Thoroughbreds

La banalidad como lenguaje

Por Emiliano Fernández

Hace bastante tiempo que no nos topábamos con un retrato tan preciso e irreverente de la alta burguesía como Thoroughbreds (2017), un trabajo que además incluye el plus de ser una ópera prima, en esta oportunidad del realizador y guionista Cory Finley, y de provenir de Estados Unidos, un país de hecho no muy adepto a desnudar las miserias de la clase social que detenta el poder tanto allí como en prácticamente todo el globo. La excelente película que nos ocupa se sirve de un típico engranaje del suspenso hitchcockiano, léase el acercamiento de una “persona común” hacia el crimen y sus estratagemas aledañas, para analizar con inteligencia la idiosincrasia de la oligarquía desde un tono narrativo que coquetea con algunos elementos de la comedia negra aunque por lo general se mantiene en el terreno del thriller social/ existencial, atento a una verdad de fondo -que repica en la cabeza del espectador- vinculada a que cada decisión de los personajes está motivada por un comportamiento cultural semi reflejo producto de la crianza y el ambiente donde viven.

 

El eje del relato son dos adolescentes de lo que vendría a ser la aristocracia de los suburbios de Connecticut, Amanda (Olivia Cooke) y Lily (Anya Taylor-Joy): la primera es una marginada de clase y fanática de los caballos que posee un proceso judicial abierto contra su persona por maltrato animal ya que sacrificó a su purasangre con un cuchillo por una pata rota, en esencia moviéndose como una psicópata incipiente que gusta de aclarar que no arrastra sentimientos por nada ni nadie, la segunda en cambio es el modelo de “burguesita perfecta” pero está atravesando un período de crisis porque su padre falleció y su madre (Francie Swift) se casó con Mark (Paul Sparks), un millonario repugnante que no deja pasar ocasión de sacar a relucir su soberbia y crueldad con ambas mujeres. Si bien las dos chicas fueron amigas en el pasado, después se distanciaron paulatinamente. Luego de la eutanasia, y temerosa de que su hija empeore a nivel psiquiátrico, la madre de Amanda, Karen (Kaili Vernoff), le paga 200 dólares a Lily para que sea la tutora académica de la atribulada joven.

 

Pronto renace la amistad y así surge la idea -de boca de Amanda- de matar a Mark, quien asimismo pretende aprovechar la excusa que le brinda la expulsión escolar de Lily por plagio en un trabajo práctico para mandarla a un internado para “señoritas con problemas de conducta”, lo que la alejaría aún más de su madre, siempre sumisa para con Mark. En un principio las chicas planean chantajear a Tim (última labor de Anton Yelchin antes de su muerte a los 27 años en 2016), un narcotraficante un tanto patético y con una condena por estupro que se especializa en vender droga en colegios, pero la cosa no sale bien porque a pesar de tener un audio incriminatorio de una transacción y de presionarlo para que mate al padrastro de Lily, Tim termina desentendiéndose del asunto y despertando de sopetón las ganas de las protagonistas de encargarse ellas mismas de dar de baja de manera definitiva a Mark. El metraje avanza con un ritmo hipnótico que permite sopesar cada palabra y cada pequeño gesto del elenco, alcanzando la proeza de enriquecer permanentemente la trama.

 

Ahora bien, Finley se hace un verdadero festín con la dialéctica de los opuestos, a saber: la frialdad de Amanda se contrapone a la sensibilidad sufriente de Lily, la efervescencia de los púberes se ubica en la orilla de enfrente con respecto a la apatía del tragicómico mundo de los adultos, la inocencia del caballo sacrificado al inicio constituye el opuesto exacto del maquiavelismo de Mark, y en general la sensación de claustrofobia de esta cárcel de oro de la alta burguesía protagónica nada tiene que ver con las frustraciones y los sueños rotos del resto de la población, aquí representados vía el involuntariamente risible Tim, cuyos vastos anhelos no se condicen para nada con los recursos heredados, para colmo sin siquiera comprender que el hecho de aspirar a convertirse en uno de esos oligarcas que tanto admira implica legitimar a aquellos que hoy por hoy lo basurean y/ o lo utilizan en su beneficio (empezando por las propias Amanda y Lily y continuando por sus empleadores en el asilo para ancianos donde trabaja lavando platos, suerte de “complemento” de su negocio narco).

 

Otros dos grandes puntos a favor de la película pasan por la recuperación para el cine norteamericano de un par de herramientas que dicho enclave sinceramente tenía muy olvidadas, el extrañamiento narrativo y la insinuación: el primero se nos aparece a través de los diálogos entre mundanos y freaks que mantienen las chicas y ese desarrollo aletargado/ detallista al que nos referíamos antes, y la segunda se da cita mediante la decisión de no mostrar la eutanasia y vía el genial fuera de campo del desenlace, esquema que magnifica el horror subyacente en ambos momentos y eleva al film por sobre un contexto mainstream de poquísimas ideas y sobreexplicaciones burdas, adepto a no dejar nada a la imaginación… siempre que sea violencia políticamente correcta (el otro dolor, el complejo y contradictorio -como el que ofrece Thoroughbreds– para la industria cinematográfica actual no existe). A lo anterior debemos sumar la fotografía preciosista de Lyle Vincent y la gloriosa banda sonora de Erik Friedlander, quien combina ambient con percusiones disonantes y guitarras.

 

Más allá de que el malogrado Yelchin está muy bien, aquí las que llevan la batuta son las extraordinarias Cooke, aquella de Yo, él y Raquel (Me and Earl and the Dying Girl, 2015), y Taylor-Joy, una actriz tan talentosa como bella que pudimos ver en La Bruja (The Witch, 2015), Morgan (2016), Fragmentado (Split, 2016) y Marrowbone (2017). La vuelta de tuerca del último acto, cuando el personaje a priori más inofensivo muestra los dientes y se alza como el monstruo que es, condenando al resto a un nivel de simples advenedizos o enfermos mentales inocuos, pone de relieve en primer lugar la magnitud del canibalismo dentro de la misma burguesía en pos de sacarse de encima a los enemigos y en segundo término la banalidad permanente que recorre sus vínculos y sus manifestaciones cotidianas, sin duda el elemento unificador excluyente -o lenguaje preferido- de una clase social que explota/ echa mano de cualquiera que tenga alrededor para alcanzar sus objeticos sin jamás preocuparse por el marco ético ni por aquello de que “quien a hierro mata, a hierro muere”.

 

Thoroughbreds (Estados Unidos, 2017)

Dirección y Guión: Cory Finley. Elenco: Anya Taylor-Joy, Olivia Cooke, Anton Yelchin, Paul Sparks, Francie Swift, Kaili Vernoff, Svetlana Orlova, Stephanie Atkinson, Leah Procito, Thomas Dings. Producción: Andrew Duncan, Nat Faxon, Jim Rash, Alex Saks y Kevin J. Walsh. Duración: 92 minutos.

Puntaje: 9