Sonríe (Smile)

La belleza cosmética hecha competencia

Por Emiliano Fernández

Los concursos de belleza suelen aglutinar a tres tipos principales de muchachas, léase las cínicas y pícaras que pretenden escalar en una hipotética carrera centrada en el modelaje o la actuación, siempre con la esperanza de que adaptarse a las exigencias estéticas tácitas de estos certámenes se convierta en serio en un primer paso hacia algo más redituable a futuro, aquellas otras que simplemente ingresan en la competencia “a ver qué tal”, en especial pensando al asunto como una experiencia turística en el tan mentado -y fetichizado- rubro de la belleza femenina agresiva, y finalmente tenemos a las chicas que en esencia creen de verdad en este tipo de eventos y consideran que ser la más linda o “completita” según el criterio antojadizo de un puñado de jueces del montón es válido, siendo la mayoría de ellas -ni vale la pena negarlo- unas soberanas retrasadas mentales, al igual que sus progenitores. Esta mini industria, como decíamos conectada a sus homólogas de la actuación y de un modelaje que siempre coquetea con la prostitución y zonas aledañas, es vista de manera muy marginal por los grandes popes del mercado capitalista cultural y publicitario porque tiende a aglutinar las versiones más burdas o esquemáticas de cada una de estas ramas, algo que se exacerba en sociedades como la norteamericana -suerte de modelo para el resto del globo en esta comarca de los semblantes brillantes, sobre todo en materia de un Primer Mundo con el tiempo suficiente para dilapidar en esto- debido a que las susodichas vuelcan un certamen que podría ser algo más inocente y menos pomposo mainstream hacia una competencia encarnizada por ganar, hacia un ecosistema muy superficial símil perfección cosmética u ortopédica, hacia un espectáculo bobalicón hiper forzado y finalmente hacia un estandarte paradigmático de publicidad onanista que busca dar una imagen de esplendor, destreza para el autobombo o soberbia ambiciosa supuestamente positiva en una comunidad simbólica en donde se acepta de modo más o menos implícito que el canibalismo es la regla máxima y que sólo los más fuertes sobreviven, cadena alimenticia salvajona de por medio.

 

Pasan los años y sin lugar a dudas la mejor sátira sobre los concursos de belleza continúa siendo Sonríe (Smile, 1975), dirigida por Michael Ritchie y escrita por Jerry Belson, una película inteligente y de cadencia coral que supera por mucho a tantas obras posteriores sobre esta misma temática, en línea con Muérete, Bonita (Drop Dead Gorgeous, 1999), de Michael Patrick Jann, Pequeña Miss Sunshine (Little Miss Sunshine, 2006), de Jonathan Dayton y Valerie Faris, y Rompiendo las Normas (Misbehaviour, 2020), film de Philippa Lowthorpe, y que por momentos parece funcionar como una reinterpretación más simple y disciplinada -pero también menos imaginativa y demencial- del Robert Altman de índole sarcástica de M.A.S.H. (1970) y Nashville (1975). Ritchie, perteneciente a la camada del Nuevo Hollywood de la década del 70, fue uno de los directores más eclécticos del período y de los años venideros, basta con considerar que su producción artística más interesante incluyó propuestas deportivas como Cuesta Abajo (Downhill Racer, 1969), La Pandilla de Pícaros (The Bad News Bears, 1976), Gatos Salvajes (Wildcats, 1986) y El Golpe Perfecto (Diggstown, 1992), thrillers símil Carne Viva (Prime Cut, 1972) y La Isla (The Island, 1980), parodias a lo El Candidato (The Candidate, 1972) y Las Verdaderas Aventuras de la Supuesta Madre Asesina de Animadoras en Texas (The Positively True Adventures of the Alleged Texas Cheerleader-Murdering Mom, 1993) y ni hablar de comedias hiper lights y ochentosas como Fletch (1985), En Busca del Niño Dorado (The Golden Child, 1986) y Fletch 2 (Fletch Lives, 1989), todos ejemplos de la heterogeneidad, soltura y capacidad de adaptación a diversos géneros y formatos de muchos artesanos de antaño, quienes por cierto no tenían la colección de problemas de los directores actuales a la hora de sacar provecho a escala dramática o cómica de diversos latiguillos porque jamás se entretenían a un nivel patológico con la dimensión técnica/ inerte/ gélida del séptimo arte al punto de descuidar por completo la faceta humana de la obra, esa que de hecho apela al espectador promedio.

