a una festichola muy ostentosa para las elites humanas cómplices, a un puerto espacial hacia Andrómeda, cuna de los colonizadores, y al mismo Canal 54, desde donde se emite la señal que mantiene en una hipnosis a la población y sometida al designio de los oligarcas de esta dictadura maquillada de democracia, por ello el protagonista se propone destruir la antena ubicada en el techo del edificio de la emisora.
Unificando aquellos videos misteriosos que presagiaban el apocalipsis de Príncipe de las Tinieblas, los cuales también se metían en la cabeza de los sujetos para tratar de que tomen conciencia y despierten del letargo de la ignorancia, y aquel final irónico massmediático de Escape de Nueva York, en el que el imponderable Bob “Snake” Plissken (Russell) ponía en ridículo ante los jerarcas de todo el planeta al Presidente John Harker (Donald Pleasence) intercambiando un cassette del mandatario durante un discurso televisado, en esta ocasión Carpenter vuelve a construir una obra maestra del cine de izquierda orientada a los hechos y no a las largas peroratas del Hollywood de su tiempo -y ni hablar del posterior, con la subsiguiente crisis narrativa- a través de una jugada retórica minimalista y muy certera que queda resumida a la perfección, precisamente, en el desenlace cuando Holly demuestra ser otro esbirro más de los aliens y asesina al pobre de Frank, padre de dos hijos que están en Detroit, Michigan, lo que lleva a Nada a matarla, a disparar contra la antena del techo y a recibir como respuesta inmediata unos balazos desde ese helicóptero que sobrevuela el relato cual alegoría en los cielos, práctica y omnisciente, de un control que se complementa con la virtualidad invisible de las señales electromagnéticas de la somnolencia extendida, dejando al descubierto a los extraterrestres y a la avaricia condicionante de la publicidad, el marketing y los insípidos contenidos tradicionales de todos los medios de comunicación del todopoderoso aparato social/ económico/ político/ cultural del statu quo. El realizador y guionista, hoy firmando la trama como el mismísimo Frank Armitage, no oculta para nada su clara simpatía hacia la postura del negro, quien ya se rebelaba contra los atropellos del reaganismo -esos que disparan la pobreza, el desempleo, la indigencia y la crisis económica en general- aun antes de tomar conocimiento de la arremetida del espacio exterior, posición revolucionaria de barricada que choca tanto con aquella inicial de Nada, en un principio un diletante del mentiroso “sueño americano” del progreso, como con la de un vagabundo fascistoide que pasó de vivir en el campamento de Gilbert a venderse a los alienígenas sin ningún tipo de problema (George Buck Flower), típico pobre inmundo de derecha que se mantiene cerquita de las autoridades a la espera de que le tiren un hueso con vistas a poder trepar en la pirámide capitalista y llegar al nivel del burgués conservador autolegitimado.
En sintonía con otras parodias de su tiempo que no han perdido ni un ápice de su vitalidad ideológica y lamentable vigencia contextual, como por ejemplo La Cosa (The Stuff, 1985), de Larry Cohen, y Cómo Triunfar en Publicidad (How to Get Ahead in Advertising, 1989), de Bruce Robinson, Ellos Viven, cuyo título hace referencia a un más que elocuente graffiti del interior de la iglesia episcopal, “ellos viven, nosotros dormimos/ they live, we sleep”, mezcla por un lado las referencias sarcásticas a la coyuntura de aquel momento, sobre todo en materia de una realidad coloreada que apunta a ridiculizar la insistente decisión del magnate mediático Ted Turner de emitir mediante sus canales de TV versiones coloreadas por computadora de los clásicos en blanco y negro de la enorme biblioteca de películas de la Metro Goldwyn Mayer, esa que pasó a controlar desde 1986, y por el otro lado nociones más atemporales como la misma crítica mordaz al neoliberalismo que seguimos padeciendo en nuestro presente y que nace en aquellos años 70 y 80, un esquema que subraya el rol de la cultura popular en el anestesiamiento masivo, el dolor que implica despertar del sueño de la docilidad egoísta, el pancismo y complicidad de muchos sectores de la comunidad, la mediocridad implícita en el arte posmoderno del pastiche y el papel fundamental de las fuerzas de represión -las culturales/ comunicacionales y las policiales/ militares- en cuanto a apuntalar y divulgar el miedo, la corrupción, la desconfianza y la demonización de los enemigos. Más allá de la apasionante escena de seis minutos del combate en el callejón entre el genial Keith David y el eficaz Roddy Piper, este último una figura muy reconocible de la lucha libre profesional, el opus de Carpenter es de principio a fin una aventura Clase B in crescendo con un ritmo narrativo extraordinario que ofrece una versión naturalista, aguda y alejada de todo artificio de las sátiras del consumo, la TV y la hegemonía mental encaradas por artistas de la talla del Paul Verhoeven de RoboCop (1987), el George A. Romero de El Amanecer de los Muertos (Dawn of the Dead, 1978) y el David Cronenberg de Scanners (1981) y Videodrome (1983), algo que por cierto queda simbolizado en la idea de sintetizar el descubrimiento de esta ilusión de base, a la vez impuesta desde el exterior fascista y aceptada a pura felicidad por el vulgo, en unas simples gafas oscuras para sol que bajo su apariencia anodina esconden una verdad espantosa que se abre ante nuestros ojos…
Ellos Viven (They Live, Estados Unidos, 1988)
Dirección y Guión: John Carpenter. Elenco: Roddy Piper, Keith David, Meg Foster, George Buck Flower, Peter Jason, Raymond St. Jacques, John Lawrence, Lucille Meredith, Thelma Lee, Sy Richardson. Producción: Larry Franco. Duración: 94 minutos.