 

El guión de Belson, conocido por No Robarás a Menos que sea Necesario (Fun with Dick and Jane, 1977), de Ted Kotcheff, Si no me Muero me Suicido (The End, 1978), de Burt Reynolds, y sus dos colaboraciones con Steven Spielberg, hablamos de Encuentros Cercanos del Tercer Tipo (Close Encounters of the Third Kind, 1977) y Siempre (Always, 1989), la primera no acreditada, gira alrededor del ficcional Concurso Joven Señorita Americana (Young American Miss Pageant), realizado en la ciudad de Santa Rosa, en el Estado de California, luego de una retahíla de competencias regionales que derivan en el hecho de que el presente certamen tenga algo de ceremonia aglutinadora estatal en nombre de California en su conjunto, de allí la relativa importancia y profesionalidad del evento. El principal juez es Big Bob Freelander (el eterno y genial Bruce Dern), un vendedor de casas rodantes que se toma muy en serio el asunto mientras que su hijo, el preadolescente Little Bob (Eric Shea), se prepara para aprovechar semejante colección de culos y tetas espiando a las mujeres mientras se cambian de ropa, sacándoles fotos y vendiendo las imágenes a sus compañeros de colegio; a su vez el mejor amigo de Freelander, Andy (Nicholas Pryor), es un alcohólico casado con la organizadora/ supervisora del concurso, Brenda DiCarlo (Barbara Feldon, la recordada Agente 99 de El Superagente 86/ Get Smart, de Mel Brooks), y un hombre que se dedica a fabricar trofeos y atraviesa la crisis de la mediana edad porque al cumplir 35 años lo expulsarán de un club bastante estúpido del que forma parte, Jaycee, para colmo vía un ritual bien degradante en el que debe besar el trasero de un pollo con crema batida. El productor principal, Wilson Shears (el inefable Geoffrey Lewis), es un maniático al que le importa un comino las competidoras y sólo pretende entregar todo a tiempo, por ello choca con el coreógrafo contratado para los múltiples números, Tommy French (gran desempeño de Michael Kidd), un veterano de Hollywood caído en desgracia que debe aceptar trabajos de segunda mano como el que nos ocupa, llegando tarde a los ensayos todos los días y evitando la hipocresía más baladí. Después vienen los pobres e hilarantes encargados de mantenimiento del auditorio donde se llevará a cabo todo, el Señor Nakas (Titos Vandis) y su fiel ayudante Logan (Dennis Dugan), los cuales deben destapar las cañerías cada vez que la legión de descerebradas desechan por el inodoro sus toallas femeninas y efectivamente ello ocurre muy seguido, al extremo de que el griego desarrolló una destreza casi sobrehumana para detectar caños bloqueados con sus oídos. El director de la banda musical, Ray Brandy (William Traylor), junto a todos los instrumentistas, se la pasan burlándose de las adolescentes porque al igual que el coreógrafo consideran que la tarea en cuestión es patética y desde ya desearían ganarse la vida tocando música en serio y no las canciones pelotudas que eligen las concursantes, entre las cuales se destacan una dupla que comparte habitación, las bellas Robin (Joan Prather) y Doria (Annette O’Toole), una chica de ascendencia mexicana que roba con el discurso de la hermandad entre países vecinos llamada María González (María O’Brien), una aspirante a actriz, la histriónica Judy (Kate Sarchet), y la vengadora venenosa que siempre dice presente y desea cagarle la vida a María, Karen (una jovencísima y reluciente Melanie Griffith), porque la azteca no para de preparar/ regalar guacamole para el público y para los jueces con vistas a comprar su voto.

 

Queda claro que el opus de Ritchie carece del dejo anárquico de las epopeyas corales de su fuente de inspiración de la época, Altman, pero no por ello le falta potencia corrosiva ya que la estructura narrativa dividida en viñetas interconectadas con prolijidad habilita dardos contra todos los involucrados de manera muy pareja: Big Bob no sabe qué hacer con su vástago cuando lo descubren sacando las fotos pornos y es entregado a un policía (Gregory Smith), por ello lo lleva a un psiquiatra, el Doctor Malvert (George Skaff), que rápidamente deduce que el chico no tiene nada y el del problema es su paranoico padre, el cual siente desprecio hacia un cura juez (William Eden Wolf) que -totalmente fuera de lugar- interroga a Robin sobre su parecer en torno al aborto y así Freelander asimismo entra en una crisis que lo lleva a cuestionar su obsesión con agradar, con el optimismo y con las frasecitas hechas símil manual de autoayuda cuando Andy huye despavorido de la ceremonia de los Jaycees y pasa de querer suicidarse a pegarle un tiro a su esposa, Brenda, una frígida que resiente a su marido por su condición de alcohólico; lo que a su vez se complementa con un acto de sabotaje que padece María, mientras el acartonado y ultra narcisista presentador del concurso, Ted Farley (Dick McGarvin), estaba dando otro de sus discursos impostados, un accidente que sufre Doria cuando quitan una rampa fundamental para el show con la meta de poner más asientos pagos, eventualmente con Shears obligando a French a cubrir vía su salario las pérdidas que conlleva reinstalar la rampa, y una gala de premiación en la que casi ninguna de las protagonistas del segmento púber del relato obtiene un galardón de importancia ya que la ganadora (Shawn Christianson) ni siquiera tuvo tiempo previo de pantalla. Sonríe echa mano de aquella prodigiosa naturalidad del cine de los 70 para desnudar las miserias, contradicciones y las costumbres más prosaicas del norteamericano tonto estándar que lleva una vida de burgués aburrido, se enrosca de modo cuasi patológico en sus fetiches y tiende a espectacularizar cualquier quiebre de la rutina sirviéndose de la fanfarria del mundo del show business de yanquilandia aunque sin los recursos pomposos de los que tanto desearía disponer, por ello mismo el desenlace enfatiza ese regreso a las existencias mediocres de antaño y el carácter pueril no sólo de los egos en choque que niegan la realidad sino de la ideología tácita que guía y modela esta clase de competencias, eso de alcanzar una perfección homologada a la mujer blanca, esbelta, alta y de facciones delicadas que se condice con el típico racismo de los colonos caucásicos hoy disfrazados de progres de cotillón. La película también tiene mucho del nihilismo -en su acepción positiva/ reveladora- de nuestros días ya que varios de los personajes comprenden que las diatribas de la humildad y el respeto son falsas y que lo que prima de fondo es una competencia sin alicientes, cuyos premios -algo de dinero, un televisor, un proyector, etc.- no justifican el nivel elevadísimo de fariseísmo que flota en el aire y el mote que las chicas se ganan entre el grueso de la prejuiciosa sociedad, eso de ser equiparadas a unas putas infladas y aún sin sexo a lo modelo primeriza (ésta es la óptica que domina en especial entre los varones). Aquí la belleza falaz o adornada de idioteces se pisa a sí misma en una farsa donde todas las promesas se deshacen como los sueños de metamorfosis y progreso de los personajes en una reyerta trivial centrada en las superficies, el aparentar y la cosificación de los sujetos…

 

Sonríe (Smile, Estados Unidos, 1975)

Dirección: Michael Ritchie. Guión: Jerry Belson. Elenco: Bruce Dern, Barbara Feldon, Michael Kidd, Geoffrey Lewis, Eric Shea, Nicholas Pryor, Titos Vandis, Annette O’Toole, Joan Prather, Melanie Griffith. Producción: Michael Ritchie. Duración: 113 minutos.

Puntaje: 8